Milena y Ramiro (Una historia de NO amor)


Mi nombre es Milena. La gente de internet cree que tengo más de dieciocho años, pero realmente me faltan cuatro meses para cumplir los diecisiete.

Desde que papá falleció, por culpa del coronavirus, todo ha cambiado en casa: Mamá y yo tuvimos que comenzar a trabajar, dejé la escuela y mi hermanita pequeña tuvo que pasar todas las mañanas en casa de mi tía Sandra. Fue una época difícil para nosotras.

Comencé a trabajar en una cafetería poco concurrida. Esa fue la primera vez que mentí sobre mi edad, cuando dije que tenía dieciocho y no dieciséis. Fue allí mismo en donde conocí a Ramiro, el sobrino del dueño, que trabajaba los fines de semana de cajero. 

Ramiro le dio luz a mi vida nuevamente. En casa todo eran gritos y preocupaciones. Con Ramiro todo lo contrario. Él me llevaba al cine, a cenar, a los miradores. Con él fui por primera vez a un antro y fue con él con quien tuve la más grande borrachera de mi corta vida. Esa noche también perdí mi virginidad y por primera vez le dije a un chico que lo amaba.

Ramiro era bueno conmigo, salvo cuando lo hacía enojar. Él cambiaba drásticamente y me ignoraba por días. Yo tenía que mover mar y tierra para que se volviera a contentar. Cuando nuevamente estábamos bien, regresábamos a los cines, a los antros y a los parques. También volvían los moteles y el sexo desenfrenado.

Llevábamos saliendo más de medio año, cuándo en la fiesta de sus veintisiete años, su tío (el dueño de la cafetería), lo acusó de robarle las cuentas y lo corrió. Por supuesto que yo renuncié. La cafetería sin Ramiro no era nada. Conseguiríamos trabajo juntos y nos casaríamos algún día.

Fue después de esa fiesta cuándo le dije mi verdadera edad. Grave error. Se enojó conmigo mucho más que las veces anteriores. Me golpeó y me dijo que por mi culpa lo meterían a la cárcel. Yo le dije que eso no sucedería jamás, que yo lo amaba y que haría todo para que nuestra relación triunfara.

Un mes después, Ramiro seguía sin conseguir trabajo, y yo tampoco. En casa las cosas con mamá se ponían cada vez peor, y mi hermanita seguía sin enterarse de nada. No sabíamos cómo saldríamos de esa mala racha, y tampoco sabíamos que llegaría algo que me cambiaría la vida para siempre.

Una tarde, días antes de nuestro aniversario, Ramiro comenzó a insistir en abrir una cuenta de contenido para adultos. Me dijo que yo sería la estrella y que no haría nada que no hubiera hecho antes. Así como lo planteaba, él se encargaría de todo: conseguiría la cámara, la ropa, el set. Yo solo debía fingir nuevamente mi edad, no decirle a nadie y hacer todo lo que él me dijera.

Al principio no quise y Ramiro se enojó nuevamente conmigo. Me golpeó otra vez. Me dijo que no era nada y que nunca tendría dinero si no lo hacía. Dijo que mi mamá y yo éramos unas «muertas de hambre» y que él solo me lo proponía para que saliéramos de la pobreza. Cuando le dije que aceptaba, Ramiro volvió a ser lindo conmigo.

Al inicio, nuestro contenido solamente era fotografías en ropa interior con poses sugerentes, pero al ver que nadie nos pagaba, Ramiro comenzó a pedir que hiciera más cosas frente a la cámara. Con el dinero de mi primer desnudo compré un juguete para mi hermanita. Bueno, con el dinero que me correspondía, ya que Ramiro se quedaba con la mayoría, pues él era quien hacía todo y, además, era él quien tenía la cuenta bancaria.

