Pena


Che farò lontan da te pena dell´anima
Vinicio Caposella

Esta tarde morada
como una piel de elefante,
se incrusta a la ventana
y apoyo mi frente sobre ella,
absorbiendo todo el frío
y la sensación
de que la libertad es una sombra
a nuestra espalda
bajo el sol.
O incluso
una pequeña lámpara
verde de mesa
que ilumina en silencio
un salón de madera
vacío de personas.

Nadie las ve,
tampoco las admira.

Tiene además la libertad
el mismo perfume
−nítido y abrasador−
de la lejía
que se adhiere a la piel
tan fuerte
como el recuerdo
de un padre que no cojea
y una madre
que no se sienta
para evitar estorbar.
Y ahora
que se ha consumido
esta libertad
tan de repente
como desfallece
una ola bajo la arena,
ahora
que soñar es recordar
unas palabras
que ya no suenan
pero que se hacen inmensas,
ocurre que los minutos aparecen
colgados de un árbol
−como deshidratados−
y pierden precisión
al caer todos ellos
lentamente
al acariciarlos.

Y resulta entonces
casi imposible escucharlos
cuando golpean contra el suelo
y se arrastran para arrancar
todo el veneno
que llevo
por no haber gritado menos.

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En el nombre de


En el nombre de lo honesto
me vendiste tus mentiras
sin piedad te burlaste
de mi burda ingenuidad
con desfachatez me besaste
al verme vulnerable
al saber más de mí
de lo que debí contarte.
 
En el nombre de la música
me enterraste tus canciones
cada nota despiadada
entonó mi desastre
mientras tú tranquilamente
seguís fumándote mi arte.
 
En el nombre de lo justo
me forzaste a ser persona
cuando lo único que cabía en mi mundo
era una petición de indulto
de lo humano y lo sagrado
condenaste mi cordura
perpetuaste el holocausto.
 
En el nombre de mi integridad
hoy me pregunto
¿qué de mí será?
Ahora que me marcho
ahora que renuncio a ser mortal
ahora que revuelco mis pecados
en las sábanas de extraños
miro al cielo y me cuestiono
si algún día yo pudiera
perdonarme
y dejar de sabotearme
si algún yo día pudiera
en mi nombre
forjar mi libertad.

Ayer te vi


Ayer te vi en forma de poema.

Ibas con tu madre del brazo azul.

Ella frágil. Yo negro

entre los coches pasábamos

por la calle libertad.

No te quise decir nada –creo-

que por el mismo motivo que

fotografiamos flores.

La belleza y la tristeza

tienen más en común

que sus últimas letras –pensé.

Y el tiempo y la distancia es lo mismo

mientras los semáforos pasan

vosotras permanecéis

en el retrovisor  -eternas-

desapareciendo poco a poco

como estrellas al amanecer.

Elena           ,            Elena

Elena.

Una calle de la Escandón


Se escucha el sonido seco de la calle en octubre. La hojarasca alerta las pisadas, ayudándose como puede para levantarse en remolinos con el viento. El viento se agita, la calle respira, la hojarasca se mueve. Una calle llamada Cerrada, sin embargo abierta de ambos lados con doble sentido y un carril, de dos, para estacionarse. Calle fantasma de vieja colonia. Pequeña Cerrada que esconde en su memoria los gritos de la pelota que se volaba —¡bolita por favor!— hasta el violento robo del automóvil de los vecinos que me tocó escuchar desde la sala de televisión… Yo fui ya la última historia de esa calle cuando en mi niñez y en mi temprana juventud me acogió esa casa del número 33; casa que ya tenía características de santuario. Por la década de los años 30 mi bisabuelo el Almirante decidió construir ahí, en el número 33 de la Cerrada de Otoño un hogar para una multitudinaria familia entre primos hermanos, hermanos, y tíos. Una casa grande de un solo baño como se acostumbraba, con bidé y toda la onda… En fin, regresemos a la calle donde mi tío abuelo, uno de tantos con su pasado oscurísimo, se dedicaba a zafar de los automóviles ciertas partes insignificantes, tales como los tapones del aire de las llantas, o bien, bajar las llantas, y pues, dadas las acometidas vandálicas de este tío abuelo en esa calle pequeña de buena vecindad, su padre —mi bisabuelo— lo envió al internado donde aprendería a valorar el hogar.

