Cansado de esperarla


Ella está detrás de la puerta. Tan callada como siempre. Logro sentir el calor de su aliento. Y esas gotas condensadas sobre la superficie me trastornan. ¿Acaso es el sudor nervioso que se cuela a través de las rendijas de la madera vieja? ¿Lágrimas? No, no la creo capaz de llorar. Mucho menos que se arrepienta después de tanto provocarme. Solo escucho el eco del silencio. Ese que la distingue de las otras. Toco el picaporte enmohecido. Está aún más frio que mis manos arrugadas. Mis dedos bañados de gasolina se resbalan al tratar de abrir la aldaba. Ni una palabra, ni un suspiro. El temblor de mi cuerpo oxidado no deja que prenda el fósforo. Otro intento fallido, seguiré postergando mi suicidio. Mañana cumplo noventa, y esta es la segunda vez que fracaso en menos de dos meses. A la tercera, será la vencida. Quizás pueda abrir la puerta y encontrarme con ella frente a frente.

Confesión


Ayer perdí la respiración por unos minutos. Creí que era un ataque cardiaco. No me atreví a llamar a nadie. Salí desorientado al balcón. Miré al cielo. La noche se había tragado la luna y las estrellas. Pensé que moriría sin tener la oportunidad de pedirte perdón. Perdón, sí,  como lo oyes, por no atrever a decirte lo mucho que te amo. Y ahora todo está oscuro, en silencio. Extraño el ruido de tus besos, tu olor, las cosquillas de tu barba en las mañanas. Estas lágrimas no son suficientes para sanar mi dolor. Fui un ingrato. La prisa, los fantasmas, los miedos y mi obstinada hombría no me dejaron disfrutar tu dulzura, tu sensibilidad.

Sé que muy pronto nos reencontraremos. Espero que me des la oportunidad de mirarte, de tocarte, de sentirte de nuevo. No tengo idea si hoy es el día de mi muerte. Pero de serlo, en el cielo, mi querido padre, nos volveremos a tocar los corazones. Pues también me criaste como tú, un ser humano digno… bueno.