La cooperante (X)


La entrega anterior la puedes leer aquí.

El Conseguidor estaba a punto de perder los estribos. La tentación de volarle los sesos al gusano español era cada vez mayor. No soportaba aquella mueca que pretendía aparentar una sonrisa socarrona. Ni siquiera las palizas que recibía periódicamente se la habían borrado. El muy cabrón sabía que no acabaría con él hasta conseguir los códigos del maldito Ruipérez, pero estaban llegando al punto en el que los cien millones le importarían menos que quitarse de en medio aquella cara repugnante.

La vibración del móvil le hizo aparcar la rabia por un segundo. Muy pocas personas tenían su número personal, así que debía ser algo importante. La llamada provenía de un número desconocido. Estuvo a punto de ignorarla, pero le pudo la curiosidad.

Aló?

—Hagamos un trato.

—¿Cómo dice? ¿Quién es y cómo se atreve a…?

—Mira, Al Capone, estoy muy cansado, no imaginas cuánto. Quiero acabar con este asunto de una puñetera vez y retirarme a alguna isla desierta a no hacer nada durante el resto de mis días. Así que escucha.

El Conseguidor estaba rojo de ira. Aquel tipo que se había convertido en un dolor de cabeza insoportable, que se había atrevido a interferir en sus planes, atacando a sus hombres y robándole la joven, ahora pretendía chantajearlo.

—No sé quién te crees que eres, pero te puedo garantizar que estás acabado.

—Sí, sí, lo que tú digas. Escúchame bien, porque no lo voy a repetir: tengo los códigos que buscas. —Al Conseguidor se le escapó un bufido de rabia—. Si quieres el dinero, me vas a tener que entregar al ministro para que sea juzgado en España. Sólo entonces te transferiré sesenta millones y desapareceré del mapa para siempre.

—¿Sesenta?

—No pretenderás que me vaya con las manos vacías después de haber sobrevivido a los intentos de asesinato de esos aficionados que trabajan para ti… perdón, quería decir, trabajaban… —Al traficante se lo comían los demonios. Quería descuartizar a aquel tipo arrogante—, y de lo mucho que he tenido que investigar para localizar a Ruipérez.

—En estos momentos lo que más desearía en el mundo es tenerte aquí delante para matarte con mis propias manos…

—Lo siento, Al Capone, eso no va a ocurrir, así que decídete. La oferta habrá caducado en cuanto cuelgue.

—¿Y qué garantía tengo de que me ingresarás el dinero? La verdad es que casi me tienta más acabar de una vez con el ministro y luego ir a por ti.

—Como quieras. Si te hago esta oferta es porque me apetece mucho ver a ese cabrón entre rejas, pero si lo prefieres me quedaré los cien millones y en un rato tendrás ahí a toda la gendarmería del país.

El traficante estalló en carcajadas.

—Disculpa, pero es que tus amenazas son muy graciosas…

—De acuerdo. Suerte, Al Capone. La vas a necesitar.

—¡Un momento! No cuelgues.

La sonrisa de Robredo era la viva imagen del triunfo.

……………………………………………

Luis volvía a sentirse periodista. Aquella sensación de excitación permanente, con los nervios pellizcándole el estómago y todas aquellas ideas pugnando por salir a la vez de un cerebro que no dejaba de latir; y a la vez la impresión de estar viviéndolo todo desde fuera, como si asistiera a la proyección de una de aquellas películas que ya no se hacían, ‘Primera plana’ o ‘Todos los hombres del presidente’, lo reconciliaban con la profesión. Estaba disfrutando llevando a cabo la estrategia que iba a acabar con todo un gobierno corrupto y criminal. Caminar por el filo de la navaja y salir victorioso lo animaba a subir en cada nueva acción el grado de audacia.

Había vuelto a fumar y sobre el mármol de la cocina se disputaban el espacio botellas vacías de Jack Daniel’s con tazas vacías de café. Apenas dormía tres horas diarias, llevaba una semana comiendo pizza recalentada y por todas partes aparecían papeles garabateados y cuadernos repletos de apuntes.

Sin embargo, se sentía más vivo que nunca.

“Verá usté, lo que aparece en ese vídeo es todo mentira, salvo alguna cosa”.

Luis estaba editando la próxima cápsula sonora que haría circular por la red, cuando sonó el teléfono que, tal y como le había pedido “Garganta Profunda”, había adquirido en uno de aquellos bazares de barrio que afloraban como años ha lo hacían las oficinas inmobiliarias.

Después de hacerse con él se quedó esperando una llamada que, obviamente, nunca llegaría. ¿Cómo iba a saber el anónimo a qué número llamar, por muy buen espía que fuera? Entonces puso en marcha la maquinaria de su ingenio, hasta caer en la cuenta que de todos los archivos que contenía el pen drive que le había llegado en el sobre, sólo uno estaba nombrado con una serie numérica.

