Ana anA


Hace días entré, por error y sin ninguna planeación previa, al baño de mujeres de una plaza comercial de mi ciudad. Dentro del baño, choqué con una adolescente uniformada que salía a toda prisa. Ella cayó hacia atrás e intenté levantarla. «¡Degenerado!», me gritó al tiempo que quitaba la mano que le había extendido. Se levantó y huyó de la escena, y fue ahí cuando me di cuenta que era el baño de mujeres en el que estaba. Di un rápido vistazo y me detuve en el espejo del último lavabo. Este tenía escrito, con labial y en cursiva, la palabra «anA», seguida de una leyenda que dictaba: «Llevo cinco años escribiendo mi nombre al revés, como protesta ante la injusticia del orden del mundo».

Ahora era yo quien corría. Me urgía encontrar a esta pequeña Che Guevara adolescente chiapaneca, pero no lo logré. Entonces me di cuenta que había topado con una revolucionaria nata, que ella llevaba consigo una guerrilla de más de cinco años y que posiblemente comenzó en una libreta escolar, quizá con el rótulo de «Historia Universal 1» o «Matemáticas 2» y que su lucha había saltado de la escuela a los baños de las plazas comerciales.

Era una idea magnífica. ¿Quién iba a pensar que anA era en realidad Ana?, ojala yo hubiese sido tan original y tan valiente cuando tenía su edad (aunque nunca es tarde para iniciar una revolución). Había escuchado que el amor a primera vista existe, pero ahora sé que es completamente cierto. Yo me enamoré recientemente de un ideal y, desde mi trinchera y a punta de bolígrafos, también acabaré con la injusticia del orden del mundo.

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Remesas


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«America-Mexico border elections», obtenida en Pixabay (CC BY).

Rosa llegó a California como tantos inmigrantes: llenita de sueños. Estaba segura de que si trabajaba lo suficiente podría conseguir el famoso sueño americano. Primero empezó trabajando en los campos bajo un sol que no se condolía de su delicada piel. A pesar de que usaba camisas de mangas largas y un sombrero, el calor la abatía, sobre todo en los días del mes en que su feminidad se expresaba. Tan pronto tuvo la oportunidad, consiguió un trabajo limpiando casas. Por lo menos, allí había aire acondicionado central y algunas de las señoras a las que les servía la trataban dignamente. Otras en cambio, la trataban como esclava y la insultaban por su procedencia. Rosa se daba cuenta de que a pesar de esos tratos estaba mejor en las casas de familia que en la inmensidad infernal del campo. Se acostumbró a ignorar los agravios dando gracias a Dios por la comodidad de este trabajo. Todo iba bien hasta que conoció a Clark, el hijo rico de una de sus patronas.

Clark era un bueno para nada. Conducía un carro deportivo último modelo que su padre le había regalado por el mero hecho de existir. Rosa lavaba sus ropas escondiéndose para pegar su nariz en ellas, excitándose con el olor de su perfume caro. Él la miraba como si ella fuera un animal exótico y lo provocaba mirarla haciendo los quehaceres. Sus trenzas largas color azabache, colgaban sobre sus blancos y generosos senos. El joven enloquecía de deseos de poseerla. Nada parecido al amor. Era solamente simple y llana lujuria. Como todos los hombres sabía que para conseguir que una mujer respondiera voluntariamente a los avances amorosos debía calentarle el oído. Y eso hizo. La envolvió con palabras de amor y sencillos regalos con los que ella se mostraba más que dispuesta a acceder a sus requerimientos.

Rosa era virgen cuando sucumbió. Se sentía en el quinto paraíso en sus brazos. No pensó un segundo en las consecuencias. Cuando desapareció su regla se dio cuenta enseguida de que estaba embarazada.

—Clark, vamos a tener un hijo —anunció al joven soberbio.

—¿Vamos? —respondió con una hipócrita sonrisa.

—Sí… Sabes que era virgen cuando estuvimos juntos.

—No, no lo sé… Además, quién te va a creer —dijo amenazante—. Si dices algo mis padres llamarán a la migra.

—Entonces te pido por favor que no digas nada —contestó Rosa que se dio cuenta enseguida de que estaba sola. Callaría hasta que su vientre se notara. Trabajaría mucho para acumular dinero para cuando la corrieran de las casas. Durante los meses subsiguientes vestía ropas anchas para ocultar su estado. No se le notaba nada hasta casi los ocho meses. Algunas patronas la echaron, otras, le permitieron trabajar hasta el último momento. Rosa fue preparando poco a poco un cuartito en el sur de la ciudad con lo necesario para su hijo. La renta era baja y tenía suficiente para tres semanas luego del parto. La consolaba saber que el niño sería ciudadano americano con todos derechos.

