Blanco y rojo


Encajada,

sobre negro fundido en verde

sin esperanza,

hállase la silla de madera

de nuestros abuelos

—máscaras en la tierra—

lijada a conciencia

y con rabia.

Sobre ella,

descansa el cuerpo de mi madre

rendida.

Sus brazos caídos

a ambos lados,

los pliegues de sus nalgas,

a empujones las piernas

y su hermosa cabeza

tensa hacia atrás

—parece como si la sostuviera su pelo

caído en vertical—

aguantan su peso.

El tacto melodioso

del azul en sus pupilas

yacen ya,

rozando,

el infinito.

Dentro,

en sus entrañas,

su hijo muerto,

olor a procesión por dentro.

De su vagina

—marioneta sexual—

aún penden hilos de sangre

ya sólidos,

se anclan al negro suelo

como para que no se vaya.

Y la cruz,

sobre todas las cosas

y ninguna,

retiene,

imperturbable,

la escena.

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Mi hijo


foto-de-leo-y-papaAprovechó la oportunidad para cargarme. No hubo necesidad alguna de emitir ni un gesto, ni un sonido como señal para solicitárselo. Siempre estuvo agradecido por todas las veces que lo cargué con tanto amor entre mis brazos cuando era un chiquitín. Una lástima que no se podrá repetir esta aventura. El camposanto jamás olvidará el dúo angelical que interpretamos al llorar juntos mi partida inesperada.

El Funeral


Paso tan rápido,
Un día estabas tomando vino,
El otro día estabas en el hospital
Y de ahí derecho a la tierra
Tu tumba estaba abierta, esperando por vos.
Te vi ahí, recostado
Vestido de traje
Con los ojos cerrados
Y tu alma tan lejos.
Mientras todos lloraban
Lo único que yo podía pensar
Era cómo me hubiera gustado acabar adentro del culo de tu sobrina
Que no era parte de mi familia
Sino de la de tu mujer.
La verdad, no me importaba si estabas vivo o muerto,
Vos moriste para mi cuando yo tenía 2 años
Un niño mirando la espalda de su padre sin poder entender
Donde esta yendo, porque no va a volver ?
De vez en cuando me llamabas
Y los días que yo tenía suerte me venías a visitar,
Íbamos a comprar algunos cómics, dar una vuelta en el viejo y polvoriento auto, y comprar algunos juguetes.
Los días que yo no tenía suerte
Vos simplemente no venías.
Yo me quedaba esperando y mi mama me solía llevar al cine.
Me acostumbre a llorar en silencio, en rincones oscuros,
Y la tristeza dio paso al odio.
Perdí muchos años odiandote,
Pero ahora, de alguna manera puedo comprender.
Oh, papa, vos no supiste ser un padre,
Lo único que sabías era ser plomero (y ni siquiera uno bueno…)
Tomar vino
Y fumar marihuana en tu tienda de video juegos con los chicos del barrio.
Fue todo tan rápido,
Un día me estabas ganando al ajedrez,
Al día siguiente la Muerte se estaba llevando tu alma.

Mientras dormía


Tenía 24 años. Esa mañana me levanté temprano, como era costumbre, para comenzar un nuevo día de trabajo. Reconozco que pude haberme levantado mucho más temprano, pero entre días de trabajo y algunas noches de estudio en la universidad, me era difícil conocer un horario más cómodo para degustar mi tiempo de sueño.

Realicé mi aburrida rutina matutina: me dirigí al baño e hice mis necesidades, luego me posicioné debajo de la ducha, desnudo, y reposé un poco para sentir caer sobre mí la cálida composición de hidrógeno y oxígeno. Casi me quedo dormido.

Ante la prisa, salí del baño como corriendo los últimos cien metros de una maratón, era tarde. Me puse mi ropa, distinguidas prendas ejecutivas que hacían juego con mis anteojos de aros negros y gruesos. Me sentía intelectual, me gustaba y deseaba que todos sintieran de mí lo mismo que yo. Unos retoques manuales sobre el cabello para completar la rutina y mi diferenciada apariencia. Estaba orgulloso.

No había olvidado que iba tarde, pero me ahorré mucho tiempo durante mi preparación personal y recordé que, producto de mi esfuerzo durante dos años de trabajo duro y constante, tenía un automóvil que me esperaba para llevarme cómodo, rápido y tranquilo a mi trabajo.

Salí de mi habitación, llevaba mi toalla húmeda para ponerla a secar en el jardín. Mi madre, que trabajaba también, se daba unos pequeños retoques, pero estaba lista para irse. Sigue leyendo