La niña de la lluvia


Foto por you me en Flickr (CC BY 2.0).

Su infancia se vio interrumpida de tajo: a sus escasos doce años su organismo y la naturaleza decidieron comenzar el precoz desarrollo.

La madre de Isbe sabía lo que eso significaba y una tremenda pesadez cayó sobre ella, quitándole la curva a su sonrisa y dejándole una línea recta en su ya de por sí gesto plano. Sumisa por tradición, tuvo que informar al padre de Isbe que el día había llegado. A Erop le brillaron los ojos con un fulgor de maligna esperanza. Moci solo agachó la cabeza.

—Dame el sombrero, mujer. Debo ir al lugar de Sofa.

—En seguida, mi señor —contestó Moci apesadumbrada.

Afuera de la casita, sentada a la sombra de una jacaranda, Isbe miraba pensativa el camino que seguía una hormiga llevando a cuestas una ramita seca. Meses atrás, mientras jugaba por un costado de la casa, escuchó a su padre y a Sofa platicar. Se escondió detrás de unos costales de composta apilados.

—Sí, pué, me gusta tu hija pa que sea mi mujer.

—¡Ora! Todavía no, pué, aún no es mujer.

—Esperaré. ¿Qué tal y nos apalabramos de un vez?

—¿Cuál es el trato?

—Te pongo una canasta de víveres.

—¡Ora! Sí está nueva la niña, pué.

—La canasta y un animal.

—Todavía le falta un tiempito, pué; haiga que darle de comer mientras.

—La canasta, el animal y diez billetes pa la tragazón.

—¡Vamos, pué, ¡ya está hecho!

Sofa y Erop sellaron con un apretón de manos el pacto que determinaría el destino de Isbe.

Así fue como se enteró Isbe que su padre la vendió.

Sofa la subió al caballo. Rechazó llevar las pocas cosas de Isbe que Moci puso en un morral de arpillera.

—Son puras mugres, pué —dijo devolviéndole el morral a Erop.

Moci estaba muda: no era solo el nudo en su garganta lo que le impedía decir palabra. Erop sujetaba con una mano la cuerda con el chivo inquieto amarrado al otro extremo. En el suelo yacía una canasta con comestibles enlatados; con la otra mano palpaba dentro del bolsillo los diez billetes que recibió a cambio de su única hija.

Isbe echó una última mirada al lugar: la casucha, el patio y sus padres, jamás los volvería a ver.

***

Sujeta al torso de Sofa, Isbe fue soltando durante todo el camino cada sueño, cada juego infantil, cada cosa que ya no podría hacer por la condición de ser ahora la mujer de su comprador. Sofa no se dio cuenta de cuántas lágrimas derramó Isbe; apuraba al caballo para ganarle a la tormenta que amenazaba con fuertes retumbos su imparable precipitación.

Llegaron a la casa de Sofa empapados, Isbe mojada de lágrimas y lluvia. Sofa no esperó a nada, de inmediato condujo a la niña adonde estaba la cama.

—Quítate las mugres que trais puestas, no te vayas a subir a la cama toda mojada como vienes.

Él por su parte, echó el sombrero a un lado, se desabotonó la camisa y se sentó en una silla a observar a Isbe.

Recordó la primera vez que la vio en casa de Erop un día que fue a conseguir composta. Ella correteaba mariposas, llevaba puesto un vestido con flores estampadas que era una talla más pequeña que la que debería usar, esto ocasionaba que de manera inconveniente se revelaran sus torneados muslos cada vez que daba un salto intentando alcanzar a una mariposa en la inocente persecución. Desde entonces, el deseo de tenerla no se desprendió de él.

Ahora la tenía enfrente y la haría suya.

—¡Quítate todo, pué! —rugió desde la silla.

Isbe sentía miedo de llorar, ahora Sofa era su dueño y debía obedecerle o atenerse a las consecuencias.

Se desnudó tal y como lo haría una flor cuando florece, solo para que una bestia con su sucia garra la dejara pisoteada y maltrecha en un instante. Seis minutos que a Isbe le parecieron el infierno eterno.

