Centrífuga


¿Qué significa cometer un error?

Pues, nada.

Errar es de humanos, así que eventualmente y sin duda alguna vamos a equivocarnos. Independientemente del resultado y las condiciones que llevaron al hecho, el meollo del asunto es atravesar la burbuja del aprendizaje.

No siempre pasa. Naturalmente, este sistema de reconocimiento y corrección efectiva no suele acontecer tanto como es necesario. Muchas lecciones quedan en “próximamente” y el polvo de nuestras pieles se va a invadir las verdades más evidentes a nuestros alrededores. Puede ser que hasta nos nuble el presente, opaque un poco lo importante.

Decirlo… no es algo de débiles. Aceptarlo es de entusiastas. Enmendarlo, necesario. ¿Cambiarlo?, de valientes.

Si no volvemos al camino es porque, así de simple, no queremos.

Reflexionamos, buscando causas, efectos y respuestas definitivas.

“Lo hago, me arrepiento. Lo disfruto, así que miento. No hay enmienda, pierdo el tiempo. Nadie mira… yo no lo siento”.

Actúo y engullo el momento.

Vitamina C para el futuro tormento, aquel que no sé si me depara pero quizá, solo quizá… me merezca.

Vivir para uno, respirar cada carbono. No sufrir mis acciones, no doblar en las esquinas… aunque dé mil vueltas, solo ganar y ser perdido en realezas.

Qué dulce es la riqueza.

¡El agua es para los pobres!

Yo tomo vino, o degusto cerveza.

Te calma el filo de la espada,

o le tienes miedo a la certeza.

El que no ha pecado, que lance la primera piedra.

Escucho serpientes en el ático, el aullido de un perro me atormenta.

Recién me han tocado la puerta.

Alguien me busca, cobrarme no le pesa…

Nunca se espera que el karma caiga a cuestas.

 

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Humanidad


Busco a mi madre una y otra vez, en esta y otras vidas. Se oye mi llanto en los confines de la tierra, un grito que desgarra, mi lamento desoído. Tengo hambre, sed, frío. Camino y no sé a dónde. Desde los tiempos de Herodes mi pena no le importa a nadie.

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El capataz de la plantación entra a la choza donde la negra recién parida amamanta a su criatura. Todavía huele a sangre y a líquido amniótico. La partera asustada intenta recoger los trapos sanguinolentos lo más rápido posible antes de que el hombre la mande a azotar. Las otras negras bajan la mirada y salen enseguida temiendo lo mismo. Saben lo que sucederá.

 —Remedios, ¿contaste los dedos de las manos y los pies de tu hijo?

—Sí, capataz —contestó la temerosa mujer.

—¿Los tiene todos?

—Sí, señor.

El hombre se acercó a la mujer que todavía tenía al niño pegado a su pezón y sin piedad lo arrancó. Desnudo y mal envuelto en un harapo se lo llevó por orden del amo para venderlo al mejor postor. Al unísono se escucharon los gritos desesperados de la madre y de la criatura arrebatada. La mujer se levantó con dificultad e intentó correr, pero apenas tenía fuerzas. Los esclavos bajaron la cabeza, lloraron junto a la madre y el recién nacido que nunca habría de disfrutar de los mimos y los besos de la madre.

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En el gueto judío con terror las familias esperaban la inhumana separación. Las mujeres eran separadas de sus hijos y sus maridos. Los hombres sanos eran enviados a campos de concentración para efectuar trabajos forzados. Los niños —si tenían suerte—, eran escondidos, pero si los encontraban tenían pocas oportunidades de sobrevivir.

Ruth había experimentado la crueldad de los nazis, cada día tenía que exhibir una estrella de David amarilla en sus ropas como símbolo de odio y escarnio. Sabía que pronto sería separada de Jacob, su único hijo de seis años. Con el alma rota pidió a sus empleadores —una familia polaca—, que escondieran al niño si se la llevaban a ella. Una mañana que Ruth se dirigía a su trabajo la arrestaron. Cuando no llegó, enseguida sus empleadores supieron que el temido momento había llegado. Como habían prometido se quedaron con el niño, pero la brutalidad nazi no paró con el pueblo judío, también apresó sistemáticamente a polacos y Jacob terminó secuestrado, separado de su madre para siempre.

