Centrifugando recuerdos (XXXV)


 

Luna llena

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara todavía nota una punzada de culpabilidad al pensar en Tere, en la forma como se despidieron aquella triste mañana de agosto, pero sobre todo por la incómoda sensación de haber estado esquivando el conflicto, de haber desperdiciado todas las oportunidades de arreglar las cosas, por falta de valor, por no remover lo pasado. Y aunque cada vez que se han encontrado han vuelto a abrazarse y a reír como siempre, al mirarse, aunque no lo dijeran, veían ese poso de amargura que mantenía las distancias. Entonces, apartaban la mirada y se ponían a hablar de cualquier tontería.

Sara la echa de menos. Aunque sigan siendo amigas, porque en el fondo sabe que ni el peor de los cataclismos podría romper el vínculo entre las dos, echa de menos las noches de confesión y borrachera, las carcajadas y el llanto compartidos, apoyar la cabeza en su regazo, sus caricias… Aquella triste mañana se rompieron muchas cosas, y Sara se reprocha por ello.

Ahora ya es tarde para arreglarlo. Al menos eso es lo que piensa, porque los conflictos, si no se abordan en caliente, acaban enquistándose. Algo así es lo que le pasó tras la muerte de su hermana. Entonces era una niña, no sabía nada de conflictos, ni de traumas, ni mucho menos cómo solucionarlos. Pero sí sabía que no se podía sentir más tristeza, que ya nunca más la vería, y aunque lo sabía, para ella era imposible asumirlo. Necesitaba que alguien se lo explicara. Las lágrimas y los abrazos no eran suficiente consuelo. Y al cabo de unas semanas, ya está, la vida siguió adelante, todo el mundo con su rutina, como si nada hubiera pasado, mientras ella se acostaba cada noche sintiendo un vacío denso en la cama de al lado y se despertaba con el silencio ensordecedor que provocaba la ausencia de su hermana. Y así continuaría por siempre.

«Pasa página, tú no tienes culpa de nada», le repetían todos, con la mejor intención, pero sin ser capaces de ponerse en su lugar; eso pensaba. Ni siquiera su madre, que decidió que la mejor manera de rehacerse de la tragedia era seguir haciendo camino. A ojos de la niña que era Sara, aquello no tenía sentido. Ahora, tantos años después, y tras la catarsis que supuso, sobre todo, el encuentro con María la Zíngara, empieza a comprenderla. Su padre, en cambio, optó por el silencio, por recluirse en algún lugar profundo de su mente y dejarse llevar. Se sentía mejor en su compañía, al menos cuando lo miraba a los ojos veía en ellos la misma tristeza que la aplastaba a ella.

Sara, apoyada en la valla de madera, levanta la cabeza atraída por la llamada de la luna llena, que empieza a asomar por detrás de las montañas. «Qué bonito», es el pensamiento que brota espontáneo. Y sonríe. Porque aunque hay mucho en lo que pensar, mucho a lo que dar vueltas, mucho de lo que no se siente satisfecha, ahora es consciente de que está en paz consigo misma, de que por fin se ha perdonado y que es capaz de mirar de cara a la vida.

Piensa en María, en cuánto le ha ayudado a curar las heridas. El azar, el destino o la magia, qué más da, la llevaron hasta esa mujer extraordinaria, y la ha seguido visitando para compartir recuerdos y sueños, escuchando desde una silla de enea, paseando la vista por las vidas en imágenes que forran las paredes de la zambra, o incluso bailando. La está viendo otra vez, moverse como un torbellino, con su vestido rojo, taconeando, hipnotizando con sus brazos y esos ojos insondables, y se ve a sí misma girando junto a ella, desprendiéndose del lastre que la atenazaba.

Sin darse cuenta, se descubre dando una vuelta sobre sí misma, sobre la hierba húmeda, con los brazos extendidos, y ríe. La luna ya luce espléndida. Esa misma luna que protagoniza el espectáculo más bello que haya visto jamás cuando se pasea por sobre la Alhambra. Sara suspira. Echa de menos asomarse a la ventana y encontrarse la maravilla que la saluda. Pero no se arrepiente de la decisión que tomó.