Para evitarnos problemas, Ramiro me prohibió tener redes sociales y amigas. Me mudé con él y veía a mi mamá y a mi hermanita una vez cada quince días o cada mes. Además, no podía decirles nada sobre las fotografías o los videos. Mi madre pensaba que seguíamos trabajando en la cafetería. Ella siempre cuestionaba a Ramiro, él decía que mi madre no entendía nuestra relación, y que a él no lo quería. Por eso él siempre iba conmigo cuando visitaba a mi madre.

Así pasamos de desnudos, a sexo en vivo, a sexo en los parques y en las piscinas públicas. Así pasé de sexo con Ramiro, a hacerlo con él o con sus amigos. A sonreírle siempre y hacer lo que él quería. Si sonreía no había golpes, y si no había golpes, éramos felices.

Días antes de cumplir los dieciocho, de verdad, le dije en la mañana a Ramiro que esa noche le tenía algo preparado. Todo el día estuvo impaciente, ansioso y enojado. yo le decía que tuviera paciencia, que se tomara un trago. 

Al caer la noche, en punto de las ocho, Julissa llegó. Ella era una amiga de la cafetería. La había topado dos meses antes y le conté mi historia. No se creía que siguiera con Ramiro y, mucho menos, lo que hacíamos para vivir. Ella se horrorizó y planeó todo. 

Ramiro se extrañó de ver a Julissa ahí. No entendió nada hasta que, segundos después, cuatro policías entraron al departamento para apresar a Ramiro por estupro, pornografía y prostitución infantil.

Hoy Ramiro se pudre en la cárcel. Creo que allí le hacen lo que él y sus amigos me hacían. Yo entendí que nuestro «negocio» no era normal, y que Ramiro no era, para nada, ni mi luz ni mi salvador.

Yo volví con mi mamá y con mi hermanita. Intentamos ser felices, aunque a veces mientras como, pienso en Ramiro y en todos los pervertidos que se masturbaban con mis fotos, y se me va el apetito.  

La nube


Ana corría de un cubículo a otro buscando con desesperación una conexión para recargar su estación de energía personal: se le estaba acabando la carga y tendría que pagar multas por no mantener su identificador funcionando y en línea. Cuando encontró uno utilizable, el color volvió a su rostro. No regalaría un montón de monedas por un descuido. Era tarde y los pocos que aún se trasladaban a la oficina a trabajar, ya se habían retirado.

Imagen de Pxhere CC0 Public Domain

A Ana no le gustaba del todo el teletrabajo; le gustaba caminar por los andadores y mirar sin pudor los identificadores de las personas que se cruzaban con ella en el trayecto. Era como una de esas modas que nunca pasan: saber el nombre, días de vida, dirección, empleo y todo eso a lo que en una época anterior se le llamaba privacidad. A veces era un juego mental morboso: mirar en primera instancia a la persona y después su identificador para buscar congruencias según su aspecto. La privacidad se había reducido tan solo a un par de momentos en la vida cotidiana, todo lo demás estaba a la vista de todos.

Bastaron dieciocho segundos para que la estación de energía se cargara al cien por ciento. Ana ni siquiera tuvo tiempo para husmear un poco en su perfil de la Red Social Global, así que guardó su dispositivo inteligente en su bolso. Bajó usando el ascensor que en su interior estaba musicalizado con una versión de una melodía en ocho bits, que más parecía un tono de llamada de aquellos antiquísimos teléfonos celulares, que una sonorización envolvente.

Cuando llegó a su vehículo, apenas cerrando la portezuela, una voz muy natural como para ser robótica le dijo:

—Buenas noches, Ana. ¿Quieres hacer un back up de tu día en la nube personal?

—Sí —contestó Ana al mismo tiempo que conectaba su dispositivo para la sincronización.

—Se han sincronizado 34 fotografías, una playlist, ocho ubicaciones, cuatro archivos diversos, dieciocho llamadas telefónicas y se actualizó tu estado en la Red Social Global a: «¡Por fin a casa!» —dijo la voz desde los altavoces del vehículo. Ana miraba al frente con tanto aburrimiento que hasta su voz se escuchaba afectada.

