Lluvia diciembre


Sos mis aguas de marzo,

Aunque estemos en diciembre,

a pesar que estos días ya no lluevan más,

porque por vos «soy palo, soy puente y fin de camino».

 

Y vos por siempre:

 mi «misterio profundo»,

mi lluvia diciembre,

mi gusto y mi disgusto,

mi noche y mi sol.

 

Porque vos sos y serás mis días,

mi café por las mañanas,

mi cerveza helada

hoy y los siguientes trescientos sesenta y cinco años bisiestos,

y, todavía, un día más.

Hace días


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Foto: ahuanda

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

el pueblo es como una casa de techo bajo

que me deja tocar las estrellas.

A menudo

—muy a menudo—

alguien surca el cielo

sembrándolo de nubes

que se comen el brillo de la luna.

Hace días

que un manto de aquellas nubes

grises y negras

escupe lluvia sin cesar

y truenos y relámpagos.

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

porque aquí donde yo estoy

el techo es un mar de luces

artificiales y cegadoras

casi eternas

sin olor y sin música de estrellas

y sin mueca de luna.

Hace días que huelo a cielo

a través de la lluvia.

El jardín de la soledad


Era una tarde otoñal en el balneario Montmichelle, Suiza. Sus ojos cansados apenas distinguieron la masa borrosa que se dibujaba ante él. El murmullo de unas voces lejanas le despertó de aquella larga ensoñación en la que vivía desde hacía tiempo, demasiado quizá.

La familia Uribe, de origen venezolano, había llegado poco antes del mediodía para hablar con el médico responsable de rehabilitación. María Belén, la pequeña del clan, le acarició un pie. Nadie le había tocado así antes, le recorrió un escalofrío. Por primera vez dejó de sentirse invisible.

—¡Mira, papi! ¡Se le posó una mariposa! ¿Le hará cosquillas? —preguntó la niña emocionada.

—No se da cuenta, amor —le contestó su padre, acariciándole el cabello.

La niña espantó a la mariposa con la mano y salió tras ella correteando por el jardín.

—Siéntense, por favor —indicó el doctor Leboussier con un marcado acento francés.

—Hijo, ve con Belén —dijo el señor Uribe a Iván, su hijo mayor.

—Pero ¿por qué? ¡Quiero saber cómo está Adrián! —protestó el chico.

—Haz lo que te dice tu papá —dijo con dulzura la señora Uribe.

El matrimonio llevaba casado 20 años, se amaban como el primer día. Isabel Uribe tenía una belleza inusual, exótica, que florecía con el paso de los años. Su cabello esculpido en un perfecto moño dejaba entrever una larga y cuidada cabellera castaña oscura. Sus gestos eran elegantes y su lenguaje discreto. Lucía un elegante vestido rojo largo hasta la rodilla y un abrigo negro a juego con las botas de tacón.

Por el bigote, Manuel Uribe aparentaba más edad, pero el brillo azulado de sus ojos le imprimía la vitalidad y la dulzura de una lejana pero muy feliz juventud. Desde aquella tragedia, sin embargo, parecía haber envejecido un par o tres años. En cada una de sus visitas vestía con un elegante traje de domingo, el mismo con el que vio casarse a su hermano menor, Adrián, que yacía desde hacía meses en aquella cama.

—Doctor, ¿cuál es el pronóstico? —preguntó angustiada Isabel.

—Señora Uribe, me temo que en estos momentos es precipitado y poco prudente emitir conclusión alguna —hizo una pausa—. Si bien es cierto que ha habido una evolución en el aspecto físico, la parte cognitiva es la que va más lenta.

—Pero… se recuperará, ¿verdad? —preguntó Manuel tomando la mano de su esposa.

—Doctor, se lo suplico, ¡díganos la verdad! Estamos… —A Isabel se le quebró la voz.

—Estamos preparados para escuchar lo que tenga que decirnos —continuó Manuel, con los ojos anegados—. Sabemos que nunca recuperaremos quién fue antes de la tragedia, pero si hay una remota posibilidad de evolución… —hizo una pausa para tragar saliva —. Haremos lo que sea.

Su cuerpo, rígido y exhausto, albergaba un alma atrapada entre el frío y el cruel recuerdo de una época de eterna primavera. Las palmas de sus agrietadas manos miraban al cielo, suplicando clemencia. Las pocas ocasiones en que la gente le observaba eran por compasión y casi por obligación. No lo soportaba, y agradecía no poder siquiera mover la cabeza, porque en esa postura sus ojos recibían el consuelo de los árboles, las montañas y el libre vuelo de los pájaros.

Durante el verano, el sonido del agua de la fuente que alguna vez bañaba su rostro, lo llevaba lejos de aquel lugar. Soñaba que su cuerpo inerte cobraba vida y corría, corría lejos siguiendo el rastro invisible de alguna mariposa entre las flores e incluso sentir el gozo de la inmortalidad.

—Señor Uribe, su hermano era una persona de fuerte complexión y muy sano debido a su juventud y a su condición atlética, sin embargo, el accidente le provocó unas heridas internas prácticamente irreversibles.

