Centrifugando recuerdos (XXVI)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Unos metros más adelante, Sara se sienta en un murete, junto al busto de piedra de un león. Aún no ha pasado un día completo desde que se despidió de la vieja estatua.

—Es impresionante, ¿verdad?

Luis se sienta a su lado.

—El qué, ¿tu vestido? —pregunta, en un nuevo arranque de atrevimiento espontáneo.

Sara ríe y se lo queda mirando. Está muy cerca. «Bésalo», se oye pensar. «Calla, ¿estás loca?», se reprocha con poca convicción. Luis parece captar el impulso reprimido de ella y eso lo envalentona. «Bésala, te lo está pidiendo», pero tarda demasiado en decidirse. Sara se aparta un poco y dirige su atención a la Alhambra, omnipresente.

—Me refiero a esa maravilla.

Luis cierra los ojos un momento. «Tienes que decirle lo que sientes. No has venido hasta aquí para tontear como dos adolescentes». Recuerda aquella primera cita con Berta, lo excitado que estaba por tenerla a su lado en el cine. Recuerda las sensaciones que lo dominaban, pero apenas nada de la película. En su cabeza se proyectaba otra película, en la que él alargaba su mano hasta encontrarse con la de ella; entonces ella apoyaba la cabeza en su hombro, mientras se acariciaban con los dedos; y acababan abrazados y besándose apasionadamente. Pero aquello sólo ocurrió en su imaginación. La realidad fue mucho más prosaica. «¿Te ha gustado?» «Sí». «¿Te apetece un refresco?»«Vale». Los únicos besos fueron los de despedida, en la mejilla.

Sara suspira.

—¿Por qué has venido, Luis? —pregunta, sin dejar de mirar a la Alhambra, en un tono que más que pretender una respuesta parece un reproche.

«Porque estoy colado por ti. Porque has puesto patas arriba mi vida y desde la noche que te marchaste no puedo apartarte de mis pensamientos». Un flash en el que aparece el torso desnudo de Íngrid, sobre la cama de un hotel, se cuela insidioso en su mente. Luis aprieta los párpados y se muerde los labios. «Porque quiero que me dejes entrar en tu vida». Pero no, nada de eso sale de su boca.

—Ya lo sabes.

Sara ríe, pero ya no es una risa fresca y traviesa, sino más bien la risa desganada que tan malas vibraciones transmitió la noche anterior. Luis busca sus ojos, que se resisten a abandonar la seguridad del recinto nazarí, pero finalmente lo hacen, diríase que como resultado del efecto de la gravedad. Su mirada cae despacio y, antes de seguir su camino hacia el suelo, se detiene en las retinas de él, lo justo para trasladarle de nuevo una sensación de tristeza inexplicable.

—¿Qué te pasa? Hace un momento estabas espléndida, y ahora, de repente…

—Parezco un alma en pena. Lo sé. Esa soy yo. No sé qué película te habrás montado por tu cuenta, pero estoy muy lejos de ser una chica alegre con un vestido bonito, que se pasa la vida riendo y flirteando con desconocidos que vienen a verla desde el quinto pino.

Luis está perplejo. No sabe cómo responder a los cambios de humor de Sara y teme que cualquier cosa que diga precipite el final del encuentro.

Una nueva ráfaga de viento irrumpe en la escena. Esta vez con la fuerza suficiente para arrastrar hojas secas y algún envoltorio de plástico olvidado en el suelo por visitantes descuidados.

Un pequeño escalofrío recorre la espalda de Luis. Sara se cruza de brazos instintivamente, para protegerse del frío inesperado, y levanta la vista hacia el cielo.

—Se acerca una tormenta —anuncia.

Luis observa las nubes amenazadoras provenientes de Sierra Nevada y respira aliviado: el repentino cambio de tiempo le ofrece la escapatoria del callejón sin salida en el que se encontraba la conversación.

El viento vuelve a soplar, y ahora empieza a ser molesto. Sin embargo, hojas, plásticos y papeles celebran su llegada interpretando espontáneas danzas aquí y allá. Las nuevas ráfagas arrastran polvo y arena, que chocan contra los cuerpos y se meten en los ojos. Sara y Luis agachan la cabeza. El viento se ensaña con la melena de Luis y balancea la coleta y los pendientes de Sara.

—Se va a liar una buena —advierte ella—. Más vale que nos pongamos a cubierto.

Luis ve cómo se incorpora, y cómo una ráfaga traviesa le levanta el vestido, dejando al descubierto unos muslos suculentos.

—¡Uuuuuhhhh! ¡Si voy a salir volando!

Sara se lleva las manos a las piernas para tratar de devolver el vestido a su sitio. Ríe, y Luis se relaja. Cuando se pone en pie, el primer trueno, aún lejano, les advierte que no van a disponer de mucho tiempo antes de que empiece a llover. El sol ha quedado oculto ya tras las nubes furiosas, a juzgar por su color gris oscuro, y la temperatura ha bajado diez grados de golpe.

—Larguémonos —conviene Luis.

La pareja sale del recinto, empujada por el viento a favor, y empiezan a subir la cuesta del Chapiz, buscando la protección de las fachadas. Sara hace malabarismos para mantener el vestido en su sitio por debajo de la cintura, y la situación le divierte. Ríe sin parar, cosa que a Luis le parece perfecta. Enseguida el viento afloja y los truenos se oyen más cerca. Los primeros goterones de la inminente tormenta aterrizan sobre la acera.

—¡Rápido, que ya empieza! —urge ella, que abre camino corriendo como puede, sin apenas separar las piernas, y cuesta arriba.

Luis, una vez más, se deja llevar. Se pasa la vida dejándose llevar por las mujeres con las que se cruza, pero eso ahora no va a ponerse a analizarlo. Su mundo en este momento lo constituye una joven granaína que trata de ponerse a cubierto de la tormenta anadeando como un pato acelerado, con una larga coleta y dos largos pendientes que se balancean al ritmo de sus pasos torpes pero irresistibles. Todo en ella lo es, y Luis sólo piensa en que la situación se prolongue lo bastante como para que los negros nubarrones desalojen por completo esa cabeza que tanto le gustaría comprender.

Los goterones son ya un continuo, y pronto una cortina de lluvia racheada empapa cuanto encuentra en su trayectoria. Sara y Luis no son excepción, así que antes de quedar completamente mojados se refugian bajo la cornisa de un portal.

—Madre mía, cuánto hace que no llovía así —comenta Sara, excitada por la carrera y el remojón.

Reguerillos de lluvia descienden por su pelo y su cara. Luis se fija en las pequeñas gotas que han aterrizado sobre su nariz, y en sus ojos sonrientes. Aunque la temperatura ha caído en picado, tiene las mejillas rosadas, producto del esfuerzo. Las aletas de la nariz se le abren con cada inspiración, y jadea; el pecho se le infla, empujado por los pulmones. Luis la observa, embobado, lo que contrasta con el ritmo frenético al que le circula la sangre, bombeada por un corazón que late encendido. Están tan próximos que, por fuerza, piensa Luis, Sara tiene que oír sus latidos, a pesar de la tormenta que descarga rabiosa, a pesar del rugido del torrente que, junto al bordillo, ya desciende a toda velocidad en busca del Darro.

Lo único que retiene al joven del impulso de abrazarla es el miedo al rechazo, a que huya otra vez.

Sara, entretenida con la observación de los efectos del aguacero, permanece ajena a esa batalla interna, hasta que se gira hacia él.

—Mira cómo nos hemos puesto —señala, despreocupada, mientras con una mano se toca el vestido y con la otra le toca la camiseta—. Estás chorreando —advierte, en el mismo instante en que se da cuenta de que el contacto de su mano con el estómago de él actúa como un desencadenante: primero un respingo involuntario e inmediatamente un suspiro—. ¿Qué te pasa? —pregunta, aunque conforme pronuncia las palabras ya sabe la respuesta. Sus ojos lo dicen todo.

La lluvia arrecia y el viento sigue soplando, con lo que enseguida la cornisa deja de suponer resguardo alguno. Sara mantiene la mano apoyada en el estómago de Luis, cuya respiración se acelera. Se miran inmóviles, y ambos luchan: ella por dejarse llevar de una vez y él por retener el impulso de hacerlo. Que las gotas voraces se estén dando un festín a su costa no tiene la menor importancia.

Una de esas gotas decide caer en el ojo de Sara, que parpadea. Se lleva entonces la mano libre a la cara y, en un gesto instintivo, se pasa los dedos, tan mojados como el resto del cuerpo, por el ojo agredido. Aprovechando el viaje, se retira un mechón de la frente, y en ese momento Luis se deja llevar.

«No te vayas», piensa en el instante en que sus labios entran en contacto con los de ella. «No te vayas», piensa cuando su lengua se abre camino. «No te vayas», piensa al sentir la lengua de ella que sale a recibir a la intrusa. «Por favor, no te vayas», ruega con el pensamiento al atreverse a rodearla con los brazos. «No te vayas», suplica mudo al notar el contacto con su cuerpo, caliente a pesar de la fría lluvia.

