Depresión


Cuando al alba pasada la noche efímera,

aún sin dormir, creemos que somos vida,

aquella que aún nos debe felicidad.

En esos momentos el caos más oscuro

no tiene la fuerza para borrar al bien.

Pero alguien muy querido se está destruyendo

su mente esta pulverizando los puentes.

¿Por qué los cerebros ahogados entre el dolor

de cada articulación y el hastío a la edad

se destruyen en las paredes de la casa

mutuamente

en la penúltima estación de la vida?

¿Por qué saltan por los aires

y a los balcones del negro sufrimiento?

Toda felicidad o triunfo se desvanece

al ver carcomerse a ese ser querido desde su mente.

Amanece


Amanece un día

como tomando sorbos de niebla.

Sigo pensando en la pasión sin heridas

y la fragancia que me despierta.

Consigues desconectarme de miserias,

o del paso contundente de la vida.

Sigo en la orilla del mar

donde el cielo de pizarra se abre

y tú me desenredas de toda la arena cotidiana.

Aquí


Aquí, arrojado a las calles,

en el dulce dolor

de lugares desparecidos.

Te encontré,

salvaje de secretos,

salvaje también en tu mirada.

Eras el suave acontecimiento de una hoja,

como piel bajo la lluvia

que caías sobre la hierba.

Te convertiste pronto en susurro

dentro de mí.

Aquella felicidad


Quizás la felicidad no es una victoria siempre soleada.

Vive extraviada a nuestros ojos

matando todas las sombras

de una pesadilla en un bosque fantástico.

Una fugitiva idea en busca de amor;

una tentación que no redime de todos los pecados.

Es difícil volver a mostrarte tirando de las nubes,

viendo cuánto brilla mi corazón.

No todo se apaga

cuando arrastro mis dientes por el anochecer de tu vientre.

buscando mis colmillos de marfil.

Blancas o negras


Foto por grstocks en Unsplash (CCO)

El tablero de ajedrez sobre la mesa, un juego sin empezar, y dos copas vacías.

—Hace tantos años que no hacía una partida con alguien.

—¿Y cuál era el motivo?

—Simplemente nadie aceptaba una invitación tan inusual. Cuando le decía a alguien que viniera a casa a jugar una partida de ajedrez, parecía que le estuviera proponiendo un acto de tortura.

—¿Blancas o negras?

—Lo echamos a suerte, como se suele hacer.

—Para mi es igual, como si no lo supieras. Me tocan las blancas.

—¿Más vino?

—Gracias.

—Pues como te decía, desde que estoy de baja médica, me he vuelto un experto en el ajedrez.

—¿Depresión?

—¿Cómo lo has sabido?

—Lo veo en tu mirada. Te toca.

—Pero yo nunca lloro.

—La gente piensa que la depresión se relaciona con el llanto constante, pero no. Bueno, no es solo eso. A veces llorar alivia más de lo que creemos.

—Hablas como un experto.

—Bueno, todos hemos tenido malas rachas. Jaque.

—Me han dado una medicación que me quita el sueño. Por eso juego tanto.

—Lo sé, a mi me pasa igual.

—Sé de muchos que se drogan, otros que se abandonan al alcohol, mientras otros, como yo, juegan hasta el cansancio.

—Digamos que en cierta medida, has tenido suerte. El ajedrez no es un juego en el que te puedas dejar la hipoteca, la pensión, o tu herencia.

—¡Ja, ja, ja!, y que lo digas. Ahora muevo yo, jaque.

—En el pasado eras un tipo divertido, sociable. ¿Qué ha ocurrido?

—Hablas como si me conocieras de toda la vida.

—Las fotografías que tienes en el salón me han revelado tu secreto. Y están a la vista de todos.

—Ah, bueno, sí, las fotos.

—¿Pensaste que te estaba leyendo el pensamiento o algo por el estilo?

—Eres una persona muy observadora. ¿Qué más has podido deducir de mis fotos?

—La nostalgia… Oh, perdona ¿tienes más vino?

—Sí, claro ya sabes dónde están las botellas… Decías algo de la nostalgia. Es fácil deducir eso, cuando alguien atesora con tanto empeño sus mejores recuerdos en imágenes.