Cuando nació la criatura una conocida le dijo que debía ir a la corte a reclamar que el padre lo reconociera y pagara por su manutención, pero Rosa tenía miedo. Si Clark decía que ella estaba ilegalmente en el país seguramente la enviarían de vuelta al suyo. No era esa la vida que quería darle a su hijo, por eso calló y tan pronto pudo comenzó a trabajar de nuevo, todavía con más ahínco. Algunas de las patronas no la dejaron regresar, pero otras la recibieron con alegría. No habían conseguido a nadie que les dejara las casas más inmaculadas y además cocinara tan rico como Rosa.

Poco tiempo después conoció a Sebastián el jardinero. También era indocumentado. Enseguida él se enamoró sinceramente de ella y le ofreció casarse. No les era posible conseguir un matrimonio legal por su estatus migratorio, pero el sacerdote les dio su bendición. Así comenzaron su vida juntos, siguiendo los mismos sueños que le habían llevado a cruzar la peligrosa frontera. Recibieron dos hijas. Trabajaban sin cesar. Parecía que habían logrado lo que esperaban, hasta que una redada de inmigración acabó con todo. Sebastián fue deportado luego de un trámite legal que nunca llegó a comprender. Nunca se volvió a saber de él. Rosa se quedó sola con tres hijos sin el apoyo del marido. Era cuestión de tiempo que también la deportaran, pero no podía ponerse a pensar en ello. Tenía que trabajar muy duro para mantenerlos. Olvidándose de sus necesidades como mujer, se dedicó en cuerpo y alma a sus hijos. Limpiando casas, lavando ropa, planchando, cocinando para otros. Nunca era lo suficiente, pero se las iba arreglando. Los niños crecían rápido y no tenía más remedio que comprarles ropas de segunda mano. Comían en la escuela, donde estaban casi todo el día. Luego se quedaban en el apartamento con las puertas cerradas por si inmigración venía a buscar a Rosa.

Juan, el mayor, se cansó de estar encerrado. Quería como todos los muchachos de su edad andar por las calles. Pronto fue presa fácil de los narcotraficantes que le ofrecieron dinero para que transportara drogas. Era un trabajo fácil y le daba dinero para andar vestido dignamente y no como un payaso con ropas pasadas de moda. María Isabel, la segunda, se hizo novia del muchacho más popular de la escuela. Elizabeth, la menor, andaba para arriba y para abajo con un ganguero. Rosa nada sabía de lo que pasaba con sus hijos hasta que detuvieron a Juan.

—¿Pero mi’jo, qué has hecho? —preguntó Rosa destruida.

—Es que estoy cansado de vivir encerrado, de ponerme ropa barata, de estar solo, madre —respondió el estúpido muchacho.

 —¿No te das cuenta del ejemplo que le das a tus hermanas?

—Si estuvieras más en la casa te darías cuenta en que andan ellas también.

—¿De qué hablas?

—María Isabel anda con un muchacho de la escuela, pero Elizabeth anda con un ganguero peligroso.

—¡Ay, madre mía! ¿Pero cuándo pasó esto?

—Mientras estabas fuera de la casa.

—¡Estaba trabajando! ¿Cómo me han hecho esto? —dijo mientras lloraba amargamente.

Salió de la cárcel juvenil de prisa, por temor a encontrarse con un agente de inmigración. Ahora parecían estar en todas partes. Se fue directo a la casa para hablar con sus dos hijas. Estaba tan molesta que cacheteó a Elizabeth y le prohibió terminantemente seguir viéndose con el ganguero. Luego tuvo que irse a trabajar.

—Me voy de la casa —anunció Elizabeth a su hermana.

—No puedes hacer eso —contestó la hermana—. Romperás el corazón de mamá.

De nada sirvieron las súplicas de María Isabel. El ganguero vino a buscarla y ella se fue con solo un bolso de ropa. Total, esa era pura ropa vieja, él le compraría cosas nuevas, le había prometido. Cuando Rosa llegó, su hija le contó que su hermana se había ido.

—Pero ¿cómo si ella es menor de edad? —dijo llevándose las manos a la cabeza.

—Habrá que llamar a la Policía —aconsejó María Isabel.

—No puedo… me llevarán y ustedes se quedarán solos.

—¡Madre! También tenemos derechos.

—Ustedes sí, pero yo no. Me llevarán como a su papá.

