Comunión


Comunión (collage y pintura), serie Azules y Rojos, pasado continuo
 «Al arder las iglesias, la mayoría se habían consumido casi en su totalidad hasta solo quedarse en ellas un esqueleto desmembrado. Recuerdo que, durante años, una feligresa decidió darnos catequesis a las niñas del barrio en su propia casa. A veces, incluso nos dejaba merendar allí. Y todas salíamos de allí pensando y comentando la suerte que habíamos tenido con que la iglesia hubiera sido incendiada. Ya sabes, cosas de chiquillos».

Odio, dolor y sangre


Conocí a Lorenzo cuando tenía diez años. Desde entonces fue mi mejor amigo. En aquella época me gustaba andar descalza sobre la yerba verde. Me daba seguridad el olor a tierra húmeda y sentir bajo mis pies el barro haciéndome cosquillas cuando se metía entre mis dedos. Salía al campo corriendo, con la cara al viento. Cuando me detenía cerraba los ojos para escucharlo y preguntar si tenía algún mensaje para mí. Lo oía silbar contándome historias de hadas y príncipes encantados y que algún día uno llegaría a mi puerta con un zapato de cristal a pedir mi mano.

Me gustaba recoger flores para hacer una corona y ponerla sobre mis cabellos. Las olía primero y les pedía perdón por arrancarlas, pero ellas repetían que con gusto adornarían mi cabeza llena de pensamientos buenos. Una mañana, mientras hacía mi habitual paseo, encontré a mi amigo. Me sorprendió porque caminaba despacio y estaba herido. De inmediato sentí compasión por él y me acerqué sin temor alguno pues sabía que no me haría daño.

—No tengas miedo, estoy herido —dijo.

—Ya lo he notado y, además, no tengo miedo —respondí mientras me acercaba y lo tocaba con suavidad. Luego lo llevé al río para que tomara agua y para limpiar sus heridas—. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás herido?

—Vengo de muy lejos, de un lugar al cual no quiero regresar.

—¿No quieres? Pero, ¿qué tiene ese lugar? —pregunté intrigada.

—Mucho odio, dolor, sangre…

—No sé de lo que hablas… —dije con sinceridad pues en mi mundo no había visto nada de eso.

—Tú no tienes edad para saber de esas cosas.

—Cuéntame, por favor —supliqué en mi curiosidad.

—No quieras saber, niña. La vida misma te enseñará.

—Pero, ¿no tienes amigos? ¿Un amo?

—Un amo sí tenía, pero murió.

Ya no quiso hablar más. Cayó al suelo y se quedó dormido. No quise interrumpirlo pues se notaba que su cansancio era largo y viejo. Mientras dormía me preguntaba qué le pudo suceder. No sabía su nombre, pero enseguida empecé a amarlo.

Escuché a mi madre llamándome para cenar y corrí antes de que despertara a Lorenzo. Comí rápido. Saqué una porción de pan y frutas y regresé a donde lo había dejado. Seguía acostado, pero con los ojos abiertos.

—¿Tienes mucho dolor?

—En el cuerpo no tanto, más es el dolor que tengo en el alma.

Instintivamente lo abracé y algo dentro de mí se estremeció de puro amor.

—No me has dicho cómo te llamas —dije.

—Me llamo Lorenzo.

—¿Te quieres quedar conmigo?

 —Sí, quiero.

Caminó conmigo despacio hasta la casa. Cuando mis padres lo vieron lo recibieron con el mismo cariño que yo. Enseguida buscaron cobijas y un lugar cómodo donde se pudiera reponer. Me dediqué a alimentarlo y conversaba con él largas horas. Cuando sanaron sus heridas salíamos juntos a mi paseo de la mañana. Cabalgaba sobre él, alegre, y podía cerrar los ojos sabiendo que cuidaba de mí.

El tiempo pasó y con él me fui convirtiendo en mujer. Lorenzo era mi sombra, mi protector. Una mañana que venía de vuelta del río un hombre con armadura se acercó en un caballo. Mi amigo enseguida se inquietó y me miró advirtiéndome que no me fiara. El soldado se bajó del caballo sonriendo burlón.

—Hace rato te estoy mirando y no he podido evitar acercarme —dijo—. Desde donde estaba podía percibir el olor de tu cabello.

—¿Y qué hace un soldado por estos lugares?

—¿No has escuchado que entramos en la ciudad.

—¿Quiénes han entrado? —pregunté ocultando mi preocupación.