La lluvia azotó esas tierras durante varias semanas. Los ríos se desbordaron y las corrientes arrastraron todo lo que estuvo a su paso. Isbe no paró de llorar todo el tiempo que Sofa la dejaba sola. No hubo probado ni un bocado de alimento, estaba asqueada e igual de triste que el cielo.

—Ahí te traje cosas pa que hagas de comer, pué.

—Es que no sé cocinar.

—¡Diablo cabrón! ¿Cómo es eso? ¿Qué tu madre no te enseñó a hacer siquiera un caldo?

—No, mi señor —contestó con timidez Isbe, encogiéndose, esperando lo peor.

—¡Ah, la puta! —soltó Sofa acompañado de un golpe con la palma en la cabeza de Isbe—. ¡Vas a aprender, pué, ¿o qué?

—Sí, mi señor, voy a aprender —dijo Isbe conteniendo el temblor de la quijada.

Volvió a pegarle, esta vez en la nuca. La pescó del cabello y la llevó a la cama.

—No me voy a conformar solo con esto; tienes más obligaciones que cumplir —reclamó Sofa levantándole la falda y manoseándola con desenfrenada lujuria antes de penetrarla con furia.

En una parte elevada del pueblo, debido a las lluvias, se produjo un deslave que sepultó varias casas con sus respectivos ocupantes. Los habitantes estaban alarmados: la masa pluvial era tan inusual que lo atribuían a un hecho sobrenatural provocado por una fuerza oscura. Los vecinos organizaron rosarios para pedir a Dios que cesara la lluvia.

—Dicen que es porque Sofa se trajo a la chamaca y están haciendo vida de casados sin la bendición del Señor.

—Sí, pué, es el pecado impune y disoluto que atrae tanta calamidad.

—Sígale rezando, seño.

—Dios te salve, reina y madre…

A Sofa le tenían sin cuidado todas las habladurías que se escuchaban en el pueblo. Él ya había cumplido con el pago por Isbe y no necesitaba ninguna bendición de nadie.

Esa noche la tormenta oscureció el cielo con varios tonos de gris.

Llovió con intensidad, el agua escurrió excavando profundas zanjas en los caminos de tierra, las corrientes imparables siguieron su curso.

Los compadres hacían el camino a paso lento buscando un lugar seguro por el cual transitar. Del centro del pueblo a la casa de Sofa eran unos tres kilómetros.

—Nos echamos un taco en el jacal, pué, compadre. Así damos tiempo a que baje toda el agua del cerro.

—Ora, pué. Traigo una botellita de aguardiente, compa, pa el desempance.

Llegaron a casa de Sofa. Temo tenía curiosidad por conocer a la nueva mujer de su querido compadre.

—Ora, mujer, que ya llegué y traigo invitado. Sírvenos un taco que venimos hambrientos.

—Sí, mi señor —contestó Isbe, bajando la cabeza ante la imprudente y cínica mirada de Temo.

Pué… es una cachorra, compa, ¿cómo le hizo?

—Na’a que un chivo no pueda valer, compadre.

Ambos se echaron a reír. Isbe sirvió dos platos con frijoles y acercó un cuenco con salsa picante. Una a una fue colocando las tortillas que recalentó en un fogón.

Temo no le quitaba la vista de encima. Destaparon el aguardiente y bebieron. Sofa se dio cuenta de que a Temo le gustaba su mujer. Carraspeó.

—¿Qué pué, compadre?

—¿Das chance, compa?

Sostuvieron la mirada durante unos segundos.

Ora, pué —dijo Sofa—. No me la maltrates porque también quiero usarla.

—No, compa. Todo tranquilo.

Sofa se sirvió más aguardiente y prendió un cigarro de hoja. Salió al patio dejando a Temo con Isbe.

—Vente pa’ca, chamaca —dijo Temo desfajándose la camisa. Estaba enardecido por el alcohol—. Acércate un tantito.

—¡No! —replicó Isbe.

—¿Qué pué? ¿Le digo al compadre que le venga a poner unos fajazos?