Poco después Elizabeth falleció en un ajuste de cuentas de las gangas. Juan fue condenado a diez años de prisión por transportar y vender sustancias controladas. Los sueños de Rosa estaban aplastados. Un mal día volviendo de su empleo, un policía le preguntó por sus papeles. Rosa trató de correr inútilmente. Fue apresada y llevada a la cárcel para ser deportada. De nada sirvió que los medios de comunicación hablaran de su caso, de la injusticia que se cometía contra esta mujer que se había dedicado a trabajar por más de veinte años. «No es una criminal, solo vino a mejorar su vida», repetían en la prensa, radio y televisión. Todo fue inútil. En un transporte por carretera, la devolvieron a Tijuana sin más.

María Isabel continuó sus estudios y se graduó. Se casó con el novio que tenía desde que estaba en la escuela. Ambos se dedicaron a liderar un movimiento pro derechos humanos de los inmigrantes.  Al menos el sueño de Rosa funcionó para ella. La buena hija cada semana le enviaba una remesa para que pudiera vivir en México sin carencias.

Hasta que el presidente de los Estados Unidos confiscó todas las remesas para construir el maldito muro.

Copitos de miel


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—Mamá, cómprame copitos de miel —suplicó la pequeña Lisa mientras tomaba la mano de su madre y la dirigía a la dulcería.

—Está bien, hija. ¿Cuántos quieres?

—Quiero treinta.

—¿Treinta? Eso es mucha azúcar —opinó Graciela.

—No son para mí, madre.

—¿Entonces, para quién?

—Para mis compañeros del colegio.

—¿Hay una fiesta? La maestra no me ha avisado.

—No, es para endulzarles la vida.

—¿Por qué? No entiendo qué te propones —preguntó la madre, intrigada.

—Mamá, ayer se burlaron de un niño negro, de una niña hispana y de otra musulmana. Ellos lloraron mucho y eso me entristeció —explicó Lisa.

—Pues si quieres consolarlos solo necesitas tres dulces —dijo amorosamente la madre.

—No, los treinta que necesito son para quienes se burlaron, porque ellos no tienen amor en su corazón, porque sus padres les han enseñado a ser injustos, porque les hace falta dulzura en el alma. A los otros tres, los abracé ayer mismo y les prometí que no estarían solos.

Imagen: pixabay.com (CCO Public Domain)

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Música


Street musician - Yuri Samoilov

‘Street musician’. Foto: Yuri Samoilov (www.flickr.com)

 

A Joan le gustaba aquella música. Para él fue una sorpresa encontrarse en el metro con un concierto. Dos hombres de aspecto extranjero tocaban el saxo y la trompeta con energía. De vez en cuando cantaban mientras sonaba de fondo la melodía proveniente del amplificador. Estaban alegres y contagiaban de buen humor a algunos pasajeros. La mayoría, en cambio, según observó el chaval, no apartaba la mirada del móvil o del libro. Otros no miraban nada. Le sorprendía que la música no les empujara a interrumpir, aunque sólo fuera momentáneamente, su aislamiento. Él se había puesto a bailar. Su madre lo miró, divertida.

—Va, Joan, que nos bajamos en ésta —le anunció mientras depositaba un par de monedas en el vaso de papel que paseaba uno de los músicos.

—Muchas gracias, señora. Que pasen un buen día.

El hombre, que había acompañado durante unos segundos a Joan en su baile, agradeció la generosidad de la mujer con una sonrisa sincera.

—¿Por qué le has dado esas monedas? —preguntó el pequeño mientras caminaban por el andén en busca de la escalera mecánica.

—Pues porque si no lo hacemos nosotros, los pasajeros, nadie les va a pagar por su trabajo.

—¿Trabajan haciendo conciertos en el metro?

Semejante perspectiva laboral le parecía de lo más atractiva.

—Más o menos.

A los siete años, Joan observaba su entorno con una curiosidad creciente. No dudaba en preguntar cuando algo llamaba su atención. Pronto lo haría de nuevo el sonido de la música en directo. Esta vez, una guitarra eléctrica. Un joven de veintitantos, apostado en el transitado pasillo subterráneo, interpretaba una versión muy meritoria de ‘Money for nothing’. Joan la había escuchado muchas veces en la radio del coche. Se puso a tararearla mientras se acercaban al muchacho, que rasgaba las cuerdas sin demasiada pasión. Laia sonrió al oír a su hijo.

—Espera, mama. Vamos a quedarnos un poco.

