Hace días


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Foto: ahuanda

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

el pueblo es como una casa de techo bajo

que me deja tocar las estrellas.

A menudo

—muy a menudo—

alguien surca el cielo

sembrándolo de nubes

que se comen el brillo de la luna.

Hace días

que un manto de aquellas nubes

grises y negras

escupe lluvia sin cesar

y truenos y relámpagos.

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

porque aquí donde yo estoy

el techo es un mar de luces

artificiales y cegadoras

casi eternas

sin olor y sin música de estrellas

y sin mueca de luna.

Hace días que huelo a cielo

a través de la lluvia.

Luz y luna


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Foto ©Merche García

Cartas


Escribo para que sepas que jamás te dejé de escribir.

Y aunque fueron mías las últimas cartas desiertas.

Jamás te dejé de escribir.

Sigo mirando a la Luna

para coincidir con tu mirada.

Sigo sembrando recuerdos

en la tierra

después de la lluvia…

Varias gotas se unen en la ventana.

A veces, me sorprendo dibujando tu nombre

en el polvo de una mesa

y ya no sé, si son tus letras las que me llaman

o son mis dedos que no han dejado de tocarte.

Otras veces, sentado en la estación

dejo pasar los trenes, como quien pasar los días,

por si tú apareces. Pero al final,

lo único que llega, es el vacío

de los andenes en mi corazón y alguna hoja seca

arrastrada por el viento.

Día tras día, hoja tras hoja, vuelvo a casa

envejecido y otoñado diciéndome:

“Solo los necios creen en el destino”

Pero no creas que he estado solo.

He besado muchos labios, he abrazado muchos cuerpos

recordándote.

Por eso sé que amor tiene infinitas caras

y todas como en un puzle hacen la tuya.

En la oscuridad empecé usando tu perfume.

Ante el espejo, vistiéndome de ti,

te imaginé frente a mí.

Y ahora, travestido, paseo por las calles buscándome.

Aunque confesaré, que si te viera, ya no te conocería

porque no hay nada tan mentiroso como los recuerdos;

son un muñeco de plastilina.

Juegas con ellos a saber quién eres

y te guardas en el cajón siendo otro:

Un trozo amarillo, un trozo rojo, unos granos de arena…

incluso un pelo de gato encontré en el último

que finalmente me salió en el hombro.

Y hoy,

la tormenta en la noche hizo la mañana doblemente hermosa;

tan hermosa

que me gustaría estar enamorado.

Por eso te escribo cartas.

Jamás te dejé de escribir.

Cartas sin destino, cartas que abandono, cartas en silencio

hasta que el mundo tenga una.

Enseres al alcance de las manos


Una señal de prohibido estacionar

sería suficiente

para advertir a todos

que no se pueden sentar

cómodamente.

Un cañón sin retroceso

si está prohibido disparar

haciendo cualquier tipo de ruido

que despierte a los demás.

Una llave inglesa

que me permita ajustar

las farolas de la calle

y a la luna — cuando se deje manosear —

para cuando quiera apagar el día

que sólo tenga que apretar.

No sé si con lo que me quede de tinta

se encenderá.

 

Los amantes y la superluna


Super Moon - There_And_Back_Again_(21153486184)

por Reynaldo R. Alegría

Lo que les voy a contar es pura imaginación, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si tuviera el don de leer las mentes, de seguro que todo lo que aquí diré fue la verdad y, saben los dioses, que nada más que la verdad.

El domingo, 27 de septiembre de 2015, gran parte del planeta podría disfrutar un maravilloso eclipse lunar.  Pero esta vez, al acercarse más la Luna llena a la Tierra y alinearse con mayor precisión junto a esta y el Sol, se vería más grande y más brillante.  Esa noche según la Luna atravesara el umbral de la sombra que produce la Tierra, comenzaría a verse de color naranja y rojiza, la llamada superluna.  Un eclipse total de la Luna junto a una superluna no ocurría desde que tenía 21 años y no se repetiría hasta que tuviera más de 70.