Isbe ya no sabía a qué temerle más. Temo intentó meter la mano por debajo de su vestido, pero ella se retrajo. Él, molesto, la asió del cuello con una mano y con la otra le sujetó el cabello por la nuca.

—¡Quieta, cachorra! ¡Orita te voy a dar un calentón que hasta vas a bramar! 

Afuera, Sofa escuchaba en la oscuridad la corriente de agua que furiosa se deslizaba por el camino principal. Le debía un favor a su compadre, no podía negarle nada, ni siquiera a su mujer.

Isbe pegó un grito cuando Temo le desgarró la blusa y le dejó desnudo el torso. Mientras Temo con una mano bajaba sus pantalones, aflojó un poco la fuerza que aplicaba en el cuello de Isbe. Ella se dio cuenta y de un jalón se liberó. Temo perdió el equilibrio y trastabilló sin caerse, pero esa acción fue suficiente para que Isbe, a pesar del pánico, buscara la puerta para salir de la casa.

Sofa escuchó las pisadas chapoteando veloces en la oscuridad, volteo a mirar y vio una silueta fugaz desvaneciéndose en la lluvia.

—¡Se soltó la cachorra, compa! —gritó Temo desde el quicio de la puerta.

—¡Carajo! —dijo Sofa apretando las mandíbulas. Aventó el vaso y echó a correr detrás de Isbe— ¡Pérate, pué! ¡Ónde vas, hija de puta!

Isbe escuchó los gritos debajo del diluvio que caía en ese momento, pero no se detuvo por nada. Las gruesas y tupidas gotas le pegaban en la cara y se escurrían junto con sus lágrimas.

Atrás de Sofa, Temo también corría; no iba a dejar escapar la oportunidad, menos ahora que la niña les había hecho salir a la tormenta.

Isbe dejó de escuchar los gritos de Sofa y los pasos de su carrera. El ruido de la corriente era ensordecedor. La oscuridad le impidió orientarse y de vez en cuando la luz de un rayo iluminaba con debilidad la negrura de los cerros. Fue como escuchar el principio de una tempestad, cuando se oye retumbar el cielo previo a la caída de agua. Pero esta vez el sonido vibrante no provino del cielo, sino del suelo, fue como un rugido contenido que va creciendo en fuerza e intensidad. Isbe volteó hacia todos lados sin percatarse de que se estaba produciendo un deslave en el cerro por su lado izquierdo y un socavón bajo sus pies.

Toneladas de lodo y piedras la arrastraron sepultando en pocos segundos todas sus desgracias.

Cuando Sofa y Temo detuvieron su persecución, fue solo porque el camino presentaba un agujero grande y profundo que les impidió continuar.

Nunca encontraron el cuerpo de la niña.

***

Fueron varios meses de arduo trabajo para rellenar el socavón del camino. En el pueblo se corrió la voz de que en ese incidente murió Isbe, la pecaminosa exmujer de Sofa. Después de la tragedia, la lluvia calmó sus ímpetus. Siguió una temporada de implacable sequía, los cerros lucían un amarillo reseco y los animales de corral iban muriendo poco a poco sin explicación.

—Vamos haciendo otra chamaca, pué; se murió el chivo y no hay billete pa comprar otro. Ni siquiera lo pudimos comer, cuando lo encontré ya estaba inflado, sepa qué mal le dio.

—Ya estoy grande, Erop, ya no es bueno que quede embarazada, pué. No le haiga que me vaiga a morir en el parto. Además, no quiero; sentí refeo que vendieras a la Isbe.

—¡Bah! ¿Entonces pa qué son los hijos?

—¡Ah, que necio que eres, pué! Me voy a moler el nixtamal.

Esa noche Erop intentó embarazar a Moci. Después del sexo se quedó despierto imaginando que, si se lograba, apenas naciendo vendería a la cría, así se ahorraba años de manutención, pero si era hombrecito, tenía que regalarlo o ahogarlo en el río.

Pasaron los meses y Moci no echaba panza, resulto ser cierto lo que ella dijo: «ya estaba grande pa engendrar».

