El asalto


Cuando el ladrón entró a la sucursal bancaria, reparó en el estilo vintage de la decoración, sin embargo, iba decidido con el arma en mano a cumplir su objetivo. Notó que no había grandes filas y rió para sí, pues eso le facilitaba las cosas.

Sacó de su bolsillo una hoja amarilla de bloc y mientras la desdoblaba haciendo movimientos al aire, llegó a la caja. La asustada empleada intercambiaba miradas con el ojo oscuro del arma y la urgida expresión del asaltante.

—Vas a transferir cinco millones de dólares a cada cuenta y lo vas a hacer muy rápido —dijo el ladrón al mismo tiempo que le entregó la hoja.

—No tengo computadora para hacer transferencias —contestó la cajera.

—¡Me lleva…! —masculló el desesperado ladrón, arrebatando la hoja.  Así recorrió cada una de las ventanillas hasta que llegó a la última. Solo los ventiladores de madera se mantenían en lo suyo: girando.

—En esta sucursal no tenemos computadoras, señor ladrón —dijo la última de las empleadas.

Para entonces un comando armado de la policía especial ya se encontraba afuera del Banco Antaño.

El asaltante miró a la cajera con resignada frustración y bajó el arma, incrédulo. Justo en ese momento un francotirador de la policía pedía autorización para disparar.

—¡Bajó su arma! ¡Autorización para disparar!

—Proceda a discreción —dijo la voz de mando por el radio.

El disparo entró por una sien y salió por la otra. La bala se incrustó en la decoración de madera de la pared, justo debajo de un letrero que decía: «Banco Antaño, hacemos a un lado la tecnología para estar más cerca de usted».

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Ama’de Darïku


¡Corre! Huye a prisa del fuego danzante, la multitud moribunda conspira por tu muerte condenada sobre la llama ¿Contra qué símbolo de la verdad mundana arremetiste ahora? Debes aprender que con el pueblo conservador has de comportarte con cuidado, hasta el más sencillo argumento o acción puede despertar en ellos una revolución defensiva con extremismos y fervor agresivo.

Las montañas oscuras donde los peligros abundan, hacia allá te diriges en búsqueda de resguardo; un lugar seguro en medio del misterio… los árboles turbios danzan entre sí, susurran secretos que a tu oído ponen tenso y a tu cuerpo lo hacen sentir denso. Pero no te dejas ceder al miedo, aguantas el frío y miras con lujuria el tesoro que has hurtado.

El pueblo te busca, te has robado su más sagrado artefacto. Los materiales con que está hecha tal reliquia son de origen divino, recursos no renovables que solo se ven una vez cada milenio; forjados por algún súbdito de la realeza desconocida, de la más alta sangre y con aros de luminiscencia sobre sus cabezas. Cabeza, lo que la gente reclama de tu errante humanidad, la audiencia quiere justicia, sangre y pedazos de carne para a sus propios demonios calmar.

¿A dónde te has llevado las Sauditas del altar?

Dicen en el pueblo de Badusa que el dios DerPa’h descendió desde lo alto de la montaña hace 200 lunas atrás, traía consigo el fuego original, aquel que nace justo en las profundidades rocosas del mar; en una mano lo sostenía sin sutileza como si el mismo brotara de su interior; en la otra mano cargaba el agua fosilizada del espacio, la energía más pura que cualquier mortal haya visto antes en su vida mortal y espiritual.

Ambos recursos de alta potencia era tan poderosos como delicados, así que, como siguiendo un plan trazado por alguna entidad superior, DerPa’h los depositó juntos en el gran florero Agros, ese monumento natural tallado en piedra y recubierto con plata, que honraba a los vivos que habían pasado al mundo intermedio. El dios mezcló los ingredientes con la tierra, y decretó que la energía brotaría de una nueva fuente de vida.

Así fue, durante muchos ciclos terrestres. Y así continuará siendo. Todo está en tus manos, Ama’de Darïku. El pueblo habla desde su furia pero no entiende tu propósito y todo lo que arriesgas.