—Y ese libro que tienes empezado en el sofá, La ridícula idea de no volver a verte, no ayuda mucho a la recuperación.

—Depende desde qué punto de vista lo leas. Tiene una parte histórica que me resulta fascinante. Además, la literatura es lo que tiene, si no te sumerges en el mundo de las letras, te disuelves en el hastío de la realidad.

—¡Vaya, lo dices como si caminaras al borde de un precipicio!

—Es cierto. Dime si a ti no te ocurre lo mismo. Muchas veces cuando lees un libro, o cuando eliges un libro, generas una expectativa sobre lo que te gustaría que ocurriera, porque pensamos que somos dueños de otras realidades, más que de la nuestra propia.

—Jaque. Ahí te doy la razón. ¿Otra copa?

—Por supuesto. Además, somos tan perezosos, que eludimos cambiar el curso de nuestras vidas, y preferimos imaginar que somos tal o cual personaje de nuestras novelas favoritas. Pereza, eso es lo que nos define. Nada más enfermizo.

—Si lo tienes tan claro, qué haces aquí jugando a solas. Jaque mate.

—Tanto hablar, me desconcentra. Lo más lógico es que gane contra mi mismo, no que pierda. En fin. ¿Qué me dices si echamos otra partida?

—Bueno, parece que tendremos noche larga, otra vez. ¿Otra copita?

Llamas


Lágrimas que son misterio

brotan incontables.

Felicidades que se incendian,

porque no vemos a través de mil velos.

Sangre que nos maltrata

llamas que nos poseen…

Llamas,

Memoria de tus labios que tanta vida tienen.

Llamas y quemas todas las esperas.

Llamas que sacarán el esplendor que traemos de tanto amor.

La misión


Llena de escalofríos, así se siente —ha llegado el otoño con armadura fría—, baja con una tos seca del coche, sus alumnos golpean en esos instantes las patas de mesas y sillas entre gritos impíos y ataques a los cuellos y cabezas de los compañeros de las mesas que tienen cerca. Cierra la berlina que se ha comprado hace poco, corre hacía el primer piso, siempre se apela al deber ante estos momentos de desaliento. Ella lo hace desde hace cuatro años, perdida ya su intención de enseñar a crías que se han vuelto imbéciles de tanto creer en las redes (aunque no lo confesará en público) y a tanto bruto obligado a pasar de curso con carpetas de suspensos. Solo la sostiene el deber y un sueldo, por qué no decirlo. Avanza por el pasillo, la divisan desde el final del mismo, la mitad de la clase se zarandea en él y la otra mitad haciendo gracias dentro. Los mismos de siempre emponzoñando a una masa opaca interesada en educarse; está harta. Lo presiente, un mal día se abre, al entrar en el aula. Cuando se ha levantado sabía que estaba desposeída de la energía suficiente para salir triunfante de otro día más en un instituto conflictivo. Aparece en cambio la llamada costra del endurecimiento, la que te hace inmune al ambiente de fuerzas descontroladas representadas por los golfillos en un instituto. A consecuencia de ello, no tarda más de diez minutos en decidir quién será el elegido para aglutinar su soldada de satisfacción al expulsarlo de clase sirviendo además de ejemplo: «Iciar, baja a la biblioteca y quédate allí hasta la próxima clase. Quiero que el profesor que esté te firme un papel diciendo que has estado estudiando».

Iciar es en realidad nuestro personaje más querido. «¿Por qué?», pueden preguntar. Otras respuestas serían muy enrevesadas explicadas en un relato, por ejemplo: escaso respeto por la organización educativa actual, la profesora con prisas del principio no tiene atractivos suficientes para seguir en este relato. Podría enumerar a mis queridos lectores todas las razones verdaderas, conformémonos simplemente con la dignísima conclusión de que yo soy el autor y mis fobias me agradecen que escriba para disfrutar. Prefiero a la culpable expulsada, aunque solo sea por su juventud, su potencialidad dormida, diciendo por delante que unos cachetes se merece Iciar, cualquiera de sus amigas, o la mayoría de los chicos de su clase. Ya sé lo que he dicho y tampoco exageren unos cachetes. Continuemos con Iciar sin revolver más; ha entrado en la biblioteca. 