En la Cerrada de Otoño existían muchos vecinos que la habitaron durante casi todo el siglo XX. Familias que se conocían de 50 años y por supuesto no sólo en la calle de la Cerrada sino en toda la colonia. Mi abuela, hija de tan alto personaje militar y político, fue pretendida por un buen muchacho de la colonia que tenía una condición lo suficientemente humilde como para ser rechazado por la princesa, en menos de lo que me tardo en escribir. Sin embargo, las cosas no sucedieron así. Las bicicletas, la palomilla, los juegos callejeros, las macetas y los vidrios rotos fueron haciendo de esta mítica calle de otoño (por su hojarasca) una calle viva y con ansias de crecer. La chaviza convivía diariamente, jugaban de todo, cerraban la calle, hacían fiestas, carreras de bicis, futbol, bote pateado, de todo. Mi abuela realizaba constantes viajes en calidad de hija del buen Almirante; viajaba con su hermana y sus padres. Realizaban labores diplomáticas muy cotidianas y después de disfrutar sus tiempos libres en la ciudad a la que habían ido a mostrar la imagen de la familia, regresaban a la calle donde las hojas crujían, la calle donde siempre era otoño.  Pues el buen muchacho de la colonia se fue ganando el corazón de la diplomática dama. Cartas, risas, canciones y huidas breves. Besos trompa echando reja, el amor fue creciendo. El amor era un sol, era un día que no terminaba… En esa calle sola por las noches, crujían las hojas, el viento las levantaba en remolinos y así como el aire se desprende de las hojas y las hojas del aire, las risas se distanciaron, se bifurcaron sus caminos, se destinaron otros rumbos para sus voces y sus miradas. Él primero, a la muerte de su padre. Empacó, junto con sus hermanos, toda cosa en su hogar y en la víspera de la noche en la que estaba decidido partir caminó para escuchar el silencio de la calle que abandonaba. El fantasma de la calle se llenaba de olvidos y memorias distantes. Ella estaba en San Francisco y él vivía en la ciudad de Puebla. La Cerrada de Otoño fue cambiando, se fue llenando de fantasmas; iban tomando forma, respiraban y agotaban la vida del vecindario. Poco a poco se fueron yendo los primeros y vinieron llegando otros. La vecindad se transformaba y el fantasma dormía por un tiempo. El silencio de su hojarasca exhalaba el sueño del fantasma: los remolinos.

Años después, aquellos dos enamorados volvieron —a pesar de todas las apuestas que se jugó la palomilla durante años— casados. Ahí, en el número 33 de la Cerrada de Otoño se formó una nueva familia que creció sobre la misma hojarasca. Me topé, un día de esos en los que uno sólo camina, con uno de nuestros personajes que habitaron esta mítica calle y nos cuenta algunas anécdotas: debido a las exigencias del tiempo, esto entiéndase como la noche, y la poca iluminación que había para armar las retas de futbol sobre la calle; se vieron obligados a ‘tomar prestada’ la luminaria para los festejos del 15 de septiembre que estaban por acomodar las autoridades del Distrito Federal, e iluminar así el campo de hojarasca donde se llevaría a cabo uno de los partidos más intensos de la cuadra.

Las bicicletas, los clips, las llaves allen y los patines eran las herramientas de desarme y huida más comunes de entre la bandita. Vidrios rotos, rostros huyendo; los nuevos se quedaban mirando anonadados a las vecinas que les gritaban improperios por ser unos malcriados irrespetuosos. Estos mismos malcriados irrespetuosos pintaban sobre el piso de la angostísima calle los límites de una cancha de futbol americano, la señora del 37 siempre protestaba por lo mismo —“¡Me rompieron el farol, ahora sí verán!— Además, cuenta este ilustre personaje de lento hablar pero muy elocuente, que hubo un tiempo en que sobre la esquina de Sindicalismo y la Cerrada alguna vulcanizadora dejaba las llantas botadas ahí en la esquina. A la fecha no se conoce el propósito de la vulcanizadora, pero lo que sí se sabe fue el propósito que tuvieron las llantas como agentes de probables accidentes. La palomilla de la cuadra tomaba esas llantas y se escondía con una de ellas tras la esquina de la Cerrada, los automovilistas que daban la vuelta desde Benjamín Franklin para seguir sobre Sindicalismo, notaban entonces un extraño movimiento que sucedía en la esquina de la Cerrada por donde salía rodando una llanta para cruzar frente al conductor que seguía parsimoniosamente su ruta, provocando el enfrenón y el brusco cambio de dirección mientras los autores intelectuales corrían a esconderse tras los árboles y bajo la hojarasca de la Cerrada… donde siempre era otoño.