Aquella primera llamada no la respondió nadie, pero a los cinco minutos recibió otra de un número oculto. Era él. Y ahora también.

—Enhorabuena, señor Palacios. Tiene usted revolucionado el gallinero. —La voz, aunque distorsionada, dejaba entrever cierto tono triunfal—. Como recompensa a su excelente trabajo, le tengo preparada una nueva bomba informativa. Le acabo de enviar un mensaje de texto con unas coordenadas. Al juez le encantará descubrir a dónde conducen.

—¿Y qué…?

Pero Robredo ya había colgado, y otra vez lo había dejado con las ganas de hacerle mil preguntas.

Diez minutos después sonaba el telefonillo del portal.

—¿Sí?

—UPS. Traigo un sobre para Luis Palacios.

—Suba.

Dos minutos después firmaba el justificante de entrega y recibía a cambio uno de aquellos sobres de plástico que hay que destripar para acceder a su contenido. Buscó el remitente… “Deep Throat”. Sonrió.

Treinta segundos después, sentado en el sofá, entre papeles y migas de pizza, la sonrisa se transformaría en la mayor cara de asombro de la historia de la humanidad y, a continuación, en una incontrolable risa nerviosa.

La culpa la tenía un pequeño papel rectangular adornado con el sello del National Bank of the Caiman Islands en el que alguien había escrito la cantidad de 1.000.000€ junto a “Luis Palacios Giner”. Lo acompañaba una escueta nota en la que se leía: “Por las molestias”.

Cuando la sangre volvió a circular por su cerebro, lo primero en que pensó fue: “A la mierda el puto periódico y su maldito director lameculos”. Inmediatamente, empezó a pensar en nombres para el diario digital con el que pensaba revolucionar la triste escena periodística del país, aunque tuvo que interrumpir el brainstorming al tomar conciencia de la pregunta que pugnaba por salir a la luz: “¿Dónde coño voy a cobrar el talón?”

Continuará…

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La cooperante (IX)


Si quieres, aquí puedes leer la octava entrega de la serie.

El edificio del Tribunal Supremo y todo el entorno estaba tomado por la policía. La Delegación del Gobierno había prohibido todas las manifestaciones y concentraciones de protesta convocadas para aquel día que, sin duda, pasaría a la historia. Sin embargo, y pese al grueso cordón policial, miles de personas se agolpaban esperando ver aparecer al imputado. Una espera inútil, pues el presidente acudiría en su coche oficial, con las ventanas tintadas, y entraría al edificio por la rampa del parking. Una vez en el interior de la sala, nada de lo que allí sucediera trascendería al exterior, ya que el juez instructor había decretado el secreto de sumario y había prohibido el acceso a los medios de comunicación.

Los mejores periodistas de investigación (no quedaban muchos) del país llevaban días exprimiendo a sus contactos, y recibiendo la presión constante de sus jefes, para hacerse con cualquier filtración. Hasta pasadas unas horas no se sabría si alguno había obtenido resultados.

Unidades móviles de televisión, platós improvisados y otros montados haciendo exhibición de recursos, estudios de radio al aire libre, cientos de cámaras y micros salpicados con los logos de todas las emisoras de radio y televisión imaginables, peleaban por un espacio en primera línea.

Pero aquél no era el acontecimiento del siglo sólo para la prensa, sino también para todo tipo de oportunistas que no pensaban dejar escapar la ocasión de hacer negocio. Puestos ambulantes de comida rápida, lateros, y puntos de venta improvisados de todo tipo de merchandising se desperdigaban entre la masa humana. La cara de Mariano, «cazado» en alguna de sus numerosas ridículas gesticulaciones faciales, adornaba banderines, pegatinas, llaveros, tazas, camisetas, gorras, pines… Uno de los artículos estrella eran las caretas, algunas realmente sofisticadas. Ya eran cientos los presidentes de imitación con expresión de asombro infiltrados entre la gente, con la intención de increpar al Mariano real.

En el interior del edificio, el juez instructor se debatía entre el orgullo por tener en sus manos el caso más importante de las últimas décadas y el temor por cómo se desarrollaría. Se lo habían adjudicado porque era un viejo amigo del presidente, simpatizante del partido y un ejemplo inequívoco de orden y preservación del sistema. Ciertamente, detestaba las agitaciones sociales y las voces que reclamaban cambios, pero tratar de minimizar aquel escándalo iba a requerir una operación maestra de ingeniería judicial. Rezaba por que no aparecieran más vídeos…

El fiscal general del Estado había pensado en dimitir. No le apetecía en absoluto comerse el marrón de tener que acusar al presidente, pero nadie lo quería, con lo que, de forma «sutil», le habían «recomendado» que cumpliera con su papel sin mostrarse demasiado entusiasta. Así que allí estaba, sentado, comiéndose las uñas mientras esperaba su llegada. Le quedaba el consuelo de comprobar que al juez la situación le pesaba tanto como a él.