Sara celebra la derrota de la razón y saborea el momento. Le gustaría que durara indefinidamente, que siguiera cayendo el agua a mares y que la lluvia espesa actuara de barrera contra el mundo. Ellos dos solos, sin nadie que los juzgue, sin explicaciones que dar… «Nadie te las pide, todo es cosa tuya», se oye decirse a sí misma mientras se deja abrazar y se aprieta contra él. Nota el agua que le resbala por todo el cuerpo, y se imagina que están desnudos bajo la ducha… Los dos solos, sin recuerdos que atender…

Luis siente cómo ella se excita y eso acaba por derribar todas sus precauciones. Le desliza la mano espalda abajo, sin detenerse en la cintura. Se besan con ansia creciente. También ella recorre el cuerpo de él con sus manos. Ahora se las enreda en los mechones empapados, y lo atrae más hacia sí, como si eso fuera posible. Luis siente el contacto de sus pechos libres y firmes bajo el vestido chorreante y tiene que hacer acopio de toda su capacidad de autocontrol para no devorárselos ahí mismo.

Los truenos retumban con violencia, amenazando con agrietar el cielo. Las nubes continúan vertiendo agua sin medida, toda la que durante las semanas previas ha estado bebiendo un sol insaciable. Las calles han quedado desiertas. Los turistas se han refugiado en bares y teterías, y los lugareños, en sus casas. Unos y otros observan como hipnotizados la exhibición de poder de la madre naturaleza. Únicamente la Alhambra, desde su atalaya, nieve, truene o haga un sol abrasador, permanece impasible.

Luis y Sara son ajenos al espectáculo. Ellos están entregados a un espectáculo propio, en el que lo que queda fuera del ámbito de sus cuerpos carece de importancia. Están entregados a besos, caricias y jadeos; esclavos del deseo durante tanto tiempo reprimido; resentidos sin pensarlo con las voces que les aconsejaban precaución, cordura, desconfianza; temerosos en el fondo, aunque en brazos el uno del otro no sean conscientes de ello, de que el hechizo se rompa, de que la tormenta se aleje, cesen la lluvia y el viento, las nubes se deshilachen y el sol implacable recupere su reino.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXV)


Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis vuelve a estar tan nervioso que no cree ser capaz de articular palabra. Lo está más que la noche en el bar del cámping, cuando ella le acarició deliberadamente la mano al entregarle la jarra de cerveza, más que cuando casi le rozó el hombro con el pecho y que cuando le sonrió como hacía tanto tiempo que nadie le sonreía. Está seguro de que esa estampa que tiene ante sí se reproducirá una y otra vez en su mente cuando esté solo. El delicioso vestido amarillo que tapa lo justo para que su imaginación vuele y que contrasta con la piel morena que cubre. «¿Cómo debe ser acariciarla?» El corazón de Luis galopa. Los pies vestidos con unas bonitas sandalias rojas, a juego con las uñas; las piernas largas y fibrosas, como el cuello, que también emerge largo, más ahora que Sara se ha recogido el pelo en una larga cola de caballo, dejando al descubierto unas orejas coquetas que lucen largos pendientes de aro. «Qué alta es», parece descubrir en ese instante, en el que él se siente empequeñecido, intimidado por la belleza de esa mujer que le sonríe desde unos labios tan rojos como la sangre que a él le circula desbocada por las venas.

Sara se coge las manos y se frota la recién pintada uña del pulgar izquierdo con la yema del pulgar derecho. Está tan nerviosa como él. Otras veces se muerde la parte interior de los labios, pero en esta ocasión ha conseguido controlar un impulso poco compatible con una sonrisa mínimamente natural. Enseguida se da cuenta del efecto que su presencia causa en Luis y eso le hace sentir que controla la situación, así que se tranquiliza un poco.

—Hola, Luis. Veo que ya conoces a Miguel. Es toda una institución en el Albayzín.

El anciano estalla en una sonora carcajada al escuchar las palabras de Sara.

—Déjate de instituciones y ven a darme un abrazo. —La muchacha obedece encantada—. Cómo me alegra oír esa voz. Hacía mucho, demasiao, que no venías a verme. Es una pena que yo no pueda verte a ti. el privilegio es pa este muchacho.

En ese momento aparece Tizón para frotarse con parsimonia, con el abdomen arqueado y la cola en alto, contra las suaves piernas de Sara.

—¡Eh! —exclama, divertida. A lo que el gato responde con un maullido de placer.

—Sabe muy bien lo que hace —señala Miguel mientras recibe a la joven con los brazos abiertos.

«Quién fuera gato», se escucha pensar Luis, sin poder apartar la mirada de ella.

—¿Cómo está usté? Yo lo veo tan bien como siempre.

—Bueno, los años van pesando, pero no me quejo.

—¿Y no debería dejar ya de fumar? A su edá

La carcajada de Miguel interrumpe a Sara, a quien mientras habla con el anciano se le escapan miradas fugaces hacia Luis, que sigue ahí plantado acumulando información visual que recordar después.

—A mi edá dice. Ay, hija, ¿tú crees que tiene sentío preocuparse por eso a estas alturas?

Hace una pausa para soltar una larga bocanada de humo, que Sara aprovecha para acariciar a Tizón. Luis no puede (quiere) evitar fijarse en su escote cuando ella se agacha, y casi se le escapa un sonoro «¡Dios!» al darse cuenta de que no lleva sujetador. La joven caza la mirada indiscreta y al tiempo que sonríe para sí nota el calor en las mejillas. Luis carraspea y, en la peor interpretación de la historia, se pone a rebuscar en el bolsito, como si se le hubiera perdido algo.

—No he estao enfermo en la vida. Ni un resfriao…, que yo recuerde, claro. Porque de niño pasamos muchas penurias, tú ya lo sabes, que no es la primera vez que te cuento mis batallitas. —Vuelve a reír—. Los viejos es lo que tenemos, que en cuanto alguien se nos pone a tiro, no lo dejamos escapar.

Sara, sonriente y algo aturullada por saberse admirada y, aunque no quiera pensar en ello, no aún, también deseada, más seguramente lo segundo que lo primero, toma la mano libre de Miguel entre las suyas.

—A mí me encanta escucharle, y me alegro mucho de verlo tan alegre.

—Sí, hija. El mundo ya es lo bastante triste como pa contribuir a que lo sea más.

Sin abandonar la sonrisa se gira hacia Luis, que permanece al margen, tratando de recuperar la compostura.

—Te dejo encargao del mayor tesoro del Albayzín, así que cuídalo bien. —Da una nueva calada a lo que ya es poco más que una colilla, con los ojos entrecerrados clavados en él. Luis tiene durante un instante la sensación de que el anciano es capaz de explorarle el alma, hasta que éste aparta la mirada vacía y se da media vuelta—. Ea, vámonos, Tizón.

Hombre y gato se alejan parsimoniosos, calle arriba, el humano canturreando y dando golpecitos con el bastón en esa acera de la que conoce cada baldosa, y el animal bailando con elegancia felina al ritmo del cascabel.

Sara y Luis se quedan mirando a la pareja, hasta que se hace evidente que alguno de los dos tendrá que tomar la iniciativa. Y es ella quien da el paso. Tras un pequeño suspiro, se gira hacia Luis, que juguetea con la hebilla del bolso, y lo mira a los ojos.

—Pues ya estamos solos.

Les separan un par de metros en los que el aire es algún grado más sofocante. Esa es la sensación que tiene Luis, que nota la camiseta pegada contra la espalda, empapada de nuevo en sudor. Se fija entonces en los hombros bronceados y brillantes de Sara; no es inmune al empeño del sol y también suda. Una imagen aparece como un fogonazo en su mente: los cuerpos desnudos y sudorosos de ambos, piel contra piel. Dura sólo una fracción de segundo, lo suficiente para aumentar su nerviosismo. Cierra los ojos y toma aire, procurando no llamar la atención.

—¿Qué te pasa? —le pregunta ella, exhibiendo una dulce sonrisa inocente. Ella, el “tesoro del Albayzín”, quien le ha robado el sentido común, del que nunca ha andado demasiado sobrado, llevándolo a actuar como un bobo sin voluntad. «Qué más me gustaría a mí que cuidar de este tesoro», responde mentalmente al anciano, y acto seguido se imagina soltando los tirantes del vestido…

—Nada —responde él, con una voz tan ridícula que la hace reír. Luis carraspea—. Es este calor, que me está exprimiendo. —Y en un arranque de genialidad, añade—: Si ya de normal tengo el cerebro bastante atrofiado, aquí se me ha acabado de derretir.

Remata la declaración con una mueca que pretende ser simpática y, de hecho, Sara sonríe, «por lástima, ríe porque doy pena», concluye el muchacho.

—¿Quieres que entremos en los jardines?

Sin esperar respuesta, Sara se dirige hacia el portal y Luis la sigue obediente, centrando su atención ahora en las sandalias, las piernas, y, sobre todo, en el bamboleo del vestido, que baila al ritmo de las caderas. Enseguida su cerebro le regala otra tórrida imagen en la que tiene las manos firmemente agarradas a sus nalgas, así que hace entrada al recinto del Palacio de los Córdova bufando sonoramente y meneando la cabeza. «Te tienes que controlar un poco, que ya hace suficiente calor como para que te caldees por tu cuenta».

Sara se detiene.

—¿De verdad que te encuentras bien? —pregunta, a la sombra de un ciprés.

«No. Me estoy poniendo malo de tenerte tan cerca y que exista la posibilidad de que vuelvas a desaparecer». Eso es lo que piensa, pero su parte racional todavía consigue, a duras penas, imponerse.

—Sí, no te preocupes —responde—. Acabaré acostumbrándome al calor —añade, adornándose con una sonrisa demasiado sonriente.

