Algunas cosas sin importancia


Como ves,

he aprendido a olvidarte

y ya casi ningún ruido me recu rda a tu voz.

Apenas los atard ceres

son difere tes y los nombres

d los niños q e imaginamos

ya no duelen como avispas.

Ya ves, ya casi ni se notan

los rotos y l s costurones de mi traje

aunq e por los bolsillos se me caigan, a veces,

las mañanas, los domingos y las flores amarillas

que t regalaba.

He cortado esos trocitos

de ti en mí

que se me h cían insoportables y los he dejado

en el trastero.

(En la basura todavía no puedo, no puedo).

Trocitos qu sin querer  —inesperad mente—

aparecen en el yogurt, en el helado de limón o traídos por las olas…

Y es entonces cuand mi corazón se me quiere volar del pecho

y la jaula d mis huesos cruje

como un rollito de primavera.

Ya ves, que soy casi el mismo

que conociste

y además las flores tienen cierta afinidad por l s grietas.

No te preocupes —ya ves— solo han desaparecido

para olvidart

algunas cosas sin importancia

como la luna,

la mar

y algunas pequeñas letras de t nombre.

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Las ventajas del decidido


Jamás había visto un muerto y no sospechaba que pudiera haberlos tan hermosos. Pensé que me impresionaría, que sería doloroso, horrible. No podía haber estado más equivocada.
Muerto él estaba en paz. No la paz profesada por incontables religiones y gurús llenos de promesas y medias verdades Él estaba inmerso en la paz real, la paz derivada de la ausencia de pensamiento. La paz derivada del desprendimiento del ser.
Porque ahora Armando ya no era Armando. Ahora era el cuerpo de Armando, nada más y nada menos.
Pensé que esto sería lo más doloroso del asunto, el verlo ya muerto. Estaba, de nuevo, equivocada. El proceso había sido mucho más complicado, mucho más sucio. Ahora por fin estaríamos juntos. Ahora por fin estaríamos solos.
Nuestro mundo juntos había sido grato, disfrutable, pero los dos siempre sentimos que nos sobraba algo. Nos sobraba gente, trabajo, amigos, felicidad, tristeza, diversión, tiempo. Nos sobraba vida.
Fue el jueves pasado que decidimos hacerlo. La discusión fue larga y cargada con una atmósfera muy tensa. Él pensaba que era egoísta, cobarde. Yo pensaba (y pienso) que lo cobarde es no atreverse a cambiar lo que a uno lo disgusta, y egoísta es forzar las cosas. Después de largas horas logré convencerlo; pobre Armando, siempre perdía las discusiones.
Planificamos todo, no era necesario apurarse, queríamos hacer las cosas bien. Investigamos exhaustivamente sobre nuestras opciones: cuál sería el más rápido, el menos doloroso, incluso el más rico de tragar. El costo no importaba por obvias razones, las ventajas del decidido.
Finalmente nos decidimos por la opción más aburrida, cianuro. A Armando le gustaba, siempre fue así de clásico, así de cursi.

Todo esto ya no importa, es mero contexto. Lo que importa es que aquí estoy yo, escribiendo esto, ahora, con el cuerpo de Armando a mis pies. Entregado.
Me toca a mí. Él decidió hacerlo primero, porque era el jefe de la casa y otras tonterías de hombre que ni me esforzaré por entender.
Voy a abrir el frasco. Lo abro. Voy a verterlo en mi vaso de agua. Lo vierto. Voy a tomarlo. Suena el teléfono, debe ser mi madre, solo ella llama al teléfono de línea. Me levantaré y atenderé para no disgustarla. Cuando ella termine la conversación, diciéndome como siempre: “Millones de besos, querida”, cerraré los ojos y me tomaré el vaso entero de un trago.
Sí; lo haré. Seguro que lo haré.

El árbol y su desierto


Érase una vez un árbol cansado en un paisaje nostálgico y soleado.

Un árbol con experiencias bélicas palpables en la corteza que tuvo y en la que aún lo acompaña.

El éxodo a ciudades no solo afectó a pueblos habitados por personas, sino también a su pequeño valle en aquel alto, centenario, rocoso y aparentemente estático escenario.

Mientras mataba las horas conversando con los pocos hierbajos cascarrabias que aún permanecían allí, arraigados a sus costumbres campesinas, recordaba con añoro y nostalgia su pasado exuberante.

Anhelaba la vida en la que se movía antes de que ésta muriese. Suspiraba cada vez que cerraba los ojos. “¿Por qué mi savia no me deja irme?, ¿por qué soy el único que sigue en pie?”, imploraba al cielo, para luego mirar compungido a la tierra.

