Aquella felicidad


Quizás la felicidad no es una victoria siempre soleada.

Vive extraviada a nuestros ojos

matando todas las sombras

de una pesadilla en un bosque fantástico.

Una fugitiva idea en busca de amor;

una tentación que no redime de todos los pecados.

Es difícil volver a mostrarte tirando de las nubes,

viendo cuánto brilla mi corazón.

No todo se apaga

cuando arrastro mis dientes por el anochecer de tu vientre.

buscando mis colmillos de marfil.

Momentos


River flowing over rocks
«Delta Wild» por Bob Wick (CC0).

I

¿Es el tiempo lo mismo

que un momento?

¿Cuánto tiempo dura

un momento?

¿Cuánto tiempo hay

entre uno y otro momento?

II

¿Acaso nosotros

caminamos sobre el tiempo?

¿O es el tiempo

el que nos pasa por encima?

¿Será que en serio

el tiempo es como un río?

III

No sé la respuesta

de ninguna pregunta.

Sé lo mismo que el tiempo.

No conozco más oficio

que el de erosionar

todo aquello que habito.

Figuras en el mar


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Con los ojos cerrados

comparte el universo,

deja que él te abrigue.

Junto a lunares y venas,

imagina muchos viernes

con puestas de sol sin cambios de hora.

Junto al mar luminoso

los acontecimientos pueden ser banales,

o llamarte a llorar si no eres una diva,

pero somos figuras en un decorado.

Tan solo piensa,

que ese decorado no entra en el mar.

 

Fotografía del autor.

El rap de la drogadicción


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Votación 6 para la antología


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«Arcoiris de lápices», por Sara Torda (CC0).

Aviso importante: Las votaciones serán suspendidas todo mayo debido a que durante ese mes realizaremos una convocatoria interna para la antología con el tema «azul». Esa actividad comenzará el primero de mayo y su inicio se notificará en otra entrada. Las entradas publicadas hasta el 30 de abril fueron consideradas en esta votación quincenal (6). Las obras publicadas en el blog a partir de ahora no serán votadas hasta nuevo aviso.


Resultados de la votación 5

Continuando con el proceso de selección de obras para la Antología II de Salto al reverso, cerramos la votación 5.

Para consultar las bases completas, hagan clic aquí: Votaciones para la antología.

Para consultar la lista de obras seleccionadas hasta ahora: Obras seleccionadas para antologías.

Gracias a todos por votar. Los resultados son los siguientes.

¡Felicidades a los ganadores!

Poesía

Poesía 5

Relato

Relato 5

Artes plásticas

Plásticas 5

Los ganadores de la votación deberán llenar un formulario de permisos de publicación (que les será dejado en su entrada ganadora en breve). Si no lo hacen antes del 14 de mayo, su obra no será incluida en la antología y se destinará ese espacio a la entrada que haya ganado el segundo lugar en las votaciones.


Votación 6

Las obras que entran en la siguiente votación son las siguientes:

Poesía


Relato


Artes plásticas


¡Gracias por su participación!

Las ventajas del decidido


Jamás había visto un muerto y no sospechaba que pudiera haberlos tan hermosos. Pensé que me impresionaría, que sería doloroso, horrible. No podía haber estado más equivocada.
Muerto él estaba en paz. No la paz profesada por incontables religiones y gurús llenos de promesas y medias verdades Él estaba inmerso en la paz real, la paz derivada de la ausencia de pensamiento. La paz derivada del desprendimiento del ser.
Porque ahora Armando ya no era Armando. Ahora era el cuerpo de Armando, nada más y nada menos.
Pensé que esto sería lo más doloroso del asunto, el verlo ya muerto. Estaba, de nuevo, equivocada. El proceso había sido mucho más complicado, mucho más sucio. Ahora por fin estaríamos juntos. Ahora por fin estaríamos solos.
Nuestro mundo juntos había sido grato, disfrutable, pero los dos siempre sentimos que nos sobraba algo. Nos sobraba gente, trabajo, amigos, felicidad, tristeza, diversión, tiempo. Nos sobraba vida.
Fue el jueves pasado que decidimos hacerlo. La discusión fue larga y cargada con una atmósfera muy tensa. Él pensaba que era egoísta, cobarde. Yo pensaba (y pienso) que lo cobarde es no atreverse a cambiar lo que a uno lo disgusta, y egoísta es forzar las cosas. Después de largas horas logré convencerlo; pobre Armando, siempre perdía las discusiones.
Planificamos todo, no era necesario apurarse, queríamos hacer las cosas bien. Investigamos exhaustivamente sobre nuestras opciones: cuál sería el más rápido, el menos doloroso, incluso el más rico de tragar. El costo no importaba por obvias razones, las ventajas del decidido.
Finalmente nos decidimos por la opción más aburrida, cianuro. A Armando le gustaba, siempre fue así de clásico, así de cursi.

