Mi nombre


Mi nombre no es solo mi nombre.

Mi nombre no soy yo.

Mi nombre es mi título.

Mi vida, nuestra historia.

Mi nombre es un continente.

Yo, su contenido.

Mi nombre fue una semilla que yo regué.

Mi nombre es un tallo al que yo le canto.

Mi nombre será un árbol donde yo descansaré.

Mi nombre ama mis sentidos.

Mi nombre sabe que sin mi voz no podría dormir.

Mi nombre saborea el aire mientras, entre quimeras, imagina su cara.

Mi nombre escucha y cierra los ojos para vivir de ello.

Mi nombre es mi baúl que todos conocen.

Mi nombre es mi primer tatuaje. Y al que más amor le tengo.

Mi nombre no es solo un nombre.

Mi nombre es esa parte de mí que mi padre y madre, en su sinceridad más pura e ingenua, escogieron para cuando fuese ángel.

Mi nombre es experiencia.

Mi nombre es reflejo de otros nombres.

Mi nombre es vida.

Mi nombre es muerte.

Mi nombre es alguien que nadie —ni él mismo— conoce. Mas él me conoce a mí.

Mi nombre habla por mí y yo hablo por él.

Mi nombre me ayuda cada vez que no me reconozco y cuando la incertidumbre se posa en mis sentidos.

Por esto y todo aquello que únicamente será escuchado en nuestros sueños y anhelos, quiero a mi nombre y él me quiere a mí.

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Pupitres


 

I

Pupitres impregnados de te quieros escritos en broma que iban en serio,

de miradas perdidas que ruborizan,

de dibujos difuminados de tanto hastío,

de palabras ambiguas que tú entiendes, pero yo no,

de jugar al escondite con él/ella —aunque no lo sepa—,

de escritos subrepticios.

II

Pupitres rodeados de desafíos con olor a instinto,

de vacaciones sobre quimeras,

de pensamientos inducidos,

de reflexiones y su amnesia,

de pensamientos vigilados por la vigilia y el docente.

III

Pupitres desfallecidos de tantos despistes,

de querer y no poder,

de querer y no corresponder,

de poder y no querer.

IV

Pupitres aparentemente pensamientos,

aparentemente serios,

aparentemente objetos.

V

Pupitres turbados por conexiones,

por ser y no ser.

VI

Pupitres convertidos en mediadores de una etapa.

En el paraíso


Aún recuerdo cuando los humanos eran naturaleza y la naturaleza era humana,
cuando ella nos moderaba y nosotros bailábamos,
cuando éramos imperfectos buscando la imperfección,
cuando todo lo deseado era suerte y pasión,
cuando corríamos por las venas de la esperanza sin motivo ni dirección mientras las mariposas aleteaban hacia otra estación.

Cuando la naturaleza era recta y nosotros éramos el toque inesperado.

Aún anhelo nuestro cuerpo liviano capaz de volar,
anhelo nuestra forma de caminar desinteresada y aderezada con el sabor de la mente en blanco,
anhelo la realidad de los libros.

Anhelo la amistad de los animales y de las plantas,
anhelo hablar con ellas,
anhelo su calor.

Aún deseo que todo vuelva a ser como fue,
que todo inconsciente sea escuchado,
que todo sentimiento sea premiado y el amor valorado,
que nada tenga que ser condimentado para quererlo,
que nada sea insinuado.

Que las ventanas no sean para protegerse,
sino para verse sin escuchar,
para sentir más al mirar.

Fdo.Eva

Lucas


Lucas era un hombre soñador, desde que era un neonato le gustaba soñar e imaginarse cosas, ya fuesen aventuras de Lucas versus Lucas o con sus juguetes y entes imaginarios.

Es cierto que conforme fue creciendo depuso varias de las actitudes que le hacían ser definido como un perfecto soñador, como la emancipación de sus amigos imaginarios —pero reales—, y la actitud de soñar despierto había decrecido a niveles muy preocupantes; quizá esto era así debido a su decepción al ver cómo funcionaba la ciudad a ojos de un adulto o tal vez porque ya no lo encontraba útil, la verdad, no lo sé, nunca lo supe.