Recuerda también dicho personaje de hablar pausado, la casa de las monjas. ¡Ay, por Dios! ¡Pobres monjas! Sufrían de ataques terroristas antes de que se hicieran tan comunes y famosos. Esa casa de monjas tenía unos huecos en la pared muy a la usanza de los sesentas; una pared construida con ladrillo garigloeado y dejando huecos para las figuras. Pues en estos vacíos de la pared colocaban los cohetones con los que pretendían perturbar la paz religiosa de las parsimoniosas monjitas. Compraban también mecha para colocarse a una distancia considerable con el fin de librarse de la culpa sideral. Así que colocaban los cohetes, las mechas y se ubicaban en diferentes posiciones. Prendían fuego a discreción para retornar a sus guaridas por unos instantes. Guaridas desde donde podían ver cómo alteraban la paz religiosa de las monjas que volvían al mundo terrenal. Para terminar esta mínima parte de la historia que esta calle y sus fantasmas cuentan, he de resaltar la nostalgia con la que surge el comentario de la gente que habitó la cuadra durante todo el siglo pasado en el número 33: “Esos eran los tiempos en que los niños jugábamos en la calle, a ver quién daba más rápido la vuelta a la cuadra en los patines o en la bici…” u ocupábamos la luminaria del Estado con fines recreativos o poníamos cohetes en santuarios religiosos…

Como volar


Bastó con mirar al cielo y dejarme perder en su laberinto de blancos y azules. Bastó con escuchar al vacío en el aire, su inexistente existencia me relajaba. Cuanta más atención prestaba, más me entregaba a la infinita muestra del tiempo. Mi viaje iniciaba.

«Si tan solo tuviese alas», pensaba. Era de las pocas cosas que lamentaba carecer. No se trataba de un asunto de desplazamiento o similar, se trataba del sentimiento. Las emociones que se manifestarían por el simple hecho de llegar a donde un ser sin alas jamás podría… Ni siquiera soy capaz de describirlas, nunca he volado por mi cuenta. Pero de igual manera mi viaje había iniciado. No tenía alas, pero había aprendido a prescindir de ellas. Para mí, la acción de volar había adquirido una sutil diferencia con la definición tradicional, trayendo consigo algo más que un disentimiento. Maximizaba mis emociones.

Volaba, realmente lo hacía. Saltaba de nube en nube mientras jugaba con las gotas de agua que flotaban dispersas por el aire. Las fugaces ráfagas de viento despeinaban mi cabello sin pena, pero no le daba importancia, no siempre volaba con tanta libertad. No me cansaba, no sentía un solo rastro de cansancio en todo mi cuerpo, era la mejor de las sensaciones en mucho tiempo. Tiempo… solo avancé sin tener idea de cuánto tiempo pudo pasar desde que inicié mi vuelo.

Y luego, la gravedad regresó. Me di la vuelta súbitamente, allí estaba un rostro conocido mirándome con una evidente señal de interrogación.

—¿Estás bien? —me preguntó él con su rostro aún lleno de signos interrogantes.
—Sí, disculpa, estaba ido en mis pensamientos.
—Está bien, no pasa nada. Vamos, es hora de que realices tu presentación al directorio.

Mi viaje había terminado.

Más allá… – Esteban Mejías

La silla de ruedas


La silla de ruedas

silla del scuba diverDesde niño el bucear es mi deporte favorito. Mis padres y mis abuelos fueron campeones en sus tiempos. Pero el destino traicionero no me dejó cumplir mi sueño. Siempre deseé ganarme por lo menos una medalla para honrar a mis antecesores. Un accidente en mi bicicleta me dejó inválido. Debido a una complicación por mi diabetes crónica, fueron amputadas mis piernas. La prótesis, únicamente, me ayuda en mejorar mi apariencia física, no a caminar. Dependo de la silla de ruedas para moverme, excepto en el mar. Soy un pez en el agua y con la ayuda de mi hermano mayor y mi mejor amigo buceamos con absoluta libertad. Los peces más hermosos y valientes se encuentran en las profundidades del océano. Solo los peces heridos, agonizando o muertos se quedan flotando a orillas de la playa.

DouglasTe invito a entrar a este fabuloso blog de Douglas Moore http://moorezart.wordpress.com/  La imagen tiene todos los derechos reservados por el autor. El uso de esta imagen ha sido autorizado por el artista.

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Negro, rojo, gris… ¿y el verde?


Sotanas negras, de odio,
portadoras de negros augurios,
nostálgicas de un negro pasado.
Sotanas rojas, de sangre,
de los inocentes que ignoraron,
de aquellos a los que condenaron,
nostálgicas de rencor, de represión
y de mezquina venganza.
Amigas del poderoso,
de ese poder mentiroso,
insensible al sufrimiento,
cómplice del abuso,
que enmascara la verdad y reescribe la historia. Sigue leyendo