—Bien. Gracias. Se me fue el día en ¡nada! ¿Por qué no me alcanza el tiempo?

Condujo en modo manual hasta el conjunto de viviendas idénticas en donde vivía desde hacía varias semanas, gracias a la reciente promoción a un puesto gerencial en el área de mercadotecnia de la empresa. Ahora le alcanzaba para costearse una casa inteligente y autosustentable: smarthome, les decían. Su carrera, sin duda, iba en ascenso.

—¡Maldita sea! —dijo presionando a fondo el pedal del freno. La oportuna reacción evitó que se estrellara con la puerta automática del garaje que quedó inmóvil a mitad del ascenso. Habilitó el control remoto manual para guardar el auto.

—Apunta en los recordatorios: solicitar revisión con el proveedor de puertas automatizadas… No, borra «revisión», cámbialo por «queja» —indicó a su asistente digital.

—Reporte enviado al área de soporte —respondió la voz del asistente en línea.

Ana se preguntaba si era igual de rutinaria la vida de las demás personas. Lo hacía mientras se despojaba de la apretada falda y los atormentadores tacones. Dejó en una repisa su identificador. Activó por medio de su voz las luces a una intensidad media y decidió acompañar su soledad con un poco de vino. Mientras miraba el vaso, agradecía que algunas cosas no hubieran pasado de moda o fueran sustituidas por otras obedeciendo a esa tirana que dictaba las ordenes sobre la vida de todos: la tecnología.

El vino hizo efecto y Ana fue directo a su cama; no tenía más ánimos para seguir filosofando sobre la existencia humana y sus desdichas, así que a la voz de «apagar todo» fue quedándose dormida.

***

Fue como un abrir y cerrar de ojos: el asistente la rescató del país de los sueños, aunque Ana rara vez recordaba lo que había soñado, pero sintió que no había dormido lo suficiente. Aún así inició su ritual previo a salir al trabajo.

—Un café grande sin endulzante ni crema, por favor —indicó acercándose a una rejilla.

—Acérquese al escáner que está a su lado derecho —respondió una voz hueca salida de la misma rejilla—. Se han cargado treinta monedas a su cuenta. En veinte segundos estará listo su café. Que tenga un buen día —dijo la voz.

Después de un bip, Ana recogió su vaso de café. Aspiró el prometedor aroma de la cafeína esperando que la avivara y le ahuyentara la somnolencia.

—¿Deseas tomar una foto de tu café, Ana? —dijo el asistente. Ana miró el vaso y sopló el vapor del líquido caliente.

—No. Ni siquiera está mi nombre en el vaso.

Otro día de trabajo en la oficina tan desesperante e igual, normal como todos los otros días. Ana tenía que exprimirse el cerebro para elaborar campañas efectivas de mercadotecnia para que su empresa vendiera y vendiera y vendiera. «Maldito consumismo» se decía a sí misma a menudo. Después se arrepintió de la maldición puesto que el consumismo era lo que pagaba su sueldo. Se frotó los ojos y miró la pizarra electrónica que tenía frente a ella. Ideas, conceptos, frases, palabras sueltas, un caos delimitado por la forma rectangular de la pizarra. De ahí tenía que surgir la nueva idea que justificaría ante los demás el porqué estaba en ese puesto. Pero no sería este día. La nueva idea tendría que incubarse un poco más. Estaba aburrida y decidió leer encabezados de la Red Social Global. Fotografías, videos, imágenes, texto y más texto; nada que llamara su atención hasta el momento en que apareció un encabezado en el feed: «Lo que se aproxima». Se detuvo y miró de dónde era la fuente. No recordaba cuándo se había suscrito. Buscó sus gafas y leyó.