Sara le sostiene la mirada durante un par de segundos, lo suficiente para confirmar que lo tiene a su merced y que si no tiembla es porque, a cuarenta grados como están, sería motivo para llevarlo a urgencias. Vuelve a sentirse como aquella noche en el cámping, tentada de flirtear, de saberse la causa del descontrol de él… «Y luego, qué. ¿Volverás a huir cuando el juego ya no te haga tanta gracia?» La voz insidiosa sigue ahí, agazapada esperando el momento oportuno para saltar sobre su conciencia, pero Sara no está dispuesta a escucharla, así que se gira hacia la Alhambra, cuya silueta domina el escenario unos metros por encima del recinto en el que se encuentran, al otro lado del río Darro.

—No recuerdo cuál fue la primera vez que vine aquí expresamente —empieza a explicar mientras los dedos de su mano izquierda juguetean con una ramita del ciprés—. Lo que sí recuerdo es la sensación de calma. No sé el motivo, porque mira que hay rincones mágicos en Granada. Supongo que el estar a los pies de la Alhambra, en un rincón apartado, pero el caso es que empecé a frecuentarlo cada vez que necesitaba pensar… que ha sido bastante a menudo —añade casi en un susurro.

Luis se mantiene a la expectativa. Una parte de él desearía abrazarla e invitarla a compartir el beso que quedó pendiente, pero la otra, la prudente, le dice que espere, que la deje hablar y no haga nada que pueda ahuyentarla.

Sara mira a la Alhambra, ya en silencio. Sus dedos siguen entretenidos con el árbol, mientras con la otra mano se recorre la larga coleta sobre el hombro.

—Es muy bonito —concede Luis, por fin decidido a interactuar sin parecer un memo—. Y además hay sombra, cosa que se agradece —remata con una sonrisa, más natural que la de antes.

Sara se gira, de regreso de su viaje exprés por la memoria, y también sonríe.

—¿Te das cuenta de que es la primera vez que nos vemos de día?

Luis reflexiona un instante, y entonces se le dibuja la imagen de una chica sentada junto a una lavadora reacia a devolverle la ropa.

—En realidad, no. La primera vez yo iba cargado con un montón de ropa sucia y tú te lo estabas pasando pipa charlando con una lavadora.

Sara ríe y se lleva las manos a la cara.

—¡Oh, sí! Qué vergüenza pasé, creíste que te había llamado gilipollas. —Los dos ríen—. Estarás de acuerdo en que lo mejor es borrar aquel momento…

Se quedan mirándose. Los ojos de él no saben disimular. Los de ella captan el mensaje, pero por el momento prefiere hacerse la despistada, así que aparta la vista, reemprende la marcha, y cambia de tema.

—¿Qué te ha parecido Miguel? Es todo un personaje. Aquí lo queremos mucho.

«Miguel. Ya ni me acordaba de él. Qué poco me importa ahora mismo ese hombre».

—Sí, ya me he dado cuenta —concede, esperando que Sara no decida convertir al anciano en el centro de la charla.

—Lo pasó tan mal que cuesta creer que siga vivo.

Sara camina ahora junto a una larga piscina ornamental, y Luis a su lado, pensando en la manera de reconducir la conversación.

—Su padre fue un conocido militante socialista durante la Segunda República, así que te puedes imaginar que cuando el golpe de estado franquista fue uno de los represaliados. Aquí no hubo guerra. Los fascistas tuvieron éxito desde el primer momento y la represión fue brutal. El padre de Miguel, como Lorca, como tantos otros, simplemente desapareció. Todos sabían que los habían matado, pero nadie se atrevía a preguntar.

Luis escucha atento. Ni loco se le ocurriría interrumpirla, aunque sus expectativas previas respecto al encuentro estuvieran muy lejos de remontarse ochenta años atrás. «¿Por qué me cuentas esto? Yo lo que quiero es que hablemos sobre nosotros».

—La madre de Miguel sufrió toda clase de humillaciones por ser la mujer de un “rojo traidor”, aunque el mayor castigo que pudieron infligirle fue el no revelarle jamás qué hicieron con él.

Sara se detiene al borde del agua y observa los guijarros que cubren el fondo, a muy poca profundidad. Entonces suelta la ramita que se ha llevado del ciprés, con la que seguía jugueteando, que cae amortiguada sobre la superficie y se queda ahí flotando, dejándose llevar.

—Luis era un niño. Tenía una hermana más pequeña. —“Hermana”, la palabra tabú, la que se le clava en el corazón cada vez que la pronuncia, que la oye, que la piensa. También ahora le duele, pero aprieta el puño y continúa—. Así que su madre tuvo que sacarlos adelante a los dos, sin nada, porque se lo quitaron todo.

—Me ha explicado cómo empezó a fumar —aporta Luis, consciente de que el camino que debe desembocar en la charla que él ansía y ella parece evitar, no tiene atajos.

—Le has debido caer bien. —Sara levanta la vista y lo mira—. No creas que elige a la ligera el brazo en el que apoyarse. —Vuelve a sonreír y Luis nota cómo un escalofrío le acaricia la columna—. ¿Y te ha contado cómo se quedó ciego?

—No le ha dado tiempo…

—Es igual, es una historia demasiado indignante. —La muchacha se da media vuelta y se dirige resuelta hacia otro punto del jardín—. Hablemos de cosas más agradables.

—De tu vestido, por ejemplo —se atreve a sugerir él, de pie aún junto al agua, donde la “balsa” de ciprés en miniatura ha empezado a moverse empujada por una levísima ráfaga de viento.

Sara se detiene y se gira, coqueta, sonriendo complacida. Se coge la cola de caballo y se la lleva a la barbilla, sólo un momento, porque enseguida vuelve a darle la espalda a su admirador. Éste, alentado por lo que interpreta como reacción positiva a su sugerencia, se recrea las pupilas con el acentuado movimiento de caderas con el que ella le obsequia.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXIV)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

El mediodía es una muy mala hora para pasear por Granada en pleno agosto, sobre todo en un agosto tan caluroso. El sol calcina las inconscientes cabezas que osan asomarse a sus rayos hambrientos y tuesta sin remordimiento las pieles que se atreven a retar al rey de los cielos.

Los turistas recorren las empinadas calles del Albayzín pegados a los edificios de la acera que provee de un caritativo pasillo en sombra. Son muy pocos quienes se lanzan a la aventura de adelantar por la calzada, reticentes a correr el riesgo de que, como mínimo, se les derritan las suelas de goma de las sandalias al entrar en contacto con un pavimento del que algunos de los transeúntes están seguros de que sale humo.

Para Luis, sin embargo, en este momento el calor asfixiante es la menor de sus preocupaciones. Avanza a paso rápido, Cuesta del Chapiz abajo, con una sola idea en la cabeza, inmune al ensañamiento solar que lo exprime como a una esponja. «Si me pierdo, sólo tengo que seguir el reguero de sudor que voy dejando», es la disparatada idea que se cuela en su mente monopolizada por la imagen y la voz de Sara.

Levanta la vista del suelo y la pasea en torno, en busca de alguna señal que le indique que se acerca a su destino. Se encuentra entonces con la imponente silueta de la Alhambra, inmune a los ataques del sol, que domina el escenario desde lo alto de su pedestal forrado de verde. Es imposible no quedar hipnotizado.

Luis deja escapar una bocanada de aire ardiente y reemprende la marcha. Pero enseguida vuelve a detenerse. Un hombre mayor asiste al incesante desfile humano sentado en el umbral de su casa. Apoya las manos en un bastón de madera con el que de vez en cuando da un golpecito en la acera. Al joven le llaman la atención sus ojos de un azul tan claro que casi parecen transparentes. Decide preguntarle cuánto le queda para llegar al Palacio de los Córdova.

—Disculpe…

El anciano no parece reaccionar hasta que Luis se planta a medio metro de él. Levanta entonces la cabeza y le sonríe, revelando su vieja boca mellada. Efectivamente, tanto el iris como las pupilas son de un color tan claro que Luis enseguida se da cuenta de que es ciego, y le asalta la tentación de seguir su camino. «No seas absurdo», se reprocha.

Usté dirá, maestro.

El hombre levanta el bastón unos diez centímetros del suelo y lo deja caer de nuevo. Parece ser todo un pasatiempo. Viste una camisa blanca de manga corta, pantalón largo negro y unas alpargatas de tela, que calza como si fueran chancletas, con los talones fuera.

—Busco el Palacio de los Córdova.

—Claro que sí, joven. Y bien que haces.

La sonrisa no abandona al anciano mientras continúa jugueteando con el bastón. Lo levanta entonces y lo alarga para señalar calle abajo. Luis presta atención al movimiento y se mantiene a la expectativa.

—Sigue la calle y enseguida encontrarás la entrada a los jardines, a mano izquierda.

—Muy bien. Muchas gracias.

Luis se despide y tras un par de pasos la voz del anciano lo hace detenerse.

—¿Y la limosna?

La pregunta es desconcertante. Luis duda si ha escuchado bien.

—¿Cómo dice?

El viejo ríe, divertido.

—Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada.

«¿Qué dice este hombre?»

Ante el desconcierto del joven, el anciano chasquea la lengua y menea la cabeza al tiempo que acelera el golpeteo del bastón contra el suelo.

—Vaya por Dios. No me puedo creé que no conozcas los versos de Francisco de Asís de Icaza.

En ese momento Luis se siente el mayor ignorante del planeta. Es la primera noticia que tiene de la ingeniosa composición y de su autor. El viejo vuelve a reír, y él empieza a mosquearse.

—No te enfades, hombre. —Luis se da media vuelta, buscando la cámara oculta. «¿Y qué sabrá él si estoy enfadado?»— Va, que te acompaño —resuelve, sin dejar el mínimo resquicio a la posibilidad de que el muchacho se niegue.

