Lluvia de estrellas


Se les ve acumularse en la superficie del planeta en plena temporada de lluvias. Para ser devueltas a su respectiva constelación, se han creado enormes catapultas que son capaces de lanzarlas a millones de años luz en el espacio. Yo tengo permitido ayudar cada día sacudiendo un poco el polvo de estrellas que se acumula en sus puntas, aunque solo es posible hacerlo por las mañanas, pues de noche —mi madre lo sabe por experiencia—, su luz radiante podría cegarnos por completo.

Anuncios

El remordimiento compulsivo


Lleva un cigarro en la mano

que se mueve en repetida constancia

del aire que lo pasa a su garganta

y, de su boca, al mantener de sus labios.

 

Hace frío o lo parece cuando mira

de reojo sin querer en un espejo

y ve que se arrebuja en el invierno

sin nieve ni arbolitos ni luz tibia.

 

Fuma un cigarro en la mano

y al sol ni se le vio ni se le espera.

Expulsa el humo y se pregunta si es vaho

lo que huye de su pecho en humareda.

 

Dice adiós con la espalda y, en la calle,

lo saludan las farolas apagadas,

que, con un silencio cómplice, se callan

y acompañan al cigarro junto al aire.

 

Tendrán tanto de lo que hablarse

o eso piensa

mientras una brasa efímera ya sabe

que un cigarro muere taciturno allá en la acera.

 

No tendremos tanto de lo que hablarnos

o eso pienso

si me canso de ver frío entre mis dedos

y camino en dirección contraria calle abajo.

 

Bota pisa suave sobre el charco,

sobre la acera empapada con la lluvia,

sobre el choque de dos cosas que se culpan:

negro y duro y negro y bota-asfalto.

 

No cambia tampoco un cigarro en la mano,

que ya es otro o es el mismo,

y no moja tanto la lluvia allá en los pasos

como las palabras moribundas que podrían haber sido.

 

Tendremos que esperar a otro momento

para hablarnos y decir un ay del frío

o volver sobre mis pasos y, contigo,

silenciar el graznido incontrolado del silencio.

El camino invisible


 

joe-beck-28190-FOGunsplash (1)

Foto por @joebeck

 

Los años, trazos abiertos en el límite del cielo,

flores dormidas que desprenden aromas

y se encierran en frascos de efímera ilusión.

El amanecer, sueño que se extiende eternamente

hasta donde los ojos se cansan de ver,

boceto de un rostro pálido, sin sonrisa ni voz.

La luz, falsa esperanza que me ciega,

que no me reconoce y congela mis recuerdos

pintados al carbón, entre sombras y grises.

La lluvia, reflejo roto sobre los besos húmedos,

frágil deseo que nubla el lejano horizonte

y se desvanece en la huella de la vida que no vuelve.

El otoño, espiral que agitas mi alma a voluntad,

soplando las líneas torpes que se escriben

en el mapa de este camino invisible.

Nur C. Mallart

Mi padre solía decir que la vida es riesgo


 

(A riesgo de empezar muy alto el poema) A veces la vida es eso:

Una niña se mira en un charco

y juega

a pisar nubes con sus botitas rosas.

Y luego se mira y mira

las nubes

—de cuclillas— las mira reflejadas

cómo pasan.

Otras veces (a riesgo de ser monótono) la vida es una anciana

que se sienta junto a la parada del bus a ver

pasar a la gente al sol —después de la lluvia—.

Y les mira y mira como si les conociera a todos

para que no sepan de su olvido.

La vida es injusta —me dice una amiga. Tenía solo

38 años y una lágrima y una nube en una iridiscencia suceden.

—No sé cuál es cuál—

La vida es agua —leo en una revista: Somos

un 80 por ciento agua (a riesgo de copiar)

que pasa río —como dice Manrique— río

hasta dar en la mar

que se pierde en el tiempo —como dice Roy—

como lágrimas en la lluvia.

Agua en un charco. Agua en un 80 por ciento nube.