Recuerda cómo llegó hasta ese vetusto valle. Fue después de una oscura y desoladora guerra donde él peleó con sus ramas agresivas y, antaño, caóticamente mortales. Una batalla en la que el ostracismo venció a la libertad de expresión pues a partir de ese momento los humanos gobernarían la tierra mientras ellos, junto al resto de la naturaleza y de los animales, cabizbajos, lucharían por existir.

Aquello no lo echaba de menos, mas no se rindió y luchó por ser feliz de nuevo. Por eso caminó y caminó hasta que conoció a ese hogareño y apacible valle, en donde encontró al amor de su vida, una pequeña flor llamada margarita. Ella le enseñó a sentir el mundo y a verlo con los ojos cerrados, le mostró que, a pesar del destierro sufrido, uno puede ser feliz si quiere serlo.  Aún recuerda la primera vez que su savia se tornó dulce e hizo brotar hojas de miles de colores y olores provocadas por los momentos compartidos con su amada margarita. Efímeros destellos que se marcharon junto con cada latido final de su querida.

Echaba de menos su vida, una vida que huyó en el instante en que la soledad llamó a su puerta para así convertirse en estatua impasible ante el tiempo y sus esperanzas.

Decepcionado ante su propia postura, desafió al sol sabiendo que iba a perder. Le miró fijamente, dio las gracias, esposó una sonrisa sincera a su tronco y su cuerpo se disipó, convirtiéndose en polvo para así nunca más sentirse solo.

Mi nombre


Mi nombre no es solo mi nombre.

Mi nombre no soy yo.

Mi nombre es mi título.

Mi vida, nuestra historia.

Mi nombre es un continente.

Yo, su contenido.

Mi nombre fue una semilla que yo regué.

Mi nombre es un tallo al que yo le canto.

Mi nombre será un árbol donde yo descansaré.

Mi nombre ama mis sentidos.

Mi nombre sabe que sin mi voz no podría dormir.

Mi nombre saborea el aire mientras, entre quimeras, imagina su cara.

Mi nombre escucha y cierra los ojos para vivir de ello.

Mi nombre es mi baúl que todos conocen.

Mi nombre es mi primer tatuaje. Y al que más amor le tengo.

Mi nombre no es solo un nombre.

Mi nombre es esa parte de mí que mi padre y madre, en su sinceridad más pura e ingenua, escogieron para cuando fuese ángel.

Mi nombre es experiencia.

Mi nombre es reflejo de otros nombres.

Mi nombre es vida.

Mi nombre es muerte.

Mi nombre es alguien que nadie —ni él mismo— conoce. Mas él me conoce a mí.

Mi nombre habla por mí y yo hablo por él.

Mi nombre me ayuda cada vez que no me reconozco y cuando la incertidumbre se posa en mis sentidos.

Por esto y todo aquello que únicamente será escuchado en nuestros sueños y anhelos, quiero a mi nombre y él me quiere a mí.

Pupitres


 

I

Pupitres impregnados de te quieros escritos en broma que iban en serio,

de miradas perdidas que ruborizan,

de dibujos difuminados de tanto hastío,

de palabras ambiguas que tú entiendes, pero yo no,

de jugar al escondite con él/ella —aunque no lo sepa—,

de escritos subrepticios.

II

Pupitres rodeados de desafíos con olor a instinto,

de vacaciones sobre quimeras,

de pensamientos inducidos,

de reflexiones y su amnesia,

de pensamientos vigilados por la vigilia y el docente.

III

Pupitres desfallecidos de tantos despistes,

de querer y no poder,

de querer y no corresponder,

de poder y no querer.

IV

Pupitres aparentemente pensamientos,

aparentemente serios,

aparentemente objetos.

V

Pupitres turbados por conexiones,

por ser y no ser.

VI

Pupitres convertidos en mediadores de una etapa.

En el paraíso


Aún recuerdo cuando los humanos eran naturaleza y la naturaleza era humana,
cuando ella nos moderaba y nosotros bailábamos,
cuando éramos imperfectos buscando la imperfección,
cuando todo lo deseado era suerte y pasión,
cuando corríamos por las venas de la esperanza sin motivo ni dirección mientras las mariposas aleteaban hacia otra estación.

Cuando la naturaleza era recta y nosotros éramos el toque inesperado.

Aún anhelo nuestro cuerpo liviano capaz de volar,
anhelo nuestra forma de caminar desinteresada y aderezada con el sabor de la mente en blanco,
anhelo la realidad de los libros.

Anhelo la amistad de los animales y de las plantas,
anhelo hablar con ellas,
anhelo su calor.

Aún deseo que todo vuelva a ser como fue,
que todo inconsciente sea escuchado,
que todo sentimiento sea premiado y el amor valorado,
que nada tenga que ser condimentado para quererlo,
que nada sea insinuado.

Que las ventanas no sean para protegerse,
sino para verse sin escuchar,
para sentir más al mirar.

Fdo.Eva