Burbujas


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Imagen por Jamie Street en Unsplash (CC0).

 

Incesante gorgoteo en la herida del alma,

flotando sobre la marea de la vida…

Y allá, desde esa lejanía que me eclipsa,

la burbuja, espejismo de un amor.

El amor escrito sobre este cielo que piso

y que maldigo en tu ausencia.

Nado a contracorriente, sin tu aliento a mi favor.

Y en esta burbuja, pensamiento liviano,

me ahogo, me contraigo y me elevo

hasta donde salpique la esperanza

y pueda evitar este destierro.

Paisaje sin color, tesoro escondido

anclado en el más profundo de los mares.

Burbuja de dolor que en el rocío

lloraste en mi jardín y ahogaste

un corazón que ya no es mío.

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No voy a olvidar que…


Para mi hermosa Mirosh.

No voy a olvidar que estás impregnada
en mis olores y sabores.
No voy a olvidar que estás en cada flor amarilla
que aplasto en la calle, nuestra calle.
No voy a olvidar que estás en cada atardecer
y en el sonido bravío frente al mar, nuestro mar.
No voy a olvidar que estás en cada minuto
que respiro amor y alegría en mi vida, tu vida…
No voy a olvidar que estás ahí, en ese espacio sigiloso
y esquizofrénico, entre las sábanas y el colchón, en ese mágico,
chocante y delirante espacio que añora constantemente
nuestros combates de piel con piel y pura miel.

No voy a olvidar que estás en mis sensatos destellos de luz
y de rebeldía. Tu loca, exquisita e insolente rebeldía acariciando
e incitando siempre a la mía, nuestra rebeldía.
No voy a olvidar que estás en este espacio vital, gravitante,
acompañándome, consintiéndome, animándome, añorándome
y desde luego requiriéndome y deliciosamente amándome.
No voy a olvidar que estás en mi mente y no sé cómo,
pero atestando delirantemente con amor, pasión, lujuria y ternura,
cada momento de mi vida, de nuestras vidas y nuestro amor.

Océano blanco


Me apoyo en los intestinos de una bestia metálica en busca de mantener el equilibrio, esperando llegar cuerdo a mi destino. Cada mañana me miro en el reflejo de sus ojos, buscando respuestas. Sonrío, pero solo puedo ver claramente mi aspecto de andrajoso circense, un personaje que la única área que domina es hacer malabares con su vida; continúo la rutina y decido permitirme hacer el ridículo artísticamente a causa de necesidad, llevando a conciencia que mi supervivencia en este océano es toda una dificultad.

Aprendí a nadar cómo la mayoría en este planeta, lanzado sin advertencia alguna hacía las profundidades de un agujero con agua de dimensiones desconocidas. Para algunos habrá sido piscina, para otros un charco lodoso o una laguna, y los más audaces cayeron directo a la humedad fresca del mar azul. En mi memoria yace vivo el recuerdo de un río, con la temperatura más baja que haya sentido jamás; justo allí fui marcado por la cruel experiencia del miedo.

Muchas veces puedo sentirlo de nuevo. La garganta contraída, orificios nasales mecánicamente tapados, la vista borrosa y la ansiedad controlando mi cerebro; la sensación terrorífica de estar ahogado, incluso sin estar nadando bajo el agua. Sencillamente viene a mí con la fuerza y escala de una ola de tsunami, y aunque la repetición le ha dado rutina dentro de mi longevidad en esta vida, nunca estoy listo para la marea… solo respiro consciencia sabiendo que siempre viene, siempre golpea.

 

A una persona


Nos conocimos un verano,
hace más de tres años
y uno desde que te has matado.
Era una tarde larga y tenaz, de esas
que convierten en cazador al Mediterráneo.
Apenas eras un familiar lejano. Te sudaba la mano
que me estrechaste y tartamudeabas en el sofá.
Parecías memo, un cateto. Ya ves,
no hay encuentro sin condena.

Un día me dijeron que habías muerto.
No había vuelto a pensar en ti
y fueron necesarias algunas preguntas
para asegurarme
que fueras tú, el finado.
Dijeron que te dejaste morir solo en el campo,
en una casa lejos del mar
y que del cuello te colgaban los zapatos.

No se explican qué pasó por tu cabeza
antes de ponerte la cazadora y despedirte de tu mujer,
conducir veinte kilómetros y aparcar bajo el madroño
para después entrar en la cabaña y encender el televisor.
Por las arrugas que dejaste en el sillón,
tuvo que pasar un rato antes de que hicieras café
—dejaste el vaso a medias en la cocina—
pasaras la cuerda por la viga y te subieras a la banqueta
para que el frío acudiera a tus pies.

Y solo eres real desde entonces, como si la longitud
de tus años anteriores no superase tu cuerpo alargado.
Y pienso ahora en nuestro apretón de manos,
en tu sudor recorriéndolas,
y cómo el vacío era más importante
que el aire que llevabas dentro.

Transiciones


Raíces


Azul —Cielo y mar—


Cielo y Mar

Atardecer en el puerto del buceo (Montevideo).