—El ejército más poderoso del mundo —respondió—. Y he venido a incautar las tierras en las que vives con tus padres.

—¿Cómo sabes que vivo con ellos? No les harás daño, ¿verdad? Ya son viejos…

 El hombre empezó a reír a carcajadas. Mientras más reía, más miedo sentía. De pronto vi a Lorenzo levantarse en dos patas y romperle el cráneo al soldado.

—¡Súbete! —urgió.

Cabalgamos hasta la casa y con horror vi a mis padres tirados en sendos charcos de sangre y sin vida. El dolor y la rabia se apoderaron de mí. Quería que los hombres que dañaron a mis padres pagaran por su afrenta.

—No, niña querida —me dijo Lorenzo—. Cuando me encontraste precisamente de esto huía. Al llegar a ti, toda mi vida pasada cambió con tu amor. No dejes que el odio nuble tu entendimiento ni corrompa tu corazón. El dolor poco a poco amainará y dejarás de sufrir.

Acaricié la crin de mi amado amigo y lo monté. Le pedí que me llevara a un lugar lo suficientemente lejos como para no tener que ver a mi enemigo. Lorenzo corrió hasta el lugar donde me conoció.

—Lorenzo, te dije que me llevaras lejos —reclamé.

—No importa a donde te lleve, nunca te sentirás lo suficientemente lejos si albergas malos sentimientos en el alma y nunca estarás preparada para el amor. Es aquí donde encontré paz y en donde tú la hallarás.

Enterré a mis padres y por cada lágrima que caía sobre la tierra, una rosa blanca brotaba. Me quedé en el hogar en el que crecí rebuscando los buenos recuerdos para sanar y cada mañana daba el paseo con Lorenzo hasta que encontré la paz. Ya estaba preparada para el amor. Fue entonces cuando conocí a Benjamín, un joven labrador que, aunque no traía una zapatilla de cristal, tenía —como mi padre— un alma noble y buena. Nos casamos y trabajaba la tierra que siempre nos daba de comer. Mi amigo le ayudaba en el campo hasta que envejeció.

Lorenzo murió en paz una mañana treinta años después de que lo conocí. Mi esposo y mis hijos me ayudaron a enterrarlo en el lugar donde lo encontré herido de cuerpo y alma hacía tantos años. Él me protegió del mal y me enseñó a sanar cuando estuve herida. Al igual que en la tumba de mis padres, mis lágrimas se convertían en rosas al caer sobre la tierra.

No lo extraño pues en mi paseo de las mañanas lo escucho en el viento y siento su presencia en la tierra húmeda que me hace cosquillas entre los dedos. Algún día me esperará en el río y cabalgaremos juntos hasta su hogar.

 

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Imagen (CC0): https://pixabay.com/en/buy-me-a-coffee-animal-equine-2067460/

El desquite


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            El niño Fermín se pinta los labios. El pintalabios rojo de la abuela seduce la imaginación. Rellena de curiosidad cada frontera virgen de la boca. La precisión de este hombrecito con el lápiz labial es magistral apenas a los siete años. Boquiabierto no deja de coquetear. Maniobra como un experto el celular regalado por los abuelos para sacar un selfie. Abandona el cuarto. Asegura que nadie lo vea. Sube las escaleras hasta el lavadero ubicado en el ático. Escoge la camisa preferida de su padrastro del canastillo de la ropa sucia. Besa apasionado la prenda elegida en la parte interior del cuello. Arroja la camisa al cesto de lavar sin miramientos.

           Murmura. Los escalofríos aparecen. Duda. Teme ser descubierto. Elimina toda evidencia. Baja brincando los escalones de dos en dos. Jadea. Frena. Llega al salón comedor. Examina la nueva pintura que por semanas conquista la atención de todos en la casona. Embelesado ante la estampa del velorio clava la mirada en el infante. El detalle del pequeño inocente tendido sobre la mesa contrasta con su diablura. La ausencia del rojo en los labios del niño muerto es acusadora. Los ojos de los personajes pintados en el lienzo lo persiguen. Siente en la piel el veredicto. Imagina la sentencia. Cada uno de ellos parece gritar enmudecido. Aflora la culpa en la semilla del arrepentimiento. El miedo a ser castigado amaina su instinto justiciero.