Y entonces apareció el imputado. No daba la impresión de estar muy afectado. Caminaba de forma despreocupada, parándose a saludar a quienes le esperaban en la sala. Eran pocos, todos de confianza, pues había que evitar el riesgo de filtraciones a la prensa.

Justo en el momento en que el presidente tomaba asiento, un empleado de limpieza salía de la sala después de haber recogido el zumo que había derramado una de las abogadas. Nadie reparó en el micrófono diminuto que había colocado bajo el banco. Lo había recibido un par de días antes en un paquete anónimo, junto a otro interesante vídeo. Se estaba acostumbrando a ser el destinatario de aquella correspondencia tan valiosa.

—Buenos días. Vamos a dar inicio a esta audiencia preliminar, en la que tomaré declaración al imputado, el señor Mariano…

—Disculpa, Fernando.

—¿Cómo dice?

—Va, Fernandiño, no te pongas tan solemne, que nos conocemos desde que íbamos en pantalón corto.

La sala se llenó de risitas, apenas disimuladas. Al juez aquella insolencia, por mucho que fuera el presidente, le sentó como una patada en los huevos. Que le faltaran al respeto lo ponía enfermo.

—Le recuerdo al señor IM-PU-TA-DO —puso especial esmero en dejar claro que el cargo político le impresionaba poco en aquel momento. En aquella sala él era la máxima autoridad— que se encuentra en sede judicial y se debe a unas normas de comportamiento muy claras. Así que le ruego que no vuelva a interrumpirme o…

—Sí, sí, de acuerdo, pero lo que yo quiero saber es si acabaremos a tiempo para ir a ver al Madrid, que hoy hay Champions.

……………………………………………

El ministro del Interior llevaba toda la mañana destruyendo documentos comprometedores. No había recibido buenas noticias del equipo de inteligencia desplazado a Francia, así que después de tres días de búsqueda infructuosa, y teniendo en cuenta el desastre que el presidente estaba provocando con su interminable declaración en el Tribunal Supremo, había llegado el momento de poner tierra de por medio.

Todo parecía pan comido con la selección del juez, amigo del partido, pero ni siquiera la intervención del ministro de Justicia había podido aplacar el beligerante cambio de actitud del magistrado. Nada más iniciarse la vista se había puesto hecho una furia, y ahora estaba siendo implacable.

La situación se les había escapado de las manos y, desde luego, las filtraciones a la prensa no ayudaban en absoluto. El inútil de Mariano se había convertido, una vez más, en estrella mediática con la ocurrencia de la Champions… Después de cada sesión aparecían nuevas grabaciones, y lo peor de todo es que al juez parecía gustarle el haberse convertido en una especie de héroe de la chusma, aquellos muertos de hambre que se concentraban en número creciente ante el tribunal. Incluso habían iniciado una acampada, al estilo de los perroflautas del 15M. Le pedían que mandara a los antidisturbios, pero bastante tenía él ya con preparar su huida, antes de que la investigación lo salpicara también.

Se había cuidado mucho de participar en reuniones como las que mostraban los vídeos que colapsaban las redes sociales, pero el maldito agente Bond, porque sin duda la fuente era él, los tenía bien cogidos por los huevos y tarde o temprano su nombre aparecería también.

El ministro introdujo la mano en el bolsillo interior de la americana y respiró aliviado al comprobar que la estampita de Nuestra Señora María Santísima del Amor seguía en su sitio. Con la otra mano extrajo del bolsillo lateral el rosario que siempre lo acompañaba. Besó la cruz con gran devoción.

—Gracias, Señor, por proteger a este humilde servidor —murmuró, apenas conteniendo la emoción.

La cooperante (VIII)


Nota del autor:
Después de tenerla abandonada durante demasiado tiempo, por fin me he decidido a continuar con la serie ‘La cooperante’, ahora sí, con el objetivo de acabarla. Si no habéis leído las siete entregas anteriores, ésta va a quedar muy descontextualizada, así que os animo a poneros al día. Os dejo el enlace al capítulo anterior, donde encontraréis el resto. Os espera mucha acción, humor, políticos corruptos bastante caricaturizados, traficantes de armas, agentes secretos, periodistas…, y una joven cooperante convertida, de forma involuntaria, en el centro de una trama de locos.

—Mariano, ahí te quedas. Te agradezco todos estos años de comodidad pero lo que aparece en ese vídeo es demasiado fuerte y no estoy dispuesta a que me salpique tu mierda. Ya tendrás noticias de mis abogados.

—Pero… ¿qué te pasa, mi percebiña? —La desesperación se había abierto camino a grandes zancadas en la expresión facial del presidente, que sin su fiel esposa junto a él, por primera vez se veía al borde del abismo—. No hagas caso de habladurías ni burdos montajes… —De repente, tuvo una idea brillante. Sí, eso era, no había duda. Se le iluminó el rostro—. Ese vídeo es obra de los populistas esos, los amigos de Venezuela que…

Pero ella no escuchaba. Se limitaba a negar con la cabeza, con una mueca a caballo entre la lástima y la burla. El presidente no tenía más cartas que jugar.