El tono de azul del firmamento se decoloró, un viento húmedo corrió entre las hierbas secas de los cerros. Parecía que la sequía llegaba a su fin. Algunos se apuraron a preparar la tierra para la siembra con cierto recelo de que este temporal no excediera la cantidad de agua. Esa noche cayó una gentil lluvia que avivó las esperanzas del pueblo.

Temo estaba recostado en la hamaca con las manos cruzadas bajo la nuca a modo de almohada. Respiraba el aroma de la tierra árida ahora socorrida por las primeras gotas de agua. De repente resopló pues percibió un olor fuerte, desagradable, parecido al de un zorrillo. Quiso levantarse, pero una fuerza le comprimió el pecho. El hedor se hizo más fuerte, tan intenso y penetrante que casi vomitó. Entonces escuchó una voz:

—Va a llover, Temo.

El sonido de la voz pareció venir de un lugar muy profundo, sin embargo, no hacía eco, se escuchó más bien apagado. Se encontró con un rostro desfigurado a la altura de su cara. A pesar de lo horripilante, conservaba ciertos rasgos que Temo reconoció y de inmediato entró en pánico.

—Va a llover, Temo  —escuchó que le dijo la voz.

De los ojos del rostro macabro comenzaron a salir gotas de agua. Cayeron en la cara de Temo que luchaba desesperado por liberarse. Al principio fueron unas cuántas gotas, pero después se incrementaron al grado de que se le colaban por las narinas y por la boca cada vez que la abría para intentar gritar. Temo, antes de morir ahogado, se dio cuenta de que las gotas tenían un gusto salado.

Sofa bebía aguardiente sentado con la camisa desfajada y desabotonada. Sentía que le hacía falta desahogarse, pero no encontraba quien estuviera desesperado y le vendiera una chiquilla, le atraían sobremanera. Tenía planes para salir, pero la incipiente lluvia se los echó a perder. Dio otro trago directo de la botella y se atragantó porque llegó a su nariz una pestilencia nauseabunda, como de humedad podrida. Bajó la botella y revisó la suela de sus botines por si había pisado algo. Como no encontró nada, caminó hacia la puerta y antes de que pudiera abrirla escuchó una voz apagada, como si fuese un murmullo proveniente del suelo.

—Va a llover, Sofa.

Sintió una mano húmeda y fría que le tiraba de los cabellos hacia la cama. No pudo luchar contra ese impulso y cayó de bruces sobre el colchón. Se volteó sobre sí para quedar bocarriba y cuando lo logró sintió como la botella de aguardiente chocaba contra sus dientes que se desprendieron, y junto con pequeños fragmentos de vidrio, resbalaban con el alcohol por su garganta.

—Va a llover, Sofa —escuchó de nuevo.

Vio el rostro carcomido y los ojos de una negrura espeluznante que derramaban gotas de agua sobre su cara. Terminó de ahogarse con el resto del líquido de la botella. Quedó tendido sobre la cama con la camisa abierta y el envase de vidrio metido hasta la garganta.

En ese momento la lluvia arreció.

—¡Qué necio, pué! ¡Que ya no puedo preñarme!

Ora, ¿entonces qué vamos a hacer? Ya nadie en el pueblo me compra la composta.

Haigas de irte al otro pueblo a vender.

—Sí, pué, no hay diotra.

—Pero antes lléname la pileta, ya no tengo agua ni pa lavar los jarros.

Ora, pué.

Erop tomó los baldes y caminó al arroyo. Cuando llegó advirtió la coloración turbia en el agua debido a las primeras lluvias del temporal. Se agachó para llenar el balde y se fue de boca como si alguien lo hubiese empujado. Soltó el balde e intentó ponerse de pie, mas no pudo. Sintió algo que se le hundía en la espalda baja y una presión desmesurada en la nuca. Agitó los brazos e intentó deshacerse de quien tenía encima. El terror se apoderó de él cuando sintió que el aire se le estaba terminando. Tragó agua, pero justo cuando iba a rendirse, una mano fría lo jaló de los cabellos sacándole la cabeza de la corriente. Jaló aire y escuchó una voz seca y átona:

—Va a llover, Erop.