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María estaba decidida a defender a su hijo de las maras, se rehusaba a perderlo como había perdido a su marido y a su hermano. Su país estaba cundido de violencia a causa del narcotráfico y las pandillas reclamando su terreno. Los varones eran reclutados desde los once años por los carteles, muchos no llegaban a la adultez. Sin pensarlo demasiado salió de Honduras con Juanito de tres años, burlando las autoridades de la frontera. Caminó gran parte del camino cargando a la criatura sin importarle las ampollas que salían en sus pies. Tenía solo el dinero necesario para pagar al coyote para que los llevara a la frontera de los Estados Unidos una vez llegara a México.

Cuando llegó a México se encontró con un grupo de personas que también irían con el mismo coyote. En la madrugada llegó un camión de arrastre con un vagón en donde los metieron casi prensados. María luchaba para que el niño pudiera respirar levantándolo en sus brazos. Luego de un corto trayecto, el camión se detuvo. El coyote abrió las puertas y les anunció que hasta allí los llevaba. La mayoría no tenían idea de donde estaban, algunos se daban cuenta de que estaban muy lejos de la frontera.

A la siguiente mañana empezaron a caminar guiados por uno de los inmigrantes que había entrado anteriormente a los Estados Unidos. El calor era insoportable, mas toda el agua que le quedaba a María la dejaba para su hijo. Dos días de camino y los pies sangrando, pudieron ver a lo lejos uno de los puentes de la frontera de Texas. Animados por la proximidad, siguieron hasta cruzar ilegalmente. Tan pronto como María cruzó uno de los guardias le quitó al niño y lo separó de ella, mientras se lo llevaban se escuchaban sus gritos.

—¿A dónde llevan a mi niño? —preguntaba la madre agobiada.

—Señora —le dijo otro oficial—, usted está arrestada por entrar ilegalmente a los Estados Unidos.

—¿Pero mi hijo? ¿A dónde lo llevan?

Sin ninguna otra explicación enviaron a María a una institución carcelaria, mientras que a Juanito lo llevaban a un viejo edificio de una tienda muy americana para enjaularlo con otros niños que clamaban por sus padres. Al día de hoy no se sabe qué pasará con Juanito ni los otros 1,500 niños desaparecidos bajo la custodia del gobierno de los Estados Unidos.

La humanidad no ha aprendido nada.

 

 

Lava


Una pizca de furia

en el ojo de la calma

que domina nuestro huracán.

 

La bestia despierta,

conoce la clave

de la erupción fraudulenta.

En el extremo contrario al fuego

la verdad atraviesa el calor,

transforma la materia en vapor.

 

Todo mineral

animal

vegetal;

toda materia

carne

pelaje

follaje

serán pulverizados en una misma ceniza.

 

Fogata móvil

que toda intensidad absorbe,

brinda la nueva salida

a este capítulo fallido

de la civilización terrestre.

 

Gira,

gira,

¡gira!

La fortuna hecha rueda

moviliza el destino;

cada elemento de la naturaleza

es un movimiento de resurrección;

volviendo al estado cero

estamos llegando con la era del trueno.

 

Piedra

cobre

oro

hierro.

Y cuando acaben los minerales

pasaremos al plano de la luz.

 

Quizás

nos quedaremos en la flama,

aquella que alumbró una caverna

y jamás cesó su fuego en la psiquis del hombre.

El mismo que hoy día habita la tierra de los elementos,

burlándose de los espíritus,

siendo frívolo

contra todo lo que ha dejado de percibir por naturaleza.

 

¡Arde, lava!

Que el hombre se congela.