Dicho y hecho. Se incorpora apoyándose en el bastón y se agarra del joven y firme brazo. Inmediatamente, un gato negro como una noche sin luna surge de la oscuridad del portal, al ritmo del tintineo del cascabel que le cuelga del cuello, y se enrosca entre las piernas de su amo.

—Ay, Tizón, cómo ibas tú a perderte un paseo, ¿verdá?

Luis no entiende nada, pero lo último que se le ocurriría a una persona de bien es negarle el brazo a un ciego, así que opta por dejarse llevar con la esperanza de que a su acompañante no se le ocurra alargar demasiado el paseo. «Aunque la excusa para justificar por qué llego tarde es tan disparatada que a Sara no le quedaría más remedio que creerme».

—Ya veo que no eres muy hablador, pero no te preocupes, que sólo quiero estirar un poco las piernas. Estar la mayor parte del día viendo pasá a los turistas acaba siendo aburrío.

Vuelve a reír, y Luis empieza a creer que sería un buen fichaje para ‘El club de la comedia’.

—¿Hasta dónde quiere que lo lleve?

Avanzan a paso lento, con el gato abriendo camino. De vez en cuando, al divisar una paloma despreocupada, se pone tenso, pero un suave toque de bastón le deja claro que no es hora de cazar.

—Menudo prenda está hecho. Cada día me trae algún trofeo: pajarillos, ratones, lagartijas, y sí, más de una paloma ha caío entre sus garras. Hay que ver, qué tontas son.

—Sí, a mí tampoco me caen muy bien. —Luis carraspea—. No sé si me ha oído cuando le he preguntado…

—Ya te he dicho que no te preocupes—lo interrumpe—. No vas a llegar tarde a la cita.

—¿Y usted cómo sabe…?

—¡Ah, hijo! Son muchos años de observar a la gente con estos ojos secos. ¿ qué iba a ir un chaval como tú, de fuera de Graná, al Palacio de los Córdova si no es porque ha quedao con una granaína?

El anciano ríe y se detiene. Levanta entonces el bastón y señala un poco hacia adelante y a la izquierda.

—Ahí es.

Luis se fija en el muro encalado, tras el que asoman las copas de los cipreses. A unos pocos metros se encuentra la puerta, flanqueada por dos faroles. Aprovechando la pausa, el gato se frota ronroneante contra las piernas del extraño.

—Vaya, parece que le has caío bien a Tizón. Eso es que vas a tener suerte.

Mientras habla, el viejo saca un cigarrillo lánguido del bolsillo de la camisa y se lo lleva a los labios.

—¿Quieres uno? Los lío yo mismo cuando me aburro.

Luis se siente tentado de aceptar. Ahora que el encuentro con Sara es inminente, que el factor sorpresa ya no juega papel alguno, los nervios han vuelto. Unas caladas le relajarían, pero no, no quiere que cuando se acerquen para saludarse lo primero que ella perciba sea el olor a tabaco. Así que respira hondo y rechaza el ofrecimiento.

—Fumo desde los once años. Si no me he descontao, tengo ochenta y ocho, así que tú verás.

Hace una pausa para encender el pitillo. La primera calada la recibe con los ojos cerrados, saboreando el humo antes de dejarlo salir por la nariz. A Luis se le hace la boca agua. «Va, sólo una caladita», se oye sugerirse, pero sacude la cabeza y consigue resistir a la tentación.

—Yo creo que el secreto de seguir disfrutando de cada pitillo es que en realidá nunca he estao enganchao. Sólo fumo cuando me apetece. Cuando empecé era más fácil fumar que comer. —Da otra calada profunda y Luis mira hacia la puerta del Palacio de los Córdova, cada vez más nervioso, imaginando que Sara lleva rato esperando—. Mi madre nos alimentaba con lo que podía. Muchos días no le quedaba más remedio que arrancar manojos de hierba para hacer caldo.

Los ojos incapaces de percibir las imágenes presentes sin embargo sí ven aquel pasado lejano que mantiene tan cercano en la memoria.

—No tardé en descubrir que aquellos hierbajos sabían mejó si me los fumaba.

El anciano remata el recuerdo con una risa de regusto amargo, como el humo del cigarro.

—Debió de ser muy duro —es lo único que se le ocurre decir a un muchacho para quien las penurias de la postguerra forman parte de los libros de historia.

—A uno se acostumbra —concluye el hombre, con una mueca que aparenta sonrisa pero que no disimula el resentimiento acumulado durante tantos años.

Luis busca la manera de despedirse sin parecer desconsiderado, y ésta llega por sí sola. En el momento en que se aparta un poco para abrir el ángulo desde el que mirar hacia la puerta de los jardines donde, ya no tiene dudas, Sara desespera, alguien tropieza con su brazo.

—Perdón —se disculpa la chica, sin apenas ralentizar el paso.

A Luis le cuesta un par de segundos reaccionar. Es la primera vez que ve el bonito vestido floreado de tirantes, pero no a su portadora.

—¿Sara?

La joven se detiene en seco y se da media vuelta. Durante un instante ambos se quedan embobados y sienten cómo el calor se concentra en sus ya más que acalorados rostros.

—¿Ves cómo no llegabas tarde? —interviene el anciano, cuya sonrisa recupera la alegría.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXIII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com
Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis nota cómo el teléfono repiquetea contra su oreja, incapaz de controlar los nervios que le hacen temblar la mano. Se siente como la primera vez que llamó a casa de aquella chica que le gustaba… «¿Cómo se llamaba…? Berta, se llamaba Berta». Tenía catorce años y temía que si le contestaba otra persona, colgaría atenazado por la vergüenza. Claro que si contestaba ella, lo más seguro era que tampoco fuera capaz de pronunciar palabra. Respondió ella, y aunque le costó arrancar, tartamudeó bastante, la cara se le puso como un tomate y sudó como si hubiera estado corriendo a pleno sol, al final consiguió que de su boca surgiera algo similar a una invitación para ir al cine. Y no debió de hacerlo tan mal, porque Berta aceptó.

Ahora tiene doce años más y mucha más experiencia con las mujeres, si bien varias de esas experiencias podrían usarse como ejemplo de lo que no hay que hacer en una relación de pareja. El caso es que a cada tono de llamada que pasa sin que Sara responda, los nervios aumentan. Nota las gotas de sudor resbalándole por la frente y la oreja mojada.

La perrita lo mira con curiosidad desde debajo de la silla. La propietaria de la pensión aparece por la puerta de la cocina armada con una escoba y un recogedor. Al ver a Luis todavía sentado piensa en decirle que esté tranquilo, que puede seguir ahí todo el rato que quiera, pero al fijarse en su cara de circunstancias entiende que es un momento trascendente para él y opta por callar, aunque no puede evitar una sonrisa aliñada con una mueca divertida.

—Hola, Luis.

La voz de Sara actúa como el detonador de una tonelada de dinamita instalada en el corazón. Por una fracción de segundo Luis está convencido de que va a saltar por los aires. «¿Pero cómo puedes estar tan colado?», se pregunta. «Tú verás. Si no lo estuviera, ¿qué sentido tendría esta locura en la que me he metido?» Su cerebro piensa a mil por hora y dialoga consigo mismo mientras el joven trata de accionar el mecanismo que le permita responder «hola, Sara».

—¿Luis? ¿Me oyes?

Recuerda aquella llamada de su adolescencia a casa de Berta, y por un momento siente el mismo impulso de colgar, pero no, ya no es un adolescente ni ha recorrido media España para dejarse vencer por una reacción infantil.

—Hola, Sara. Perdona, es que estoy un poco nervioso —consigue responder con voz algo temblorosa.

La mujer finlandesa, que escucha mientras barre, sonríe con complicidad, aunque Luis no se da cuenta, porque tiene todos los sentidos concentrados en el teléfono y en el montoncito de pedazos de servilleta, que sigue creciendo.

Sara, recostada en el sofá, cierra los ojos, secretamente complacida por saber que es ella quien provoca que él esté hecho un flan. «Qué majo es, de verdad. ¿Cuándo se ha interesado por ti un tío tan majo?»

—¿Sara?

—Sí, sí, te oigo.

—¿Cómo estás? ¿Has dormido bien?

—Sí, muy bien, gracias. —Todavía está saboreando el delicioso desayuno con el que se acaba de homenajear por cortesía de Tere—. ¿Y tú?

—Bueno, he pasado noches mejores. Demasiado calor.

—Ya, es horrible. Me he duchado hace un rato y ya estoy otra vez sudando como un pollo.

Luis nota el móvil resbalando por su oreja chorreante. También tiene los dedos húmedos y la nuca mojada. Aunque en su caso el acaloramiento no es sólo culpa del clima.

—Yo igual.

Durante un par de segundos se quedan los dos en silencio. La perrita suspira aburrida y en el comedor sólo se oye el roce de las cerdas de la escoba contra el suelo.

Entonces Sara y Luis hablan a la vez, como si respondieran al mismo impulso.

—Va, tú primero —se invitan a la par. Y así de nuevo, hasta que simultáneamente estallan en una carcajada liberadora.

La perrita se incorpora y ladra, algo indignada por no ser partícipe de eso tan gracioso que hace reír al humano.

—Nala, calla —le riñe su dueña, sin dejar de barrer. El animal estornuda y vuelve a tumbarse, resignado.

—Perdóname. —La voz, ahora seria, de Sara atrae de nuevo la atención de Luis, momentáneamente distraído por los ladridos—. No he sido justa contigo.

