Un café y una sonrisa (2ª parte)


(Lee aquí la primera parte)

You look so fineI want to break your heartand give you mineYou’re taking me over

—Cantas muy bien. —Raquel mira a Luis con una sonrisa sincera pero cansada mientras él da otro trago al botellín de cerveza—. Tu sonrisa y tu voz me llevan a un lugar donde me gusta estar —añade en un murmullo, lo bastante apagado como para que ella pueda disimular no haberlo escuchado.

—Cuando estaba en el grupo, me fijaba mucho en Shirley Manson…, la cantante de Garbage —aclara ante la expresión ignorante de Luis—. You Look So Fine es uno de mis temas favoritos.

Sentados en la misma terraza de los últimos días, contemplan el mar en silencio. Raquel se retira de la cara un mechón agitado por la brisa y lo coloca detrás de la oreja.

—Podría pasarme la vida así, viendo las olas romper contra la orilla.

—Y yo.

Intercambian una mirada cómplice, y enseguida ella vuelve a desviarla hacia el azul inmenso.

—Es curioso cómo nos empeñamos en hacernos las mismas preguntas, una y otra vez, aun sabiendo que no vamos a encontrarles respuesta.

—¿Eso haces al cantar, preguntarte sobre el pasado? —A Raquel le sobresalta la deducción de Luis, y lo mira con sorpresa. Él apura la cerveza—. Yo prefiero no hacerme preguntas, pero es difícil resistirse. La autocompasión resulta tentadora cuando mirar adelante es como hallarse en medio de un desierto y buscar un oasis; sabes que lo máximo a lo que puedes aspirar es a encontrar un espejismo.

—Cuando estaba en el escenario, me sentía viva, libre, llena de energía. Cantar y dejarme llevar por la música era lo que daba sentido a todo.

Vuelven a quedar en silencio. Luis la observa y ve cómo sus ojos se tiñen del azul oscuro del mar al atardecer.

—Si alguna vez te apetece, puedes contarme lo que pasó.

Raquel gira la cabeza y le regala la enésima sonrisa.

—¿Nos bañamos?

Sin esperar respuesta, se levanta de la silla, salta a la arena y se aleja por la playa casi desierta. Al llegar a la orilla, se da la vuelta y saluda a Luis con una mano. Entonces, se quita el vestido y, despacio, se mete en el agua.

…..

Raquel ríe. Es la risa de una niña entregada a la diversión. Le transforma la cara, porque no tiene que hacer ningún esfuerzo consciente por sonreír, y a Luis le encanta; tanto, que durante las dos horas que llevan bailando ha olvidado qué es lo que provoca su desazón permanente. Están sudando a mares, apretujados contra otros cuerpos sudorosos que también ríen y se dejan llevar por la música. La atmósfera invita a la desinhibición, a entregarse sin reparos a la alegría de vivir.

Con los últimos acordes de Song 2 de Blur, Raquel se lleva una mano al cuello para indicar que está sedienta, y ambos se dirigen a la barra. Aprovisionados de cerveza, salen a tomar el aire a la terraza.

—Lo estás pasando bien, ¿eh?

—Me estoy quedando afónica, y mañana voy a tener unas agujetas…

Brindan con los botellines y beben en silencio, aunque enseguida Raquel reconoce el Stone Cold Crazy de Queen en la versión de Metallica y se pone a cantarla.

Tiene las mejillas encendidas y los ojos le brillan, como la piel de la cara y del cuello, perlada de gotitas de sudor.

—Me gustaría besarte —susurra Luis.

Raquel deja de cantar y lo mira con una expresión encendida que él todavía no había tenido el placer de contemplar. Con la mano libre, lo agarra del cuello de la camiseta, lo atrae hacia ella y, con la nariz a un milímetro de la de él, se detiene para saborear ese instante de deseo máximo, justo antes de meterle la lengua ardiente en la boca.

…..

Al alba, el mar y el cielo se confunden en el horizonte, pero poco a poco se dibuja la línea que anuncia la llegada del sol. Raquel y Luis asisten al proceso sentados en la orilla, dejando que la lengua tímida del mar les acaricie los pies. Ella apoya la cabeza en el hombro de él, y él aspira el aroma del sudor, el perfume y la sal que emanan del pelo de ella. No recuerda un olor más delicioso. Tienen las manos entrelazadas sobre la arena húmeda.