—Sé fuerte, Mariano.

Bueno, en realidad sí le quedaba una carta…

—¡¡¡Percebiña!!! ¡¡¡No me abandones!!! ¡No me dejes solo…!

Se había tirado al suelo para agarrarse a los tobillos de ella, quien, sin apenas inmutarse, logró deshacerse de la presa y salió del despacho sin mirar atrás.

El presidente se quedó hecho un ovillo sobre el parqué recién pulido, moqueando, preguntándose quién le prepararía ahora aquellas empanadas cuya sola evocación le hacía salivar de placer. Entonces, otro pensamiento inquietante ocupó su pequeño cerebro: “¿Le he dicho ya a mi secretaria que reserve el Parador de Monforte de Lemos?”.

……………………………………………

—Bueno, bueno, bueno… ¿Está usted cómodo, querido ministro? —El Conseguidor pocas veces había experimentado una sensación de placer similar—. ¿Qué tal mi cara? ¿Le parece lo suficientemente pasmada?

El ministro estaba aterrado. Sabía que no iba a salir vivo de allí, pero lo que más pavor le causaba era la perspectiva de una muerte lenta y muy dolorosa. Tenía que probar suerte…

—Sé que mis disculpas no servirán de nada, pero quizás cien millones de dólares puedan zanjar el conflicto…

El Conseguidor explotó en una sonora carcajada, algo muy poco frecuente en una persona que hacía gala de un autocontrol máximo en cualquier situación. El ministro se contagió de tan repentino cambio de humor, que interpretó (erróneamente) como una señal positiva para él.

—Ya contaba con el dinero. Lo tomaré como una compensación por las molestias que los gusanos españoles me habéis causado. —Ya no reía—. Pero eso será después de que pruebe contigo unos juguetitos nuevos que me han regalado.

Sorprendentemente, el ministro no había abandonado la sonrisa.

—¿De qué te ríes, gusano?

—De nada, una tontería de la que acabo de darme cuenta…

—Te recomiendo que no pongas a prueba mi paciencia. Las cosas aún pueden llegar a ser peores para ti.

—Oh, disculpe, no quería parecer insolente… —Un ataque de risa lo hizo doblarse en la silla, a la que estaba atado por las piernas.

—Maldito desgraciado…

—Ay, perdón, es que…, es que… acabo de caer en la cuenta de que… —No podía parar de reír—soy mucho más estúpido de lo que usted cree…

—¿Y eso te hace reír? Me parece que estoy demasiado cansado de idioteces como para alargar esta situación.

—Oh, no, si ya verá cómo también le va a parecer muy divertido.

Al Conseguidor se le habían pasado las ganas de probar los juguetitos y estaba a punto de poner punto y final a la farsa con un disparo certero entre ceja y ceja, pero el ministro aún pudo decir algo más que cambiaría la decisión.

—Verá —y entonces adoptó una expresión retadora, la de quien se sabe sentenciado y se dispone a saborear la cara de desconcierto de su verdugo—: mis claves para disponer del dinero no sirven de nada sin las que posee el señor Ruipérez, que a estas alturas debe haber desaparecido del mapa.

……………………………………………

Laia había sido rescatada por Michel y sus hombres. Rápidamente se escabulleron del lugar donde el grupo de Robredo trataba de mantener a raya a los hombres del Conseguidor. Previsiblemente, se reunirían poco después en un lugar seguro. Pero ya había oscurecido y a la pequeña cabaña, semioculta en el bosque, que hacía las funciones de cuartel general no había llegado nadie más.

Laia estaba muy cansada. Sentía todo el peso del mundo sobre sus hombros. “¿Volveré algún día a ser libre?”, se preguntaba, recordando con nostalgia los días en que paseaba despreocupada por las callejuelas del Raval de Barcelona, mucho antes de que se viera inmersa en la vorágine de secuestros e intentos de asesinato en que se había convertido su vida.

Pardon, mademoiselle. Nous devons aller.

Laia no hablaba francés demasiado bien, pero no hacía falta saber mucho para entender que tocaba volver a ponerse en marcha, pese a que sus piernas se negasen en redondo.

Où est Robredo?

Se empezaba a acostumbrar a perderlo de vista, pero que no hubiera llegado aún y, sobre todo, las caras de sus acompañantes, que revelaban desconcierto, la inquietaban bastante. El Bond español era la única persona que había conseguido que se sintiera relativamente segura.

Nous ne pouvons attendre plus temps ici. Allons, s’il-vous-plaît.

Laia, una vez más, se dejó llevar. Se montó en la parte trasera del jeep y cerró los ojos. Enseguida cayó en brazos de un sueño intranquilo. Iba montada en el coche, que transitaba una pista abierta en el bosque. Los árboles la miraban con expresión de reproche; algunos incluso alargaban sus brazos y le arañaban la cara. “Fuera de aquí… Vete…”, susurraban con inquietantes voces apagadas. Estaba asustada, pero tan cansada que no tenía fuerzas ni para protegerse. Ni siquiera se sentía capaz de quejarse… Y entonces despertó.