            No hay vuelta atrás. Mamá sube las escaleras. Fermín la mira de reojo. El silencio se desnuda. El llanto es eco. Retumba zigzagueando por las paredes desde el ático hasta el sótano. El niño ni parpadea. Paralizado ve las gotas de sudor caer al suelo. Los gritos amplificados de la mujer que lo procreó descongelan sus pies. Corre a esconderse en la habitación. El corazón se atasca entre las costillas en un acelerado salto inesperado. Se arrodilla. Reza. Hace la señal de la cruz. Brinca a la cama. Tararea. Ensaya una y otra vez el rostro de la santidad. Invoca la prematura inocencia malograda. Divaga. Bosteza. Cabecea. La madre se desahoga degollando la camisa manchada de un tijeretazo. Mientras tanto el hijo desvelado revive los acercamientos indebidos de su padrastro.

Nota aclaratoria: La foto de El Velorio (1893) del pintor puertorriqueño Francisco Oller y Cestero es parte de la inspiración de este cuento corto. El original de la obra se encuentra en el Museo de la Universidad de Puerto Rico en el pueblo de Río Piedras. Mide 8 pies de alto y 13 pies de largo. Es uno de nuestros tesoros culturales, si tienen oportunidad de visitar nuestra isla, no se la pierdan.

Obelisco


Desde las olas del mar hasta el borde del precipicio en la punta de la montaña, así pesa el escalofrío de una presencia no identificada precipitándose con una velocidad incalculable al portal del hogar que te pertenece.

La falta de seguridad resplandece con ánimos de socorro, las llamaradas de bengala no atraen ni a los carroñeros más curiosos y el temor se apropia deliberadamente del momento.

Sollozos con marca de desesperación empiezan a brotar de tu íntegro y valiente ser, dejan el orgullo atrás y descienden hasta un nivel de inocencia que no te deja pensar, solucionar. —¿Qué prefieres hacer ahora?, te pregunta silenciosamente tu consciencia. La criatura que te espera detrás de la puerta que te «protege» no es más que otra tarea que tú puedes vencer, parece imposible… Lo sé. Pero ¿acaso no has logrado combatir con 10 males comunes al mismo tiempo, que superan esta calamidad desconocida? —Yo, sencillamente no puedo. ¿Qué es eso que está gritando afuera? No tengo ni idea, no poseo espada ni luz de escudo para defenderme, solo deseo huir, ¿o acaso no lo entiendes?

—Las soluciones no son despachadas, la adrenalina sube al borde de tu armadura de carne pero no la aprovechas, se disuelve como la estrella que pestañea frente a ti antes de morir. Si decides quedarte al borde del precipicio o luchar entre las olas del océano en plena tormenta, solo te pido que no desfallezcas. Tú puedes sobrevivir un poco más, está en tu fuerza.

Música


Street musician - Yuri Samoilov
‘Street musician’. Foto: Yuri Samoilov (www.flickr.com)

 

A Joan le gustaba aquella música. Para él fue una sorpresa encontrarse en el metro con un concierto. Dos hombres de aspecto extranjero tocaban el saxo y la trompeta con energía. De vez en cuando cantaban mientras sonaba de fondo la melodía proveniente del amplificador. Estaban alegres y contagiaban de buen humor a algunos pasajeros. La mayoría, en cambio, según observó el chaval, no apartaba la mirada del móvil o del libro. Otros no miraban nada. Le sorprendía que la música no les empujara a interrumpir, aunque sólo fuera momentáneamente, su aislamiento. Él se había puesto a bailar. Su madre lo miró, divertida.

—Va, Joan, que nos bajamos en ésta —le anunció mientras depositaba un par de monedas en el vaso de papel que paseaba uno de los músicos.

—Muchas gracias, señora. Que pasen un buen día.

El hombre, que había acompañado durante unos segundos a Joan en su baile, agradeció la generosidad de la mujer con una sonrisa sincera.

—¿Por qué le has dado esas monedas? —preguntó el pequeño mientras caminaban por el andén en busca de la escalera mecánica.

—Pues porque si no lo hacemos nosotros, los pasajeros, nadie les va a pagar por su trabajo.

—¿Trabajan haciendo conciertos en el metro?

Semejante perspectiva laboral le parecía de lo más atractiva.

—Más o menos.

A los siete años, Joan observaba su entorno con una curiosidad creciente. No dudaba en preguntar cuando algo llamaba su atención. Pronto lo haría de nuevo el sonido de la música en directo. Esta vez, una guitarra eléctrica. Un joven de veintitantos, apostado en el transitado pasillo subterráneo, interpretaba una versión muy meritoria de ‘Money for nothing’. Joan la había escuchado muchas veces en la radio del coche. Se puso a tararearla mientras se acercaban al muchacho, que rasgaba las cuerdas sin demasiada pasión. Laia sonrió al oír a su hijo.

