Lección aprendida


Photo by Yan Ots on Unsplash

Vuelo en una dimensión desconocida. Me acerqué porque me pareció ver una superficie nítida, casi transparente, como una cortina de agua que se hubiera detenido en el tiempo. Después me percaté que se trataba de eso que los humanos llaman ventana. Era una ventana que acababan de limpiar, así que poco faltó para que me estrellara contra el cristal, de no ser porque el reflejo del sol me hizo frenar en seco.

Cuando me acerqué, estuve husmeando a través del cristal, lo admito. Pero es que allí dentro parecía que lo estaban pasando fenomenal unas pequeñas crías de humanos, mientras la madre los miraba corretear por todo el salón como unos ratoncillos y reía y aplaudía con ellos. No era la primera vez que observaba la vida de los humanos tan cerca.

De pronto, un espantoso ruido me sobresaltó sin darme tiempo de reaccionar. Todo quedó completamente oscuro. Una especie de capa protectora de la ventana descendió detrás de mí, sin darme oportunidad de alejarme. En otras palabras, quedé atrapada en la penumbra, sin salida. El instinto me hizo moverme sin rumbo fijo, pero lo único que conseguí fue estrellarme contra la ventana y esa capa protectora, una y otra vez. De tanto golpearme tengo el aguijón un poco inflamado y un chichón en mi cabeza.

A ratos muevo las alas por esta dimensión desconocida para desentumirme, pero cuando me topo con los muros de mi prisión, tengo que parar. Solo espero que, en algún momento no muy lejano, estos humanos vuelvan a despejar la ventana y entonces podré volar libre, eso sí, con la lección aprendida.

Dos segundos


De vez en cuando decido caminar solitario, en esa ruta que me lleva hacia ningún lugar y que, a la larga, es hacia donde en realidad quiero ir. Solitario voy en mi ruta, mas solo no estoy del todo. Gente se cruza en mi camino y, a veces, intercambiamos un gesto, una palabra o, simplemente, una mirada.

Nunca había pensado en el significado intrínseco que posee cada intercambio que hago con todos aquellos que se cruzan conmigo de manera fugaz. Hasta ese día. Ese día en que, de todos los cruces fugaces que he tenido, tú, precisamente tú, quedaste marcada en mi alma como si fueras una profunda cicatriz sobre la piel.

No sabría explicar el porqué de nuestro breve encuentro, sin embargo, tu presencia durante ese momento, la forma en que cruzamos y sostuvimos nuestras miradas el uno sobre los ojos del otro, esa sonrisa que compartimos, todo eso en menos de dos segundos, fue lo más real que he podido sentir en mucho tiempo desde que comencé a caminar por esta ruta.

Tan real fue, que mi consciencia se derrumba en este mismo instante por no haber hecho nada más que ser cómplice de un momento tan fugaz. Se siente como si el mismo infierno me quemara en vida como castigo por mi inútil actuar. Ha sido luego de ese momento que muchísimas imágenes han venido a mi memoria, viejas y algo borrosas, y me recuerdan a ese yo que nunca intentó cruzar una puerta luego de que le mostraran que estaba abierta.

Me arrepiento. Me arrepiento por no haberme detenido aunque fuese una vez, por no sostener aún más la mirada, por no dirigir una palabra siquiera… en fin, por no haberlo intentado.

Te convertí en una oportunidad que se diluyó en un mar de muchas. Lo que antes han sido otros para mí, lo he sido yo para ti esta vez, es decir, un cruce, un momento fugaz.

Tus ojos, mis regalos. Fueron ellos quienes se abrieron para mostrarme todo tu interior. No necesité nada más que eso para hallarme en plena certidumbre y abrir mis puertas también. No es que no pueda hacerlo, es sólo que nunca imaginé que alguien pudiese desnudar mi alma tan fácil como apagar una vela con un aislado soplido.

Y tengo este remordimiento de sentir que tú viviste el mismo momento que yo. Que sabes que esto no fue un cruce normal, esporádico y sin sentido. No te conozco, pero aun así te sentí tan real como el suelo que pisaba mientras caminaba. Dos segundos fueron suficientes para conocernos y enamorarnos, para darnos cuenta de que todo lo que necesitábamos en ese momento éramos tú y yo. Nada más.

Si una nueva oportunidad apareciese frente a mí, créeme, haría de ese momento fugaz una historia inmortal. Por ahora, sólo puedo agradecerte por esos breves y eternos dos segundos… nuestros segundos… que fueron suficientes para entenderlo todo.

Des-encuentro - Fotografía propia.
Des-encuentro – Fotografía propia.