Esa noche, como todos los domingos, cenábamos con la familia en casa de mi madre.  A la mesa nos acompañaban dos invitados muy especiales, de esos que producen mucha paz y una gran felicidad.  A partir de las 9:07 de la noche en que el eclipse parcial arrancaba con su espectáculo sentí que algo extraño me pasaba, algo intangible, algo que me cuesta trabajo describir; algo real que ocurría, pero no se veía, como algunos dioses, que se sienten pero no se pueden ver, era sensación, emoción, algo espiritual.  De momento no lo relacioné con nada que no fuera la buena compañía, el buen vino y la buena comida.  Ya a las 10:11 de la noche, cuando aún sin haberlo visto el eclipse se encontraba en su fase total, algunos tratamos de convencer al resto de que fuéramos al Morro al disfrutar del fenómeno en su máximo esplendor.  Creo que fue la pereza que resulta de la experiencia espiritual la que producía esa sensación en algunos de preferir la cama cómoda y la buena compañía en ella. Acaso tienen razón los que dicen que la Luna llena tiene virtudes y propiedades particulares, lo cierto fue que regresamos a la casa.

Al salir de la casa de mi madre el color de las pasiones se había apoderado de la mitad de la Luna.  Todo el camino de vuelta a la casa nos la pasamos admirando desde el auto el espectáculo de la Luna cerca, muy cerca, y roja y naranja, extremadamente roja y naranja.

A las 10:47 de la noche, cuando llegamos a la casa, una vecina acompañada por su hijo —parada en medio de la calle con copa de vino en mano— contemplaba el espectáculo en su mejor momento con un cómodo vestido largo negro, de esos de telas suaves que visten naturalmente los cuerpos, de los cuales sería un gran pecado llevarlos puestos con ropa interior.  En un breve muro de apenas dos pies de altura y seis pulgadas de ancho y que separa el edificio de apartamentos donde vivo de la acera contigua a la calle, una pareja de amantes se disfrutaban la luna de una manera tan romántica y erótica que hablaban, sin decirlo, todo cuando les ocurría en su cabeza.  Admiramos la superluna, ahora en su fase total y de manera casi etérea, sutil, vaporosa, subimos a nuestro piso.

Lo que les voy a contar ahora es la pura verdad, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si no hubiera tenido por unos minutos el poderoso don de escuchar las mentes, como lo tuve, de seguro que todo lo que aquí diré pensarán ustedes que fue pura imaginación y, saben los dioses, que es la verdad y nada más que la verdad.

Sentado en mi butaca donde suelo leer, separado de los amantes por tres pisos de altura y un ventanal de vidrio, empecé a sentir en mi mente lo que aquellos dos amantes sentían, empecé a escuchar sus mentes.  Él estaba recostado sobre el muro con todo su torso y su cabeza y con las piernas flexionadas hacia el pecho y los pies puestos sobre el muro, creaba un balance que le permitía estar acostado boca arriba, como levitando, a dos pies sobre el nivel del piso.  Ella, frente a él, estaba recostada de espaldas sobre sus piernas, tirada hacia atrás.  No decían palabras, admiraban el espectáculo y la Luna Roja los quemaba de una pasión estremecedora.  Estaban embriagados de Luna.

Siendo un hecho científicamente comprobado, para mí estaba claro el efecto de la Luna sobre las mareas pero admito que siempre, hasta esa noche, el efecto Transilvania, ese que postulan los buenos y los malos brujos, más que un mito me parecía una buena historia para una fogata de niños acampadores.

Yo los podía escuchar en mi mente.

—¡Cuánta alegría me produce esta mujer!

—¿Se habrá dado cuenta este hombre de este sentimiento que me llena, que me angustia y que ya no aguanto?

—¡Qué ganas incontrolables tengo de agarrar su mano y caminar con ella!

—¿Cómo le digo a este hombre que en mi corazón hay un espacio que es solo suyo?

—¡Qué ganas tengo de acariciar el rostro de esta mujer!

—¡Esta euforia me tiene fascinada!

A las 11:23 de la noche, cuando la superluna llegó a su máximo esplendor, los amantes se levantaron del muro.  Ya no escuché más lo que pensaban en sus mentes.  Él la acompañó hasta el auto de ella, aguantando sus ganas de tocarla, y la despidió con un beso en la mejilla, deseando más que nunca besar sus labios mientras acariciaba su nuca y su cabello.  Ella no pronunció más palabras, recordó el ciclo lunar de 28 días y se sintió fértil y muy contenta con una euforia interna y a la vez controlada que sentía.

El miércoles, 30 de septiembre de 2015, volví a escuchar a los amantes.  Los sentía cerca, muy cerca, él jadeaba, ella se reía a carcajadas.

Foto: There And Back Again, Or a night with the teapot watching the lunar eclipse as the supermoon lived up to its name, https://www.flickr.com/photos/arg_flickr/21153486184/, por Andrew, https://www.flickr.com/people/38986305@N06.