«Es el mayor descubrimiento —aunque no reconocido por la comunidad científica— desde las ondas gravitacionales. Esto se originó en un tiempo tan remoto que no es sino hasta ahora que, después de viajar años luz por el espacio, se acerca amenazante a nuestro sistema solar en forma de espectro de ondas. Aún no hay un nominativo para este fenómeno astrofísico, por lo que muchos observadores de distintos países no se han aventurado ni siquiera a clasificar la teoría de su existencia o a plantear hipótesis sobre los posibles efectos que pudiera tener en los campos magnéticos de la tierra o de otros cuerpos en el sistema solar…».

Más parecía uno de esos artículos de blogs alarmistas y de teorías del apocalipsis, que en cada evento natural aprovechaban para ganar visitas y aprobaciones de los usuarios, que un artículo científico serio. Recordó a un video-blogger que le causaba incomodidad y risa con sus listas top seven de los sucesos más terroríficos de la web. Ni hablar de los libros que publicó: eran un bodrio.

Ana dejó en paz la red social, no sin antes guardar el artículo para seguir leyendo después. Ahora debía enfocarse en su trabajo y ya se había terminado el café. Tal vez si saliese a la calle se despejase un poco; en los últimos días sentía un gran vacío en sus pensamientos. Decidió salir a caminar.

Deambuló por los andadores sin que algo en especial llamara su atención. Algunos espacios entre los complejos ofrecían aburridos jardines sintéticos que emanaban fragancias de aromas naturales también sintéticas. «Vaya simulación», se dijo. Caminó un poco más hasta llegar a una zona de descanso con asientos ergonómicos, mesitas minimalistas y un enorme panorama a un muro de espejos que producía la sensación de estar en un lugar más grande. Durante unos segundos, antes de sentarse, observó su reflejo en el muro: estilizada; sencilla pero elegante, sobria y bella. Una publicista en ascenso, disfrutando el íntimo contacto con el éxito. «Pero ¿a cambio de qué?». Había perdido momentos con amigos; había rechazado reuniones familiares, y en el trabajo, era la jefa: nombramiento que no a todos complacía. «Desbalanceada, como un mal diseño que espera ser exitoso solo porque una de sus partes se ve bien y no el conjunto». Miró sus piernas: las disfrutaba, aunque fuera solo por la vanidad de admirarlas. «Soy un fiasco», dijo para sí y al mismo tiempo pensaba en las agotadoras sesiones cada tres días en el gimnasio.

No terminó de acomodarse en el sillón ergonómico cuando se escuchó un zumbido que iba de un tono muy agudo, y poco a poco, a un tono grave y ensordecedor. Las luces del lugar parpadearon un par de veces. Ana miró por instinto su dispositivo móvil y quedó sorprendida de que el icono de cobertura de red descendiera de XG y se detuviera en 2G y después desapareciera.

—¡No es posible! ¡¿Se ha caído la red?! —dijo alarmada.      

Para entonces todas las personas en la zona de descanso miraban sus dispositivos, incrédulos. Sordos rumores se levantaban en toda la sala como un enjambre de abejas que es molestado en su colmena. Ana caminó unos pasos hacía donde un chico levantaba el brazo con su dispositivo en la mano, tal y como se hacía en antaño para captar señal.

—¡Eh, hola…! —Veía la contrariedad en sus intentos por obtener señal.

El chico volteó a mirar y por instinto lo hizo al identificador, pero lo hizo de tal manera que Ana se sintió cohibida; hasta sintió que se sonrojó un poco.

—Tienes apagado el identificador —dijo el muchacho—. Te multarán por ello.

—Se enriquecerá la oficina de recaudación: el tuyo también está apagado.

El chico se olvidó del dispositivo y miró con espanto lo que Ana le acababa de decir.

—No te preocupes; todos estamos igual. Por cierto, soy Ana.

—Soy Teo —pronunció su nombre con una rara sensación: hacía tiempo que la costumbre de presentarse había sido olvidada.

