Polonio II


Segunda de dos partes

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«Smoke Steam», por geralt en Pixabay (CC0).

 

Alguien les dijo que el padre de Ekaitz había muerto, y la madre prefirió arrendar su propiedad en el pueblo para mudarse a la ciudad a la casa de algún pariente lejano, de manera que tendría los servicios de salud al alcance, pues con la pensión de su marido no podía darse el lujo de pagar un taxi cada que tenía que ir a la ciudad a ver al médico.

En la universidad preguntaron por el profesor con el pretexto de hablar con él sobre una de sus tesis, pero debido a su estado de salud, nadie les quiso informar dónde vivía o dónde podían localizarlo. Un poco decepcionadas, pero no rendidas, fueron a buscar a los profesores de Bioquímica para tener alguna razón de quien fuera su alumno. Mientras discutían se percataron de que alguien se aproximaba. Dejaron de hablar por un momento para cerciorarse de que ese hombre se dirigía a ellas.

—Kaixo, ¿ustedes conocían a Ekaitz?

—¿Por qué lo preguntas?

—Las escuché mencionar su nombre. En la facultad lo recordamos con frecuencia. Y, curiosamente, no ha habido muchos estudiantes con ese nombre.

—Si lo admiran tanto, ¿cómo es que no se han organizado para continuar con su labor? Por cierto, ¿quién eres?, ¿nos puedes decir algo del profesor, su mentor?

—¿Por qué estás tan segura de que no nos estamos organizando? El problema con Ekaitz es que prácticamente trabajaba solo, y las cosas realmente importantes sólo las compartía con el profesor, por eso nunca pudimos saber con certeza qué fue lo que ocurrió.

—¿Y no hablaron con el profesor?

—Él tampoco pudo saber lo que había descubierto Ekaitz el día que desapareció.

Maialen y Lucía estaban lejos de ser unas detectives experimentadas. Ni evocando las mejores novelas negras y películas de suspenso pudieron definir el paso siguiente. Fue entonces cuando Maialen trajo a cuento el mensaje de la nota.

—Ustedes son de Bioquímica, ¿qué puede significar eso de que “la bruma no es lo que parece”?

—Acompáñenme, por favor.

Por la actitud de su interlocutor, parecía que habían hecho la pregunta correcta. Siguieron a aquel hombre hasta su despacho. Era una oficina en el centro de investigaciones bioquímicas de la universidad. Cogió una carpeta con varios documentos y fotografías y la entregó a las chicas.

—Quizás nos puedan ayudar con esto. Nosotros hemos intentado descifrar qué es lo que encontró nuestro compañero Ekaitz. No estamos muy seguros de que nuestras conclusiones sean las correctas, pero si ustedes consiguen confirmarlo, no duden en confiárnoslo.

—¿Por qué tendríamos que confiar en ti, en ustedes?

—Porque estos documentos son confidenciales, los encontramos entre las cosas de Ekaitz, el día que despareció. Sus padres sabían que andaba metido en un asunto peligroso, pero nunca hablaban de ello. Esa noche, al darse cuenta de que Ekaitz no llegaba, su madre nos llamó y nos dirigimos directamente al despacho donde solía trabajar. Esto fue lo que pudimos rescatar. Nadie sabe que tenemos este material. Aquí hay información que pertenece al estudio de impacto de la incineradora. Creíamos que iban a eliminar todas las pruebas. Teníamos miedo. Pero no hemos cesado la búsqueda, créanme.

—¿Y por qué confías en nosotras?

—No confío, pero mientras más frentes haya en esta lucha, mucho mejor.

****

Era el octavo cigarrillo de la tarde. Su intuición le decía que la clave estaba allí y el cigarrillo le ayudaba, decía, a concentrarse. Entonces lo vio. ¡El humo, eso era! El humo que emitía la incineradora se dividía en dos columnas, no una como se observaba a simple vista en las fotografías. Eso fue lo que Ekaitz descubrió aquella tarde, antes de decidir adentrarse en las inmediaciones de la incineradora. Había visto tantas veces la fotografía que no había reparado en el detalle. La columna de humo se dispersaba en una bruma blanquecina, aparentemente inocua. Pero, después de observar detenidamente, se distinguía una segunda humareda, justo detrás de la columna principal. Había una ligera variación de color con relación a la columna del primer plano, y ese humo seguramente se dispersaría en una bruma tóxica que se concentraría en los alrededores. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, aquella sensación era lo más parecida al espanto.

