Poema escurridizo sin dedicatoria


Es una extraña tinta

con que se escriben

poemas en un charco;

ilustrados con reflejos

de la luna

y ambientados con una

sinfonía nocturnal.

Si la analizamos bien, es versátil

porque toma la forma de

quien la tiene, nunca es igual.

Es huidiza porque cuando se va

jamás vuelve atrás;

no se detiene hasta

encontrar a su gran

amor el mar.

Se evapora como el amor se extingue:

lento, pero nunca muere, solo se

transforma.

Es ella quien bendice

una vida que comienza,

pero también puede ser,

en exceso, quien la quita.

Es inmensa como una gota

y tan pequeña como el mar,

una suicida que se lanza

desde el cielo

y encuentra su tumba

en la tierra y renace

desde un manantial.

Todos somos, en gran parte, ella.

El universo no subsiste si no está.

No, no hablo de una mujer.

Y no diré su nombre,

tendrás que adivinar.

No me busques, amor


Imagen: Davide Ragusa

No me busques, amor, que no te encuentro.

No susurres mi nombre,

borra de tu voz ese quejido noble,

calla esa lengua furtiva que devora.

No te pertenecen más las noches,

ni es respiro la furia de tus ansias.

No me busques, amor,

no me detengas con la piel de tu coraza.

Siénteme única, voraz, lejana.

Ya no vive mi música en tu aire,

y sin piedad te maldice mi silencio.

Deshojaste mi pasión con prisas contenidas

en un grito de dolor que ayer gritaba.

No me pidas, suplica por tu vida

que la mía se alejó por la ventana

dejando atrás tus puertas ya cerradas.

Difusa es la pintura que soñabas

envolviendo mis líneas y un aroma.

Frágil, suave y agitada

ha borrado mi pluma tu misterio.

No se muere el amor, ni la mañana.

Se ahogan los colores de dolor

y en tinta muere el alba y el deseo.

Amor, no me busques,

no dibujes con mis huellas caminos muertos.

Inventé para ti mil laberintos

y he cruzado sin tus manos

lágrimas e infiernos.

No me busques, amor, que no te encuentro.

Le pedí al espejo que te rompa

y a la luna que conjure tu veneno.

No me busques, amor,  borré tu cuerpo,

me escapé de tu beso y del recuerdo.

Es más fácil


es más fácil cerrar el libro

que pasar página tras página de contenido inerte

                                                   líneas invisibles

                                                   párrafos en blanco

son las dos de la mañana y el gato habla con la luna desde la/mi ventana

otro sonido en la lejanía anuncia fiesta hasta el amanecer

lo abro por enésima vez para cerciorarme de que las hojas

pertenecen al mismo no-libro

que desleo

a deshoras

el rechinar de la puerta inaugura la letanía nocturna

el espíritu de la humanidad huye despavorido

elevando una brisa que aminora el calor sofocante

quiénes escriben el libro después de mi, de ti, de todas

hay tinta indeleble oculta en sus palabras

ocurre lo que no está impreso

narra lo que no ha pasado

en el papel están las fantasías

aún queda tiempo, la noche es larga

no busques las estrellas tras las nubes

ojalá llueva pues hace meses que las ideas se nos están derritiendo

Ya llega la luna


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©Merche García

¿Quién dice que la luna no es de queso?


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(Pregunta original de @ana.torr.ent)

1

Durante años las ratas se lo habían preguntado. Volteaban al cielo llenas de esperanza e interrogantes. 

¿Qué es esa esfera fría que se ve allá arriba? — se preguntaban—. ¿Quién es la bola amarilla que grita: «¡Mírenme! desde el cielo?».

Las ratas no sabían. Los bardos respondieron.

2

En la edad media, en la época de las plagas (atribuidas a las ratas), el suizo Luca Giacometti creó un cantar que se refería a la luna como una esfera de queso emmental que flotaba en las alturas y que podría ser alcanzada solamente por quienes tuviesen el temple más firme. No era un buen cantar, pero servía. 

3

Luca vio en la poesía la respuesta a las plagas. Él observó que las ratas gustaban del arte. Había visto en su tierra natal y en las ciudades aledañas que las ratas se exponían, sin importarles la luz del sol, cuando había músicos tocando, pintores pintando, poetas recitando y bardos cantando. Eso sí, rehuían estrepitosamente de cualquier tipo de baile, no importando la belleza o calidad de la música que le acompañase, ellas se iban. El baile y las ratas no eran y nunca serán amigas.

El cantar, llamado «Käsemond», se leyó y escuchó en todos los rincones de Europa. Recitado por bardos, niños, mujeres, soldados y todos aquellos que tuvieran gusto por las historias felices que buscaran saciar el hambre y erradicar los males.

Por fin, el cantar logró su objetivo: convencer a las ratas de que la esfera luminosa de la noche, que se escondía entre nubes y a veces no salía, era realmente una bola gigante de queso puro. Un queso conservado por el vacío del cosmos e iluminado por la luz de mil estrellas.

4

Familias enteras de ratas de cloacas, ratas de campo y hasta las ratas más finas que vivían en los castillos buscaban los edificios y los árboles más altos para alcanzar, con sus patitas delanteras, la luna de queso. 

