Memoria del desviste II


Carta I

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.

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Los libros que se escriben con las orejas


africa Ella alzaba la mirada con una mueca dibujada en el rostro, que hacía pensar a los más pequeños que en algún lugar del viento estaban escritas las frases de sus historias. Eso o que las parvadas de aves le cantaban lo que debía decir.

Pero no. Aquella era su manera de recordar. Recordar lo que también le había contado su madre, y lo que había contado la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre. Así, caminando voces llegaron esas historias hasta ella.

Como en todas las aldeas —la suya no era la excepción—, las historias eran escritas con las orejas. Hasta entonces, la comunidad se había ido construyendo mediante las voces entretejidas, hilando las almas a través de los ancestros o mejor dicho, a través de lo que estos contaron. De la palabra escrita ya se ocuparían los otros.

Nadie sabía por qué ninguna de las gentes del pueblo había tomado la iniciativa hasta entonces de plasmar por escrito la infinidad narraciones que cada tarde pasaban a formar parte de un nuevo libro, que sería traducido por las infinitas lenguas de la imaginación infantil.

Dependiendo de su humor y del ánimo de los pequeños, ella daba un giro u otro al desenlace del cuento, de manera que ellos decidían el final más propicio a su circunstancia. Ese momento era el mejor para ella, pues disfrutaba con los finales impredecibles, que le ayudaban a recontar la historia con un giro diferente al día siguiente. A veces continuaba con la misma narración durante días, pues los pequeños le pedían alargar el desenlace, un poco más.

Foto: Pixabay (CC0).

Mi leyenda dorada


Anáfora


Escriben los que no se fían de la memoria

para hacer más eternas sus huellas

escribe quien atesora impresiones

para encadenarlas con la tinta indeleble

escribe la que amasa sueños y escupe verdades

escribe ella y él

escriben los abuelos y los niños

escriben en los espejos de las mentes saturadas

en el vacío universal del papel

en el árbol y en el muro

escriben en la arena y en el aire

los que no quieren perderse en el olvido.

 

Mayté

La piedra de la memoria


“¿Qué será de mí

cuando ya no tenga

mis recuerdos?”

Cleopatra, la alquimista

 

I

Me lo pregunto y me lo vuelvo a preguntar.

Me asusta olvidar la pregunta.

Me inquieta, ¿qué será de mí?

 

Voy a aprender.

Escalaré la pendiente

cuya cima es mi propio ser.

 

Cuando aprenda, volveré para crear

una piedra, una copia de mi esencia.

Un objeto viviente con quien recordar.

 

II

La piedra recuerda por mí.

Un objeto viviente con quien conversar

acerca de lo que fui.

 

Quiero que me cuentes como vivía.

¿Qué me hacía feliz?

¿Qué lucha me movía?

 

Quiero que me cuentes cómo olvidé.

¿Qué será de mí?

¿Qué deberé hacer cuando recuerde?

Historias repetidas


La historia gira como carrusel
y con cada vuelta,
el paisaje
—ese especialista en metamorfosis—
se transforma en un viejo conocido.
Se desgasta la ilusión.
Nos ocultan las sortijas y las suertes.
Y en ese transcurrir,
el caballo de madera
no nos soporta
el peso de la vida.
Y parados llegamos,
—arrastrando los afanes como un tango—
al punto equidistante de otro punto
siempre medio
¡puto radio!
Mienten el destino
y su impostura de nombre propio.

No interesan
ni tu alma,
ni su peso,
ni los jirones torpes en el cielo.
Ya no importan
las promesas.
Quedan los vinilos
y los arpegios de todas las guitarras inventadas.
Cuento más ayeres
que pelusas en el bolsillo de mis afanes.
Entonces,
me voy con mi meollo
y mis pesadillas y mis fijaciones
y mis obsesiones
a otra parte
de mi rima
que no es.

Memoria

Memoria


Una ventana guarda la historia de quien habita tras ella.