—Nunca había visto el amanecer en la playa tan bien acompañado —anuncia Luis.

Ella sonríe relajada. El sueño empieza a reclamar su botín tras una larga noche de bailes, sudor y besos.

Presiento que tras la nochevendrá la noche más largaQuiero que no me abandones, amor mío, al alba

Luis siente una presión en el estómago. Raquel le agarra la mano más fuerte, y él le acaricia el pelo y le besa la cabeza. Ella no puede seguir cantando, ni siquiera en un susurro, las lágrimas y el nudo en la garganta se lo impiden.

—¿Qué te pasa?

—Nada, no te preocupes. —Se separa un poco de él y hace el esfuerzo por sonreír—. Me lo he pasado muy bien, pero estoy muerta y necesito dormir.

En el horizonte, el cielo empieza a adquirir un tono anaranjado.

…..

Luis aparca frente al portal. En la calle se mezclan los jóvenes que regresan de fiesta con quienes salen a comprar el pan y churros para el desayuno, a pasear el perro o a correr.

Raquel mira por la ventanilla, pero lo que ve se oculta en su memoria. En la radio suena Heroes.

I, I will be King… —Luis se atreve a acompañar a Bowie—. And you, you will be QueenThough nothing will drive them awayWe can be heroes just for one dayWe can be us just for one day

La interpretación consigue atraer la atención de Raquel, que sonríe sin ocultar su tristeza.

—Just for one day —repite, como diciéndoselo a sí misma.

—Si quieres, subo contigo.

—Es mejor que no. Además, me voy a quedar frita en cuanto me tumbe.

Luis se inclina hacia ella y la besa. Raquel lo abraza, y piensa que le gustaría prolongarlo, porque nunca había abrazado a nadie que lo necesitara tanto como ella. Cuando sus labios se separan, permanecen abrazados. En la radio, Little Wing de Jimi Hendrix toma el relevo de Bowie, y Raquel piensa que es una de las canciones más bonitas que se han escrito. La canta al oído de Luis, y él siente un escalofrío.

When I’m sad, she comes to me, with a thousand smiles she gives to me freeIt’s alright, she says, it’s alright, take anything you want from meAnything… —A Raquel se le escapan las lágrimas—. Aquel hijo de puta… cogió lo que quiso, sin preguntar…

Luis escucha tenso al principio, pero enseguida la abraza más fuerte y le acaricia el pelo.

…..

Durante los días siguientes, Luis no encuentra a Raquel en la cafetería. Le dicen que no saben nada de ella. No puede llamarla ni escribirle porque no han intercambiado sus números de teléfono, así que se acerca a su casa, pero no contesta al timbre. Pregunta a un par de vecinas que salen del portal, pero ni siquiera parecen conocerla.

Se repite a sí mismo que esta vez no ha hecho nada para cagarla, pero no logra sacudirse el sentimiento de culpa. «Me tendría que haber conformado con el café y la sonrisa reconfortante. ¿Dónde voy a refugiarme ahora?», se reprocha desolado.

…..

Raquel regresa a la cafetería una semana después. Ha estado enferma, un catarro que la obligó a quedarse en cama y que, en realidad, ha sido la excusa perfecta para no salir de la cueva. Ahora el catarro casi ha remitido del todo, pero el mal que de verdad le duele continúa ahí, crónico, enmascarado con una sonrisa.

Se pone la gorra y la chapa y se incorpora al trabajo. Y cada vez que la puerta se abre, el corazón se le acelera, deseando que sea y a la vez que no sea Luis. Se siente mal por haberse escondido de él, pero se dice a sí misma que es lo mejor, que quizás no tendría que haber aceptado aquel café, porque así ahora seguiría viéndolo casi cada tarde y hablarían de libros.

—Hola, Raquel. —Es Gina, toca cambio de turno; la jornada ha pasado rápido—. Me alegro de que ya estés mejor.

—Hola. —Se saludan con dos besos. Gina es lo más parecido a una amiga que se puede tener en el trabajo—. El resfriado me ha dejado hecha polvo, pero sí, ya estoy bastante bien.

—Por cierto, ayer un cliente dejó algo para ti. —Raquel da un respingo. No puede ser otro que Luis—. Espera un momento, que lo guardé en la taquilla. Me cambio y te lo traigo.

Raquel nota cómo se le acelera todo el organismo. Se pone a ordenar el mostrador y le pasa la bayeta; luego sigue con las tazas y las cucharillas, que ya había ordenado previamente.