Laia se había golpeado con el asiento delantero como consecuencia del frenazo. Un enorme tronco bloqueaba la pista. No habían chocado contra él de milagro, pues Michel, que conducía, se lo había encontrado justo al salir de una curva.

Uno de los hombres bajó para inspeccionar la zona y apenas tuvo tiempo de gritar “C’est une embuscade!”, antes de caer fulminado. Un segundo después Laia se encontró corriendo entre arbustos que, ahora sí, le arañaban de verdad.

—Course! Ne t’arrête pas!

Los gritos de Michel pronto quedaron ahogados por el sonido de los disparos, los aullidos de dolor, las órdenes desesperadas de quienes habían caído en una trampa puesta a traición. Efectivamente, Laia no dejó de correr ni un instante, aunque estuviera convencida de que sus piernas no darían un paso más, de que en cualquier momento caería desfallecida, de que de alguno de aquellos árboles saltaría quien pondría fin a su huida perpetua a ninguna parte.

……………………………………………

—¿Dónde está la chica?

Michel permanecía de rodillas. Tenía una herida en el hombro izquierdo, que trataba de taponar con la mano. Un gesto puramente instintivo. Había sido derrotado y ya sólo esperaba el final. Notaba la cálida presión del cañón de una pistola en la sien.

—Habla de una vez, maldito franchute, que no tengo toda la noche.

El cabecilla del grupo de asalto del CNI estaba satisfecho con la operación. Sólo habían sufrido una baja, pero no podían regresar sin la chica. El objetivo de la misión era acabar con ella, y las órdenes provenían de lo más alto.

—Allez à la merde…

El sonido de aquel último disparo, aunque sonó lejano, acabó por derrumbar la resistencia de Laia. Se dejó caer entre los arbustos y se acurrucó, sin esperanza y dejando que lágrimas silenciosas le recorrieran los surcos con los que el bosque le había marcado la cara.

Continuará…

La cooperante (VII)


Nota del autor:
‘La cooperante’ es un relato que inicié con la intención de que se desarrollara a lo largo de una entrada o dos a lo sumo. Pero a medida que iba escribiendo, la trama se me iba haciendo cada vez más compleja, de manera que llegados a este punto no puedo atisbar el final. Seguiré escribiendo, pues, y aportando con la mayor frecuencia que me sea posible las siguientes entregras. Para los que no hayáis seguido la serie os recomiendo empezar por la primera y continuar con las sucesivas (II, III, IV, V y VI). Os dejo con el séptimo capítulo de ‘La cooperante’. Que lo disfrutéis.

—Buen trabajo, Sorayita. Los has dejado a todos con cara de bobos.
—Pero…
—Ni peros ni gaitas. —Era una de las expresiones favoritas del presidente— Has hecho un gran trabajo y no hay más que hablar… Bueno, sí, tenemos que decidir en qué Parador organizaremos la próxima reunión con la cúpula de la CEOE.

La vicepresidenta portavoz no daba crédito a lo que estaba escuchando. No podía creer que el presidente no hubiera visto lo que acababa de pasar en la sala de prensa, pero estaba claro que no lo había visto. Por encima de cualquier otra consideración se encontraba su lealtad hacia Mariano, pero tras lo ocurrido apenas dos minutos antes, esa lealtad adquiría la categoría de acto de fe… Y ahí estaba él, consultando la guía de Paradores mientras todos los miembros del ejecutivo corrían de aquí para allá como pollos sin cabeza…

……………………………………………

—Y esto es todo lo que tengo que decirles. La próxima comparecencia será…

Un sonoro murmullo, con evidentes gestos de desaprobación, inundó la sala. Sólo los “periodistas” de La Razón y el ABC permanecían impasibles en sus pupitres, aunque esta vez les iba costar lo suyo interpretar los hechos a conveniencia del gobierno.

—¡Pero no puede hablar en serio!
—¿Dónde está el presidente? ¿No piensa dar la cara?
—¡Nos están tomando el pelo!
—¿Y el ministro de Defensa?

Las preguntas se sucedían sin que nadie tuviera la más mínima intención de proporcionar respuestas. Pero cuando la vicepresidenta retiraba la silla dispuesta a abandonar el lugar intentando no perder aquella eterna sonrisa que un asesor tras otro durante los últimos años le habían recomendado adoptar se apagaron todas las luces y se encendió la pantalla de plasma que tenía a su izquierda, la misma por donde tantas veces había aparecido Mariano desde que accediera al trono de la presidencia. Esta vez también apareció él, aunque en una situación muy diferente…

La escena sucedía en el reservado de un local exclusivo, habituado a ser escenario de reuniones de alto nivel y de negocios más o menos legales pero invariablemente muy lucrativos. En el centro de la imagen aparecía una mesa cargada de bebidas y suculentas y caras chucherías, alrededor de la cual se sentaban cuatro personas: el presidente Mariano, su ministro de Defensa, Ruipérez y Cañete, dos empleados de la máxima confianza del ejecutivo.