Otra mano le estrelló varias veces un guijarro en la cara, le rompió nariz, pómulos y varios dientes. Después, como si de un costal de composta se tratase, voló y cayó al pie de un viejo árbol que dibujaba una temblorosa silueta en el suelo terroso. De inmediato, aunque estaba aturdido, notó un olor asqueroso que supo que, antes de que los ojos malévolos soltaran gotas de agua sobre su cara deshecha, era el olor de la muerte.

Adentro de la casucha, Moci esperaba impaciente a que su marido regresara con el agua que necesitaba para sus quehaceres. Iba a asomarse a la entrada cuando a contraluz vio una extraña figura que no tocaba el suelo. Estaba suspendida en el aire justo en el quicio de la puerta. Moci se echó para atrás, temerosa de lo que estaba contemplando.

—¡Dios mío! —soltó las palabras y se dejó caer sobre una silla con los dedos de las manos entrecruzados sobre su pecho, así como si fuera a rezar.

El olor putrefacto inundó la casucha. En un parpadeo, la amenazante figura se colocó a un lado de Moci y le susurró al oído:

—Va a llover, Moci.

Moci miró el rostro descompuesto y ahogó una palabra antes de sentir una mano fría y húmeda acariciándole el pelo y luego, miles de gotas cayendo en su cara desde esos ojos eternos.

El aguacero volvió a cobrar fuerza.

Nada ni nadie pudo explicar las muertes atroces de aquellas personas. Todos los testimonios apuntaban directo a la superstición o a ese tipo de leyendas y mitos que hay siempre en esos pintorescos lugares. 

Algunos campesinos del pueblo atribuyen, a un tipo de lluvia gentil que cae por lo general por las noches, a una entidad que denominan «la niña de la lluvia».

Otras personas dicen que cuando la lluvia es suave es porque el alma de Isbe se anega y desborda de tristeza; y que cuando se desata una tormenta, es por la ira de Isbe que aún no puede perdonar a quienes le hicieron tanto mal.        

Viajeros


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Imagen: Slava Bowman

Callas. Existes solamente en la quietud de este universo silencioso. En ese tiempo donde vuelo, lejos del bullicio de una multitud sin brújula que atraviesa mi alma transparente tratando de llevarse tu color, tu risa, mi sueño.

Duermo. En ese espacio cincelado de locura siempre te encuentro, cerca o lejos, ayer, mañana o siempre… Y cuando llegue el día no despertaré, habito esa mirada perdida entre el amor y la dicha.

Respiras. En cada curva de esta piel verás crecer un jardín infinito. Imagino el aroma que desprende tu beso, esa flor que desnuda mi cuerpo.

Sueño. Soplaré esta nube maldita del calendario, mojando de lluvia los días en que no estás, dejando una marca en cada paso donde te pienso. Para que no te pierdas, para que se escriban las hojas de este corazón.

Somos viajeros atrapados en una coincidencia llamada tiempo. Te veo y no sé dónde estás. Te quiero y ya no importa.

Soy de este lugar vacío, sin mapa y sin destino. Sin ti.

Cuando ya no estás


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Kristina Tripkovic

Cae la tarde y el cielo pinta mis ojos de nostalgia. Perdí el rumbo buscando entre unas cajas aquellas fotos vacías de memoria donde encontré unas alas, están rotas. Quizá el colibrí que a veces golpea mi ventana se haya atrevido a mirar, quizá sepa qué hacer con ellas. En aquella sonrisa congelada he tratado de buscarte, de recordar, de imaginar lo que fuimos sin besarnos, ni una vez.

¿Cómo pudimos tocarnos con solo mirar? ¿Cómo fue que hablamos a través de aquella remota melodía? ¿Cómo nos volvimos cómplices de una vida tan huérfana? Tan lejos el uno del otro.

Seremos todo lo que decimos a través de este silencio que alimenta las ganas de tenernos sin hacer ruido, en un lugar sin espacios ni tiempo. Allá, en ese mundo inventado por los dos, donde mueren los disimulos, los “me duele”, los “te extraño”, donde tantas veces tatuamos un “te quiero” en la pared.