Mientras habla, Sara se acaricia el pelo, aún húmedo, y juguetea con las puntas sobre sus hombros. Luis tarda un poco en responder. «No la cagues ahora», se advierte.

—No tiene importancia. Lo de anoche fue muy raro. Yo tampoco estuve muy fino. —Hace una pausa. Al otro lado se escucha la respiración expectante de ella—. Verme en tu casa de aquella manera tan surrealista me dejó en shock.

Ya no queda servilleta por descuartizar, así que la mano libre se entretiene ahora en reunir las migas desperdigadas sobre la mesa.

—Ya… La verdad es que todo lo que pasó anoche lo tengo bastante confuso. Hacía mucho que no bebía tanto. Es obvio que el alcohol me sienta muy mal y dije e hice muchas tonterías.

—Bueno, ahora, calor aparte, estamos bien, ¿no?

—Sí, supongo… Aunque, si te soy sincera, yo creo que nunca estaré bien del todo, con esta cabeza que tengo. —Sara ríe nerviosa y sus dedos, inquietos, siguen jugando con los mechones de pelo.

—¿Quieres que nos veamos? —se atreve a proponer Luis, por fin, en un alarde de valentía, y mientras aguarda a la respuesta aguanta la respiración.

«Sí, sí, sí», responde ella por telepatía, pero otra parte de su cerebro se empeña en mantener la prudencia. «Cuidado, Sara. Recuerda lo que pasó el otro día, recuerda cómo acabaste la noche». «A la mierda la prudencia».

—Sí, claro —contesta procurando mantener un tono medio, como el que utilizaría con un conocido al que hace tiempo que no ve pero con el que no tiene la más mínima intención de iniciar un romance.

«¡Bien!», exclama Luis en silencio, levantando la cabeza hacia el techo, con los ojos cerrados y el puño libre apretado.

La perrita levanta sus diminutas orejas peludas.

—¿Conoces el Palacio de los Córdova?

—No, es la primera vez que vengo a Granada, pero no te preocupes, que lo encuentro sin problemas.

—Está al final del paseo de los Tristes, al inicio de la cuesta del Chapiz. No tiene pérdida. —Sara hace una pausa y mira por la ventana antes de continuar—. Es un rincón muy tranquilo en el que suelo refugiarme para pensar. Ayer mismo estuve un buen rato. —Respira hondo—. ¿Quedamos allí en una hora?

Luis siente el corazón otra vez rebotando violentamente contra el pecho. Sara se pasa un mechón de pelo por los labios.

—Hecho.

—Genial. Prometo no beber más vino. —Ambos ríen—. Hasta luego.

—Hasta luego.

Cuando cuelgan, Sara suspira y se deja caer en el sofá. En ese momento sólo quiere dejarse llevar por la alegría que siente en su corazón. Sabe que la euforia no durará mucho rato, que regresarán las dudas, los pensamientos insidiosos, los recuerdos dolorosos. Pero ahora se siente ella misma, Sara, una chica de veinticuatro años que merece disfrutar de su juventud, que merece sentir cosquillas en el estómago y la excitación previa al encuentro con un chico que está colado por ella. No hay otro motivo tan claro que explique el viaje que ha hecho, y le gusta, le gusta saberse el centro de las prioridades de alguien, que ese alguien ponga patas arriba su propia vida sólo por ir a su encuentro.

Sara sabe que eso que ahora le emociona, que la hace sentir como la noche en que, trabajando en el cámping, flirteó con el chico asustado que había conocido mientras esperaba a que la lavadora le devolviera su ropa, eso mismo dentro de un rato probablemente le aterrará y le hará refugiarse, pero no quiere pensarlo, no ahora, así que se levanta del sofá con el firme propósito de dejar a Luis temblando cuando la vea.

Unas calles más allá Luis salta de alegría sin moverse de la silla. Por fin va a verse con Sara a la luz del día, cara a cara, sin obstáculos, sin excesos de alcohol que nublen la mente y los sentimientos, sin más alteración en las pulsaciones que la que provoque el reencuentro con la mujer que lo ha vuelto loco, nada que ver con la desesperación de verse perseguido por un clan de fanáticos perros rabiosos… Aunque también sienta una punzada de miedo. No quiere pensar en el después, pero no puede evitarlo, y el miedo a un rechazo definitivo está ahí.

Mira a la perrita, que continúa tumbada.

—Sara quiere verme —le anuncia—. Hemos quedado en el Palacio de los… de los… Mierda, estaba tan emocionado que no me he quedado con el nombre.

—De los Córdova —lo socorre la mujer, que ha vuelto al comedor después de haber entrado en la cocina a vaciar el recogedor.

—¡Eso es! —La perrita se incorpora de un salto, vuelve a ladrar y agita frenéticamente el sucedáneo de cola—. Muchas gracias.

—No hay de qué. Es un sitio muy bonito, a la falda de la Alhambra. Seguro que la cita va muy bien.

La mujer ríe abiertamente. Luis le devuelve la sonrisa mientras se levanta, y antes de emprender la subida a la habitación con el propósito de prepararse para el encuentro, se acerca a Nala para acariciar su frondoso pelaje lanudo. La perrita adivina sus intenciones y, encantada de recibir atenciones, se tumba boca arriba para gozar del masaje.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com
Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

La mano que sostiene el móvil tiembla. «Llámame. Dice que la llame». Luis siente todo el cuerpo revolucionado. «¿Por qué reaccionas así? Es ridículo», le reprocha una voz en el cerebro, pero él no escucha porque Sara le ha pedido que la llame. Lee el mensaje una y otra vez mientras con la mano libre, sin darse cuenta, arranca trocitos de servilleta, que va apilando en un montoncito junto a la taza.

—¿Qué quieres, Sara? ¿Has cambiado de opinión? —murmura en el momento en que la perrita regresa y se tumba bajo la misma silla de antes. Se lo queda mirando con esos ojos semiescondidos que parecen de un muñeco de peluche— Dice que la llame —le comunica Luis. El animal levanta la cabeza, como si estuviera realmente interesado en los asuntos sentimentales del humano—. Por fin vamos a poder hablar como personas adultas.

La perrita ladea la cabeza y sus largos rizos lanudos se mueven como un muelle. Luis vuelve a concentrarse en el móvil. Siente como si un ejército de hormigas estuviera recorriendo su estómago. Suspira sonoramente, a lo que la perrita responde con un bostezo que descubre una boca hasta ese momento oculta tras cascadas de tirabuzones marrones.

—Vamos allá —anuncia Luis.

…………………………

Cuando Sara abre los ojos lo primero que nota es el sudor en el cuello y el pelo mojado. La camiseta de tirantes que no se quitó para dormir se le ha quedado pegada a la espalda; la almohada y la sábana también están mojadas. Está tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y los brazos estirados, buscando de forma inconsciente la postura menos sofocante. Y está sola. Tere ya hace rato que se ha ido a trabajar.

Tarda unos segundos en recordar qué hace en la cama de su amiga. Ha dormido profundamente y, a pesar del calor pegajoso, se nota descansada. Se incorpora y permanece un momento sentada en el borde del colchón mientras su memoria retrocede unas horas, hasta el despertar doloroso en el sofá que la llevó a pedirle a Tere que se marcharan a la Alpujarra con Merche cuanto antes.

Y Luis. También recuerda el reencuentro con Luis. Le aparece envuelto en una nube de irrealidad, como si hubiera sido producto de un sueño surrealista.

«No tendrías que haber venido». Las palabras regresan, provocándole un escalofrío y una mueca de disgusto. Pero también regresan los ojos hipnóticos de María, la zíngara. «Es un buen hombre… Te va a encontrar… Tú decides si lo dejas entrar en tu vida…» Sin el alcohol contaminando sus arterias, las dudas vuelven a asaltarle. Cerebro y corazón retoman la batalla, que resuelve de forma momentánea con un sonoro suspiro.

—Me voy a desayunar —decide, y al apoyar el pie en el suelo un dolor agudo en el dedo meñique le arranca un quejido. Levanta la pierna y se la coloca sobre la rodilla—. Joder, menudo morao.

Se chupa el dedo y aplica la saliva sobre la herida, como si así fuera a curarla, como hacía su madre cuando acudía a ella llorando después de golpearse jugando, como hacen todas las madres. Y durante unos instantes se queda pensando en ella, en lo mal que la trató ayer, cuando se la encontró esperándola en el comedor, preocupada por su hija, por su vulnerable e inestable hija adulta. «Ojalá todas mis heridas se curasen con un poco de saliva», piensa.

—No, prohibida más autocompasión, prohibido sentirse culpable por ser una mala hija.

Ahora sí, se levanta y se dirige renqueante al baño. Frente al espejo comprueba que su aspecto, sin ser para tirar cohetes, ha mejorado respecto a la madrugada. Ve las pequeñas gotas de sudor que le resbalan por las sienes y los crecientes lamparones de sudor en la camiseta.

—Dios, qué calor.

Y sin pensarlo dos veces se desnuda y se mete en la ducha. El primer contacto con el agua fría le provoca un escalofrío, pero enseguida se deja abrazar por ella. Las imágenes de la noche se le aparecen como un pase de diapositivas desordenadas, y tiene la sensación de estar recordando algo de lo que no fue protagonista. Cierra los ojos, levanta la cabeza y recibe la fría lluvia torrencial con placer. Las gotas le repiquetean insistentes en los párpados. Se lleva las manos a la cara y, poco a poco, deja que resbalen, por el cuello, el pecho, el vientre, las caderas, los muslos… Es agradable. «¿Cuánto hace que no te dejas acariciar?» Irremediablemente, su memoria se remonta al verano pasado, y vuelve a experimentar las caricias de aquel capullo despreciable que tan bien la hizo sentir durante unas semanas de espejismo. Se le eriza la piel, pero no quiere echar de menos aquello, así que ruge de rabia, de impotencia, de desesperación por ser incapaz de seguir un rumbo en su vida, por perderse en los recuerdos, martirizarse por ellos y ponerse todas las trabas posibles a la posibilidad de ser feliz.