—Pero, Joan, tenemos prisa…

Al decirlo, Laia se dio cuenta de lo absurdo que era que un músico regalara su arte en el metro si la gente, siempre esclava del tiempo, no se detenía ni un par de segundos a escuchar. En aquel momento el pasillo estaba atestado de viajantes en tránsito, ajenos al complemento sonoro. Sólo Joan, un niño, apreciaba lo que se le ofrecía, fascinado por la facilidad con la que aquellos dedos largos extraían del instrumento la música que tan bien conocía.

—Mama, quiero darle una moneda. Lo hace muy bien.

El joven intérprete sonrió por fin. Probablemente era el primer comentario agradable que recibía en toda la mañana.

—Muchas gracias, amigo —le dijo, guiñando un ojo, cuando depositó el euro en la funda abierta de la guitarra.

Madre e hijo se despidieron y prosiguieron su camino hacia el exterior.

—¿Por qué no se paraba nadie a escuchar? El chico toca muy bien.

Joan no comprendía la indiferencia de la gente, caminando siempre tan rápido, como si fueran a ganar alguna carrera.

—No sé, Joan. La verdad es que tampoco yo lo entiendo. —Laia pensaba en la lógica aplastante del razonamiento de su hijo, difícilmente rebatible—. Supongo que estamos acostumbrados a utilizar el metro sólo para desplazarnos, y como casi siempre vamos con el tiempo justo, ni siquiera nos fijamos en otras cosas.

Laia recordó entonces los buenos momentos que años atrás había pasado en la confluencia de los corredores subterráneos de la plaza Catalunya escuchando a aquel grupo de rock… De Kalle se llamaba, que montaba auténticos conciertos multitudinarios bajo tierra.

—Pero, mama, ¿puede haber algo más interesante que pararse a escuchar a esos músicos tan buenos? Los que tocaban dentro del vagón daban ganas de pasarse la parada y todo.

Laia revolvió orgullosa el pelo de su hijo. “Ojalá no pierdas nunca esa espontaneidad”, pensó, mientras se adentraban en las calles peatonales del barrio Gótico. Le encantaba pasear por allí, aunque fuera de camino a algún sitio, y admirar aquellos edificios que explicaban la historia de la ciudad.

—¡Mira, mama, las gárgolas!

Aunque habían pasado por allí montones de veces, Joan seguía entusiasmándose como la primera vez que descubrió aquellas estatuas grotescas que protegían la catedral. Inventaba todo tipo de historias inquietantes protagonizadas por ellas, que contaba con voz tétrica mientras caminaban.

Tomaron la calle dels Comtes, y al llegar a la plaza de Sant Iu, donde se encuentra la originaria entrada principal de la catedral, la música los envolvió una vez más. En aquel marco perfecto, Laia se dejó llenar por las notas, y deseó sentarse en un escalón junto al museo Marés simplemente a sentir. A Joan no hizo falta que se lo propusiera. Nunca antes había visto a nadie tocar el arpa. Le pareció el sonido más maravilloso del mundo y se sentó a disfrutarlo frente a la mujer que acariciaba las cuerdas con el mismo amor que, sin duda, debía contagiar a cualquiera que pasara por allí.

Pero no. La calle tenía poco movimiento; la gran mayoría de turistas se agolpaban en la plaza de la Catedral, ignorando los tesoros que se escondían en las calles adyacentes, pero los que se adentraban en ellas estaban demasiado ocupados fotografiando los edificios para prestar atención a la arpista. Algunos le dedicaban miradas complacidas, pero pocos se paraban a escuchar y menos aún dejaban alguna moneda.

—¿Te ha gustado? —preguntó la mujer a su espectador, que había aplaudido al acabar la pieza.

Joan asintió sin decir nada, más por la admiración que sentía hacia ella que por vergüenza.

—¿Te gustaría tocar el arpa?

El pequeño no podía creer que se lo estuviera proponiendo en serio. Tuvo que contenerse para no saltar a abrazar a la mujer. En su lugar, asintió de nuevo, esta vez con entusiasmo.

—Ven aquí, que te enseño.

Y eso hizo. Durante los siguientes minutos Joan se sintió inmensamente especial. Al pasar sus manos por aquellas cuerdas mágicas el sonido se propagaba hacia el cielo; incluso parecía que las gárgolas escucharan. Laia observaba sonriente, orgullosísima de su hijo y agradecida sin límite a la generosidad de la mujer. Ninguna moneda podría pagar aquella lección de humanidad.

—¡Mama, mira! ¡Yo también quiero! —exclamó una niña al ver a Joan tocando el arpa.