La sombra del baile de los árboles se dibuja en la persiana, es una bandera a media asta. Atravieso mi dolor sin respirar, como los sueños que mueren en mis ojos cuando ya no estás… Ya no estás.

Esta noche vendrá a cubrirme de lluvia y yo, yo apagaré las estrellas. No quiero regalar la mirada mojada a esa luna que se esconde de ti, no pisaré la arena que te amó, donde alguna vez lloré tu nombre. Escaparé del viento, no quiero que regrese la frescura que sentí, que me robaste.

En esta habitación, la esperanza duerme agarrada a una almohada tejida de historias sin risas ni final. Es un pequeño rincón donde el alma es el refugio falso, la prisión.

No sé si podré pensarte de nuevo, hay cartas sin tinta volando hacia la nada, olvidamos escribir al corazón, lo dejamos en blanco, y casi lo matamos. Y ahora, ¿qué? Ahora me toca imaginarte a través de una ventana que amenaza con romperse sobre mí, para dejarme ciega de paisaje y muerta de frío, mientras dejo que me recorra esta brisa que me duele, esa caricia tuya que solo existe en el invierno.

Lluvia diciembre


Sos mis aguas de marzo,

Aunque estemos en diciembre,

a pesar que estos días ya no lluevan más,

porque por vos «soy palo, soy puente y fin de camino».

 

Y vos por siempre:

 mi «misterio profundo»,

mi lluvia diciembre,

mi gusto y mi disgusto,

mi noche y mi sol.

 

Porque vos sos y serás mis días,

mi café por las mañanas,

mi cerveza helada

hoy y los siguientes trescientos sesenta y cinco años bisiestos,

y, todavía, un día más.

Hace días


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Foto: ahuanda

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

el pueblo es como una casa de techo bajo

que me deja tocar las estrellas.

A menudo

—muy a menudo—

alguien surca el cielo

sembrándolo de nubes

que se comen el brillo de la luna.

Hace días

que un manto de aquellas nubes

grises y negras

escupe lluvia sin cesar

y truenos y relámpagos.

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

porque aquí donde yo estoy

el techo es un mar de luces

artificiales y cegadoras

casi eternas

sin olor y sin música de estrellas

y sin mueca de luna.

Hace días que huelo a cielo

a través de la lluvia.

El jardín de la soledad


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Imagen por Nathan Dumlao (CC0).

Era una tarde otoñal en el balneario Montmichelle, Suiza. Sus ojos cansados apenas distinguieron la masa borrosa que se dibujaba ante él. El murmullo de unas voces lejanas le despertó de aquella larga ensoñación en la que vivía desde hacía tiempo, demasiado quizá.

La familia Uribe, de origen venezolano, había llegado poco antes del mediodía para hablar con el médico responsable de rehabilitación. María Belén, la pequeña del clan, le acarició un pie. Nadie le había tocado así antes, le recorrió un escalofrío. Por primera vez dejó de sentirse invisible.

—¡Mira, papi! ¡Se le posó una mariposa! ¿Le hará cosquillas? —preguntó la niña emocionada.

—No se da cuenta, amor —le contestó su padre, acariciándole el cabello.

La niña espantó a la mariposa con la mano y salió tras ella correteando por el jardín.

—Siéntense, por favor —indicó el doctor Leboussier con un marcado acento francés.

—Hijo, ve con Belén —dijo el señor Uribe a Iván, su hijo mayor.

—Pero ¿por qué? ¡Quiero saber cómo está Adrián! —protestó el chico.

—Haz lo que te dice tu papá —dijo con dulzura la señora Uribe.

El matrimonio llevaba casado 20 años, se amaban como el primer día. Isabel Uribe tenía una belleza inusual, exótica, que florecía con el paso de los años. Su cabello esculpido en un perfecto moño dejaba entrever una larga y cuidada cabellera castaña oscura. Sus gestos eran elegantes y su lenguaje discreto. Lucía un elegante vestido rojo largo hasta la rodilla y un abrigo negro a juego con las botas de tacón.