Agua niña anciana.

Agua

Agua.

niñaanciana

Las predicciones de mamá


Si hubiera estado mejor informado le habría dado la razón, sin lugar a dudas. Es solo que la tempestad le cayó de sorpresa, pues cuando despertó había un sol casi cegador que se colaba por su ventana. Así que se calzó las sandalias de verano y se vistió con las prendas más ligeras que tenía para ir a la playa con sus amigos. Su madre le había advertido que en algún momento del día seguramente sentiría frío, pero él no le dio tanta importancia. Su organismo estaba más que adiestrado para esos cambios bruscos de temperatura tan habituales en aquella región que lo vio nacer. Además, siempre que hace caso a su madre, debe volver con la chaqueta en la mano y con el paraguas seco.

Una vez en la calle observó que el termómetro marcaba 28 grados.

—¡Madre mía, qué calorazo! —se quejó antes de montarse en la bicicleta.

Unos kilómetros adelante, la luz a través de sus gafas de sol disminuyó. Cuando miró al cielo detectó una nube, pero no de esas nubes de ensueño que parecen algodones. Todo lo contrario.

—¡De dónde salió eso! —Apenas le dio tiempo de llegar a casa de su amigo Antonio cuando empezó a «chispear».

—Ya pasará —se dijeron mutuamente para intentar convencerse de que aquello era momentáneo.

Efectivamente, la ligera lluvia cesó casi de inmediato y se dirigieron a la playa donde los estaba esperando el resto de la cuadrilla. Era como si hubiera un microclima en una parte de la ciudad pues, conforme avanzaban en las bicicletas, el cielo aparecía despejado y soleado nuevamente.

Lo que ninguno de ellos sabía es que ese día estaba anunciada otra ciclogénesis explosiva. Un fenómeno meteorológico casi ciclónico y difícil de predecir, donde una masa de aire frío choca con una masa de aire caliente procedente del sur, y ¡cataplum!

Así que el día de playa duró poco menos de dos horas, antes de que todo el mundo tuviera que huir para resguardarse del frío súbito, el viento y la fuerte tormenta que se avecinaba. Todos, incluyéndolo a él. Si hubiera hecho caso a su madre…

Mayté

La danza de la lluvia


Plegaria jamás dicha
—pasaporte de cada día—;
¿alguna vez podrá ser realidad
el baile de la alegría?

Cae la lluvia.
La necesidad de la tierra es otra.
La necesidad de la tierra es mía.
Por eso cae la lluvia tras mi canto.
Yo no creí. No supe del poder
de un grito, del desgarro profundo.
Nunca fui testigo de un milagro.

Mi corazón carga el gozo y mis ojos
viajan, pasajeros de la lluvia, al sur.
Un mar de fango, al fondo. Beso una película
de esa masa absorbente que me llama. Yo no creí.
No supe que acabaría con la negritud del pozo. Yo no creí.
Pese a ello, canté sin esperar la danza o el asombro.

Diéresis


Se mojan las palabras bajo la lluvia.

La intención de sus trazos persiste impermeable,

y el papel se desentiende de la humedad evidente e imparable.

Como cáscaras de avellanas, portas un aroma poderoso,

tal cual las fragancias que se tornan deidades en madera,

así mismo procede la esencia que crece en tus profundidades.

Dicen que las mejores azúcares son aquellas que bailan con el paladar,

las que logran acariciarte la lengua y besarte justo en el centro del gusto;

yo me declaro culpable de soñar con el arrebato sorpresa de tu vino,

el degustar lentamente las confituras de tus labios,

y escuchar con intensa atención a tu mente pensar en voz alta.

El papel de las notas que dejo en tu casillero

está hecho de las flores que brotan del cactus trepador;

haciendo eco a su gran nombre,

mi ser decide marchar con sigilo por los corredores de primavera

que me llevarán a verte,

escuchar tu dulce voz,

y sentir que la lluvia soy yo;

y tus ojos, el sol.