Ekaitz sabía que esa no era una bruma cualquiera y esa hipótesis cobró fuerza cuando apagó su décimo cigarrillo. Recordó que recientemente los medios de comunicación revelaron que el humo del tabaco contenía altas cantidades de polonio radiactivo. Si multiplicábamos esas concentraciones y las trasladábamos a las emisiones de la incineradora, el resultado, sobra decir, era fatal.

La bruma radiactiva hacía que las células de la piel aceleraran su deterioro, pero además ralentizaba todas las funciones y, finalmente, si no se recibía asistencia médica al poco tiempo, el sistema nervioso se paralizaría hasta la muerte.

Cuando Ekaitz se dirigía a casa del profesor, tomó la desviación que pasaba por la zona de la incineradora. A lo largo del camino se extendía una densa capa de humo, que a esas horas de la noche se confundía con una espesa niebla. Los oriundos habrían pensado que era normal, pues la niebla había estado presente siempre en aquella zona. Descendió del coche con precaución y se cubrió el rostro con una mano. Sin una linterna era difícil observar claramente a través de la bruma.

Ekaitz se percató de la presencia de alguien y gritó sin obtener respuesta hasta que pudo distinguir en esa silueta la de su profesor. Ekaitz no disimuló su alegría, pero también estaba desconcertado.

—Sube al coche—, indicó el profesor.

Ekaitz obedeció la orden, no sin antes preguntarle qué hacía allí.

—Sabía que lo descubrirías, eres un chico muy listo, Ekaitz. Siempre me ha impresionado cuando el discípulo supera al maestro.

Dijo esto y le inyectó el veneno con un hábil movimiento, impropio de su edad. Después llevó el cuerpo al interior de la incineradora y se marchó sin dejar rastro.

El profesor era la misma persona cuya rúbrica acompañaba un nombre falso en la lista de firmantes en el documento de aprobación de la incineradora, pero también quien días antes había cuestionado públicamente la campaña que difundía el bajo impacto ambiental del proyecto. Jugando en los dos bandos había protegido su reputación, pero también una jugosa pensión como recompensa.

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Polonio


Primera de dos partes.

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«Smoke Steam», por geralt en Pixabay (CC0).

¡No pasarán, no pasarán, no pasarán!… Pero pasaron. Aunque las gestiones se prolongaron casi doce años, inexplicablemente la implementación de la incineradora fue aprobada coincidiendo con las elecciones autonómicas. Antes de que eso ocurriera, Ekaitz se había empeñado en desentrañar el proceso de licitación, pues sentía el deber de develar los turbios intereses detrás de aquel controvertido proyecto al que se opuso la población desde el inicio, pese a la millonaria campaña que minimizaba el negativo impacto ecológico de tal empresa, en una región que ha sido celosamente protegida por sus pobladores.

En realidad no fue por falta de objetividad, pero el hecho es que, de todas las personas que accedieron al expediente, solo Ekaitz tuvo la agudeza de leer entre líneas. Hubo un detalle en aquel cúmulo de datos y estadísticas que Ekaitz había pasado varias veces desapercibido, pero cuando reparó en ello, de inmediato llamó al profesor desde el despacho para detallarle su hallazgo, aunque necesitaba explicárselo en persona por lo que iría a verlo esa misma noche. Sin embargo, Ekaitz jamás apareció.

Después de una semana sin noticias sobre su paradero, presas de la desesperación, sus padres y los compañeros del colectivo al cual pertenecía Ekaitz dieron parte a la Ertzaintza. El único rastro que encontraron fue una nota poco legible, escrita en papel satín que decía algo así: «La bruma no es lo que parece».