Se agarra las manos, baja la cabeza, de forma que ahora el agua le golpea en la coronilla, y junta las palmas sobre los labios. Empieza a mover los dedos en una especie de bamboleo a izquierda y derecha con el que se acaricia las yemas, y entonces regresa a su mente la escena bajo la noche pirenaica, la charla con Luis y, sobre todo, el enlace de sus manos. Se le vuelve a poner la piel de gallina; lo echa de menos, y esta vez no se reprocha por ello, si acaso por no haberlo prolongado. «Tú decides si quieres que entre en tu vida».

—Mierda —concluye, en un grito reprimido.

Cierra el grifo, abre la cortina, alcanza la toalla colgada en la pared y se seca. Se dirige a su habitación, donde rescata unas bragas y una camiseta de tirantes limpias, y luego a la de Tere para quitar las sábanas sudadas. Se mueve rápido, tratando de mantener ocupada la mente con actividades rutinarias: llevar la ropa sucia a la lavadora, hacer la cama, poner un poco de orden en el comedor…, pero su mente traicionera actúa por su cuenta y sigue martirizándola.

—Joder, ya está bien. Necesito desayunar.

La actividad ha acelerado el inevitable proceso de recalentamiento y Sara vuelve a sudar. Antes de dirigirse a la cocina, decide tomarse un respiro asomándose a la ventana para saludar a su querida Alhambra. Ahí sigue, reinando sobre el paisaje, ajena a las comeduras de cabeza de los humanos. Como siempre, la visión la relaja. Sin embargo, una voz llama su atención enseguida. Abajo, junto al portal, una barrendera reniega sonoramente mientras recoge los trozos de vidrio de una botella que algún simpático hizo añicos durante la noche. Sara rememora entre nieblas la escena con el grupo de gamberros al que se enfrentó desde la ventana, y automáticamente Luis, empujando la puerta y apareciendo en el comedor con cara de haber visto un fantasma, reclama su espacio.

La joven resopla, da media vuelta y se va a la cocina. Y entonces sonríe. «¿Por qué narices nos cuesta tanto ver las cosas positivas? ¿Por qué esa manía con magnificar lo desagradable, lo doloroso?» En la encimera reposa una cafetera que aún conserva caliente su valioso contenido, como revela el penetrante aroma que desprende, y sobre el mármol, su taza del Central Perk, con una cucharadita de azúcar moreno. A su lado, en un platito, un hermoso croissant y un par de piononos.

Sara coge la nota decorada con dibujos de corazoncitos y caramelos de colores, dispuesta entre la taza y el plato, y se dispone a leerla vestida con una reparadora sonrisa de oreja a oreja.

«Buenos días, corazón. Por increíble que parezca, me he levantado con tiempo (quizás tenga algo que ver el hecho de que, despatarrá y con los brazos abiertos, dejas poco espacio en la cama…) y he pensado que te sentaría bien un típico desayuno granaíno. Así que he bajado a por unos piononos y unos croissants bien “ligeros” de calorías y te he preparado el café. No te he puesto la leche porque no sabía cómo lo querrías de cargado, que la noche (y la madrugá) fue muy larga…

PD: He barajado la posibilidad de despertarte para desayunar juntas, pero se te veía tan a gustito que me ha dado pena. Bueno, también podía pasar que me mandaras a tomar viento, así que he preferido no tentar a la suerte… y así he podido comer más piononos que tú. 😛

PD2: Esto… ¿Por qué no llamas a ese chico tan majo…? ¿Cómo se llamaba…? Ah, sí, Luis, ¿verdad? Pues eso, que lo llames y charláis con calma. ¿No crees que te lo mereces?

PD3: Está buenísimo… El pionono, digo. 😉

Incondicionalmente tuya,

Tere»

—Qué loca estás, y cómo te quiero.

Sara mantiene la sonrisa, pero le asaltan las dudas. Nota el corazón acelerado, impaciente por cumplir con la petición de su amiga, pero también escucha la voz insidiosa de su yo cobarde y rencoroso. Opta por atacar a un pionono.

—Mmmmmm… Buenísimo.

El primer bocado hace desaparecer la corona de crema tostada, y con el segundo le inunda la boca el delicioso líquido que emborracha el bizcocho.

Con las papilas gustativas retozando de placer, la voz insidiosa tiene la batalla perdida y el corazón se apresura a proclamar su victoria aplastante.

—Le envío un mensaje —decide Sara mientras vierte el café en esa taza que ha sido testigo de tantas tardes de sofá y carcajadas junto a sus amigas.

«Es un buen hombre… Tú eres la que decide si quieres que entre en tu vida».

—Eso no lo sé aún —le responde a la zíngara—, pero le daré la oportunidad de que me convenza.

Con la taza en una mano y el plato en la otra, se dirige al comedor para disfrutar del desayuno a la salud de la mejor amiga del mundo.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXI)


OriSensCoffee
Imagen cedida por OriSens Coffee

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara no sabe qué hora es, pero aún está oscuro, así que no debe hacer mucho que se acostaron. Tere duerme plácidamente tumbada boca abajo, agarrada a la almohada. Sara se sienta junto a ella y su mano derecha le acaricia la espalda desnuda, provocando un leve movimiento y un murmullo aparentemente placentero.

«A saber qué estás soñando; algo mucho más agradable que yo, seguro». La imagen de su hermana rodeada de cables regresa como un fogonazo, clavándosele en el corazón. Cierra los ojos y se aprieta el pecho. «Basta», se ordena a sí misma. Entonces suspira y vuelve a mirar a su amiga, envidiando la paz que transmite.

«Tienes razón… No tiene sentido que siga machacándome por mi hermana perdida. Ya hace mucho que te tengo a ti». Vuelve a acariciarla. «Pero no puedo evitarlo. Me gustaría saber cómo se hace. Nada me gustaría más».

Tere se da la vuelta. La tenue luz que entra por la ventana permite a Sara fijarse en el bonito tatuaje de la mariposa que le decora el pecho izquierdo. Se queda embobada durante unos segundos, hasta que el sueño empieza a vencerle. Cuando está a punto de tumbarse, Tere abre los ojos, revelando una expresión de desconcierto.

—¡Coño! —exclama por fin— ¿Qué haces aquí? Menudo susto me has dado.

—Perdona, pero es que tengo que decirte algo.

—¿Ahora?

—He vuelto a soñar con mi hermana. Era como si estuviera allí, en aquella horrible habitación de hospital, reviviéndolo todo…

—Jo, tía. —Tere se tumba boca arriba y se lleva las manos a la cara—. ¿Por qué no lo hablamos por la mañana? Tengo la cabeza como un bombo. Necesito dormir. No va a haber quién me levante para ir a currar.

—Lo siento, pero necesito decírtelo.

—¿Lo de la pesadilla? —Tere mira a su amiga, aún cabreada por haberla despertado, pero al percibir su angustia relaja el gesto y busca su mano—. Ay, perdona. —Se la besa—. Ya sabes que no tengo muy buen despertar. Cuéntame.

—Vámonos con Merche.

Tere tarda unos segundos en comprender.

—A la Alpujarra —añade Sara.

—Sí, claro. Genial. Mañana la llamamos. Se pondrá muy contenta de que te vengas.

Ambas sonríen.

—Pero ya. Vámonos mañana mismo.

Tere frunce el ceño.

—¿Pero qué prisa te ha entrao? Ya sabes que tengo curro.

Sara empieza a negar con la cabeza y a sentir el agobio que acabará por volverla loca.

—No puedo quedarme aquí. Necesito largarme a algún sitio donde pueda pensar tranquila.

—Ay, Sara, Sara… ¿En serio que no podemos hablarlo por la mañana?

—Si me prometes que nos marchamos cuanto antes.

—Es por Luis, ¿verdad?

Sara se muerde los labios y dirige la vista a la ventana.

—Es por muchas cosas, por demasiadas… —Vuelve a mirar a su amiga— Tere, me voy a volver loca. Lo digo de verdad, me vais a tener que ingresar.

—Anda, déjate de dramas y ven aquí.

Tere le alarga los brazos y Sara se deja caer en la cama para ser abrazada. A pesar del calor y del dolor de cabeza, se siente reconfortada, y con el recuerdo de aquella noche lejana, en que fue ella la que dio calor a su amiga desconsolada por la muerte de su madre, pronto se quedan dormidas. Y esa noche no hay más pesadillas.

…………………………

Cuando Luis se despierta vuelve a estar empapado en sudor. La mañana está avanzada y el sol parece dispuesto a demostrar que es capaz de superar la capacidad sofocante de jornadas anteriores. Tiene la sensación de no haber dormido apenas, pero la ausencia de aire acondicionado en la habitación lo empuja a levantarse.

Cuando se pone de pie se da verdadera cuenta de lo hecho polvo que está, después de tres noches consecutivas sin descansar apenas. El único analgésico que se le ocurre es otra ducha fría antes de un café con leche con mucho café.