—Toma.

Raquel recibe el paquete envuelto. Es evidente que se trata de un libro. Rasga el papel sin reparar en Gina, que la observa con curiosidad. «Locuras de Brooklyn, Paul Auster». No lo ha leído.

—Joder, ojalá a mí me hicieran regalos así. Un día un tío me dejó un paquete de chicles. El muy gilipollas había apuntado su número de teléfono en el envoltorio.

Raquel no la escucha. Abre el libro y, como intuía, Luis ha escrito algo en la primera página. Lee con ansia y temor.

«No creo en las segundas oportunidades. Sin embargo, sí creo que existen personas capaces de sobreponerse al pasado, con la fuerza suficiente para convivir con él y seguir adelante. Tú deberías ser una de ellas. Hay que tener mucha fuerza interior para vestir esa sonrisa tan reconfortante para quienes tienen la suerte de contemplarla.

Espero que te guste el libro. Es una historia optimista. Tiene partes angustiosas, pero el conjunto deja buen sabor de boca. A pesar de esos personajes llenos de cicatrices, Auster sí cree en las segundas oportunidades.

Gracias por estos días. No dejes de sonreír.

Luis».

Raquel cierra el libro y lo aprieta contra el pecho.

—Que tengas una tarde tranquila —le desea a Gina, con una sonrisa dolorosa.

Fin

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Un café y una sonrisa (1ª parte)


—¿Está bien?

Luis recibe el cambio del billete de cinco euros con una sonrisa desconcertada. La camarera también sonríe. Siempre lo hace. Desde hace unas semanas, Luis se toma el café con leche de la tarde ahí porque le gusta su sonrisa fresca. Tiene la impresión de que las sonrisas frescas escasean, y la de ella lo reconforta.

—El libro —aclara la muchacha. Luis mira el ejemplar de 1984 que ha dejado sobre el mostrador mientras espera el café—. Está en mi lista de pendientes, pero nunca me he animado a leerlo porque me da la sensación de que me va a angustiar. —Mientras habla, se desenvuelve con destreza mecánica con la cafetera. Sus movimientos firmes y seguros tienen algo de hipnótico—. Y, la verdad, llevo un tiempo en que sólo me apetecen lecturas que me dejen buen sabor de boca. —Se da la vuelta y coloca un platillo, la cucharilla y dos sobres de azúcar junto al libro. Mira al cliente directamente a los ojos, sin abandonar la sonrisa—. La vida real ya es bastante angustiosa a veces, ¿no crees?

Luis no estaba preparado para ese tipo de conversación. Y debe reconocer que la mirada de ella lo intimida. Se siente estúpido al darse cuenta de que durante todos esos días que ha estado frecuentando el local, Raquel (según la identifica la chapa que lleva enganchada en el pecho) no dejaba de ser una sonrisa que le aligeraba el peso de sus fracasos.

—Es la segunda vez que lo leo. La primera era demasiado joven para entenderlo del todo. Ya lo estoy acabando y, sí, es un poco angustioso. Te hace pensar en muchas cosas.

Raquel coloca la taza sobre el platillo.

—Si está muy caliente, te pongo un poco de leche fría.

Hasta hoy no le había hecho el ofrecimiento porque el verano se resistía a llegar, pero desde hace un par de días la temperatura ha subido de golpe.

—Gracias, así está bien. El café con leche me gusta caliente, aunque nos estemos achicharrando.

Raquel ríe, y Luis se siente más reconfortado que de costumbre.

…..

—¿Lo de siempre?

Desde el momento en que cruzó la puerta de la cafetería para entregar el currículum, Raquel decidió que mientras estuviera allí haría lo posible por sonreír, aunque en su interior mantuviera latente la tentación de mandarlo todo a tomar viento. Le dieron el empleo, una gorra y una chapa ridículas, y ella las complementó con su expresión más agradable. Le sonríe a todo el mundo, pero con el chico que siempre lleva un libro es especialmente simpática.

—No, hoy voy a probar el batido de café. ¿Está bueno?

—Pues no lo sé. Yo tampoco lo he probado. —Raquel apoya las manos en el mostrador y observa el rostro que tiene delante con un nivel de atención que sobrepasa con mucho lo reglamentario. Él se esfuerza por sonreír, pero se le nota la incomodidad—. Hacemos una cosa: si no te gusta, te lo cambio por el café con leche habitual.