—¡Salgamos de aquí! —dijo Ana encaminándose a la puerta principal. El área de descanso se estaba convirtiendo en un bullicio de hormigas desorientadas. Teo la siguió. A donde miraran, cualquier cosa que hacía unos minutos funcionaba con normalidad, ahora estaba muerta, sin alma, sin vida, sin Internet.

«Pero ¿hacia dónde ir?» Era el pensamiento inmediato que le ocupaba la atención. Ahora todo estaba como en un simulacro de evacuación por un desastre natural. Toda la gente en la calle como recién liberada de una prisión: volteando la cabeza para mirar hacia arriba reconociendo lo que siempre había estado ahí, pero que ahora parecía una novedad, hasta el silencio lo era. Solo fueron algunos momentos de estupefacción. Sobre el silencio se levantó una ola de murmullos con tono interrogativo. Todos se preguntaban qué había pasado y por qué el fluir del tiempo se había detenido de manera selectiva. Ana temía que en algún momento estallara el pánico colectivoacompañado de estampidas humanas y desesperadas trifulcas con heridos y hasta muertos; todo por culpa de la ignorancia de las causas que suscitaron el hecho. Su mente analítica no dejaba de buscar la mejor alternativa para salir bien librados del inesperado acontecimiento. Huir era fácil, lo difícil era encontrar un lugar seguro. Aunque Teo se veía desconcertado la seguía a paso rápido. Se movían en un laberinto de autos, a veces volteando a ver la duda en el semblante de los conductores. La asistencia remota estaba muerta al igual que todo en la ciudad. Otros reaccionaban con furia ante los controles de mando.

***

 Habían logrado salir de todo el ajetreo de los complejos corporativos y comerciales. Descansaban y se recuperaban en una banca metálica ubicada en un parque. No se veía ni una persona almorzando o consultando su dispositivo móvil, actividades que en situación normal se realizaban en aquel lugar.

—Es increíble que el mundo pare de girar, por decirlo así, sin internet. ¿A qué grado hemos llegado con la digitalización de todo lo que se hacía antes de que la red global fuera el eje central de nuestras vidas? ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho? Si nos ponemos a analizar, cualquier acción adquirió el complemento «en línea»: trabajo, ventas, compras, comida, transacciones bancarias y hasta buscar pareja. Todo en la red. Se nos olvidó como vivir desconectados.

Teo la miraba atento y escuchaba sin interrumpir. Ana tenía razón, pero la invasión tecnológica era imparable. Levantaba la cabeza para mirar a lo lejos los altos edificios y no se imaginaba un mundo distinto. Quizá sí, pero en otros tiempos, cuando sus padres millennials fueron los testigos de la automatización y víctimas de la obsolescencia prematura de todo lo que los rodeaba. Aún así, Teo no lograba dimensionar lo que estaba presenciando. Ahora no quitaba la vista de la pantalla de su dispositivo; tenía la esperanza de que volviera a funcionar en cualquier momento. El silencio se hizo entre los dos. Cada uno absorto en pensamientos muy distintos.

Ana resollaba para oxigenarse y pensar con claridad. Dejó que el sudor enfriara su cuerpo después de la corta pero apresurada escapatoria.

—¡No hagan nada! —dijo un tipo larguirucho y mal vestido. El destello de un arma punzocortante sacó de dudas a Teo y Ana: era un marginado, uno de esos que sobrevivía fuera del sistema sin identificador ni dispositivos.

»Quiero sus dispositivos, ¡ahora…!

Ana y Teo se miraron con expresión de duda. Teo le alcanzó el suyo, resignado a perder un gadget inservible. El ladrón miró la pantalla dando dos pasos atrás, pero sin dejar de blandir la hoja del cuchillo. Ana ni siquiera hizo el intento de acercarle su dispositivo.

—¿Para qué los quieres? Digo, no sirven, nadie te los comprará ni te los cambiará por…, lo que necesitas.