Era común en esos días encontrar ratas muertas en las calles, en las sombras de los árboles y en todo lugar que fuera adyacente a una pared alta.  

5

Las ratas sobrevivieron a la edad media sacrificando su apreciación al arte, pero el cantar no.  Este quedó en el olvido, hasta el año dos mil siete.

6.

En abril de dos mil siete, en Bremen, Alemania, fue descubierto «El Cantar de Käsemond», en el que se relataba el cómo y para qué del cantar de la luna de queso. Dos meses después, en el mes de junio, se subió a la plataforma de YouTube la declamación del cantar completo.

¡Fue una bomba! Al vídeo original se le sumaron vídeos con declamaciones en todos los idiomas. Más sorprendentes fueron los vídeos en los que aparecían ratas escuchando atentas las palabras que salían de las computadoras, para posteriormente subir a las azoteas intentando alcanzar la luna. Las ratas perdían el equilibrio y caían desde rascacielos y antenas gigantes. Tan solo en la base de la torre Eiffel se registraron más de cuatro mil quinientas ratas muertas.

2007

La opinión pública se dividió. Por un lado estaban los que celebraban la casi erradicación de las ratas con un método tan simple y, por otro lado, estaban los que defendían el derecho a vivir de estás.

Muchos científicos, artistas y personas en general, voltearon a ver a las ratas. De repente estos seres asociados a la escoria y a la basura, relegados en afecto por sus primos los ratones, fueron admirados por la capacidad de admirar la estética del mundo que les rodeaba. 

Internet se llenó de videos con ratas maravilladas con el «David» de Miguel Ángel, con los girasoles de Van Gogh, con las obras de Seurat, de Friedrich y la música de Tchaikovsky, de Brahms, Vivaldi y de los clásicos en general. Admiraban toda composición musical que no invitara a bailar. En dos mil siete las ratas todavía temían al baile.

Por primera vez, se habían logrado conversaciones estructuradas con animales que no fueran primates.

2008

En dos mil ocho, las ratas convocaron un levantamiento internacional en contra del cantar y de la luna.

La noche del treinta de abril, en punto de las veinte horas, en la hora local de cada ciudad y de cada pueblo, los roedores se levantaron de sus cloacas, salieron de sus escondites y alzaron las patas delanteras izquierdas para gritar: «¡Callen la luna de queso, que nosotros tenemos hambre y queremos vivir!».

Entre los motivos del levantamiento, además de eliminar por completo «El Cantar de Käsemond» de todos los medios y registros, pedían que se dejara de romantizar la luna y el firmamento en general. Por inventar lunas de queso, nubes de algodón y paraísos con banquetes celestiales, afirmaban que muchas ratas habían perdido la vida, dejándose llevar por el hambre y la sarta de mentiras que los humanos habían estado inventando desde la edad media.

Por eso fue el levantamiento. Por eso se rebelaron. Ya no querían más ratas muertas en las azoteas, ni cayendo desde altas ventanas por querer alcanzar quesos gigantes con sus patas delanteras.

«¡La luna es arena sin playa!», «¡La luna es fea y sin brillo propio!», «¡La luna no se toma a cucharadas!», se podía leer en las diminutas pancartas.

2009

Es primero de enero de dos mil nueve. Aún se puede escuchar «El Cantar de Käsemond» en algunos bares, restaurantes y edificios públicos. Es un soneto maldito, una composición del mal. 

10

Quizá esta humanidad necesita otra plaga, porque nuestro actuar no es correcto. Quizá sí, quizá no, pero no le digan a las ratas.

Canción dormida


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Imagen: Mathew Schwartz

Me enredo en el murmullo de tu vida

desde la vacuidad de este espacio lejano,

lleno de ti.

Llueve sobre el lienzo azul de tus ojos,

el silencio de un amor imaginado.

Frágil, la vida es el cristal que me detiene,

que hiere sin tocarnos.

En medio de mil mares que nos rugen,

ahogo mis días sin calor,

y escribo en el exilio de este cielo

sin estrellas, la nota de tu voz.

Amar a lo invisible es mi condena,

pero hallo en el fuego de este caos

un grito de esperanza,

el beso que sacia cualquier pena.

Tú, letra arrugada en mi alma escondida,

la luna en mi ventana,

y el baile que llora suspendido

en el sueño que robó mis madrugadas.

Tú, secreto guardado entre mis ropas,

la música que mueve mis sentidos,

y el reloj atrapado en la canción

del tiempo adormecido que no fuimos.

Hace días


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Foto: ahuanda

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

el pueblo es como una casa de techo bajo

que me deja tocar las estrellas.

A menudo

—muy a menudo—

alguien surca el cielo

sembrándolo de nubes

que se comen el brillo de la luna.

Hace días

que un manto de aquellas nubes

grises y negras

escupe lluvia sin cesar

y truenos y relámpagos.

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

porque aquí donde yo estoy

el techo es un mar de luces

artificiales y cegadoras

casi eternas

sin olor y sin música de estrellas

y sin mueca de luna.

Hace días que huelo a cielo

a través de la lluvia.