Madame Lupine


Blacksmith (Madame Lupine)

Kelgar es un amable y educado joven canadiense, aunque sus modales y temperamento no han sido siempre así. Antes de sus quince años era un adolescente rebelde y temperamental, que se metía en muchos problemas. Constantemente provocaba peleas y altercados, hasta que la directiva del colegio le ordenó —bajo amenaza de expulsión— que tomara terapia de manejo de la ira.

Pasaron largos meses y la terapia empezó a dar resultados. Poco a poco el vivaracho y problemático Kelgar se volvió un pacífico y educado joven. El tiempo siguió pasando y la pasividad de Kelgar era casi de monje, llegando incluso a ser considerado una persona reprimida.

Del antiguo Kelgar ya no quedaba rastro, pero a casi nadie parecía preocuparle. Todos, amigos y familiares, preferían mil veces al Kelgar reprimido que al violento. Sin embargo, la ira de Kelgar seguía creciendo en su interior. Era como un pequeño can y cada enojo reprimido era un trozo de deliciosa carne que el cachorro devoraba impaciente, para seguir creciendo.

Los años pasaron y Kelgar mantuvo estable su conducta pacífica y reprimida. Con el tiempo llegó a tener una familia y vivió muy feliz el resto de sus días. Esa es la parte aburrida de la historia. No sé si usted tenga curiosidad por saber cómo una persona que reprime tanto, puede llegar a vivir estable tanto tiempo sin explotar. Pues bien, convenientemente yo puedo verlo todo y me muero de ganas por contarles el secreto mejor guardado de Kelgar: su receta para una vida pacífica y sin ira.

Resulta que el terapeuta que atendió el caso de Kelgar no era, ni mucho menos, un psiquiatra convencional. Era, de hecho, un solapado partidario de la terapia psicódelica. Durante el tratamiento de Kelgar, bajo estricto secreto profesional, ambos acordaron el uso de la MDMA —conocida en el mundo de las drogas como éxtasis— para lograr una mayor apertura emocional en el descarriado joven. Los efectos de la potente droga, que el mismo terapeuta fabricaba y comercializaba a sus pacientes, calaron hondo en la conciencia del muchacho y lograron el cambio requerido en él. Eventualmente la terapia terminó, no así el consumo de éxtasis por parte de Kelgar, quien siguió experimentando con la sustancia de una manera que rayaba en la devoción.

Kelgar llegó a estudiar mucho sobre la MDMA, a la cual llamaba “la Madame”, hasta el punto en que se convirtió en un psiconauta consumado. Kelgar estaba consciente de que reprimir su ira iba a terminar consumiendo lentamente su vida y salud. No sabía cómo canalizarla correctamente, hasta que ideó un método adecuado para salir de su predicamento. El ahora pacífico joven fraguó para sí un ritual que lo salvaría de su propia ira, de su monstruo interior.

Cada noche de luna llena, Kelgar sale de su casa  y se interna en lo más profundo del bosque. Luego, siempre en el mismo claro, se desnuda completamente y saca de su maleta una pastilla de éxtasis e inscribe en ella una marca en forma de lobo. Una vez marcada la pastilla, Kelgar la toma con sus dedos índice y pulgar y extiende su brazo, colocando la pastilla de manera tal que eclipse su vista de la luna. Luego coloca la pastilla en su boca. Una vez tragada la pastilla, Kelgar lanza un fuerte aullido, uno que ha perfeccionado hasta el punto en que los demás lobos le contestan. Hecho esto, Kelgar entra en un profundo frenesí que lo lleva a actuar netamente como un lobo, a correr y a cazar, a buscar manada y a pelear. Terminado el efecto de la MDMA, Kelgar retoma su conciencia humana, saca de su maleta implementos de limpieza, se asea y vuelve a su hogar.

Cada vez que Kelgar sale a cumplir su ritual, su esposa cree que se va a jugar póker con sus amigos. Kelgar siempre se siente liberado luego del ritual, ese es su secreto para canalizar la ira.


Texto: Donovan Rocester

Imagen: Blacksmith

Citas nocturnas


Con la precisión de las citas me encamino a la noche y a nuestra revista. Amigos, comparto con Uds. mi aporte al número 5.

En Humor Arte

Entre mis citas ineludibles, impostergables, necesarias, imprescindibles están los encuentros mágicos que me propone Salto al reverso. A esas citas me encamino sin dilaciones como un vampiro degusta su noche.

Versiones en PDF y en ISSUU

El número 5 de la Revista Salto al Reverso está en las calles. En él encontrarán relatos, entrevista, ilustraciones, fotografía, poesía y también, mi colaboración:

revista salto al reverso 5 diciembre febrero50

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