Aun así, en su interior persistía ese sentimiento de soñador que lo incitaba a soñar, aunque fuese en estado de no vigilia; siendo para él estos sueños ínfimos lo que lo mantenía vivo, lo que escondía la vela de la esperanza a ojos de avariciosos y maléficos y lo que aguardaba la vuelta de su flama.

Un día se encontraba en un bar, tomando algo, cuando a una mujer salió corriendo de él, olvidándose un libro. Lucas decidió recogerlo y entregárselo.

—¡Oiga, señora, el libro! —gritaba, mas no le escuchó y acabó desapareciendo entre la niebla de gente.

Se quedó mirando al horizonte con displicencia hacia ellos —y hacia sí mismo—; no les caía bien —no se caía bien—, siempre decía que eran máquinas cuyo objetivo era consumir y trabajar —…—. Decidió apartar la vista de ellos y centrarla en el libro: la portada estaba un poco añeja y algo carcomida, solo se podía leer el título: Sueños. El mero hecho de leerla hizo que se le viniesen a la cabeza antiguos recuerdos de su infancia y su afán por soñar todo el rato.

«Buenos tiempos», pensó, mientras se reavivó ese pundonor por soñar en su más profundo interior.

Al llegar a casa comenzó a leerlo; conforme fue leyendo y, como era de suponer, el libro trataba sobre los sueños, las diferentes fases de cuando dormimos, sus posibles interpretaciones… Pero lo que más le llamó la atención fue unos sueños conocidos como “sueños hipnagógicos”: conjunto de percepciones visuales, auditivas e incluso gustativas o hápticas (referentes al tacto) que las personas que las “padecen” experimentan entre el estado de vigilia y el de sueño1. La palabra padecer aparecía entre comillas porque cualquier persona puede pasar por ello, ya sea sin querer o creando ese estado mediante unos sencillos pasos.

Por esta sencilla razón y por la reeclosión de la infancia en su interior, decidió intentarlo; puso el brazo en vertical apoyado en la cama de su piso —un octavo— con el codo y se echó a dormir. Al cabo de x tiempo se despertó somnoliento y algo aturdido, miró a su alrededor y vio cómo su habitación ya no era su habitación, era un jardín enorme. Esta vez decidió no pensar y mucho menos preguntarse la racionalidad de la situación, solo quería disfrutar.

Lucas estaba disfrutando de su sueño, corriendo como nunca y grabando aquellas vistas en su retina, hasta que su cerebro decidió volver a pensar, despertándose ipso facto en su cama. Se despertó contento y, junto a él, florecieron de nuevo esos sentimientos de soñador abandonados y tirados a la basura sin razón alguna.

Desde entonces, Lucas cambió. Aquella flama tan esperada volvió; comenzó a soñar despierto, vinieron antiguos inquilinos a su piso —uno de ellos era la felicidad— y volvió a disfrutar de la vida. No solo eso, contagió esa sensación y ganas a toda aquella niebla que antes odiaba y ahora amaba —se amaba—, floreció la esperanza en la ciudad —en sí mismo—, se podría decir, parte del mundo cambió a mejor —parte de él mejoró como persona—.

Gotas


Y allí me hallaba, mirándola fijamente, con deseo y anhelo; acariciando con mis ojos esa silueta perfecta, tan sutil, tan suya.

Y allí se hallaba ella, mirándome fijamente, mientras sonreía; notando como esa transparencia convertía cualquier infierno en cielo, nuestro cielo.

Yo reflejándome en ella y ella en mí.
Haciendo el mundo minúsculo, pues ella era mi mundo, y yo el suyo.

Yo tan yo y ella tan elegante, sin perder ni un hálito de compostura a expensas de la muerte. Pues ella no entiende de reglas, y menos del réquiem y de sus siguientes pasos.

Yo tan efímero y ella tan eterna.
Sé que nuestro amor durará poco, allende la vida, allende este texto.

Time’s Drop


Time stands still until

a drop falls from the autumn

innocent wet leaves