Reflexión


Torrefacto●●○


Era él, Fernando Alquitrán, culpable de las nubes oscuras que ahora ocultaban la escasa vida en la comunidad rural de la ciudad de Cobadía. Anteriormente plagada de bendiciones circenses que día a día columpiaban el júbilo de sus habitantes, la belleza era sello de esta modesta ciudad. Iba desde sus habitantes más humildes, por los senderos dorados con frutos de tierra, entre la más impactante arquitectura jamás vista desde las regiones porteñas, y hasta el punto más alto de la vida comercial que se ubicaba en pico Pentágono.

Al caminar por las calles de Cobadía era imposible sentir depresión, pesadez o amargura; no era difícil pensar que la ciudad estaba bajo un hechizo de buena fortuna, bonanza y hermosura perpetua, pero el escepticismo suele desgarrar la finura del velo que cubre a los conceptos de la magia en la humanidad. Claro está, que justo cuando la apertura hacia la lucidez imposible es apelada por gramos de conciencia en una balanza, es ahí cuando lo peor y poco esperado pasa.

Fernando Alquitrán no era un personaje de alta gracia ni hombre de ancha ignorancia, pero sí un ser humano lleno de mucha calamidad emocional. Maldecía, encañonaba a inocentes con fulminantes artefactos, palabras mortales, y liberaba su furia más que ninguna otra forma de energía humana. Orgulloso por sus armas como si fueran las extremidades más preciadas de su cuerpo, el señor del ego decidió un día emprender camino desde Rio Quinto a la ciudad de Cobadía.

Era la época de las flores danzantes, bailaban el rito del Bango —danza originaria de la región porteña mientras caían de los árboles y luego flotaban hacia el cielo. Un curioso caso de gravedad invertida que ningún forastero entendía, pero era cuestión única en ese gran territorio. Ya en el último mes de ese período, las flores iniciaban su decoloración y retornaban al estado de semillas, el ganado se ocultaba en lo más profundo de los graneros y cavaban agujeros para soportar los gélidos vientos que se aproximaban con el invierno. Justo en ese preludio, en la vianda de transición, llegaba finalmente la sombra del mal presagio al área limítrofe de la ciudad.

La corrupción fue la primera herramienta del caos que aplicó, ya que, por poca fortuna, los ciudadanos eran muy confiados y de un pensar casi ilógico frente a la desconfianza… porque el ser humano es “bueno por naturaleza”, razón que no les llevó a ninguna buena conclusión porque a zancadas rápidas se propagó la semilla de la viveza y la mentira por los comercios de Cobadía. “¿Quien gana más, quién hace menos?” y otros estandartes se volvieron canon por las calles más populares. El rostro del ocio se empezaba a convertir en factor común de los locatarios y el papel moneda parecía caer de los árboles directo a las bocas de la gente más corrupta. El primer paso de distracción y desorden le había funcionado de miles maravillas, ya de gozo se gestaba el capitán de la nube negra que a la ciudad ennegrecía.

Ausencia había en la ciudad, en cuanto a materia de sistemas de defensa correspondía. La iglesia comunal era lo más capacitado para actuar en contra de los efectos extraños que ocurrían contra la paz de la comunidad, pero a su vez estos líderes espirituales estaban demasiado despistados en cuanto a la verdadera naturaleza de la amenaza que acontecía. El hombre Alquitrán solo reía por cada esfuerzo fallido de los maestros de ceremonia; mientras más mugre arrojaba sobre la vida de Cobadía, más dispersos y desesperados se volvían los defensores de adorno que por la ciudad rezaban cada día.

Habiendo desequilibrado la mayor parte de la comunidad en poco menos de un mes, el hombre pronto se deshizo de sus máscaras y reveló su identidad a todos, pero poco impacto tuvo; ya no había ánimos ni conciencia para darle importancia al perpetrador original de aquél declive. La maldad no necesita rostros con etiquetas ni membretes, sino una solución definitiva para la maleza que ha logrado plantar.

