Historias de un día


En el imperio de las luces reinará

la oscuridad.

El arte de vivir quedará a solas

esta noche.

El hijo del hombre dialogará

con la manzana. Justificará y

borrará su pecado.

Los amantes se besarán

pese a sus máscaras,

pese al pesado velo de lo que importa.

Y serán amigos.

Y no serán los primeros.

 

Madame Récamier


madame recámier de roger

Dibutrauma inspirado en «Madame Récamier de David» de René Magritte.

Hace tres años falleció mi esposa, y no ha pasado un solo día en el que ella no piense en mí.

Lo sé porque no se va, porque todas las tardes me observa desde el triclinio mientras ceno o mientras escribo. No puedo traer a una chica a mi propia casa porque se enoja y hace temblar los muebles. Si una noche no llego a casa, ella va a donde esté para observarme, así sea al cine, al bar o a la iglesia. Ninguna pared, ninguna cruz y ningún letrero de NRDA puede evitar que ella esté conmigo.

Mi esposa falleció hace tres años, y no hay día en que yo no quiera que ya se vaya, que desaparezca, para que yo vuelva a ser feliz. Sin su mirada silenciosa, sin muebles flotando en la sala y sin tener que explicarle a mis amantes que no podemos coger en mi casa porque el fantasma de mi mujer sigue allí, y nos observa.

Creo que quemaré sus fotos y el triclinio, o tiraré todas sus cosas de un puente. O quizá tendré que hacer un exorcismo para que algún diablo se la lleve, para que deje mi casa en paz, para que me sienta libre, para que pueda volver a sonreír y a coger indiscretamente.

Panquecitos


Había un sofá, un televisor, un edificio, escaleras y muchos panquecitos. Cada que llegaba a casa, ella me preguntaba:

—¿Qué traes? —A lo que siempre le respondía:

—Te traigo panquecitos.

Jamás en la vida había visto a alguien tan feliz y tan atractiva con panquecitos en la boca. Comerlos era para ella todo un ritual.

Con panquecitos, ella hacía de todo: los miraba, los estudiaba, les daba vueltas, comprobaba mediante pequeños apretones la esponjosidad del pan, creaba un eclipse televisivo colocándolos entre ella y la televisión, jugaba a René Magritte y se convertía en la hija del hombre (pero con panquecitos), los hacía llover en la sala y convertía el sofá en su Golconda, se convertía en Eva a la primera mordida, y no dejaba de ser Eva hasta que no quedara rastro alguno de sus pequeños postres.

En las tardes en que el pan gobernaba la sala, todo era amor y alegría. No había pleitos ni malos entendidos y las noches terminaban en un espectáculo digno de un circo romano o de telenovela de horario estelar.

Con panquecitos, Eva era la ganadora total de todos los juegos del «Jeopardy», cantaba muy bien las rancheras, aplastaba el botón seleccionador con todos los participantes del «American Idol», reía con los programas infantiles más sosos, resolvía los más grandes problemas del mundo y, como logro máximo, me amaba locamente.

Con panquecitos, abandonaba el sofá y se sentaba sobre mí.

En ese tiempo, para ser feliz, solo me bastaba Eva con panquecitos.