—A ver, Pedro, cuéntame esas buenas noticias que me habías prometido.
—Todo está saliendo según lo previsto. La operación ha sido un éxito y en breve Ruipérez partirá hacia las Caimán para hacer el ingreso. —El ministro de Defensa se mostraba eufórico, ayudado probablemente por los tres combinados de whisky de los que ya había dado cuenta— Me encantaría ver la cara de pasmado del franchute ese cuando se dé cuenta de que le hemos tomado el pelo a base de bien…
—Disculpe, señor ministro, pero creo que lo más conveniente para todos es que el Conseguidor no llegue a saber nunca los detalles de la operación —puntualizaba Cañete, el experto en relaciones internacionales y estrategia del grupo.
—Lo que tú digas, Cañete, lo que tú digas… —añadía con sorna el ministro antes de soltar una sonora carcajada.
—Pedro, modérate, que nunca se sabe quién puede estar escuchando. —Ni el propio presidente se tomaba en serio sus palabras, pues acto seguido también se ponía a reír, al tiempo que encendía un habano enorme.
—Si les parece, les detallo los próximos movimientos… —se ofrecía un Ruipérez que parecía el menos cómodo de los cuatro.
—Ay, Ruipérez, usted siempre tan serio y tan profesional. —contestaba el ministro, poniendo énfasis en la última palabra, que pronunciaba marcando las sílabas para inmediatamente explotar en otra estruendosa carcajada. Esta vez el presidente no dudaba en acompañar a su ruidoso subordinado.

Cuando volvieron a encenderse las luces la vicepresidenta ya había tenido la precaución de escabullirse sin ser vista. Los periodistas se miraban entre sí, aún sin reaccionar a lo que acaban de presenciar. Uno de ellos, sin embargo, sí había reaccionado rápidamente y ya se dirigía al exterior del Congreso. Nadie repararía en él, pues había tenido el cuidado de que nadie pudiera reconocerlo, vestido como iba de personal de mantenimiento.

……………………………………………

A su llegada a la base de Torrejón de Ardoz los dos altos mandos del ejército ya estaban esperando al ministro de Defensa, pero en vez de llevarlo al jet en el que esperaba huir, lo acompañaron a un vehículo militar.

—¿Qué sucede? Creía que…
—Es por su seguridad. No se preocupe. Lo llevamos a un aeródromo más discreto.

Al ministro no acababa de convencerle la explicación, pero no opuso resistencia y se montó en el jeep que conduciría un soldado raso.

El trayecto transcurría en silencio hasta que una media hora después de iniciado el sargento Herrera pronunció un escueto “es ahí”. El jeep se desvió a la derecha, por un camino de tierra que, pasados unos 300 metros, desembocaba en un pequeño aeródromo escondido del que el ministro desconocía su existencia.

—¿Dónde coño me habéis traído? —El ministro a duras penas disimulaba su creciente inquietud.
—Acompáñenos. Su vuelo le espera.

Escoltado por los sargentos Herrera y Pérez, el ministro de Defensa accedió al aeródromo, si es que se le podía llamar así, pues apenas constaba de una única pista sin asfaltar y una carpa que tenía toda la pinta de ser desmontable.

—¿Este sitio es legal?
—No creo que eso tenga demasiada importancia ahora, ¿verdad, señor? —respondió el sargento Pérez en el momento en que el jet privado abría la puerta y se desplegaba la escalinata de acceso.
—Aquí acaba nuestro servicio, señor. Esperamos que tenga un buen viaje. —Herrera mostraba una enigmática sonrisa al pronunciar la despedida.

Justo al entrar en el avión el ministro vio cómo dos “gorilas” se echaban encima de él y lo inmovilizaban sin miramientos.

—¿Pero por qué…?
—Tenemos familias que mantener, así que no estamos para rechazar buenas ofertas…
—Cuánta razón tienes, Herrera. Con los recortes ya ni siquiera nos llega para planear un crucero decente en vacaciones…

El ministro no pudo acabar de oír la conversación de los traidores. El contenido de la jeringuilla que acababan de inyectarle en el cuello hizo su efecto casi de forma instantánea y quedó inconsciente de inmediato.

……………………………………………

La acción debía resolverse rápido y sin titubeos. Los hombres del Conseguidor no eran principiantes precisamente, así que reaccionarían de inmediato ante cualquier imprevisto. Laia iba en el segundo coche. Tendrían que lograr separarlos antes de intervenir. Los hombres de Michel se adelantaron hasta el cruce más próximo, a donde había muchas posibilidades de que se dirigiera la comitiva. El agente Robredo, reforzado con tres hombres, los seguiría a una distancia prudencial, a punto para intervenir en cuanto el vehículo objetivo se detuviera. Michel y dos hombres más se mantendrían a la expectativa, atentos a las incidencias y dispuestos a entrar en acción.