En un principio iban a ser sólo unos días, pero acabó quedándose con Merche en la Alpujarra, incluso cuando su amiga regresó a Granada. Después de todo, las vistas desde la ventana del cortijo tampoco estaban mal. Olivos, viñedos, almendros, y la imponente sierra de la Contraviesa.

Esperó a que Tere se reuniera con ellas. Estaba segura de que esos días en la naturaleza, con la ayuda del buen vino de los padres de Merche, serían el remedio a todos los males, que hablarían, reirían, se les escaparía alguna lágrima, y acabarían sellando su amor eterno con abrazos reparadores. Pero Tere no llegó. Las cosas estaban muy revueltas en el hospital, convocaron protestas e incluso una huelga, y Tere se agarró a ello para mantener las distancias. Lo que no imaginaba es que Sara sólo volvería para recoger sus cosas.

—Los padres de Merche me han ofrecido un curro en la bodega.

El anuncio fue como una bomba atómica. Tere se sintió desintegrar. Y aunque se esforzó por no revelar sus sentimientos, la cara hablaba por ella. Sara recuerda perfectamente la expresión desolada de su amiga y cómo tuvo que luchar consigo misma para no echarse atrás.

—De momento es temporal, pero no puedo desaprovechar la oportunidad. Necesito el trabajo… Además, me facilitan el alojamiento, así que…

—Ya… Es genial, me alegro mucho por ti.

Y aunque su boca sonreía, los ojos la traicionaban.

Durante unos segundos se mantuvieron así, mirándose en silencio, sonriendo con tristeza, sin saber qué paso dar a continuación.

—Ven aquí, dame un abrazo —reaccionó Sara.

Tere obedeció, y se abrazaron. Fue un abrazo sincero, pero muy triste, y cuando se separaron, las dos se pasaron una mano discreta por la cara para limpiarse las lágrimas.

—Bueno, pues parece que voy a tener que buscar nueva compañera de piso.

—Oh, ya te digo que es temporal, pero sí, claro, no sé cuánto tiempo voy a estar fuera. De todas formas, Merche vuelve pronto. En cuanto acabe la vendimia la tienes aquí, y yo voy a seguir bajando a Granada, por supuesto. Nos vamos a seguir viendo, no te preocupes.

—Sí, claro. No, si es normal. Estaba claro que antes o después alguna de nosotras acabaría mudándose…

Sara no podía evitar sentirse culpable por abandonar a su mejor amiga. Había pasado poco más de un mes desde que se despidieron de aquella forma tan gélida, y ahora otra vez.

—Bueno, lo que toca ahora es brindar con vino de la Contraviesa, ¿no crees? —propuso Sara, sacando una botella de la bolsa que había dejado sobre la mesa.

—Voy a por las copas —contestó Tere, pensando en vaciar no una, sino todas las botellas que se le pusieran por delante.

La echa de menos. Es un sentimiento recurrente, pero a la vez piensa que las cosas van como van, y que las relaciones son cosa de dos, y que si han acabado distanciándose también Tere tiene parte de responsabilidad. «Es igual, no me arrepiento de mis decisiones, eso ya se acabó. Ahora estoy aquí…, esperando a Luis… Pero ¿y si no aparece?».

La luna ilumina las montañas; las aguas saltarinas que se deslizan más allá de la valla de madera despiden destellos; el blanco de la gran cascada, por muy lejos que esté, se distingue casi como a pleno día. Sara cierra los ojos y escucha el rumor de las aguas. Le relaja.

Se acuerda de aquella noche del verano pasado, en ese mismo lugar, cuando volvió a sentir el cosquilleo en el estómago al notar las manos de Luis en las suyas. «Ojalá venga. Esta vez no huiré». Está segura de ello, como lo está de que si él acaba por descartar su alocada propuesta, por mucho que desee que no pase, hará borrón y cuenta nueva.