El tipo flaco miró otra vez la pantalla del aparato y vio que estaba muerto. Aún así volvió a pedir, ahora con más nervios, el de Ana. Ella se lo entregó y el ladrón se percató de que era verdad: no servían para nada.

—¡Maldita sea…! Pero ¿qué está pasando? —masculló aventando los dispositivos al suelo y guardando su cuchillo entre su hedionda ropa.

—No hay internet. Eso es lo que pasa —dijo Ana con toda la naturalidad posible—. Quizás consigas algo en los complejos, al no haber Internet tampoco hay seguridad.

Teo volteó a ver a Ana preguntándose por qué estaba diciendo eso, aunque el frustrado ladrón captó de inmediato la idea y emprendió la carrera hacia la calle principal de los complejos.

Ana levantó los dispositivos.

—¿Cómo sabes que ya no servirán más? —preguntó Teo, cada vez más desconcertado.

—Recordé algo, pero necesitaba mi gadget para confirmarlo. Guardé un artículo de un blog para leerlo después y ese momento es ahora.

***

«Las partículas no tienen suficiente fuerza para atravesar el planeta, creando con ello un campo de intercambio de elementos subatómicos y debido a la reacción, se crea una especie de neblina atómica que permanece estacionaria, semejante a una nube. Lo inquietante de este fenómeno cósmico es que no se sabe qué tipo de reacciones secundarias adversas pueda provocar al combinarse con las diferentes ondas y frecuencias que se emiten en la Tierra y de qué manera pudiese continuar su curso interminable por la materia negra del universo. Solo lo sabremos cuando nos alcance “la nube”».

Así finalizaba el artículo. No decía mucho, solo eran especulaciones sensacionalistas. Sin embargo, tenía un poco de razón con relación a lo que estaba pasando. A lo lejos se podían ver las primeras señales de los disturbios. Ana había acertado una vez más. Y si su instinto no fallaba, el artículo, a pesar de todo, tenía la lógica suficiente para concluir en verdad. Una verdad amenazadora y espeluznante.

—Teo, el mundo va a cambiar y en un tiempo cortísimo. Mientras los gobiernos e instituciones ponen orden, habrá guerra. Y lo que el mundo necesita es unirse para recomenzar. La primera asignatura pendiente será salvar al planeta de la nube. Doy por hecho que es una prioridad, a pesar de que es una teoría basada en suposiciones. Mientras eso pasa volveremos a las tecnologías rudimentarias: iluminación por fuego, transporte utilizando animales y papel impreso, sí, Teo, papel. Todas nuestras vidas quedaron atrapadas en lenguaje binario que hasta ahora es irrecuperable. Es un viaje en el tiempo hacia atrás; al tiempo en que no dependíamos de una red para vivir nuestras vidas. A una era en que ya conocemos la tecnología, pero no tenemos los recursos para crearla y debemos de encontrar alternativas.

Teo escuchaba el discurso de Ana asintiendo con la cabeza, sin pronunciar palabra. Su corta visión no le permitía ver más allá de la pantalla de su dispositivo. Lo llevaba en la mano, pegado al pecho, con la esperanza de que en cualquier momento se levantara la red y todo volviese a la normalidad.

Ana se había descalzado; le estorbaban los tacones ahora que quizá debiera correr en algún momento. Mientras caminaba, buscaba con la mirada una tienda de ropa para montarse en unas zapatillas deportivas y enfundarse en unos cómodos y necesarios pantalones.

Ella se sentía preparada para lo que venía. Miraba a Teo tan vulnerable que había decidido no acostumbrarse a él; en cualquier momento podía quebrarse, así como el cristal del aparador que estaba a punto de estrellar para entrar a la tienda. Debían llegar a casa de Ana, ese era el primer paso, una vez ahí esperarían para saber que hacer, para elaborar un plan de supervivencia y conseguir alimentos.

—Teo ¿quieres venir conmigo a mi casa? Ahí nos refugiaremos, por el momento.

