El vuelo infinito


Ella —no importa aquí su nombre— siempre imaginó tener una vie en rose hasta que una tarde cualquiera, mientras preparaba una fiesta familiar, se le reventó un globo. Fue entonces cuando recordó el suceso de días atrás, otro se le había escapado por la ventana.

En aquella ocasión intentó atraparlo de forma desesperada, pero el globo, empujado por el aire, se elevó azaroso hasta casi alcanzar una hilera de nubes grises y se perdió de vista, al igual que todo lo que había deseado conseguir en la vida. Él también, alguien inalcanzable y demasiado importante, tanto, que ella se sentía demasiado común.

Él tenía casi todo lo que deseaba y mucho más. Sin embargo, ella se consolaba con pintar sus anhelos en una pared o escribirlos sobre la almohada. Él, de cuyo nombre a veces prefería no acordarse, se despertaba ciego por tanta luz artificial y moría cada día un poco, sediento del paisaje y el calor que, todavía sin saberlo, solo ella, auténtica, tierna y veraz, podría ofrecerle.

Ella necesitaba cerrar sus ojos para estar con él, y él en un solo parpadeo se rodeaba de un enjambre de reinas vanidosas y complacientes. Pero él, a veces imaginaba un mundo más pequeño, el mismo donde vivía ella, una galaxia lejana y cercana a la vez, un espacio tejido de estrellas que abrazara a dos mundos.

Una mañana de abril él presentó su última canción, y ella sintió que le hablaba. Sonrió,  dibujando en su mente la idea de que, quizá, él podría mirarse en aquellos ojos o inspirarse en el fino y delicado cuerpo que no tenía ni de lejos el glamur y la perfección al que él seguramente estaría acostumbrado.

Ella, en sus momentos de calma y sosiego escuchaba esa canción, en un ansia de conocerlo un poco más y él, la tarareaba casi a diario para salir de una realidad aparentemente impecable y completa.

Al final del día, ella guardó el globo reventado en un cajón, como quien a pesar del dolor se empecina en atesorar un corazón roto. Y así, mientras ella trataba de llenar esa hueca ilusión, en otro punto del universo, él llegaba a un reconocido teatro donde una multitud lo esperaba para celebrar el lanzamiento de su primer single. Ella se hundió en el sillón y permaneció atenta a la televisión. Se imaginó allí, caminando ufana de su brazo; mientras él, mantenía una sonrisa arcaica y atendía con un desmedido entusiasmo a la prensa para huir de las enloquecidas fans que peleaban por un autógrafo, una mirada o una foto robada.

Ella lloró colgada en la añoranza de un tiempo en que creyó que sería feliz, mientras con el dedo índice acariciaba su nombre escrito en una página húmeda. Y casi al amanecer, se rindió al sueño, agotada de tanto llorarle al corazón a través de las líneas de aquel diario más ideal que íntimo.

Él, casi ahogado en alcohol, deshizo el nudo de su corbata y se sentó en la cama de aquel nuevo hotel en aquella desconocida ciudad. Apuró el último trago del whisky que pidió minutos antes y con su pulgar repasó las imágenes de su teléfono móvil con desgana, como un condenado que lee su sentencia de muerte.

Cuando despertó, ella tenía los ojos hinchados y trató de evitar la luz del nuevo día ocultándose bajo las sábanas. En la habitación de aquel hotel, él se recostó sobre la cama y miró hacia la ventana. Vio un globo, el único que sobrevivió a aquella extravagante fiesta nocturna. Se había enredado entre las plantas del balcón. Sonrió, dejando caer el vaso que sostenía sobre la alfombra. Recordó las fiestas infantiles de la escuela, el olor a comida casera en el jardín de la vivienda familiar, el suave tacto de su madre apartándole un mechón de su cabello y, años después, el primer beso en su dieciséis cumpleaños. Echó de menos aquella vida y al muchacho que fue.

Ella se dirigió al trabajo como un autómata. La música fluía a través de sus sentidos, era el refugio donde descansaba su alma y donde vivía amorosamente libre con él. Decidió cambiar el rumbo habitual y atravesó el parque descalza. Era temprano y el rocío de la mañana se sentía como un bálsamo bajo sus pies. Deseó quedarse ahí todo el día y de noche, buscaría escapar de aquella vida para siempre. Pensó en él, en su guitarra y en aquella última canción, para ella, de él, para los dos.

Finalmente, él se levantó y metió el globo en su habitación. Lo ató a una silla frente al escritorio y se sentó. Entonces, invadido por un gozo secreto cerró los ojos y la vio a ella. Sus labios desearon recorrerla con las mismas ansias con que escribía otra canción:

Someday, somewhere far from this gray, I will be in the blue of the sky. Can you see the color of this big balloon? This is my life, this is my heart talking about you… loving you even though it does not see you… 

(Traducción: Algún día, en algún lugar lejos de este gris, voy a estar en el azul del cielo. ¿Puedes ver el color de este gran globo? Esta es mi vida, este es mi corazón que habla de ti, que te ama aunque no te ve…).