El nuevo remojón consigue hacerlo parecer una persona en posesión de sus facultades mentales. Comprueba la hora en el móvil —«las diez, supongo que aún servirán desayunos. Aiman debe llevar un buen rato currando»—, y que, dada la ausencia de mensajes, su situación personal sigue sin interesarle a nadie. «¿Sara se acordará de lo de anoche?», se pregunta, y mientras cierra la puerta y baja las escaleras rememora el rato asomado a la ventana, víctima del insomnio y la incertidumbre. Golpea entonces la barandilla con la palma de la mano y se reprocha el continuar tan obsesionado con ella.

—Buenos días —saluda la propietaria de la pensión al verlo aparecer en el comedor. Es una mujer que pese a haber superado los sesenta mantiene un aspecto muy juvenil. El pelo largo color ceniza, recogido en un moño descuidado; el vestido amarillo de lino decorado con mandalas de distintas formas y colores, que arrastra por el suelo, y bajo el cual aparecen de vez en cuando sus pies descalzos; collares y pulseras de coloridos minerales, y una sonrisa calurosa.

—¿Has dormido bien?

La mujer recoge las mesas mientras tararea la música que suena en los altavoces del comedor. Luis reconoce la voz de la Mari de Chambao. «Muchos no llegan, se hunden sus sueños, papeles mojaos, papeles sin dueño…» Al momento se le dibuja en la mente la cara cansada pero alegre de Aiman.

—Sí, gracias. —Recorre con la mirada las mesas solitarias, algunas aún con restos de desayuno. Al fondo de la sala, junto a la ventana, queda una preparada para un único comensal—. Supongo que soy el último huésped en bajar.

La sonrisa cómplice es suficiente respuesta.

—¿Qué vas a tomar?

Antes de responder, a Luis le sorprende la presencia de una mopa que se mueve nerviosa.

—Ya veo que acabas de descubrir a Nala, es mejor que una aspiradora.

La mopa resulta ser una perrita que merodea en torno a su dueña, con la nariz pegada al suelo.

—Tomaré un café con leche, bastante cargado, por favor.

—¿Tostadas?

—Sí, gracias.

Luis se dirige a la mesa, se sienta y aparta un poco la cortina para mirar por la ventana. Abajo aparece una calle estrecha, ya bulliciosa a esa hora, y enfrente las casas blancas del Albayzín. «En una de esas está Sara. ¿Se habrá levantado ya?». Suelta la cortina y se queda mirando el cestito con las porciones de mermelada y mantequilla. Los dedos de su mano derecha se ponen a repiquetear sobre la mesa. «Mañana hablamos. Eso le dije, pero ella no respondió. Bueno, sí, dijo que no tendría que haberla seguido». Sus ojos se fijan ahora en la servilleta y en el tenedor y el cuchillo que reposan sobre ella. Su mano izquierda empieza a juguetear distraídamente con los cubiertos.

—Café con leche cargado y unas tostadas.

La llegada del desayuno concentra la atención de sus rugientes tripas. Su mirada, sin embargo, se desvía hacia el suelo, donde la perrita aspiradora ha levantado la cabeza para fijarse en el extraño. Luis adivina dos botones negros entre los temblorosos mechones de pelo rizado; un poco más abajo sobresale la pequeña lengua rosada que saborea por anticipado nuevas golosinas.

—Nala, no molestes —le riñe la mujer, a lo que el animal responde con un estornudo; da media vuelta y avanza un par de metros hasta dejarse caer a la sombra de una silla.

—Debe tener calor con tanto pelo —señala Luis.

—Sí, pobre. —La anfitriona agarra un pequeño cestito de otra mesa y se lo acerca a Luis—. Aquí tienes el azúcar.

—Gracias.

—Debería cortárselo. Lo hice una vez, hace un par de años, pero se quedó en tan poquita cosa que me daba miedo que alguien la chafara de un pisotón. —Le dedica una mueca cariñosa a Nala, que responde levantando la cabeza y meneando una ridícula colita—. Además —ahora dirige a Luis una mueca de desagrado—, estaba feísima, parecía una rata esquelética.

El joven ha empezado a untar una porción de mantequilla en la tostada. Sonríe al imaginar al pobre animal desprovisto de todo su encanto peludo.

—Así que ahora se tiene que aguantar. De todas formas, lo de este verano está siendo criminal —añade la mujer, que ya está recogiendo otra mesa—. De cría no podía imaginar que en algún sitio hiciera tanto calor como en Granada en agosto…

Luis atiende mientras mordisquea la tostada con mantequilla y mermelada de melocotón. Vierte medio sobre de azúcar moreno en la taza y menea la cucharilla con parsimonia.

—En Finlandia estábamos bastante fresquitos casi todo el año.

Luis comprende ahora por qué le resultaba extraño el acento de la mujer. Habla un castellano perfecto, y después de tantos años en España casi ha eliminado el rastro de su origen extranjero, pero sin haberse impregnado del contagioso acento andaluz.

—¿Eres finlandesa?

—Sí, de sangre sami. —La mujer advierte el desconcierto del joven—. Vivía en Laponia. Mis abuelos eran nómadas, pastores de renos. Mis padres montaron una granja de huskies y organizaban excursiones en trineo, pero aunque los perros eran muy cariñosos, el frío no iba conmigo y en cuanto pude emigré.

Luis se imagina montado en unos de esos trineos tirado por ruidosos y enérgicos huskies, sintiendo el gélido viento cortante en la cara, pero excitado por la sensación de velocidad al deslizarse sobre la nieve. Ella capta la expresión evocadora.

—Mi hermano heredó la granja y abrió un complejo turístico al lado, así que si quieres, te paso el contacto. Te hará buen precio.

—Oh, gracias, pero creo que ahora mismo no me llega el presupuesto.

Luis apura la taza y se acaba la tostada.

—¿Más café?

—Vale, un cortado.

La mujer se acerca con la cafetera en una mano y una jarrita con leche en la otra.

—Eres catalán, ¿verdad?

—Sí.

—Lo del cortado es muy de allí. —Le rellena la taza—. Estuve unos cuantos años viviendo en la Costa Brava, en una especie de comuna hippie. —Abre los brazos y con gesto teatral se señala el vestido. Luis se lleva la taza a los labios y asiente—. Fue una época bonita, pero una, por muy hippie que sea, acaba madurando, y aquí me tienes, regentando un próspero negocio.

Las últimas palabras las pronuncia con tono burlón y una sonrisa. Luis se la devuelve. No acaba de entender por qué le cuenta todo eso, pero la compañía es agradable, le transmite mucha calma.

—Bueno, te dejo que acabes de desayunar tranquilo. Si me necesitas, estoy en la cocina.

En cuanto da los primeros pasos, la perrita se incorpora y la sigue. Ambas desaparecen por la puerta, dejando tras de sí la estela de bienestar que ha envuelto a Luis desde que entró en el comedor.

Vuelve a retirar la cortina de la ventana. Abajo continúa el bullicio de gente que va y viene. Enfrente, los mismos edificios. «En una de esas casas está Sara», se repite absurdamente, y molesto consigo mismo por volver a ello, aparta la mirada, que fija ahora en la taza vacía. Coge la cucharilla y, sin pensar en nada, o mejor dicho, sin querer pensar en Sara, remueve los posos del café, hasta que el sonido de una vibración sobre la mesa le provoca un pequeño sobresalto.

Es el teléfono móvil, que hasta entonces había permanecido olvidado en una esquina. A Luis se le acelera el corazón. Lo coge, nervioso, y enciende la pantalla. Alguien le ha enviado un sms. «Ya verás cómo sólo es publicidad», se dice mientras pulsa sobre el icono.

«Hola, Luis. El encuentro de anoche fue muy raro. Ya que has venido hasta aquí, creo que mereces una charla en condiciones. Llámame».

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XX)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com
Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

—¿Alguien me puede explicar qué pasa? —pregunta al fin.

Tere es la primera en reaccionar.

—Eh… nada, nada. ¿Qué quieres tomar? ¿Vino? ¿Cerveza?

—No bebo alcohol.

—Pues vente conmigo y tú mismo coges lo que quieras de la nevera.

Y sin darle tiempo a objetar, lo toma de la mano y lo arrastra con ella. Aiman se deja llevar, demasiado cansado para oponer resistencia y para insistir en la demanda de explicaciones. Ya en la cocina recuerda algo que la otra chica gritó desde la ventana.

—Tu amiga ha dicho que había llamado a la poli…

—Eh, no, no creo. —Tere está nerviosa, pendiente del reencuentro de Sara y Luis.

—Sí, lo ha dicho. Y, verás, yo no tengo los papeles, así que preferiría…

Tere se fija en ese momento por primera vez en el muchacho moreno de pelo ensortijado. Nota la preocupación en su rostro y le sonríe para tranquilizarlo.

—No ha llamado, en serio. No tienes que preocuparte.

Aiman respira más tranquilo.

—Gracias. Entonces, ¿esos dos ya se conocían?

Tere asiente con la cabeza.

En el comedor Sara y Luis se aguantan la mirada. Él, mudo de asombro, intentando procesar el significado de semejante casualidad; ella, víctima de la cruenta batalla que se desarrolla en su interior entre corazón y cerebro, bajo la nube de irrealidad que la borrachera confiere a la escena.

—Ha ido de poco —comenta, intentando sonar distendida.

—Sí.

—¿Nos sentamos?

Sara se dirige al sofá. Luis aún tarda unos segundos en reaccionar. Finalmente, deja caer la mochila, se le acerca con movimientos pesados y se acomoda a cámara lenta. Una vez instalado, se fija en la botella de vino que continúa sobre la mesita.