Todo esto ya no importa, es mero contexto. Lo que importa es que aquí estoy yo, escribiendo esto, ahora, con el cuerpo de Armando a mis pies. Entregado.
Me toca a mí. Él decidió hacerlo primero, porque era el jefe de la casa y otras tonterías de hombre que ni me esforzaré por entender.
Voy a abrir el frasco. Lo abro. Voy a verterlo en mi vaso de agua. Lo vierto. Voy a tomarlo. Suena el teléfono, debe ser mi madre, solo ella llama al teléfono de línea. Me levantaré y atenderé para no disgustarla. Cuando ella termine la conversación, diciéndome como siempre: “Millones de besos, querida”, cerraré los ojos y me tomaré el vaso entero de un trago.
Sí; lo haré. Seguro que lo haré.

El árbol y su desierto


Érase una vez un árbol cansado en un paisaje nostálgico y soleado.

Un árbol con experiencias bélicas palpables en la corteza que tuvo y en la que aún lo acompaña.

El éxodo a ciudades no solo afectó a pueblos habitados por personas, sino también a su pequeño valle en aquel alto, centenario, rocoso y aparentemente estático escenario.

Mientras mataba las horas conversando con los pocos hierbajos cascarrabias que aún permanecían allí, arraigados a sus costumbres campesinas, recordaba con añoro y nostalgia su pasado exuberante.

Anhelaba la vida en la que se movía antes de que ésta muriese. Suspiraba cada vez que cerraba los ojos. “¿Por qué mi savia no me deja irme?, ¿por qué soy el único que sigue en pie?”, imploraba al cielo, para luego mirar compungido a la tierra.

Recuerda cómo llegó hasta ese vetusto valle. Fue después de una oscura y desoladora guerra donde él peleó con sus ramas agresivas y, antaño, caóticamente mortales. Una batalla en la que el ostracismo venció a la libertad de expresión pues a partir de ese momento los humanos gobernarían la tierra mientras ellos, junto al resto de la naturaleza y de los animales, cabizbajos, lucharían por existir.

Aquello no lo echaba de menos, mas no se rindió y luchó por ser feliz de nuevo. Por eso caminó y caminó hasta que conoció a ese hogareño y apacible valle, en donde encontró al amor de su vida, una pequeña flor llamada margarita. Ella le enseñó a sentir el mundo y a verlo con los ojos cerrados, le mostró que, a pesar del destierro sufrido, uno puede ser feliz si quiere serlo.  Aún recuerda la primera vez que su savia se tornó dulce e hizo brotar hojas de miles de colores y olores provocadas por los momentos compartidos con su amada margarita. Efímeros destellos que se marcharon junto con cada latido final de su querida.

Echaba de menos su vida, una vida que huyó en el instante en que la soledad llamó a su puerta para así convertirse en estatua impasible ante el tiempo y sus esperanzas.

Decepcionado ante su propia postura, desafió al sol sabiendo que iba a perder. Le miró fijamente, dio las gracias, esposó una sonrisa sincera a su tronco y su cuerpo se disipó, convirtiéndose en polvo para así nunca más sentirse solo.