Efectivamente, los hombres del Conseguidor no tardaron en llegar al cruce. Moderaron la velocidad y, justo cuando el primer coche cruzaba, un aparatoso camión invadió la calzada provocando el frenazo del que llevaba a la cooperante. Durante unos segundos los tres vehículos permanecieron inmóviles, hasta que el camión comenzó a maniobrar para incorporarse al mismo carril que ellos. Aunque el primer mandamiento en situaciones como aquella era impedir que otro vehículo se interpusiera entre ellos, el cabecilla del segundo coche estimó que no había peligro y permitió que el camión acabara de maniobrar para reemprender la marcha. Así se lo comunicó a su colega del primer coche: “Puedes avanzar; enseguida lo adelanto”.

Nada más cortar la comunicación una explosión de respetable potencia abrió la puerta del conductor, a quien la detonación dejó inconsciente. Pese a la sorpresa, los otros tres esbirros del Conseguidor tomaron posiciones de inmediato, de forma que el ataque del comando que encabezaba Robredo no les pilló totalmente por sorpresa. Uno de los hombres del agente recibió un disparo en el brazo derecho al tiempo que su autor caía fulminado gracias a la puntería del español. Los otros dos mercenarios se atrincheraron en el interior del vehículo, conscientes de que los atacantes no se arriesgarían a perder a la que sin duda era el objeto de la acción. Laia se había acurrucado en el asiento trasero, protegiéndose la cabeza con las manos esposadas.

Poco tardaron en aparecer cuatro de los cinco hombres del primer vehículo, cosa que obligó al equipo de Robredo a centrar su atención en ellos, procurando mantener a salvo el pellejo. Durante los siguientes minutos hubo un tiroteo sin que se registraran daños personales. El momento fue aprovechado por la célula de Michel para llevar a cabo un nuevo ataque al coche que transportaba a Laia, éste sí, totalmente imprevisto. El detector de calor permitió a Michel determinar el espacio que ocupaba cada uno de los pasajeros del vehículo, cosa que facilitó enormemente la liberación de la joven. El francés disponía de un “juguetito” a prueba de cristales blindados, gracias al cual dos certeros balazos en la cabeza dejaron definitivamente fuera de combate a los captores.

Mademoiselle, je suis Michel. Venez avec moi, s’il vous plait.

Continuará…

La cooperante (VI)


Nota del autor:
‘La cooperante’ es un relato que inicié con la idea de que sería breve: una entrada o dos a lo sumo. Pero a medida que iba escribiendo la trama se me iba haciendo cada vez más compleja, de manera que llegados a este punto no puedo atisbar el final. Seguiré escribiendo, pues, y aportando con la mayor frecuencia que me sea posible las siguientes entregras. Para los que no hayáis seguido la serie os recomiendo empezar por la primera y continuar con las sucesivas (II, III, IV y V). Os dejo con el sexto capítulo de ‘La cooperante’. Que lo disfrutéis.

Aquella noche el presidente había decidido apagar el móvil. Quería tener la seguridad de que dormiría al menos ocho horas del tirón. Cuando se despertó y lo encendió, pasadas las 8.30, tenía 157 llamadas perdidas y 234 sms por leer. Todos sus ministros (menos el de Defensa) y los altos cargos que tenían acceso al grupo de whatsapp del ejecutivo lo habían bombardeado a mensajes, y 548 nuevos e-mails esperaban respuesta… “¿Pero es que ha llegado el fin del mundo?”

No había empezado a pensar aún por dónde comenzar (sólo la idea le provocaba un intenso dolor de cabeza) cuando irrumpió en la habitación su mujer con aspecto de haber corroborado que, efectivamente, el fin del mundo era inevitable…

—¡¡¡Mariano!!! ¡¿Se puede saber qué coño haces aquí todavía?!

Lo único que se le ocurrió responder fue la verdad, cosa no muy habitual en él, dicho sea de paso:

—Me he dormido…

Su esposa le plantó en los morros un iPad en el que estaba en curso la reproducción de un vídeo de Youtube que en las escasas dos horas que llevaba colgado acumulaba la nada despreciable cantidad de 1,5 millones de visitas. Un vídeo que dejaba en una ridícula nimiedad aquél de los hilillos de plastilina o el de la niña de “los chuches”.

—Quiero hablar con el señor Youtube.

No pudo evitarlo. Sabía que su marido nunca había sido brillante, pero su capacidad para resistir, para no verse afectado por nada ni nadie, era muy loable. Ella lo apreciaba por ello. No en vano le había proporcionado una vida muy cómoda. Pero acababa de ver un vídeo en el que su ministro de Defensa lo mencionaba como líder de una operación que, entre otras tonterías, incluía el secuestro de una ciudadana española, el intento de asesinato de esa misma ciudadana, tráfico de armas y el desfalco de cien millones de dólares, y lo único que se le ocurría era aquella subnormalidad… Así que no pudo evitar estamparle el iPad en la cabeza. Ya pediría a su secretaria que le proporcionaran uno nuevo.