—Va, déjate de historias, que tenemos prisa —respondió la madre, sin apenas prestar atención a lo que había despertado el entusiasmo de su hija.

Laia miró con aprensión a aquella mujer, otra víctima del tiempo, de la rutina, del hastío. Ella había olvidado qué era lo que les había llevado a apresurarse aquella mañana de julio, pero consideró que ya era el momento de que su hijo dejara a la arpista tratar de ganarse la vida.

—Va, Joan. Esta señora tiene que seguir con su trabajo y nosotros nos tenemos que ir. —Sacó entonces un billete de diez euros del bolso—. No compensa ni de lejos el regalo que le ha hecho a mi hijo, pero acépteme este billete como muestra de agradecimiento y de admiración.

La mujer la miró con cariño.

—Su hijo es un niño muy sensible. Normalmente son los más jóvenes quienes aprecian más la música en la calle, pero lo hacen de pie, manteniendo una distancia prudencial. Ver a su hijo ahí sentado, sintiendo la música, me ha llegado al corazón. —Dudó un momento—. Le acepto el billete porque veo que valora de verdad lo que hago. Muchísimas gracias. Y vuelvan cuando quieran; me encantará verlos entre “el público”.

Se despidieron y reanudaron la marcha. Joan estaba radiante.

—¿Has visto, mama, qué bien lo he hecho?

—Has estado genial.

—La señora me ha enseñado muy bien… —Reflexionó un instante antes de proseguir— Yo quiero un arpa para mi cumpleaños.

A Laia se le escapó una carcajada. Iba a contestarle algo, pero en ese momento se les acercó un chico de unos treinta años. Llevaba una mochila colgada de un hombro.

—Buenos días, señora. Disculpe que la entretenga. Verá… —Sonreía, pero con una expresión resignada. Los ojos transmitían cansancio, un cansancio profundo, pero tenía buen aspecto—. Necesito algo de dinero para comprarme un bocata. Si es posible, le agradecería cualquier cosa que me pueda dar.

A Laia le sorprendió que un hombre joven, aparentemente sano y bien educado, tuviera que recurrir a la mendicidad para poder comer. Pensó que quizás había tenido algún problema.

—¿Te ha pasado algo? ¿Eres de fuera y has perdido la cartera?

El muchacho le dedicó otra sonrisa triste.

—Ojalá fuera eso, señora. Soy de aquí de toda la vida. Nací en el Poblesec, vivo en el Poblesec y creo que moriré allí también. Verá, lo único que me pasa es que no tengo trabajo, no hay manera de encontrar nada, y tengo que pedir para comer.

Laia asintió, comprensiva.

—Pues voy a mirar lo que tengo, pero me temo que sólo te voy a poder dar algunos céntimos. Me sabe fatal…

—No se preocupe, señora. Cualquier cosa está bien. Yo se lo agradezco de corazón.

Joan había asistido a la escena en silencio, pensativo. Pero por fin decidió intervenir.

—¿Y por qué no tocas algún instrumento en la calle? Así la gente te echará monedas…

Laia sintió que se la tragaba la tierra.

—¡Joan!

—No se preocupe, señora. No me molesta. —El chico sonreía, ahora divertido—. Tienes mucha razón en eso que dices, y no te creas que no lo he pensado más de una vez. Pero soy tan torpe que me da más vergüenza hacer el ridículo aporreando una guitarra que pedir.

—Pues, ¿sabes? Allí hay una señora que toca el arpa muy bien. A mí me ha enseñado un poco, así que a lo mejor, si tú se lo pides, te puede enseñar a ti también.

Laia se quedó sin palabras. Se le hizo un nudo en la garganta. Se sentía feliz por la bondad de su hijo y a la vez impotente por su ingenuidad, por no poder explicarle que el mundo era incomprensiblemente injusto.

Depositó las pocas monedas que había rescatado de la cartera en la mano del joven, que se esforzaba por mantener la sonrisa en los labios, pese a que dos lágrimas se abrían paso a cada lado de la cara.

Negro, rojo, gris… ¿y el verde?


Sotanas negras, de odio,
portadoras de negros augurios,
nostálgicas de un negro pasado.
Sotanas rojas, de sangre,
de los inocentes que ignoraron,
de aquellos a los que condenaron,
nostálgicas de rencor, de represión
y de mezquina venganza.
Amigas del poderoso,
de ese poder mentiroso,
insensible al sufrimiento,
cómplice del abuso,
que enmascara la verdad y reescribe la historia. Sigue leyendo