—Vale —acepta con timidez; hay otra cosa que le preocupa, y no está seguro de atreverse a plantearla.

—Ya veo que has acabado 1984 —advierte ella, mientras prepara el batido—. Menudo personaje fue George Orwell. La verdad es que sabía muy poco sobre su implicación en la Guerra Civil, y buscando información sobre él me han entrado ganas de leer Homenaje a Cataluña. ¿Lo conoces?

—Sí, lo tengo en los pendientes. —Luis desliza los dedos por el libro que ha dejado sobre el mostrador. En realidad, aún no ha acabado 1984.

Raquel se gira un momento y se fija en la portada.

Entre limones… Chris Stewart… No lo conozco. ¿Qué tal?

Vuelve a estar de espaldas. Luis piensa que es la oportunidad para plantear su ocurrencia.

—Muy divertido. Es uno de los libros más divertidos que he leído. Y…

La sonrisa de Raquel aparece de nuevo ante él, espléndida e intimidatoria.

—Marchando un batido de café.

Durante unos segundos permanecen en silencio, y ella tiene la certeza de que los fantasmas que lo acosan a él son tan persistentes como los suyos.

—Toma, lo he traído para ti. —Luis empuja el libro hasta que contacta con los dedos de la mano que la camarera apoya en el mostrador—. Te garantizo que no te va a angustiar nada y que te hará reír con ganas.

Resulta curioso que ahora que Raquel tiene un motivo para estar contenta de verdad, la sonrisa se le desdibuja en el rostro.

…..

—Muchas gracias por el libro. Tenías razón, es muy divertido.

Luis sonríe nervioso. Ha estado a punto de no acudir a la cita casi diaria con su café con leche y la sonrisa reconfortante.

—Me alegro —responde, evitando cruzar la mirada con la de ella. «Da los buenos días con un café y una sonrisa», lee en un cartel que se le antoja estúpido.

—¿Qué ponemos hoy?

Luis tiene la impresión de que Raquel exagera su simpatía porque se siente tan incómoda como él. Se dice a sí mismo que han traspasado la frontera de la relación habitual entre camarera y cliente para entrar en un territorio desconocido que no está seguro de querer descubrir.

—Café con leche, por favor.

Raquel se gira hacia la cafetera. Se desenvuelve con menos destreza, como si algo distorsionara la maquinaria siempre engrasada. Y en verdad es así.

—¡Mierda! —exclama al resbalársele la taza entre los dedos y hacerse añicos contra el suelo.

Luis se siente absurdamente responsable.

—No pasa nada, un accidente lo tiene cualquiera.

Agachada detrás del mostrador, Raquel levanta la cabeza. Las miradas coinciden, y Luis siente un escalofrío porque ve dolor.

…..

Luis lleva un rato frente a la puerta del local, sin decidirse a entrar.

Ya ha acabado de leer 1984. Le ha tomado el relevo Las olas, pero no cree que vaya a aguantar mucho; no le interesa el jeroglífico introspectivo que plantea Virginia Woolf. Es aún más deprimente que la atmósfera opresiva, sin resquicio para la esperanza, que dibuja Orwell. Piensa en Winston y en Julia, en su historia de ¿amor? condenada al fracaso. «Pero durante un tiempo consiguen ser libres; aunque sea una libertad ficticia, sus sentimientos y sus ideas les pertenecen», reflexiona.

Vuelve a mirar hacia la puerta. Sabe que Raquel está ahí. Se pregunta si hoy volverá a sonreír. Aprieta el libro con las dos manos y se muerde los labios en un gesto de rabia, porque no es capaz de encontrar nada más auténtico en su vida que esa sonrisa, y no quiere arrastrar la culpa, una más, de hacerla desaparecer.

Por fin, se da la vuelta y se aleja arrastrando los pies.

…..

Al oír abrirse la puerta, Raquel levanta la cabeza. Desde hace una semana, es su reacción automática. Cuando comprueba que no es él, el chico del libro, pierde la sonrisa, que recupera un segundo después para volver al trabajo.

Pero hoy si es él. Lo ve acercarse titubeante, con la mirada nerviosa desviándose a un lado y otro, como si no fuera capaz de fijarla en un objetivo.

Es más temprano que de costumbre, y apenas hay clientes. Raquel se queda paralizada, con las manos sobre el mostrador y la sonrisa congelada.

