El lobo


Si está en algún sitio es en tu mente.

Los edificios se han comido la montaña.

La edad adulta, la verdad.

Fingir, esconder, no decir. Disimular.

Disimular mal. Eso es la edad adulta.

La edad adulta es la última regresión.

No hay tres etapas. Hay dos.

Si está en algún lugar, es en tu mente.

Barreras, miedos y fingir de nuevo.

Está en tu mente, no te deja avanzar.

Está otra vez de nuevo aquí. Me ha visitado.

La ‘falta de’ es el lobo hambriento, quizá otro tipo de lobo pringado de ambición y otras cosas de la vida adulta.

El lobo no es el cuento que nos contaron; el lobo es la crónica real de la edad adulta. El lobo nos visita a nosotros, pero lo tapamos, escondemos y servimos en forma de cuento a los niños, que no tapan, esconden ni fingen.

Ellos son el verbo copulativo ser.

Nosotros somos el verbo copulativo parecer.

Y, cuando pase el lobo, espero volver a ilusionarme con el aire; volverle a quitar la semilla al limón, guardarla en algodón humedecido y esperar a que salga raíz y entonces correr a plantarla e imaginar un limonero alto y hermoso mientras le gano tiempo a esas orejas puntiagudas esperándome detrás de la puerta.

Si está en algún sitio, es en mi mente.

Lo imposible


ciervo2

A veces

nos obstinamos en

querer cambiar

lo imposible.

No entender la naturaleza

del otro ser;

como si un ciervo

quiere explicarle al lobo

que puede vivir

sin carne.

lobo

Madame Lupine


Blacksmith (Madame Lupine)

Kelgar es un amable y educado joven canadiense, aunque sus modales y temperamento no han sido siempre así. Antes de sus quince años era un adolescente rebelde y temperamental, que se metía en muchos problemas. Constantemente provocaba peleas y altercados, hasta que la directiva del colegio le ordenó —bajo amenaza de expulsión— que tomara terapia de manejo de la ira.

Pasaron largos meses y la terapia empezó a dar resultados. Poco a poco el vivaracho y problemático Kelgar se volvió un pacífico y educado joven. El tiempo siguió pasando y la pasividad de Kelgar era casi de monje, llegando incluso a ser considerado una persona reprimida.

Del antiguo Kelgar ya no quedaba rastro, pero a casi nadie parecía preocuparle. Todos, amigos y familiares, preferían mil veces al Kelgar reprimido que al violento. Sin embargo, la ira de Kelgar seguía creciendo en su interior. Era como un pequeño can y cada enojo reprimido era un trozo de deliciosa carne que el cachorro devoraba impaciente, para seguir creciendo.

Los años pasaron y Kelgar mantuvo estable su conducta pacífica y reprimida. Con el tiempo llegó a tener una familia y vivió muy feliz el resto de sus días. Esa es la parte aburrida de la historia. No sé si usted tenga curiosidad por saber cómo una persona que reprime tanto, puede llegar a vivir estable tanto tiempo sin explotar. Pues bien, convenientemente yo puedo verlo todo y me muero de ganas por contarles el secreto mejor guardado de Kelgar: su receta para una vida pacífica y sin ira.

Resulta que el terapeuta que atendió el caso de Kelgar no era, ni mucho menos, un psiquiatra convencional. Era, de hecho, un solapado partidario de la terapia psicódelica. Durante el tratamiento de Kelgar, bajo estricto secreto profesional, ambos acordaron el uso de la MDMA —conocida en el mundo de las drogas como éxtasis— para lograr una mayor apertura emocional en el descarriado joven. Los efectos de la potente droga, que el mismo terapeuta fabricaba y comercializaba a sus pacientes, calaron hondo en la conciencia del muchacho y lograron el cambio requerido en él. Eventualmente la terapia terminó, no así el consumo de éxtasis por parte de Kelgar, quien siguió experimentando con la sustancia de una manera que rayaba en la devoción.

Kelgar llegó a estudiar mucho sobre la MDMA, a la cual llamaba “la Madame”, hasta el punto en que se convirtió en un psiconauta consumado. Kelgar estaba consciente de que reprimir su ira iba a terminar consumiendo lentamente su vida y salud. No sabía cómo canalizarla correctamente, hasta que ideó un método adecuado para salir de su predicamento. El ahora pacífico joven fraguó para sí un ritual que lo salvaría de su propia ira, de su monstruo interior.

Cada noche de luna llena, Kelgar sale de su casa  y se interna en lo más profundo del bosque. Luego, siempre en el mismo claro, se desnuda completamente y saca de su maleta una pastilla de éxtasis e inscribe en ella una marca en forma de lobo. Una vez marcada la pastilla, Kelgar la toma con sus dedos índice y pulgar y extiende su brazo, colocando la pastilla de manera tal que eclipse su vista de la luna. Luego coloca la pastilla en su boca. Una vez tragada la pastilla, Kelgar lanza un fuerte aullido, uno que ha perfeccionado hasta el punto en que los demás lobos le contestan. Hecho esto, Kelgar entra en un profundo frenesí que lo lleva a actuar netamente como un lobo, a correr y a cazar, a buscar manada y a pelear. Terminado el efecto de la MDMA, Kelgar retoma su conciencia humana, saca de su maleta implementos de limpieza, se asea y vuelve a su hogar.

Cada vez que Kelgar sale a cumplir su ritual, su esposa cree que se va a jugar póker con sus amigos. Kelgar siempre se siente liberado luego del ritual, ese es su secreto para canalizar la ira.


Texto: Donovan Rocester

Imagen: Blacksmith

Roja Caperucita


Ultimamente no he tenido tiempo de escribir mucho, pero pronto escribiré y publicaré algo nuevo. Mientras comparto algo de hace un tiempo atrás.

Crónicas, sucesos y delirios

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Caperucita Roja sostenía el corazón del Malvado Lobo Feroz en su mano. Ese maldito lobo que planeaba comérsela haciéndose pasar por su abuelita ya no le haría daño, ya había pagado las consecuencias. Ahora yacía inerte en la cama con el pecho abierto y hueco. El corazón aún latía en la mano ensangrentada de Caperucita. El corazón…

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