—Doctor, vaya al grano—. El rostro de Manuel se endureció.

—Como les dije, no podemos emitir un diagnóstico definitivo, pero por el momento creemos que, para evitar más daños cerebrales, lo mejor es inducir a su hermano a un coma profundo.

Isabel se tapó los ojos con las manos. Manuel la abrazó, lloraron juntos.

Avanzaba la tarde, las nubes aterciopeladas dieron paso a una ligera llovizna. Cada gota era un elixir de vida, quizá todavía habría esperanza para él en aquel lugar rodeado de tristeza y dolor.

La pequeña María Belén se arrodilló ante él, las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas:

—Angelito bello, cuida de mi tío y haz que algún día despierte, por favor.

Isabel se acercó y tomó a su hija de la mano.

—Vamos, hija… Llueve. Tenemos que despedirnos ya de tu tío.

Y allí permaneció, inmóvil, consciente de que era solo una estatua de piedra buscando a Dios en aquel jardín. Y por primera vez, sintió que más allá de aquel ambiente espeso bañado de soledad, rodeado de prisas y voces amargas, él representaba la esperanza y el amor de aquel lugar, bajo aquella lluvia.

 

Lluvia de estrellas


Se les ve acumularse en la superficie del planeta en plena temporada de lluvias. Para ser devueltas a su respectiva constelación, se han creado enormes catapultas que son capaces de lanzarlas a millones de años luz en el espacio. Yo tengo permitido ayudar cada día sacudiendo un poco el polvo de estrellas que se acumula en sus puntas, aunque solo es posible hacerlo por las mañanas, pues de noche —mi madre lo sabe por experiencia—, su luz radiante podría cegarnos por completo.

El remordimiento compulsivo


Lleva un cigarro en la mano

que se mueve en repetida constancia

del aire que lo pasa a su garganta

y, de su boca, al mantener de sus labios.

 

Hace frío o lo parece cuando mira

de reojo sin querer en un espejo

y ve que se arrebuja en el invierno

sin nieve ni arbolitos ni luz tibia.

 

Fuma un cigarro en la mano

y al sol ni se le vio ni se le espera.

Expulsa el humo y se pregunta si es vaho

lo que huye de su pecho en humareda.

 

Dice adiós con la espalda y, en la calle,

lo saludan las farolas apagadas,

que, con un silencio cómplice, se callan

y acompañan al cigarro junto al aire.

 

Tendrán tanto de lo que hablarse

o eso piensa

mientras una brasa efímera ya sabe

que un cigarro muere taciturno allá en la acera.

 

No tendremos tanto de lo que hablarnos

o eso pienso

si me canso de ver frío entre mis dedos

y camino en dirección contraria calle abajo.

 

Bota pisa suave sobre el charco,

sobre la acera empapada con la lluvia,

sobre el choque de dos cosas que se culpan:

negro y duro y negro y bota-asfalto.

 

No cambia tampoco un cigarro en la mano,

que ya es otro o es el mismo,

y no moja tanto la lluvia allá en los pasos

como las palabras moribundas que podrían haber sido.

 

Tendremos que esperar a otro momento

para hablarnos y decir un ay del frío

o volver sobre mis pasos y, contigo,

silenciar el graznido incontrolado del silencio.

El camino invisible


 

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Foto por @joebeck

 

Los años, trazos abiertos en el límite del cielo,

flores dormidas que desprenden aromas

y se encierran en frascos de efímera ilusión.

El amanecer, sueño que se extiende eternamente

hasta donde los ojos se cansan de ver,

boceto de un rostro pálido, sin sonrisa ni voz.

La luz, falsa esperanza que me ciega,

que no me reconoce y congela mis recuerdos

pintados al carbón, entre sombras y grises.

La lluvia, reflejo roto sobre los besos húmedos,

frágil deseo que nubla el lejano horizonte

y se desvanece en la huella de la vida que no vuelve.

El otoño, espiral que agitas mi alma a voluntad,

soplando las líneas torpes que se escriben

en el mapa de este camino invisible.

Nur C. Mallart

Mi padre solía decir que la vida es riesgo


 

(A riesgo de empezar muy alto el poema) A veces la vida es eso:

Una niña se mira en un charco

y juega

a pisar nubes con sus botitas rosas.

Y luego se mira y mira

las nubes

—de cuclillas— las mira reflejadas

cómo pasan.

Otras veces (a riesgo de ser monótono) la vida es una anciana

que se sienta junto a la parada del bus a ver

pasar a la gente al sol —después de la lluvia—.

Y les mira y mira como si les conociera a todos

para que no sepan de su olvido.

La vida es injusta —me dice una amiga. Tenía solo

38 años y una lágrima y una nube en una iridiscencia suceden.

—No sé cuál es cuál—

La vida es agua —leo en una revista: Somos

un 80 por ciento agua (a riesgo de copiar)

que pasa río —como dice Manrique— río

hasta dar en la mar

que se pierde en el tiempo —como dice Roy—

como lágrimas en la lluvia.

Agua en un charco. Agua en un 80 por ciento nube.

Agua niña anciana.

Agua

Agua.

niñaanciana