«Lo más probable es que no aparezca. Si hubiera decidido venir, por mucho que en el mensaje le pidiera que no me dijera nada, lo lógico sería que en algún momento me hubiera contactado para concretar una fecha… Vamos, eso habría sido lo normal», aunque acto seguido su mente le recuerda lo nada normal que ha sido esa relación desde el primer momento, desde aquel extraño encuentro en la sala de la lavadora.

Y con la idea de que Luis no va a presentarse, que aunque pretenda asumir como lo lógico, no puede evitar que le entristezca, se despide de la luna por esa noche.

Continuará…

Anuncios

Centrifugando recuerdos (IV)


Estrella fugaz

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí, y la tercera, aquí)

Durante un par de minutos fuman en silencio, mirando al río sin verlo, cada uno inmerso en su memoria. Entonces Sara suelta una última bocanada, apaga con parsimonia el cigarrillo contra la valla y deja la colilla encima. Luis, en cambio, tira la suya al vacío.

—Eso es. —Sara le lanza una mirada de reproche—. No sé qué extraño mecanismo mental os hace creer que las colillas no son basura.

«Mierda».

—Eh… Vaya… Tienes razón. La verdad es que lo hago sin pensar.

—Ya, y seguro que cuando vas por la montaña y te sientas a descansar o a comer no te importa estar rodeado de ellas.

«Esto no va bien».

—Bueno, perdona. Esa ya no la voy a poder recuperar, pero te prometo que no lo volveré a hacer.

Sara parece no prestarle atención. Vuelve a mirar hacia la montaña, iluminada por la gran luna, que avanza sin pausa en su recorrido a través del firmamento.

—¿Por qué es todo el mundo tan egoísta? ¿Por qué la gente sólo piensa en sí misma? ¿Es que no se dan cuenta de que lo que hacemos afecta a otras personas? —Luis escucha aguantando la respiración. De repente, Sara se gira otra vez y lo mira directamente a los ojos— ¿Tú no te lo preguntas? ¿Eres de esos?

«Esos deben de ser los malos. No, yo no soy de esos, claro que no, te lo juro».

Lo último que esperaba Luis era que lo sometieran a un tercer grado. Está tenso y carraspea, pero esta vez no se queda sin palabras.

—Esto no tiene que ver con la colilla, ¿verdad?

Sara suspira.

—No… Bueno, no y sí, todo tiene que ver con todo. —Vuelve a quedar en silencio y menea la cabeza. Nota una presión creciente en las sienes y, aunque no quiere llorar, no puede evitar que lágrimas silenciosas desborden las cuencas de sus ojos—. Perdona, esto no es culpa tuya. —Titubea un instante—. Estoy cansada, será mejor que me vaya a dormir.

La joven empieza a desandar el camino, hasta que una mano se le posa en el hombro. Se detiene. Nota las mejillas mojadas, pero la presión en las sienes ha disminuido.

—No te vayas. —Ella duda—. Sentémonos en la hierba y te hablaré de esos malos recuerdos. —Sara se gira lentamente y lo mira. La luz pálida pero sorprendentemente luminosa de la luna deja al descubierto unos ojos anegados, los ojos de una muchacha triste y solitaria. Luis busca con urgencia una salida ingeniosa que relaje el ambiente—. Te advierto que necesitaré fumar… pero te prometo que no tiraré la colilla.

Sara sonríe y acto seguido levanta la mano derecha. Luis deja escapar una carcajada. Allí, atrapada entre los dedos índice y pulgar, se encuentra la colilla que ella no lanzó. Los dos ríen con ganas.

—Entonces, ¿te pones así de tenso siempre que se te acerca una chica?

Luis señala una roca plana junto al camino, cerca de la valla, y se sientan. Pero antes de contestar enciende otro cigarro. Se lo ofrece a Sara, que lo rechaza con una sonrisa.

—Por hoy ya tengo suficiente nicotina —dice, mientras se seca los restos de lágrimas con un pañuelo de papel. Envuelve con él la colilla y lo guarda en el bolsillo del pantalón.

Luis mira a la luna y suelta, despacio, una columna de humo. Cierra los ojos.

—¿Cuánto tarda en superarse que te abandone el amor de tu vida?