Tras una infructuosa búsqueda, el caso fue archivado, el colectivo se desintegró por miedo a recibir amenazas o represalias, pues no sabían hasta dónde habían llegado las indagaciones de Ekaitz, quien había dado suficientes muestras de ser el motor de la asociación por su ímpetu y convicción para encontrar el talón de Aquiles del proyecto. La extraña desaparición de Ekaitz ni siquiera trascendió en la prensa, a petición de la familia. Los ánimos se derrumbaron y con ello la esperanza de clausurar la incineradora.

El profesor, cuyo nombre se omite por razones de seguridad, es un hombre de avanzada edad, mentor de Ekaitz desde que ingresó en la facultad de Bioquímica, y es también quien sentó las bases del movimiento social que se opuso férreamente al método de incineración para la gestión de residuos urbanos. Pese a ello, su salud se fue deteriorando en estos últimos años y, sin Ekaitz ocupándose de la investigación, era difícil que la organización se mantuviera en pie de lucha, pues en lugar de ganar un héroe, todo indicaba que habían perdido un líder.

¿Será que alguien seguía de cerca los pasos de la organización y rastreó la llamada que hizo Ekaitz al profesor? ¿Acaso la información que había descubierto era tan relevante que no debía traspasar las paredes de aquel recinto? ¿Por qué pasó tanto tiempo desde la desaparición de Ekaitz antes de dar aviso a las autoridades? ¿Habrán sido coaccionados los miembros del colectivo para evitar que retomaran las investigaciones respecto a la incineradora? ¿Por qué los padres y los amigos de Ekaitz no pusieron ninguna objeción cuando el caso fue archivado? ¿Por qué se apagó de repente la resistencia social, permitiendo que se instalara la incineradora? Y, quizás lo más importante, ¿qué sentido tenía aquella nota que encontró la policía?

Las respuestas a estas interrogantes podrían parecer obvias, lo cierto es que después de todo este tiempo, ni siquiera la policía local estuvo por la labor de continuar con las averiguaciones, parecía que a Ekaitz se lo había tragado la tierra, decían.

—Maialen, ¿por qué me cuentas todo esto?

—Necesito saber por qué Ekaitz escribió esa nota, qué fue lo que encontró, quiero saber si el profesor aún vive, y averiguar si hay algún recurso legal para suspender las actividades de la incineradora mientras se aclara todo. ¡Y tú me vas a ayudar!

—¿¡Yoooo!? No te metas en más problemas, por favor.

—¡Sabía que dirías que sí, Lucía, por eso te quiero!

Maialen estaba convencida de que alguien, mediante amenazas graves, se había hecho cargo de acallar al colectivo, a los padres de Ekaitz y quizás al propio profesor, pues dejó de aparecer públicamente desde aquel día. De no ser por la investigación sobre cláusulas ambientales que realizó para una asignatura del máster, jamás hubiera prestado interés al asunto. Por supuesto, Google también tuvo mucho que ver.

Hacía falta un pretexto para hacer de relevancia pública la desaparición de Ekaitz después de tanto tiempo, y a partir de allí, reorganizar a la gente para frenar el funcionamiento de la incineradora. Lucía aseguraba que el mejor recurso para hacer de dominio público un caso olvidado, era un documental. Y ella era experta en eso.

Los primeros datos fueron obtenidos por Maialen y Lucía en Internet, donde averiguaron que el estudio definitivo de impacto medioambiental había sido comisionado a una pareja de ambientalistas. Uno de ellos moría en un aparatoso accidente la semana que tenía que ser entregado el reporte. El otro fue asesinado en extrañas circunstancias, pero la prensa insistía en que habían sido problemas pasionales. El documento nunca se hizo público, y solo se expusieron algunos datos el día que se anunció la puesta en marcha de la incineradora. Días más tarde las instalaciones ya estaban operando. Ese reporte es el que Ekaitz había revisado la noche de su desaparición.

Por razones de transparencia, el documento tenía que estar al alcance de la ciudadanía, así que Lucía se encargó de hacer la solicitud expresa del estudio de impacto para el documental. Le dieron como plazo treinta días sólo para definir si la petición de información era viable o no.

Mientras tanto, ambas se dedicaron a localizar a la familia y amigos de Ekaitz. A ellos pedirían referencias sobre el profesor, aunque no esperaban que se mantuviera con vida.

CONTINUARÁ…