—Sí, Ana. Tengo miedo.

—Lo sé. ¿Serás capaz de llevar esta caja?  Llevaré una también.

—Son paquetes de hojas de papel, Ana.

—Sí, ¿recuerdas lo que dije hace un rato?

—Que usaremos papel otra vez.

—Estaremos preparados.

Cruzaron el umbral de la tienda y Ana miró los alrededores: sería una larga escapada hasta su casa.

 —Volveremos al papel, Teo, volveremos al papel —dijo Ana y echó a correr.

A lo lejos, en caravana, se podían distinguir los vehículos militares arribando a la ciudad. Como si de una profecía sistemática se tratara, se escucharon los primeros disparos que anunciaban el principio del fin.

Me gusta


La abuela Neus estaba desayunando, como de costumbre, sus dos tostadas con tomate y aceite de oliva, un café largo y un vaso de yogur con muesli y miel. Para ella, el desayuno era uno de los momentos más placenteros del día, por lo que se tomaba el tiempo que fuese necesario para ello.

Mientras bebía su café, reflexionaba sobre lo que le contó su nieta la semana pasada, hablándole del dichoso internet, y un tal facabut o algo así y también del tutu no sé qué. Según su nieta, eran lugares donde la gente podía decir lo que le gustaba o le molestaba con dibujitos y luego la gente opinaba y a veces discutían. Le explicó cómo la acumulación de aprobaciones o «me gusta» y la suma de comentarios a una idea propia hacía que las personas fueran más felices. Todo eso pasaba a través de una pantalla del ordenador.

Se lo había contado todo con mucha ilusión, incluso le hizo demostraciones en su móvil, y ella fingía entusiasmarse con el relato de su nieta, pues siempre se había mantenido al margen de las nuevas tecnologías por más que le insistían en que debía comprarse un móvil.

Cuando su nieta le explicó cómo la gente, que no se conocía muchas veces de nada, podía opinar sobre cosas de las que no tenía ni la menor idea, la abuela Neus hizo un gesto de desaprobación que terminó por zanjar la conversación sobre aquellas cuestiones que a ella le parecían tan habituales y a la vez tan frívolas.

—Cuando seas un poco mayor, iremos juntas al bar y verás que lo mismo que pasa en tu móvil ocurre por lugares como ese —comentó la abuela.

Por si las dudas, la abuela se decidió a realizar una especie de ejercicio sociológico, el mismo día de la reunión con sus amigas en el bar de siempre. Paró la oreja para escuchar las conversaciones de la mesa de al lado y empezó a gritar a intervalos «eso me gusta», «con eso no estoy de acuerdo» o simplemente reía, y decía «eso que has dicho es muy divertido». Los de la mesa la miraron como si estuviese mal de la cabeza, pero al cabo de un rato, uno espetó: «Cállese señora, métase en sus cosas».

Aunque Neus y sus amigas eran habituales del bar, sus amigas y hasta la camarera, sorprendidas por tales osadías, no sabían dónde meterse de la vergüenza ajena que sentían. Le preguntaron a Neus qué se había fumado ese día, pues nunca la habían visto tan impertinente.

Alguna de ellas incluso se disculpó en nombre de Neus, diciendo que ella no era así, que le perdonaran sus intromisiones.

Neus, en cambio, continuó con el ejercicio que le parecía cada vez más divertido, y pasó de los juicios a las opiniones con y sin fundamento.

Las amigas de Neus no cabían en su sorpresa, y al cabo de un rato, decidieron marcharse. Neus simplemente se justificó diciendo que, como ella no tenía internet, hacía lo mismo que su nieta y que todos los que usaban su móvil para decir «me gusta» o incluso opinar sobre asuntos que no eran de su incumbencia.

Un tanto decepcionada por el resultado de su experimento social, marchó a casa, decidida a no contarle nada a su nieta sobre lo ocurrido la próxima vez que la visitara, ya que presentía que no recibiría de su parte el «me gusta» que, de alguna manera, también Neus estaría esperando.