Sara siente un escalofrío que le recorre la columna y se le eriza el vello de la nuca. No se esperaba semejante pregunta. Se fija en Luis, que sigue con el cuello doblado hacia atrás y los ojos cerrados. Puede sentir su dolor.

—¿Cómo sabes que era el amor de tu vida? Eres muy joven…

—Si no lo era, no puedo imaginar entonces cómo debe doler.

—Me temo que no te voy a ser muy útil, porque yo no he estado nunca enamorada.

Luis devuelve el cuello a su posición natural y la mira.

—Antes he creído entender que estabas aquí huyendo de…

—Oh, aquello no era amor. Entonces lo creí, pero no. Sólo estaba atontada. —Ahora es ella la que mira al cielo—. Pero dolió igual… —murmura.

—El rechazo siempre duele, sobre todo cuando llega por sorpresa, sin motivo. Es como si se congelara el tiempo, sólo para ti, justo en ese momento. Y te martiriza a todas horas. —Luis apaga la colilla en la roca, y la deja ahí. Le dedica una mirada cómplice a su acompañante, y ella sonríe—. Y entonces tu mecanismo de defensa te dice que debes odiarla, que tú no te mereces eso…

—Pero el corazón no entiende de razones, y te recuerda cómo te hacía sentir su mirada.

Luis asiente con la cabeza, en cuyo interior sigue habitando aquella mirada que detesta tanto como añora, una batalla de sentimientos que se mantiene en tablas. «¿Por cuánto tiempo?». También la mente de ella evoca una mirada que quiere olvidar, pero que su cuerpo se resiste a dejar marchar.

—Es la primera vez que hablo de esto con alguien. Está bien.

—Me alegro de que la charla te sea útil.

—La verdad es que tengo pocos amigos, y cuando Ella se marchó lo último que me apetecía era ir por ahí contando mis penas.

—¿Y ahora sí te apetece?

—Bueno, la otra opción era dejar que pensaras que soy “de esos”.

Ríen de nuevo.

—Sí, perdona… —Dirige una mirada distraída a su mano derecha, que juguetea con el liquen que habita en la roca—. Ando un poco peleada con el mundo.

—¿Tú tienes alguien con quien hablar?

Antes de responder, Sara sonríe de forma enigmática. Mira a Luis con expresión traviesa.

—Sí, tú ya la conoces. —El desconcierto reflejado en el rostro de él la hace reír—. La lavadora —revela por fin entre carcajadas. La risa descontrolada lo contagia y durante unos segundos no pueden parar de reír—. Pero —consigue vocalizar a duras penas— no te la aconsejo como confidente, es muy ruidosa y no deja de dar vueltas.

Sara cae víctima de un ataque de risa que acaba con su cuerpo revolcándose en la hierba. Luis la mira, divertido, y en ese momento en el que disfruta como una niña, él, sin embargo, tiene la certeza de que bajo las risas se oculta una mujer vulnerable, la que un rato antes se ha dejado ver.

—Qué luna tan impresionante. —Sara ya no ríe, pero sigue tumbada en la hierba—. Creo que nunca la había visto tan grande. Debe ser una de esas súper lunas de las que hablan de vez en cuando en las noticias. —Mira a Luis desde el suelo—. ¿Por qué no te tumbas?

—Es que la hierba está húmeda y…

—Va, déjate de mariconadas y túmbate a mi lado. Aún tenemos mucho de qué hablar.

Luis obedece. Ahora los dos disfrutan de la luna sin riesgo para el cuello. Sus cuerpos casi se tocan.

—En un rato se esconderá tras esas montañas —anuncia él.

—Y entonces el cielo volverá a encender todas sus bombillas —completa ella—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta hacer desde que estoy aquí?

—Con aquí supongo que te refieres a desde que trabajas en el cámping…

Sara gira la cabeza noventa grados hacia la izquierda y se encuentra con la cara de Luis, apenas a un palmo de distancia.

—¿A ti qué te parece? —le susurra, provocándole un escalofrío. Vuelve a dirigir su mirada al firmamento—. Ver las estrellas, eso es lo que más me gusta. Cada noche, antes de acostarme, dedico un buen rato a contar estrellas fugaces. Y les pido deseos.