Sentada está ya en la última fila, hace un amago violento de sacar su cuaderno desvencijado de tanto pintarle. Ni siquiera lo abre —observa—, no ve profesores respetables allí, solamente la bibliotecaria, esa señora vieja tan pesada con el orden y el estudio. La mirada está detenida en la mesa de préstamos, hay un joven. Ella sabe por instinto que no puede ser un profesor, es un voluntario o algo parecido que trabaja en la biblioteca. Lo recoge todo deprisa y se lanza resuelta a pedirle la hoja firmada. «Da lo mismo», responde cuando el joven le dice que no quiere firmarle nada y además no es su función. «Tú me lo firmas y así me voy a… tomarme una manzanilla porque estoy mala». Nueva negativa y grito de Iciar que indica enfado importante.

Parece evidente, ella es una obligada, no quiere el instituto. Está deseando ver a la pandilla, pero en un recreo perpetuo. Iciar es la respuesta a un sistema que la obliga a permanecer seis o diez años en el instituto y, además, la premian con aprobados sin estudiar mucho —lo cual la hace pensar que todo lo que rodea al instituto no tiene importancia—, simula concentrarse cuando sus cuadernos únicamente contienen borratajos y frases obscenas escritas por sus amigas. Ya nadie repara la grieta del dique, está resuelta a todo: chantajear al joven que tiene delante que vigila la biblioteca y la impide mirar su móvil durante un rato, va a simular encontrarse enferma, retorcer la propia mentira, cualquier invención con tal de librarse de aquel asqueroso ambiente de estudio y libros. No cabe en su cabeza perder cuarenta minutos allí dentro. Iciar no esperaba un asalto como el que se produjo en respuesta a su carcajada pícara. La bofetada propinada había sido desterrada desde hace tiempo del pensamiento de los alumnos; y cuando la cólera sustituyó a la carcajada, solo hubo más bofetadas, milimétricamente cadenciosas, quemando su epidermis en un experimento de laboratorio humano. ¿Quién se atrevía a sonreírla después de abofetearla en público? Quiere alguna explicación, que alguien venga gritando por comportarse como si estuviera al margen del peor crimen consumado, ve esa mirada por encima de su hombro y que se sienta plácidamente. «Ahora siéntate en silencio y no hagas nada, si no quieres un libro». No quiere perder más tiempo con ella, eso es lo que le parece a Iciar, o a cualquiera que observe los acontecimientos, los cuales se han extendido por el instituto como si una bomba hubiese hecho explosión en la biblioteca, matando a toda una clase. «¡Han abofeteado a un alumno! ¿Quién pudo ser? ¿Un profesor?». El personal rebulle en todas las estancias, en los pasillos se forman corros, la gente pregunta. Enseguida se forman bandos a favor y en contra. El castigador queda convertido en un estigma para unos, en héroe necesario para muchos, gritan más los legalistas: «¡Acaso nadie va hacer nada! ¡Hay que preparar un patíbulo en el patio y colgarle! ¡No, quemarle vivo delante de los padres que no toleran semejantes atropellos con sus hijos!». El villano sigue tranquilamente sentado en la biblioteca sin conmoverse. La jerarquía decide tomar las riendas de la situación. «¡La dirección! La dirección que cobra sus generosos complementos». Jefes de estudio y director aprueban la primera medida, pedir explicaciones, las cuales no serán satisfactorias (nadie puede pegar a un alumno), aunque el procedimiento debe alejarse del usual al no tratarse de un profesor. Se improvisará, dice el apocado director miedoso de los inspectores de centro, o cuando es presionado por la corporación profesoral o la asociación de padres del instituto, cumplir la legalidad a tiempo, de eso se trata, que lo parezca desde fuera, decide ir a ver las medidas del ataúd del joven que se ha atrevido a pegar a una alumna; el director ha entrado ya en la biblioteca.