—Espera, mama. Vamos a quedarnos un poco.

—Pero, Joan, tenemos prisa…

Al decirlo, Laia se dio cuenta de lo absurdo que era que un músico regalara su arte en el metro si la gente, siempre esclava del tiempo, no se detenía ni un par de segundos a escuchar. En aquel momento el pasillo estaba atestado de viajantes en tránsito, ajenos al complemento sonoro. Sólo Joan, un niño, apreciaba lo que se le ofrecía, fascinado por la facilidad con la que aquellos dedos largos extraían del instrumento la música que tan bien conocía.

—Mama, quiero darle una moneda. Lo hace muy bien.

El joven intérprete sonrió por fin. Probablemente era el primer comentario agradable que recibía en toda la mañana.

—Muchas gracias, amigo —le dijo, guiñando un ojo, cuando depositó el euro en la funda abierta de la guitarra.

Madre e hijo se despidieron y prosiguieron su camino hacia el exterior.

—¿Por qué no se paraba nadie a escuchar? El chico toca muy bien.

Joan no comprendía la indiferencia de la gente, caminando siempre tan rápido, como si fueran a ganar alguna carrera.

—No sé, Joan. La verdad es que tampoco yo lo entiendo. —Laia pensaba en la lógica aplastante del razonamiento de su hijo, difícilmente rebatible—. Supongo que estamos acostumbrados a utilizar el metro sólo para desplazarnos, y como casi siempre vamos con el tiempo justo, ni siquiera nos fijamos en otras cosas.

Laia recordó entonces los buenos momentos que años atrás había pasado en la confluencia de los corredores subterráneos de la plaza Catalunya escuchando a aquel grupo de rock… De Kalle se llamaba, que montaba auténticos conciertos multitudinarios bajo tierra.

—Pero, mama, ¿puede haber algo más interesante que pararse a escuchar a esos músicos tan buenos? Los que tocaban dentro del vagón daban ganas de pasarse la parada y todo.

Laia revolvió orgullosa el pelo de su hijo. “Ojalá no pierdas nunca esa espontaneidad”, pensó, mientras se adentraban en las calles peatonales del barrio Gótico. Le encantaba pasear por allí, aunque fuera de camino a algún sitio, y admirar aquellos edificios que explicaban la historia de la ciudad.

—¡Mira, mama, las gárgolas!

Aunque habían pasado por allí montones de veces, Joan seguía entusiasmándose como la primera vez que descubrió aquellas estatuas grotescas que protegían la catedral. Inventaba todo tipo de historias inquietantes protagonizadas por ellas, que contaba con voz tétrica mientras caminaban.

Tomaron la calle dels Comtes, y al llegar a la plaza de Sant Iu, donde se encuentra la originaria entrada principal de la catedral, la música los envolvió una vez más. En aquel marco perfecto, Laia se dejó llenar por las notas, y deseó sentarse en un escalón junto al museo Marés simplemente a sentir. A Joan no hizo falta que se lo propusiera. Nunca antes había visto a nadie tocar el arpa. Le pareció el sonido más maravilloso del mundo y se sentó a disfrutarlo frente a la mujer que acariciaba las cuerdas con el mismo amor que, sin duda, debía contagiar a cualquiera que pasara por allí.

Pero no. La calle tenía poco movimiento; la gran mayoría de turistas se agolpaban en la plaza de la Catedral, ignorando los tesoros que se escondían en las calles adyacentes, pero los que se adentraban en ellas estaban demasiado ocupados fotografiando los edificios para prestar atención a la arpista. Algunos le dedicaban miradas complacidas, pero pocos se paraban a escuchar y menos aún dejaban alguna moneda.

—¿Te ha gustado? —preguntó la mujer a su espectador, que había aplaudido al acabar la pieza.

Joan asintió sin decir nada, más por la admiración que sentía hacia ella que por vergüenza.

—¿Te gustaría tocar el arpa?

El pequeño no podía creer que se lo estuviera proponiendo en serio. Tuvo que contenerse para no saltar a abrazar a la mujer. En su lugar, asintió de nuevo, esta vez con entusiasmo.

—Ven aquí, que te enseño.

Y eso hizo. Durante los siguientes minutos Joan se sintió inmensamente especial. Al pasar sus manos por aquellas cuerdas mágicas el sonido se propagaba hacia el cielo; incluso parecía que las gárgolas escucharan. Laia observaba sonriente, orgullosísima de su hijo y agradecida sin límite a la generosidad de la mujer. Ninguna moneda podría pagar aquella lección de humanidad.