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El ministro Defensa, bueno, aunque no oficialmente, podía considerarse ya como ex ministro… la verdad es que le importaba más bien poco. Su mayor preocupación en aquel momento era conseguir salir del país sin ser reconocido. El hecho de que aquel maldito vídeo hubiese sido grabado de forma ilegal, mediante una cámara oculta, ya no tenía la menor trascendencia. No iba a perder tiempo y energías en defender su “inocencia”. Estaban todos de mierda hasta el cuello, él el que más, así que nada más ver el vídeo sacó de la caja fuerte los códigos de la cuenta del banco de las Caimán y 15.000 euros en efectivo, y salió por piernas hacia la base de Torrejón de Ardoz. Había un par de altos cargos del ejército que le debían algunos favorcillos y era el momento de cobrárselos. Sin duda que todos lo responsabilizarían de la operación a él en exclusiva y tratarían de atraparlo, pero no pensaba ponerlo nada fácil. Además, seguro que había más vídeos comprometedores para otros miembros del gobierno… De buena gana estrangularía al desgraciado de Ruipérez con sus propias manos.

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Que quisieran eliminar a la joven no le importaba lo más mínimo, salvo por el hecho de que le habían hecho desperdiciar recursos y tiempo en atraparla… Lo fundamental de la operación ya lo conocía. No iba a olvidar jamás que hubieran pretendido tomarle el pelo de aquella forma tan burda. Pero ver a aquella cucaracha jactándose de ello lo hizo enfurecer hasta límites que no creía posibles. Al ver a aquel gusano reírse a carcajadas a su costa el portátil voló por los aires y se hizo añicos contra la pared. A continuación, pulsó una tecla en el móvil y esperó la respuesta de su hombre de máxima confianza:

—Acelerad la operación. Los quiero muertos a todos… Espera, no. A esa lombriz podrida del ministro de Defensa me la traéis viva. Quiero encargarme personalmente de él.

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Negarlo todo. La instrucción era clara. De hecho, era la única indicación que había conseguido arrancarle al presidente.

—Es todo mentira. Un montaje. Así que tú lo niegas todo. Si preguntan por mí, estoy reunido… No, mejor: lees el comunicado y no admitimos preguntas. Así ganamos tiemp
—Pero…
—Ni peros ni gaitas. Estoy reunido y es todo mentira. No hay nada más que hablar.
—Lo que tú digas, presidente.

Sorayita (así la llamaban los amigos) estaba acostumbrada a torear a los periodistas, pero en aquella ocasión iba a tener que emplearse a fondo para contener su indignación cuando supieran que no iban a poder preguntar nada. Entró en la sala de prensa con la mejor de sus sonrisas, luciendo un esplendoroso nuevo peinado, y tomó asiento. Una vez más el marrón se lo comía ella, pero era lo que tocaba. Comerse los marrones del gobierno iba con el cargo de vicepresidenta portavoz. Era un punto intermedio necesario en el camino hacia el puesto que realmente merecía… ¿Y si Mariano realmente había dado un paso en falso?

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Robredo no era el mejor agente secreto español por casualidad. Una sólida carrera de éxitos avalaba su trayectoria intachable. Conocía todos los trucos de la profesión y, en caso de existir una clasificación mundial de los espías más precavidos, sin duda que estaría entre los tres primeros, junto al surcoreano Sun-Ho y al israelí Burstein. Los yanquis tenían mucha fama, pero a la hora de la verdad en general eran unos fanfarrones. Teniendo en cuenta los precedentes no sorprende que hubiera sido capaz de llegar al palacio del Conseguidor sin más dificultad que la de soportar el dolor de las magulladuras y arañazos. La herida de la cabeza le molestaba especialmente. Sin duda, colocar un radiotransmisor en la planta del pie de la joven había sido una buena idea. Llevaba dos más: uno en el bolsillo del pantalón y el otro enganchado en la parte interior del lóbulo de la oreja izquierda. Ésos los habrían localizado fácilmente y destruido. Pero no habían buscado con la profesionalidad necesaria, pues el de la planta del pie continuaba emitiendo señales.

Lo difícil llegaba ahora… ¿Cómo entrar en aquella fortaleza sin ser descubierto? Ni aun contando con la ayuda de Michel (que por fin había dado señales de vida) y su equipo tenía garantías de éxito. Sin embargo, no tuvieron que esperar mucho para obtener una respuesta: no haría falta que entraran.

Dos coches completamente negros salieron del recinto del palacio. La señal del radiotransmisor no dejaba lugar a dudas: Laia iba en uno de ellos.

Continuará…