Fernando logró sembrar, en solo dos pasos estratégicos, el desorden público y la decadencia de valores; escalones básicos en el manual del anti desarrollo. Su tercera y última acción fue sencilla, consistía en la venta de una ideología que terminaría de hundir al capitolio mejor logrado de esta fracción del sureña del continente Aramdiano: darle a creer a los seres vivos que la luna se ubica en la frente de la tierra y el sol justo a la altura de su núcleo. Tal idea descabellada apuntaba a un solo motivo… desorientar lo suficiente a los sobrevivientes para que la nueva vida que lograra crecer tuviese los polos invertidos de raíz.

Así terminó de pasar el cometa terrestre de la ignorancia forzada, ese que trajo la nube negra que apuntó ferozmente al exterminio de la conciencia. En alquitrán todos andaremos cuando la lluvia que se precipita en el continente de Aram culmine su llegada.

Cobadía fue ejemplo de una de las últimas comunidades que vivía más al borde del avance que cualquier otra a la redonda, sin embargo, así cómo muchas, no era en su eje tan perfecta cómo se veía.

Pentágono


Suenan las campanas del receso. Los adultos salen a jugar a que no son de carne y hueso, haciendo malabares se dedican al consumo de los males cotidianos mientras charlan sobre el sube y baja de las bondades que desean perseguir. Mientras las oficinas se vacían, los cafés y restaurantes se llenan de “buena vida”, esa en la que llueven hojas verdes y artificiales. Los hombres aspiran deseos carnales por expectativas audiovisuales de mentira y las mujeres suspiran por caballeros de sangre colorada, pieles plateadas y valores de fantasía.

Luces de neón en pleno día, brillando sobre los trabajadores que no están acostumbrados a la luz en el cielo, son unos topos que trabajan de sol a sol pero nunca bajo la iluminación del mismo. El techo les mantiene el pensamiento “raso” y sencillo,  están condicionados a mente cerrada y no ven más allá de lo literal y uniforme. Una sociedad de individuos conformes que marchan cada día con el clandestino propósito de repetir la misma historia del ayer. Caminando de frente sin ver a los lados ni ser errantes; los nuevos que fallan se van al matadero o mínimo se llevan un castigo severo. Nos equivocamos para aprender – La nueva crítica no lo procesa, si una vida se equivoca el mundo la rechaza.

Juegan a las apuestas, ¿qué carrera en el mundo académico es más complicada?¿acaso los retos del conocimiento están sujetos a una sola forma de entendimiento? Estallan conflictos, las inteligencias variadas que representan no quieren coexistir en un mismo punto; colisionan. No se cansan de jugar a las disputas de poder. Forman entre todos un pentágono, cubriendo una estrella de David que simboliza el hechizo que divide a los adultos de los niños, haciéndolos creer que son una conciencia separada, evolucionada.

Todos los días durante 9 horas precisas los adultos salen de casa y se ponen sus trajes de hojalata, pretender ser máquinas sin sentimientos, robots sin inteligencia artificial condicionados a canjear dinero por talento. Y al final del día vuelven a su estado natural, pero están tan alterados que ya no saben a qué mundo pertenecen. ¿Son robots o seres de carne y hueso?

Comida sangrante


¿Gritan, pero quién los escucha?

¿Sufren, pero a quién le importa?

|Solo son un producto, algo para consumir,

algo

para saciar nuestra adicción al consumo,

los ves en el plato, su sangre, sus huesos

solo son un producto,

todo ese sufrimiento

solo para que los mastiques entre tus dientes.

¿Podrías mirarlos a los ojos y decirles:

Lo siento, mi apetito es más fuerte que tu sufrimiento?

Yo no…

La próxima vez que comas un pollo, o un pedazo de carne

de vaca, de oveja, o de cordero

o, tal vez, de cerdo, o pescado,

pensá que atrás de ese exquisito plato hay una vida

asustada, presa,

un producto

(más)

que sangra.