Se sitúa a cuatro pasos del joven culpable, el ahora primer protagonista de esta historia. «¿Has pegado a una alumna?», le pregunta. «¿Acaso hubiese pegado a alguien estando seguro que no lo merecía?», es contestado. «¡Cómo se le ocurre pegar a un alumno!», grita el director, «la ley lo prohíbe desde…». «La ley…», repite el muchacho. «La ley del sonido dice que cuando un transmisor emite un mensaje, este llega al receptor que dentro de su campo de percepción sonora puede descifrarlo, esa chica lo descifró, pero actuaba igual que si no recibiese los mensajes. La ley dice que es peligroso si se dejan receptores en mal funcionamiento a lo largo de una cadena. Se provoca, pasado el tiempo, dejar de recibir información de cualquier clase en la cadena de transmisión, provocando problemas mayores a todo el grupo que las necesita. Ya sea riéndose de todos los receptores o actuando por maldad saboteando la red». «¿Quién es usted para hablar así?». «Aconsejo. ¿Quiere sacar algún libro señor director? Puedo sugerirle uno para ayudarle a despejar los malos humores de sus pensamientos». El director se pregunta quién ha sido el responsable que ha puesto a ese muchacho en la biblioteca. «¿Quién le manda? ¿Por qué habla así? Y sobre todo, ¿por qué vuelve a sus quehaceres sin importarle lo más mínimo las consecuencias de sus actos?».

Mira inquisitivamente al extraño sujeto repantingado en su silla con un libro sobre la rodilla. Abandona al final la estancia más perplejo que enfurecido. Los adeptos al extraño personaje crecen en las inmediaciones igual que ocurre cuando un equipo mete el primer gol o se gana el primer combate de boxeo; ha fallado el golpe de fuerza y los legalistas se recluyen inofensivamente. Todos han sufrido los caprichos de Iciar alguna vez, por tanto, ahora nadie sale en su defensa con suficiente fuerza, ella misma ha quemado en el pasado sus puentes con profesores y personal del instituto liberales en cuanto a la disciplina. En el despacho del director comienza a pesar más el ambiente que los hechos, el punto determinante es conocer que Iciar no ha hecho nada, no sale de su perplejidad. Decide —y esta es la derivación más importante— que no dará publicidad en su hogar del hecho. Su estado de ánimo no le permite montar esa defensa dañina. El joven aprendiz de bibliotecario utilizó toda la fuerza sin muchas explicaciones, sin remilgos, bloqueando su entendimiento, lo que produce que sus actos se parezcan a la situación de alguien preparándose lentamente para despedirse ante varias personas y no sabe el instante adecuado de hacerlo.

Además, ¿contra quién dirigir la responsabilidad? Pasado el nerviosismo, el director pidió el expediente del enigmático muchacho; únicamente encontró referencias vagas a su pasado educativo, nada concreto que explicase su comportamiento. Una nota extraña para el canon de expediente funcionarial al que la administración acostumbra, daba mayor oscuridad al caso. La autora de la nota era la maniática bibliotecaria, la cual dejó constancia de un hecho irrelevante.

El tercer día de estancia en su puesto en el instituto, el voluntario catalogó un nuevo libro de su propiedad, que regaló a la biblioteca, titulado El maestro pasará por un loco. El director inmediatamente pensó, o no quiso pensarlo, ciertamente porque era un hombre que se atolondraba en la metafísica (y por ello aplaudió cuando eliminaron las clases de filosofía y pusieron la asignatura de digitalización), que prefería apelar a sus conocimientos científicos en casos tales. Hizo lo mismo cuando semanas después se dejó de ver (nadie sabe qué semana concreta podía datarse como la decisiva para decirlo) al muchacho impertérrito. Posiblemente un día antes de que Iciar entrase, después del incidente en la biblioteca, a recoger un paquete no académico que le habían indicado aguardaba a su nombre. No saquemos de precipitadas pistas conclusiones fantásticas acerca de lo que no sabemos. Hay unos hechos literarios ordenados que nos dicen lo que hay, otra serie de adjetivos junto a los hechos nos llevarían a lo que preferimos ver nosotros, en vez de aceptar la historia. Únicamente debemos acabar este relato, el cual ha ido saltando charcos que a muchos no les gustan: se había ido por los mismos cauces que apareció, si pensamos igual que el director, al realizar sus funciones y cumplir la legalidad en la forma parcial que propaga la injusticia, cabe la posibilidad de añadir secamente que la misión no tenía por qué prolongarse más.