© Nur C. Mallart

 

Te elijo a ti


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Foto: Brooke Cagle (CC0).

 

Te elijo a ti, más que a las prisas matutinas

y al reloj que marca los pasos hacia esa calle desierta,

sin propósito ni miradas despiertas.

 

En este sueño sin miedos ni sentido, te elijo a ti.

Porque bailas en la cuerda floja del destino, dejándome caer,

sin esperar más de lo que hoy quiera ofrecerte.

 

Te elijo a ti, por encima de mis sombras y locuras,

por debajo de estas sábanas donde la vida comienza

cuando muerdes mis labios y atrapas mi deseo sin preguntas.

 

 

Te elijo a ti, en medio de esta vida congelada de diciembre,

lejos de las luces de este árbol desnudo de promesas,

llenando de vacíos y esperanza mis heridas de muerte.

 

Sí, te elijo a ti, igual que la vida abraza el aire,

con domingos de café y bicicleta; sin ruidos ni testigos.

Sin un “para siempre”, solo tu alma en mi latido.

Paisaje yermo


Imagen: Cortesía de Pixabay.com con licencia Creative Commoms para uso comercial.

Imagen: Cortesía de Pixabay.com con licencia Creative Commoms para uso comercial.

Araño la nostalgia del árbol deshojado

que impávido ha mecido mis horas,

y titila adormecida aquella luz

de un bosque color sepia encadenado.

En los besos que saltaron al abismo

se desdibujan los pájaros del horizonte.

Grita tu requiebro en el silencio de mi tumba

y crece la sombra enmohecida de tu nombre.

Existes en la nada de estos labios baldíos

y en la gélida aurora que se evoca, y muere.

¿Por qué guardar estos secretos vacíos?

Cenizas de este sol que no amanece.

La lluvia de mis ojos desvanece el tiempo,

pisado entre las flores que sembramos.

Y lloran sin tregua ni color las nubes,

caricias de terciopelo entre mis manos.

Nuria C. Mallart

Inspirando letras y vidas

 

Bésame


por Reynaldo R. Alegría

Salimos al cine y luego fuimos a tomar vino rojo.  Como siempre, ella me recogió en su auto, complaciendo mi antojado disgusto por manejar.  Cuando eres recogido en tu casa por una mujer, muchas veces ella presume que detrás hay un plan de llevarla a la cama con urgencia, sin el foreplay de elegancia que ordenan las reglas del cortejo adoptadas por la sociedad desde hace siglos y que aún hoy se imponen ominosas.

La religiosa combinación del mosto y del hollejo en el vino rojo tiene propiedades fascinantes después de una película argentina que se mercadea como drama y que amerita la más seria discusión de la más graciosa comedia.  No solo ayuda a la mejor digestión de las proteínas y a la reducción de la presión arterial y los niveles de insulina en la sangre, sino que te hace más feliz y, en consecuencia, más hábil para entender el cine que se dice drama pero que argentinamente es comedia.

De vuelta a la casa y sin ninguna intención de invitarla a subir —no siempre se tiene sexo decía mi amiga Olga y con esta nunca lo había tenido— creo que se percató que mientras me proponía a despedirme de ella, miraba detenidamente sus labios.

—Bésame —me dijo, mientras aún estábamos dentro del auto.

Bastaría presionar los labios propios contra cualquier superficie, una foto, una mano, u otros labios, para besar.  No haría falta succionar, ni hacer ruidos particulares.  Para besar no haría falta abrir la boca con cuidado de no perder la respiración, ni tener compasión con otra boca que no ha conocido otros labios, ni evitar pasar la lengua por otros labios, ni controlarse para no morder otra boca que se apetece.

—Bésame —insistió.

Un beso tiene propiedades mágicas, no solo esas que permiten convertir una rana en príncipe (que es muy importante), sino esas maravillosas virtudes de la excitación profunda, esa estimulación erógena que activa cada terminación nerviosa que se encuentra en los labios de la boca y produce una corriente de calor, como la electricidad que produce la manipulación clitórica.

Mientras tomaba la decisión, recordaba los extensos debates en que se enfrascan algunas mujeres cuando aseguran, con gran autoridad, que hay hombres que no saben besar.

No siempre quiero besar a una mujer.