La literatura en internet. Cinco (5) lugares donde arrojar la basura escrita.


La literatura en internet. Cinco (5) lugares donde arrojar la basura escrita.

Siempre es bonito compartir la literatura. En la red nos abundan las páginas, foros, grupitos y pequeños espacios de utopía donde existe la posibilidad de que la palabra escrita halle su desembocadura.

Dejo los enlaces y algunos apuntes sobre los sitios que uso para publicar mis antojos.

mundopoesia

http://www.mundopoesia.com/

1. Mundopoesia. Es un foro. ¿Todos sabemos lo que es un foro, no? Un foro es un lugar donde organizadamente podemos colgar los textos de acuerdo a su categoría, comentar los escritos de otros, responder los comentarios realizados en los nuestros y donde las nuevas entradas van sepultando a las viejas, pero nada sucede si revivimos -comentando- un texto escrito hace ya un par de años, porque la entrada no caduca al igual que no caduca la literatura.

1.1 A diferencia de otros foros y por increíble que parezca, en los cuatro o cinco años que llevo participando en él, no me he encontrado con ningún troll (gente que ofende y molesta solo porque sí) es extraño encontrarse tanta gente amable junta; aunque claro… hay unos pocos que son levemente odiosos.

1.2 Acá también se organizan quedadas (encuentros entre usuarios) no he asistido a ninguna, pero se ve que la pasan bien.

1.3 Cada lugar del foro tiene sus moderadores que hacen las veces de policías de la lengua, y sugieren acomodar aspectos gramaticales y ortográficos del texto, cosa que me parece chévere ya que ayuda a pulir el escrito.

1.4 Tiene una radio donde los usuarios hacen sus programas y transmiten música -Que no siempre me gusta-.

1.5 Por otra parte está el chat (unas veces lleno y otras veces vacío)

Poematrix

http://poematrix.com/

2. Poematrix. Es una especie de algo, no sé bien que. Pero es algo donde se comparte exclusivamente poesía.

Poemas del alma

http://www.poemas-del-alma.com/

3. Poemas del alma. Es un bonito espacio para lo efímero, repleto de gente y de textos que duran lo que dura una tarde, porque todos los textos sin importar su contenido se ven revueltos en un solo tablón que los organiza únicamente por su aparición cronología.

3.1 La web tiene una agradable línea cronología que nos dice los sucesos literarios que ocurrieron en tales días.

3.2 Esta la posibilidad de crear poemas donde participen varios usuarios (cosa que nunca he hecho)

3.3 También podemos olvidarnos de los usuarios y leer dentro de la misma página una inmensa antología poética de escritores inmortalizados por sus letras.

3.4 Y si nos da la gana podemos ofrecer en descarga gratuita nuestra propia antología.

Wattpad

http://www.wattpad.com

4. Wattpad. Es la única red social de literatura que conozco -ya que las otras páginas que dicen ser redes sociales parecen más foros que otra cosa-.

4.1 Tiene una versión móvil bien hecha, creo que fue diseñada especialmente para tabletas y móviles.

4.2 Es la meca de la literatura juvenil, dado a que la mayoría de sus usuarios son adolescente lectores de Crepúsculo y Harry Potter;  pero que nadie se alarme, también hay un buen espacio para otras muchas cosas.

4.3 La novela prevalece como género literario.

Falsaria

http://www.falsaria.com/

5. Falsaria. Un espacio que va creciendo poco a poco y otro lugar donde compartir literatura

5.1 Acá entran todos los géneros (poesía, cuentos, ensayo, artículos, periodismo, aforismos, novelas, etc.) aunque las novelas no se integran bien a la página.

5.2 Tiene un libro mensual donde se publican los textos más populares de los usuarios en la red.

5.3 No sé qué más decir, todo lo demás es usual.

Junior Velázquez

29.07.2013