—Hola —murmura Luis al llegar hasta ella, y tras pasear la vista por el mostrador reúne el suficiente valor para mirarla a los ojos—. Cuando acabes el turno, ¿te apetecería tomarte un café conmigo?

Raquel había fantaseado con la posibilidad, pero ahora que ha sucedido no sabe qué decir. El movimiento de las manos de él sobre el mostrador atrae su atención. «Un hombre en la oscuridad. Paul Auster», lee entre sus dedos repiqueteantes.

I know someday you’ll have a beautiful life… —Raquel comienza a cantar, muy flojito—. I know you’ll be a starin somebody else’s sky, but whywhy, why can’t it be, why can’t it be mine

—Me suena, pero no la reconozco.

Black, de Pearl Jam. Es una de mis canciones favoritas.

—Me gusta Pearl Jam, pero no me sé ninguna letra.

—Salgo a las seis.

…..

La brisa marina refresca el ambiente y revuelve el pelo de Raquel, quien permanece sentada en la arena, abrazándose las piernas y con la barbilla sobre las rodillas. Observa las olas y las escucha; seguramente no hay sonido más balsámico. Luis está sentado a su lado, aunque un poco por detrás. Juguetea con la arena mientras se le escapan miradas fugaces hacia ella. Le gusta: su pelo revuelto, la sonrisa relajada, el perfil de su nariz algo torcida, sus manos de dedos largos, los pendientes que le decoran todo el perímetro de la oreja… Apenas han intercambiado palabra. Sus pasos los han conducido hasta la playa, donde todavía quedan algunos bañistas que celebran la llegada del calor compartiendo espacio con parejas acarameladas que celebran su amor.

Raquel y Luis no celebran nada, si acaso el hecho de haber encontrado alguien con quien compartir el silencio.

Tanto sube el nivel… —tararea Raquel— el mar… —Luis identifica enseguida El estanque, de Héroes del Silencio—… Se derrama ahogándome

Ella gira la cabeza despacio y le sonríe, aunque en sus ojos hay tristeza. Luis no dice nada, sólo levanta la mano y le deja una concha sobre la rodilla.

…..

Sentados en una terraza del paseo marítimo, Luis contempla cómo Raquel se bebe la horchata con una pajita. Le hacen gracia los hoyuelos que se le forman en las mejillas. Le gusta verla fuera del trabajo, sin la gorra ridícula que oculta su media melena, con la camiseta de tirantes, mostrando una sonrisa más atenuada, más natural.

—¿Qué pasa? —pregunta ella riendo al sentirse observada con tanta atención.

—Nada, es sólo que me gusta mirarte. —Raquel sonríe ahora con los ojos—. ¿Cómo lo haces para sonreír siempre?

I’m so happy because today I’ve found my friends, they’re in my headI’m so ugly, but that’s okay, because so are you

—Esa la conozco: Lithium, de Nirvana. ¿Tienes una canción para todo?

Raquel se toca los pendientes de la oreja derecha; en la izquierda sólo lleva uno, un aro con el símbolo de la paz.

—Durante un tiempo fui la cantante de un grupo de rock.

—¿En serio? ¿Y qué pasó?

Raquel niega con la cabeza y los ojos dejan de sonreír.

—Cosas… Hace mucho de eso. ¿Y tú? Cuéntame algo sobre ti, aparte de que devoras libros.

Luis se incorpora en la silla, apoya los brazos en la mesa y, pensativo, hace girar entre sus manos la botella de cerveza vacía.

—Menos mal que puedo vivir la vida de los habitantes de sus páginas. —Se detiene, levanta la cabeza y mira a Raquel—. En la mía no hay nada que valga la pena.

Ella ve la desolación tras la mueca que no llega a ser sonrisa.

(Continuará)

Burbujas


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Imagen por Jamie Street en Unsplash (CC0).

 

Incesante gorgoteo en la herida del alma,

flotando sobre la marea de la vida…

Y allá, desde esa lejanía que me eclipsa,

la burbuja, espejismo de un amor.

El amor escrito sobre este cielo que piso

y que maldigo en tu ausencia.

Nado a contracorriente, sin tu aliento a mi favor.

Y en esta burbuja, pensamiento liviano,

me ahogo, me contraigo y me elevo

hasta donde salpique la esperanza

y pueda evitar este destierro.