—¿Quieres? —le ofrece Sara— Yo he bebido demasiado ya esta noche, pero me voy a echar un poco más. Es de la Contraviesa. ¿Has estado? Está cerca de la Alpujarra. Lo hacen los padres de una amiga. —Sin esperar respuesta, se sirve otra copa y bebe un trago.

Luis la observa, aún mudo. A Sara ese estado catatónico empieza a exasperarla.

—Jo, tío, vale que no te lo esperabas, pero ya está bien, ¿no?

—Llevo dos días imaginándome este momento —reacciona por fin—, y ahora no sé qué decir. —Habla despacio, como aturdido—.Tengo una pinta horrible, estoy hecho polvo y apesto.

Sara lo somete a un rápido examen visual.

—Sí, supongo que has tenido días mejores. —Bebe otro trago—. Yo también —añade, y fuerza una sonrisa.

Luis no está a gusto. Ni consigo mismo ni con la impresión que le transmite el comportamiento de Sara. Tiene la desagradable sensación de que son dos desconocidos sin nada en común, que su encuentro bajo las estrellas forma parte de un sueño irrecuperable.

—¿Por qué has venido? —inquiere Sara, cuyo estado de ánimo va saltando de un extremo a otro, en función de quién se vaya imponiendo en la batalla interna.

Luis preferiría que la charla se desarrollara en otro contexto, en el que ambos fueran dueños de sus palabras.

—Creo que los dos necesitamos descansar. ¿Por qué no quedamos mañana…

—Sé que hice mal largándome de esa manera… —Sara no parece escuchar. De repente nota una inmensa llamarada de tristeza que le sube desde el estómago y bebe para intentar sofocarla—. Pero es lo que hice, lo que tenía que hacer, y no tendrías que haberme seguido.

Habla sin mirar a Luis, sin mirar a nada, en realidad. Las palabras le salen entrecortadas. Él no quiere seguir por ahí. No quiere tener esa conversación en esas circunstancias. Necesita descansar, y ella, dormir la mona.

—Hablamos mañana, ¿vale? —Suena más a súplica que a propuesta.

Luis se incorpora dubitativo en el momento en que Aiman y Tere asoman tímidamente. Sara se mantiene ausente, repitiendo en silencio «no tendrías que haber venido», y conforme su cerebro pronuncia las palabras, siente el peso aplastante de la tristeza.

—¿Crees que esos matones nos dejarán llegar a la pensión? —pregunta Luis.

—Supongo que sí —responde Aiman sin demasiada convicción.

—Muchas gracias por abrirnos la puerta. —Luis se dirige a Tere, que asiente distraída, más pendiente de Sara que de otra cosa—. Necesita dormir —señala Luis.

—Lo sé. —«Y un abrazo», añade mentalmente, mirándola con preocupación.

Luis recupera su mochila y se despide.

—Hasta mañana —pronuncia, con creciente desasosiego. Tiene la sensación de que está dejando pasar una oportunidad, quizás la única—. Por cierto, la vista desde la ventana es preciosa —añade, como quien lanza un cabo que sabe que nadie va a recoger.

Sara no responde, absorta en su letanía. Tere se adentra en el pasillo y los jóvenes la siguen. La mano de Luis, agarrada al marco de la puerta del comedor, es la última en ceder a la lógica; sus dedos rememoran el encuentro fugaz con los de ella y quieren que haya una segunda vez.

—No tendrías que haber venido —murmura Sara, cuando ya no la escucha nadie.

…………………………

A pesar de lo cansado que está, Luis no puede dormir. Se remueve en la cama, que esperaba más incómoda teniendo en cuenta el aspecto destartalado de la pensión. La imagen de Sara, tan diferente a la que se le grabó en el corazón bajo el cielo del Pirineo, lo perturba; esa forma de mirarlo sin verlo, y el tono desencantado de su voz lo persiguen desde que salieron del piso. «Estaba muy tocada por el alcohol», intenta justificarla, «y tú tampoco has estado lo que se dice brillante», se repite mientras no deja de dar vueltas sobre las sábanas.

Decide finalmente ducharse, con la esperanza de que el agua fría lo relaje lo suficiente como para dejar de martirizarse. Pero aunque el agua arrastra el polvo y el sudor, no consigue llevarse las malas sensaciones. Limpio y refrigerado, vuelve a tumbarse, y con él la imagen de Sara, esas dos Saras tan diferentes. «¿Por qué lo haces? ¿Por qué insistes? ¿Qué la hace tan especial como para que condicione tu vida de esta manera?» Luis se escucha hacerse esas preguntas, y sabe que la respuesta lógica a todas ellas es abandonar, volver a casa y retomar su vida, más después de una noche que le ha dejado tan mal cuerpo.

Tras revolverse unos minutos más, empieza a desesperarse. Se incorpora y se queda sentado en el borde de la cama, con el sudor corriéndole desde la nuca, columna abajo. Agacha la cabeza y se lleva las manos a la cara, con los codos apoyados en las rodillas. Se pasa los dedos por el pelo mojado. Y entonces se cuela en su cerebro la mirada de Laia, aquella otra mirada triste y decepcionada.

A Luis le cuesta reconocerse en aquel tipo tan obsesionado y preso de los celos que había orientado toda su existencia a no perder a la mujer que conformaba su mundo. «Lo estás volviendo a hacer». La certeza le provoca un escalofrío.

Se levanta y se dirige a la ventana, con un cigarrillo entre los dedos y la llama azulada del encendedor dispuesta a hacer su trabajo.

La ventana da a un patio interior sin encanto. En frente, la parte trasera de un bloque de pisos, en el que la única luz encendida, que surge de la ventana más alta, le da el aspecto de un gigantesco y vigilante cíclope de cemento. Luis cree distinguir a una mujer asomada en camiseta de tirantes. También fuma, según revela la minúscula lucecita titilante a la altura de su cabeza. «No soy el único al que le da por comerse el tarro de madrugada», se consuela el joven.

La ingesta de humo nubla por unos minutos los pensamientos inquietantes. Cuando apura el cigarrillo, la reacción instintiva es lanzar la colilla al vacío, pero de nuevo el recuerdo de Sara, de su rapapolvo bajo la luna, lo detiene. Entonces la apaga contra el alféizar y «qué coño», murmura, para acto seguido despedirla con rabia, como quien decide incumplir una norma absurda.

El cíclope ha decidido irse a dormir, o al menos ha cerrado el ojo. El cerebro de Luis, en cambio, sigue bullendo. «¿De verdad que no soy capaz de actuar sin seguirle los pasos a alguna tía?» La Sara ausente de esa noche empieza a perder protagonismo, desplazada por la que conoció en el Pirineo, y Luis vuelve a sentir el impulso que lo empujó a recorrer el país de norte a sur, tras ella.

—No, no lo soy —susurra mientras da media vuelta y regresa a la cama.

…………………………

Sara se despierta llorando. El llanto le brota incontrolable. Gime por el dolor que le invade el corazón. Durante un par de minutos eternos no es consciente de que ya no duerme y que la imagen de su hermana, despidiéndose, sonriente y serena, en la cama del hospital, despidiéndose para siempre enredada entre cables, es una recreación de su cerebro cruel.

Poco a poco se da cuenta de que han pasado muchos años de aquello, que estaba soñando, y el torrente de lágrimas reduce el cauce hasta detenerse. Está desorientada. No está en su cama. Tarda aún un poco en comprender que se ha quedado dormida en el sofá. Y entonces recuerda la velada regada de vino, el extrañísimo reencuentro con Luis, su tristeza inmensa, el abrazo de Tere antes de irse a dormir. «Estoy bien, no te preocupes. Sólo necesito pensar un momento». «Piensas demasiado», le responde su amiga, acompañando sus palabras con una tierna caricia en el rostro.

Y ahora, una vez recuperado el control, nota el horrible pinchazo que le taladra la cabeza.

—Dios, cómo me duele.

Sara se levanta con torpeza, tropieza con una botella vacía y se golpea el dedo meñique del pie derecho contra la pata de la mesita, arrancándole un alarido que consigue ahogar antes de que despierte a todo el vecindario. «Por lo menos, ahora ya no me duele tanto la cabeza», se consuela, camino del cuarto de baño, rezando por que quede paracetamol.

—Qué desastre —murmura al verse en el espejo.

Encuentra la pastilla, se la mete en la boca y bebe un trago de agua directamente del grifo. Se lava la cara, se seca y cuando vuelve a ver su imagen reflejada, se fija mejor en los tristes ojos hinchados y enrojecidos.

—Qué desastre —repite.

Nota entonces la presión en la vejiga y, con parsimonia, se sienta en el wáter. «¿Qué vas a hacer, Sara?», se pregunta mientras en su cabeza se reproducen las escenas que acaba de revivir. Arranca un trozo de papel higiénico y se queda con él en la mano y la mirada perdida, buscando respuestas en el enlosado. Un pececillo de plata, que ha visto interrumpida su ronda nocturna a la caza de restos orgánicos o sintéticos que llevarse a la boca, entra en su campo de visión y los ojos de Sara lo siguen en su búsqueda de refugio que lo proteja de la luz.

—Merche —pronuncia.

No sabe por qué el bicho ha trasladado su pensamiento a los viñedos culpables del vino que ha provocado que un martillo invisible le aporree las sienes, y a recordar la entusiasta propuesta de Tere sobre pasar unos días con ella en la Alpujarra.

—Por qué no —concluye.

Entonces siente la necesidad imperiosa de comunicarle la decisión a su amiga, de forma que cuando sale del cuarto de baño, renqueante por el dolor en el pie, se dirige a su habitación.

Continuará…