Te conocerán como el ladrón de flores, pero en realidad eres el portador del fuego vital. La real energía que, junto al néctar del agua fosilizada, lograrán crear un nuevo mundo, alejado de la química destructiva a la que se dirige el humano rebelde, que no tiene causa y por eso se rebela, atentando contra sí mismo, sin fin aparente.

Que arda la tierra antigua, y un nuevo mundo pueda surgir…

Ama’de Darïku.

 

El ladrón de plumas


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por Reynaldo R. Alegría

Cuando Antonio abrió por primera vez su libro de Ciencias hizo un descubrimiento que lo marcaría por siempre.

En la sala ocupada por cinco filas de once pupitres, estaba sentado en el sexto asiento de la cuarta fila.  Justo en el medio del salón.

A punto de cumplir nueve años, Antonio reposaba sentado en su espacio.  Eran las dos de la tarde de un lunes de agosto.  El viento entraba sin permiso por las celosías de lata de un gran ventanal que ocupaba la mitad superior de la pared que daba a la calle.  Tras cruzar pizpireta sobre los niños, la ventilación salía desenfadada por tres amplias puertas que ocupaban el gran mural opuesto al ventanal y que dividía la sala de clases de un amplio patio interior.

La maestra ordenó abrir el pesado libro de Ediciones McMillan.

Entonces del encuadernado volumen de hojas de papel emanó un delicioso olor que excitó el silvestre apetito sexual de Antonio.  Con su dedo índice derecho acarició la página de papel brillante y el texto impreso sobre ella.  Se llevó el dedo a la nariz.  Aspiró.  Profundo.  Adormecido.  Tratando de evitar que los demás niños lo advirtieran, inclinó su cabeza sobre el libro y atrajo hacia sus pulmones el aire que pululaba sobre las hojas impresas.  Suavemente.  Hondo.

Mientras disfrutaba del sorpresivo olor, sintió un urgente enderezamiento y rigidez entre sus piernas.  Se excitó.  Mucho.

Ya de vuelta a la casa.  Con la sagacidad del sentido del olfato excedido en su actividad.  En su cuarto.  Íntimo.  Hurgó en sus sensaciones.

La tinta.

El olor a tinta excitaba fantásticamente a Antonio.  Esa misma secreción líquida de color que se corría por las plumas de su padre.

Desde ese día su afición a las plumas se tornó en obsesión.  Ya no pudo contenerse en su examen urgente y riguroso del instrumento de escritura.  Los miraba, los deconstruía, se embelesaba absorto con sus sentidos cautivados.

Al otro día en la mañana, de regreso a la escuela, Antonio espulgó con cuidado.  De cerca.  A lo lejos.  Las plumas de sus compañeros.  Las de las maestras.

Las primeras horas en el aula fueron desesperantes.  Las quería tocar.  Sentirlas en su mano.  La derecha.  Acomodarla entre el dedo corazón y el índice.  Asegurarla con el pulgar.

Nunca deseó más que sonara el timbre.

Las diez de la mañana.  Comenzó el recreo.

Antonio se quedó solo mientras todos los niños salieron corriendo a tomar su merienda.  Caminó entre los pupitres.  Sorprendido por los lujosos instrumentos que algunos niños tenían.  No estaba acostumbrado.  Los tomaba con cuidado.  Los miraba.  Los olía.  Las deslizaba en la palma de su mano y luego se llevaba ambas manos hacia la nariz, creando una cavidad donde aspiraba los olores.

Al llegar a su casa acomodó el producto de su cacería sobre un cartón cortado para caber exacto al fondo de una gaveta en un mueble de su cuarto.  Las acomodó por tipo.  Las de carga que dosifican la tinta a medida que se les hace rodar sobre el papel.  Las que acomodan la tinta entre la base y el tapón.  Por la manera en que el fluido se corría.  Por el pigmento de color de la tinta.  Por la caña.  La carga.  La bolilla.  A la extrema izquierda la birome que ostentaba arrogante la niña argentina.  En el medio de todas, colocó la pluma fuente con tinta verde que usaba su padre.  Una estilográfica Sheaffer de la que era dueño desde la noche anterior.

 

Foto: Stipula Fountain Pen – Power of Words por Antonio Litterio