Azul —Cielo y mar—


Cielo y Mar

Atardecer en el puerto del buceo (Montevideo).

 

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Azul soledad


Vista al mar


Imarangatú

Aguas en calma,
nombre guaranítico,
paz en mi tierra.


El parador y restaurante I’marangatú (topónimo en guaraní que significa «aguas tranquilas») sobre la Playa Mansa de Punta del Este, Uruguay.

El Bicho Conhambre


La primera vez que escuché al Bicho Conhambre sucedió hace poco más de dos años. Fue un fin de semana en que la rutina me tenía atormentado. Esa mañana de sábado cogí mi motocicleta y me dirigí hacía el mar.

La playa de mi tierra no tiene nada de caribeña, sino todo lo contrario: arena gruesa y negra, olas temperamentales y mucha lluvia o mucho sol, sin términos medios. Lo mejor de ella es su gente y sus cantinas, en especial la de Doña Nervios.

La cantina «Doña Nervios», antigua guarida mía y de mis colegas en tiempos universitarios, es clandestina. Como referencia a su giro comercial, solamente tiene un pequeño letrero mal escrito, en un pedazo de madera que dice: «Buen Hambiente y Cerbesas frias». Una pared de ladrillo sin repellar, láminas metálicas en el techo y una puerta roja que da acceso a un pasillo, que llega a un patio, donde está una palapa. Bajo la palapa, los borrachos, la cerbesa y el hambiente hacen que la cantina de Doña Nervios parezca más una fiesta que un tugurio.

Si has escuchado la frase trillada «lo importante no es el destino, sino el camino», comprenderás la importancia de esta cantina para mí. «Doña Nervios» fue el medio para que yo escuchara las palabras de Bicho Conhambre.

Bicho ConHambre, de nombre Luis, por todos llamado Wicho, y apodado por un turista perdido gringo (porque solo los perdidos, los valientes y los lugareños entrarían a una cantina así) como «Bicho Conhambre». Al parecer, el nuevo apodo fue producto de una mala comunicación, una peor traducción y una pésima interpretación.

Bicho Conhambre, quien se la vivía borracho todo el tiempo, era un poeta nato. Le brotaba la poesía. La creaba con mucha naturalidad, como si las palabras se ordenaran automáticamente antes de salir a deslumbrar a los curiosos. Su cadencia hacía que, quienes le prestábamos verdadera atención, nos olvidáramos de que la cantina era un tugurio para beber, y no para oír poesía y guardar silencio.

Bicho Conhambre era posiblemente el mejor poeta de su época, pero esa cualidad solamente la tenía cuando estaba ebrio. Y no simplemente ebrio, sino cuando estaba a una copa de quedar noqueado. Bicho Conhambre sembraba belleza con sus palabras, para después dormir alcoholizado y no recordar nunca jamás nada.

Yo comencé a ir más seguido a la cantina de Doña Nervios. Bebía poco, pero gastaba mucho. Principalmente, mi inversión consistía en emborrachar a Bicho Conhambre para poder escucharlo recitar. Sus palabras eran mi escape. Y lo siguen siendo.

De entre todo lo que ha dicho, guardo con recelo en mi corazón un pequeño poema de cinco líneas, que él dijo un día sobre la última ola del día y la primera de la noche.

Todos somos en algún momento la última ola de alguien, o la primera; pero las palabras que esa tarde dijo Luis, Wicho, Bicho Conhambre, son para siempre solamente mías.

Yo lo considero mi amigo, y le estimo mucho, pero solo cuando él está ebrio.

Mar en silencio


«Little wave photo», por Mourad Saadi (CC0).

 

Me elevo sobre la marea

y llora la nube que vierte la nostalgia

envuelta en un tiempo

sin tregua y sin color.

Lluéveme.

 

Traspaso un horizonte infinito,

bañado de sueños,

o me arrastro hasta la orilla de esta playa

sedienta de sol, vestida de silencio.

El agua.

 

Brisa que murmuras la desdicha

y revuelves este mar que me empuja,

azaroso, escogiendo mi suerte.

¿La vida? ¿La deriva?

Soy la ola.

Frascos


«Mar azul», por Crissanta.

 

Azul y frío,
así es ese recuerdo:
un mar delicado
surcado por hielo

que no responde al grito
o a los ruegos
bello y mudo,
atesorado.

Junto con el resto,
lo guardo en un frasco
de vidrio templado,
de cristales de llanto.

He coleccionado
cada triunfo sobre el daño.
He ordenado
el caos en frascos:

Allí está ella,
la que apenas despierta,
que se retuerce en miedo
y en alerta.

Está la que miraba a la ventana…
y sus trazos en escarlata.

Está la huida desastrosa.

El levantamiento de falsos,
el juicio y el fallo,
la cruel sentencia.

El vestido blanco.

Están, en los frascos,
gritos acallados
de terror paralizado
y el silencio forzado.

Los llené de lágrimas
y revelaciones,
de temblores
incontrolados.

Grité en su boca
maldiciones,
aullidos animales,
murmullos indescifrables,
lamentos de tristeza
y arranques de demencia

durante muchos años.

Y los frascos se llenaron.
Y las memorias se curaron.

Yo guardo los recuerdos
como triunfos
sobre el caos.

 

«Frasco», por Crissanta.

En el ciclo de una ola


espuma

 Foto: Merche García

Llegan
las olas a la orilla

Moja
el agua los dedos

Se estremece
del frío el cuerpo

Cierra
los ojos hacia el sol

Inspira
del mar el olor.

Y sonríe.

Llegan
las olas a la orilla

Moja
el agua los dedos

Se estremece
del frío el cuerpo

Cierra
los ojos hacia el sol

Inspira
del mar el olor.

Y sonríe.

 

Y sonríe.

 

Y sonríe.


Merche |  La ilusión de todos los días