Cuando beso a una mujer lo hago porque le tengo muchos deseos; siempre cierro los ojos y siempre uso mis manos.  Cuando beso una mujer me gusta cogerla por las caderas con mi mano izquierda y agarrarle el cuello con mi mano derecha.  Me gusta ponerla de espaldas a mí y de pie, remover el pelo que cae sobre la nuca y besarle el cuello, olerla, sentir sus nalgas sobre mi cuerpo y acariciarle los senos.  Cuando beso una mujer quiero sentir que ella libera oxitocina, que siente contracciones uterinas y que sufre con mucho gozo la erección de su clítoris.  Como yo, quiero sentir que su corazón bombea más sangre, en menos tiempo.

Lo cierto es que desde su prohibición pública, hasta el perfecto convencionalismo social del beso erótico en público, en la era de lo explícito los besos están infravalorados.  Y aquí debo ser honesto, pues la última parte de esta cita es de una conocida tuitera a quien prefiero respetar su anonimato, tal como le reconozco a Fragonarg sus maravillosos besos al mejor estilo rococó.

—Déjame leerte algo.

Necesitaba ganar tiempo y racionalizar la terrible incomodidad de un beso dentro de un auto, un primer beso, sobre todo cuando hace años se ha dejado de tener 18 y cuando hace algún tiempo sabes que, para una mujer, un beso es una prueba de fuego.

—Esto lo escribí hace un tiempo:

Tus labios están buscando un amante,

otros labios a los que puedan besar,

que sirvan de lecho para descansar,

un inquieto amor que anda rogante.

Tu boca delira y arde fragante,

buscando otra boca para confesar,

un escucha dócil para embelesar,

en el romance más alucinante.

Tu amor urgente me halla dormido,

sin valija y esenciales confesos,

hendido en mil pedazos, escindido.

Si quieren los dioses seremos presos,

y en el fuego de tu boca adherido,

seré yo quien disfrute de tus besos.

Cerré mis ojos mientras acercaba mi rostro al suyo, aspiré sus olores, puse mi mano derecha sobre su cuello, acomodando el pulgar bajo su oreja de manera que me permitiera controlar la rotación de su cabeza y entonces, deposité suavemente mis labios sobre su boca.  Un foetazo de corriente me azotó y discurrió entre mi boca y la suya y entre nuestros labios y el resto de nuestros cuerpos.  Sentí cómo se inundaban mis órganos de sangre mientras me quemaban sus labios; juro que sentí que ella temblaba.

No habían pasado 10 segundos cuando con urgencia se despegó, aspiró profundamente llenando sus pulmones de oxígeno y clavándome con una mirada retadora me dijo:

—¿Subimos?

Foto: «Jean-Honoré Fragonard – The Stolen Kiss» de Jean-Honoré Fragonard – Hermitage Torrent. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg#/media/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg

El fuego de tu boca


Image

por Reynaldo R. Alegría

 

Tus labios están buscando un amante,

otros labios a los que puedan besar,

que sirvan de lecho para descansar,

un inquieto amor que anda rogante.

 

Tu boca delira y arde fragante,

buscando otra boca para confesar,

un escucha dócil para embelesar,

en el romance más alucinante.

 

Tu amor urgente me halla dormido,

sin valija y esenciales confesos,

hendido en mil pedazos, escindido.

 

Si quieren los dioses seremos presos,

y en el fuego de tu boca adherido,

seré yo quien disfrute de tus besos.

 

Foto: Fire Inside por Jah Jah – thetentacle.wordpress.com

Al filo de la luna


En este umbral

al filo del tiempo

bajo una luna

que se muerde los labios,

que se enluta

en la ausencia

de tu sombra murmurando

algún poema,

la memoria canta

cual sirena

ante este oleaje

a la orilla del olvido,

un milagro ilumina la noche

el color de tu nombre

y las flores muertas

que llevo bajo los párpados,

el perpetuo silencio

se abre al parto de un suspiro

a la caricia descalza

del sol dormido en el pecho.

Pudo haber sido verdad


sueno-de-amor

Deslicé mis manos
Acariciando cada palmo de tu piel de seda.
Recorrí la geometría de tu cuerpo sin aristas,
Lentamente, saboreando cada milímetro.
Rocé tus labios ligeramente,
Saboreando la fresa destilada,
Mientras mis brazos te estrechaban
Más y más contra mi cuerpo.
Enredé tus cabellos entre mis dedos
Formando caracolas de hilos de oro.
Hicimos el amor envueltos
En un torbellino abrasador,
Y corrieron ríos de agua y sal por nuestros cuerpos,
Empapando el alma de delirios.
Quedamos en silencio
Entre jadeos de cimas alcanzadas,
Con las sábanas revueltas sonriendo
A la tenue luz de aquella lámpara.
Y apareció el rayo de luz por la ventana
Trayendo consigo realidades,
Se esfumó el sueño en el vacío
Y se formaron gotas de soledades.