Perdida en palabras


Noté que me faltaba algo.

Eran tus lágrimas,

maravillosas

gotitas de rocío

sobre mis pies

descalzos,

helados

de penas hambrientas.

Estoy estancada.

Flexiono mis piernas,

quedo a ras de suelo.

Impotente.

Decido escribir.

¡Pues escribo!

Qué mente más jodida a veces.

Qué cuento de mierda

el que me cuentan mis sueños.

Reto a la realidad a darme un empujón,

¡fuerte!,

para lanzarme a no sé dónde.

Qué más dará.

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Muros azul infinito


Cuando mi mente era el instrumento culpable de dirigirme rumbo al zócalo de la inmundicia,

mi cuerpo se paraba siempre en el zaguán    de aquella puerta de madera virgen mil veces mancillada por letanías insomnes.

Mis ojos, entonces, impulsados por mi garganta rasgada de ahogos breves, imploraban al cielo azul acero participar del vuelo azaroso de las aves mañanero.

Doblegado ya mi ser ante tu imagen erigida  en decenas de altares, quiso la existencia dejarme besar por última vez tus labios        azules                                                          inmortales

Anhedonia


La semana se acaba, de golpe y quedo en nada
me obscurezco desde adentro aunque haya escampado;
hace mucho que no amanezco.
Innocuo yago cooperando a los hechizos,
entregándole mi alma a los mismos diablos
con los ojos en el cuerpo y la mirada en los secretos,
se me escapa la vida de las manos.
Sin querer serlo me convertí en las horas
una anhedónica angustia que no se siente,
donde la vida me parecía redundante
en las lagunas frías de mis errores
ambivalente en medio de sus caras
haciendo trueque con mis dones.

Inmpotencia


La inmortalidad del cangrejo

Hacía tiempo que el desánimo se había apoderado de Sandra. No existía un motivo aparente o quizás eran todos a la vez. 

Depresión -sentenció Luis, su médico de toda la vida. 

Cada día para ella no eran nada más que una sucesión de horas. Sin entusiasmo. Sin grandes novedades. Sin grandes sobresaltos. cama2

Nacho esta noche parecía tener ganas de ella. La desidia también se había apoderado de esa faceta de su vida. Su libido parecía haber muerto y, la verdad, es que tampoco lo echaba de menos. Pero esta vez sí sintió el deseo de sus besos, sus abrazos

Fue muy placentero, pero muy muy rápido. Casi violento incluso.

Consiguió sentir placer con una intensidad que hacía mucho tiempo que había olvidado y tras el clímax, en el que los dos parecían cabalgar hacia la extenuación, yacían desnudos, abrazados como dos muñecos de trapo.

Estaba…

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