—¡Mama, mira! ¡Yo también quiero! —exclamó una niña al ver a Joan tocando el arpa.

—Va, déjate de historias, que tenemos prisa —respondió la madre, sin apenas prestar atención a lo que había despertado el entusiasmo de su hija.

Laia miró con aprensión a aquella mujer, otra víctima del tiempo, de la rutina, del hastío. Ella había olvidado qué era lo que les había llevado a apresurarse aquella mañana de julio, pero consideró que ya era el momento de que su hijo dejara a la arpista tratar de ganarse la vida.

—Va, Joan. Esta señora tiene que seguir con su trabajo y nosotros nos tenemos que ir. —Sacó entonces un billete de diez euros del bolso—. No compensa ni de lejos el regalo que le ha hecho a mi hijo, pero acépteme este billete como muestra de agradecimiento y de admiración.

La mujer la miró con cariño.

—Su hijo es un niño muy sensible. Normalmente son los más jóvenes quienes aprecian más la música en la calle, pero lo hacen de pie, manteniendo una distancia prudencial. Ver a su hijo ahí sentado, sintiendo la música, me ha llegado al corazón. —Dudó un momento—. Le acepto el billete porque veo que valora de verdad lo que hago. Muchísimas gracias. Y vuelvan cuando quieran; me encantará verlos entre “el público”.

Se despidieron y reanudaron la marcha. Joan estaba radiante.

—¿Has visto, mama, qué bien lo he hecho?

—Has estado genial.

—La señora me ha enseñado muy bien… —Reflexionó un instante antes de proseguir— Yo quiero un arpa para mi cumpleaños.

A Laia se le escapó una carcajada. Iba a contestarle algo, pero en ese momento se les acercó un chico de unos treinta años. Llevaba una mochila colgada de un hombro.

—Buenos días, señora. Disculpe que la entretenga. Verá… —Sonreía, pero con una expresión resignada. Los ojos transmitían cansancio, un cansancio profundo, pero tenía buen aspecto—. Necesito algo de dinero para comprarme un bocata. Si es posible, le agradecería cualquier cosa que me pueda dar.

A Laia le sorprendió que un hombre joven, aparentemente sano y bien educado, tuviera que recurrir a la mendicidad para poder comer. Pensó que quizás había tenido algún problema.

—¿Te ha pasado algo? ¿Eres de fuera y has perdido la cartera?

El muchacho le dedicó otra sonrisa triste.

—Ojalá fuera eso, señora. Soy de aquí de toda la vida. Nací en el Poblesec, vivo en el Poblesec y creo que moriré allí también. Verá, lo único que me pasa es que no tengo trabajo, no hay manera de encontrar nada, y tengo que pedir para comer.

Laia asintió, comprensiva.

—Pues voy a mirar lo que tengo, pero me temo que sólo te voy a poder dar algunos céntimos. Me sabe fatal…

—No se preocupe, señora. Cualquier cosa está bien. Yo se lo agradezco de corazón.

Joan había asistido a la escena en silencio, pensativo. Pero por fin decidió intervenir.

—¿Y por qué no tocas algún instrumento en la calle? Así la gente te echará monedas…

Laia sintió que se la tragaba la tierra.

—¡Joan!

—No se preocupe, señora. No me molesta. —El chico sonreía, ahora divertido—. Tienes mucha razón en eso que dices, y no te creas que no lo he pensado más de una vez. Pero soy tan torpe que me da más vergüenza hacer el ridículo aporreando una guitarra que pedir.

—Pues, ¿sabes? Allí hay una señora que toca el arpa muy bien. A mí me ha enseñado un poco, así que a lo mejor, si tú se lo pides, te puede enseñar a ti también.

Laia se quedó sin palabras. Se le hizo un nudo en la garganta. Se sentía feliz por la bondad de su hijo y a la vez impotente por su ingenuidad, por no poder explicarle que el mundo era incomprensiblemente injusto.

Depositó las pocas monedas que había rescatado de la cartera en la mano del joven, que se esforzaba por mantener la sonrisa en los labios, pese a que dos lágrimas se abrían paso a cada lado de la cara.

Nanocuento: Saliendo de la oscuridad


Dos Bocas-20140812-00467Steven necesitó transformarse en prisma para liberar las virtudes castradas durante los diecisiete años que estuvo en prisión a pesar de ser inocente.

Montaje fotográfico preparado por Edwin Colón 2014