—¿Y funciona? Lo de los deseos, digo.

—Ya sé que es una tontería, pero por probar no pierdo nada. Total, no tengo nada que perder…

—¿Quién era él? —Allí tumbados, con el cielo nocturno como espectador cómplice, Luis siente que puede hablar con libertad.

Sara no responde enseguida. Él espera contando las estrellas capaces de desafiar la luz de la súper luna.

—Un gilipollas… No puedo creer que fuera tan tonta de caer en las redes de un tipo como aquel. —«Pero sus ojos te siguen derritiendo…»—. Para él sólo fui otro ligue de verano.

—Pues sí, un gilipollas.

Sara se gira hacia él, apoyándose con el codo en el suelo y la mano en la mejilla. Luis continúa con la vista fija en el cielo. Nota su respiración acariciándole el rostro. Es agradable tenerla tan cerca.

Sara va a decir algo, pero él se le adelanta.

—Yo quiero odiarla, pero no puedo. Estaba tan pillado que mi mundo giraba en torno a Ella. Cuando se fue me quedé tan vacío que todo dejó de tener sentido.

—Vaya. Lo siento… —Sara titubea un instante, pero acaba haciendo la pregunta—. ¿Por qué te dejó?

Luis cierra los ojos. Es lo que él lleva preguntándose tanto tiempo, y que tanto le sigue doliendo.

—No lo sé. Simplemente se marchó. —Recuerda aquella última mirada que lo asalta a todas horas. En ella no había reproche, dolor ni enfado. Sólo tristeza—. Creo que… que la decepcioné.

Sara se vuelve a tumbar. No sabe qué decir. La luna ya casi ha alcanzado la meta de esa noche y empiezan a aparecer estrellas. De repente, nota un pellizco en el estómago.

—¡Mira! ¡Una estrella fugaz! ¿La has visto?

—No. Estaba con los ojos cerrados.

—Bueno, seguro que veremos más.

—¿Qué deseo has pedido?

Sara gira la cabeza. Él también. Sus narices casi se tocan. Ella sonríe. Una sonrisa dulce que desaloja la nostalgia de la mente de Luis.

—¿De verdad quieres saberlo? —susurra— Ya sabes que si se cuentan, los deseos no se cumplen.

Luis recibe esas palabras como suaves y cálidas caricias.

—Me arriesgaré.

Continuará…

Los amantes y la superluna


Super Moon - There_And_Back_Again_(21153486184)

por Reynaldo R. Alegría

Lo que les voy a contar es pura imaginación, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si tuviera el don de leer las mentes, de seguro que todo lo que aquí diré fue la verdad y, saben los dioses, que nada más que la verdad.

El domingo, 27 de septiembre de 2015, gran parte del planeta podría disfrutar un maravilloso eclipse lunar.  Pero esta vez, al acercarse más la Luna llena a la Tierra y alinearse con mayor precisión junto a esta y el Sol, se vería más grande y más brillante.  Esa noche según la Luna atravesara el umbral de la sombra que produce la Tierra, comenzaría a verse de color naranja y rojiza, la llamada superluna.  Un eclipse total de la Luna junto a una superluna no ocurría desde que tenía 21 años y no se repetiría hasta que tuviera más de 70.

Esa noche, como todos los domingos, cenábamos con la familia en casa de mi madre.  A la mesa nos acompañaban dos invitados muy especiales, de esos que producen mucha paz y una gran felicidad.  A partir de las 9:07 de la noche en que el eclipse parcial arrancaba con su espectáculo sentí que algo extraño me pasaba, algo intangible, algo que me cuesta trabajo describir; algo real que ocurría, pero no se veía, como algunos dioses, que se sienten pero no se pueden ver, era sensación, emoción, algo espiritual.  De momento no lo relacioné con nada que no fuera la buena compañía, el buen vino y la buena comida.  Ya a las 10:11 de la noche, cuando aún sin haberlo visto el eclipse se encontraba en su fase total, algunos tratamos de convencer al resto de que fuéramos al Morro al disfrutar del fenómeno en su máximo esplendor.  Creo que fue la pereza que resulta de la experiencia espiritual la que producía esa sensación en algunos de preferir la cama cómoda y la buena compañía en ella. Acaso tienen razón los que dicen que la Luna llena tiene virtudes y propiedades particulares, lo cierto fue que regresamos a la casa.