Paisaje sin color, tesoro escondido

anclado en el más profundo de los mares.

Burbuja de dolor que en el rocío

lloraste en mi jardín y ahogaste

un corazón que ya no es mío.

No voy a olvidar que…


Para mi hermosa Mirosh.

No voy a olvidar que estás impregnada
en mis olores y sabores.
No voy a olvidar que estás en cada flor amarilla
que aplasto en la calle, nuestra calle.
No voy a olvidar que estás en cada atardecer
y en el sonido bravío frente al mar, nuestro mar.
No voy a olvidar que estás en cada minuto
que respiro amor y alegría en mi vida, tu vida…
No voy a olvidar que estás ahí, en ese espacio sigiloso
y esquizofrénico, entre las sábanas y el colchón, en ese mágico,
chocante y delirante espacio que añora constantemente
nuestros combates de piel con piel y pura miel.

No voy a olvidar que estás en mis sensatos destellos de luz
y de rebeldía. Tu loca, exquisita e insolente rebeldía acariciando
e incitando siempre a la mía, nuestra rebeldía.
No voy a olvidar que estás en este espacio vital, gravitante,
acompañándome, consintiéndome, animándome, añorándome
y desde luego requiriéndome y deliciosamente amándome.
No voy a olvidar que estás en mi mente y no sé cómo,
pero atestando delirantemente con amor, pasión, lujuria y ternura,
cada momento de mi vida, de nuestras vidas y nuestro amor.

Océano blanco


Me apoyo en los intestinos de una bestia metálica en busca de mantener el equilibrio, esperando llegar cuerdo a mi destino. Cada mañana me miro en el reflejo de sus ojos, buscando respuestas. Sonrío, pero solo puedo ver claramente mi aspecto de andrajoso circense, un personaje que la única área que domina es hacer malabares con su vida; continúo la rutina y decido permitirme hacer el ridículo artísticamente a causa de necesidad, llevando a conciencia que mi supervivencia en este océano es toda una dificultad.

Aprendí a nadar cómo la mayoría en este planeta, lanzado sin advertencia alguna hacía las profundidades de un agujero con agua de dimensiones desconocidas. Para algunos habrá sido piscina, para otros un charco lodoso o una laguna, y los más audaces cayeron directo a la humedad fresca del mar azul. En mi memoria yace vivo el recuerdo de un río, con la temperatura más baja que haya sentido jamás; justo allí fui marcado por la cruel experiencia del miedo.

Muchas veces puedo sentirlo de nuevo. La garganta contraída, orificios nasales mecánicamente tapados, la vista borrosa y la ansiedad controlando mi cerebro; la sensación terrorífica de estar ahogado, incluso sin estar nadando bajo el agua. Sencillamente viene a mí con la fuerza y escala de una ola de tsunami, y aunque la repetición le ha dado rutina dentro de mi longevidad en esta vida, nunca estoy listo para la marea… solo respiro consciencia sabiendo que siempre viene, siempre golpea.

 

A una persona


Nos conocimos un verano,
hace más de tres años
y uno desde que te has matado.
Era una tarde larga y tenaz, de esas
que convierten en cazador al Mediterráneo.
Apenas eras un familiar lejano. Te sudaba la mano
que me estrechaste y tartamudeabas en el sofá.
Parecías memo, un cateto. Ya ves,
no hay encuentro sin condena.

Un día me dijeron que habías muerto.
No había vuelto a pensar en ti
y fueron necesarias algunas preguntas
para asegurarme
que fueras tú, el finado.
Dijeron que te dejaste morir solo en el campo,
en una casa lejos del mar
y que del cuello te colgaban los zapatos.

No se explican qué pasó por tu cabeza
antes de ponerte la cazadora y despedirte de tu mujer,
conducir veinte kilómetros y aparcar bajo el madroño
para después entrar en la cabaña y encender el televisor.
Por las arrugas que dejaste en el sillón,
tuvo que pasar un rato antes de que hicieras café
—dejaste el vaso a medias en la cocina—
pasaras la cuerda por la viga y te subieras a la banqueta
para que el frío acudiera a tus pies.

Y solo eres real desde entonces, como si la longitud
de tus años anteriores no superase tu cuerpo alargado.
Y pienso ahora en nuestro apretón de manos,
en tu sudor recorriéndolas,
y cómo el vacío era más importante
que el aire que llevabas dentro.

Transiciones