Por el bigote, Manuel Uribe aparentaba más edad, pero el brillo azulado de sus ojos le imprimía la vitalidad y la dulzura de una lejana pero muy feliz juventud. Desde aquella tragedia, sin embargo, parecía haber envejecido un par o tres años. En cada una de sus visitas vestía con un elegante traje de domingo, el mismo con el que vio casarse a su hermano menor, Adrián, que yacía desde hacía meses en aquella cama.

—Doctor, ¿cuál es el pronóstico? —preguntó angustiada Isabel.

—Señora Uribe, me temo que en estos momentos es precipitado y poco prudente emitir conclusión alguna —hizo una pausa—. Si bien es cierto que ha habido una evolución en el aspecto físico, la parte cognitiva es la que va más lenta.

—Pero… se recuperará, ¿verdad? —preguntó Manuel tomando la mano de su esposa.

—Doctor, se lo suplico, ¡díganos la verdad! Estamos… —A Isabel se le quebró la voz.

—Estamos preparados para escuchar lo que tenga que decirnos —continuó Manuel, con los ojos anegados—. Sabemos que nunca recuperaremos quién fue antes de la tragedia, pero si hay una remota posibilidad de evolución… —hizo una pausa para tragar saliva —. Haremos lo que sea.

Su cuerpo, rígido y exhausto, albergaba un alma atrapada entre el frío y el cruel recuerdo de una época de eterna primavera. Las palmas de sus agrietadas manos miraban al cielo, suplicando clemencia. Las pocas ocasiones en que la gente le observaba eran por compasión y casi por obligación. No lo soportaba, y agradecía no poder siquiera mover la cabeza, porque en esa postura sus ojos recibían el consuelo de los árboles, las montañas y el libre vuelo de los pájaros.

Durante el verano, el sonido del agua de la fuente que alguna vez bañaba su rostro, lo llevaba lejos de aquel lugar. Soñaba que su cuerpo inerte cobraba vida y corría, corría lejos siguiendo el rastro invisible de alguna mariposa entre las flores e incluso sentir el gozo de la inmortalidad.

—Señor Uribe, su hermano era una persona de fuerte complexión y muy sano debido a su juventud y a su condición atlética, sin embargo, el accidente le provocó unas heridas internas prácticamente irreversibles.

—Doctor, vaya al grano—. El rostro de Manuel se endureció.

—Como les dije, no podemos emitir un diagnóstico definitivo, pero por el momento creemos que, para evitar más daños cerebrales, lo mejor es inducir a su hermano a un coma profundo.

Isabel se tapó los ojos con las manos. Manuel la abrazó, lloraron juntos.

Avanzaba la tarde, las nubes aterciopeladas dieron paso a una ligera llovizna. Cada gota era un elixir de vida, quizá todavía habría esperanza para él en aquel lugar rodeado de tristeza y dolor.

La pequeña María Belén se arrodilló ante él, las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas:

—Angelito bello, cuida de mi tío y haz que algún día despierte, por favor.

Isabel se acercó y tomó a su hija de la mano.

—Vamos, hija… Llueve. Tenemos que despedirnos ya de tu tío.

Y allí permaneció, inmóvil, consciente de que era solo una estatua de piedra buscando a Dios en aquel jardín. Y por primera vez, sintió que más allá de aquel ambiente espeso bañado de soledad, rodeado de prisas y voces amargas, él representaba la esperanza y el amor de aquel lugar, bajo aquella lluvia.

 

Lluvia de estrellas


Se les ve acumularse en la superficie del planeta en plena temporada de lluvias. Para ser devueltas a su respectiva constelación, se han creado enormes catapultas que son capaces de lanzarlas a millones de años luz en el espacio. Yo tengo permitido ayudar cada día sacudiendo un poco el polvo de estrellas que se acumula en sus puntas, aunque solo es posible hacerlo por las mañanas, pues de noche —mi madre lo sabe por experiencia—, su luz radiante podría cegarnos por completo.