Al salir de la casa de mi madre el color de las pasiones se había apoderado de la mitad de la Luna.  Todo el camino de vuelta a la casa nos la pasamos admirando desde el auto el espectáculo de la Luna cerca, muy cerca, y roja y naranja, extremadamente roja y naranja.

A las 10:47 de la noche, cuando llegamos a la casa, una vecina acompañada por su hijo —parada en medio de la calle con copa de vino en mano— contemplaba el espectáculo en su mejor momento con un cómodo vestido largo negro, de esos de telas suaves que visten naturalmente los cuerpos, de los cuales sería un gran pecado llevarlos puestos con ropa interior.  En un breve muro de apenas dos pies de altura y seis pulgadas de ancho y que separa el edificio de apartamentos donde vivo de la acera contigua a la calle, una pareja de amantes se disfrutaban la luna de una manera tan romántica y erótica que hablaban, sin decirlo, todo cuando les ocurría en su cabeza.  Admiramos la superluna, ahora en su fase total y de manera casi etérea, sutil, vaporosa, subimos a nuestro piso.

Lo que les voy a contar ahora es la pura verdad, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si no hubiera tenido por unos minutos el poderoso don de escuchar las mentes, como lo tuve, de seguro que todo lo que aquí diré pensarán ustedes que fue pura imaginación y, saben los dioses, que es la verdad y nada más que la verdad.

Sentado en mi butaca donde suelo leer, separado de los amantes por tres pisos de altura y un ventanal de vidrio, empecé a sentir en mi mente lo que aquellos dos amantes sentían, empecé a escuchar sus mentes.  Él estaba recostado sobre el muro con todo su torso y su cabeza y con las piernas flexionadas hacia el pecho y los pies puestos sobre el muro, creaba un balance que le permitía estar acostado boca arriba, como levitando, a dos pies sobre el nivel del piso.  Ella, frente a él, estaba recostada de espaldas sobre sus piernas, tirada hacia atrás.  No decían palabras, admiraban el espectáculo y la Luna Roja los quemaba de una pasión estremecedora.  Estaban embriagados de Luna.

Siendo un hecho científicamente comprobado, para mí estaba claro el efecto de la Luna sobre las mareas pero admito que siempre, hasta esa noche, el efecto Transilvania, ese que postulan los buenos y los malos brujos, más que un mito me parecía una buena historia para una fogata de niños acampadores.

Yo los podía escuchar en mi mente.

—¡Cuánta alegría me produce esta mujer!

—¿Se habrá dado cuenta este hombre de este sentimiento que me llena, que me angustia y que ya no aguanto?

—¡Qué ganas incontrolables tengo de agarrar su mano y caminar con ella!

—¿Cómo le digo a este hombre que en mi corazón hay un espacio que es solo suyo?

—¡Qué ganas tengo de acariciar el rostro de esta mujer!

—¡Esta euforia me tiene fascinada!

A las 11:23 de la noche, cuando la superluna llegó a su máximo esplendor, los amantes se levantaron del muro.  Ya no escuché más lo que pensaban en sus mentes.  Él la acompañó hasta el auto de ella, aguantando sus ganas de tocarla, y la despidió con un beso en la mejilla, deseando más que nunca besar sus labios mientras acariciaba su nuca y su cabello.  Ella no pronunció más palabras, recordó el ciclo lunar de 28 días y se sintió fértil y muy contenta con una euforia interna y a la vez controlada que sentía.

El miércoles, 30 de septiembre de 2015, volví a escuchar a los amantes.  Los sentía cerca, muy cerca, él jadeaba, ella se reía a carcajadas.

Foto: There And Back Again, Or a night with the teapot watching the lunar eclipse as the supermoon lived up to its name, https://www.flickr.com/photos/arg_flickr/21153486184/, por Andrew, https://www.flickr.com/people/38986305@N06.