Transiciones


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Metamorfosis


Día 1

Me duele el cuerpo. Tal vez me haya enfriado después de estar tantas horas sobre este suelo húmedo. Espero que mi dosis de vitaminas sirva de defensa para no enfermar. Si todo va bien, es probable que mañana esté mejor.

Día 2

Los moretones de mi cuerpo se han vuelto llagas, y el dolor tampoco cede. Esperaba cierta mejoría, solo que aún no puedo moverme. A pesar de estas magulladuras, parece que no me he roto nada después de tremenda caída.

Día 3

Nadie me avisó que tendría visitas. Hoy mi salud tampoco es la mejor. Desde que ellas llegaron, siento un cosquilleo punzante en la piel. Creo que es su manera de mimarme.

Día 4

Escalofríos y más escalofríos. Las visitas de ayer me han dejado en carne viva. Los temblores no cesan, aunque parece una reacción normal cuando una se queda sin piel, sin carne, sin nada. Ha ocurrido casi sin darme cuenta.

Día 5

Pensarán que me he bronceado al sol, pero la realidad es que el contacto con el aire me pone la piel más oscura. Noto cómo despido un olor agrio, pero ahora mismo no sé dónde puedo ducharme. A estas alturas, estoy cada día más débil, si viene algún bicho más, creo que desapareceré con ellos entre la hierba.

Día 6

Tal vez haya alguien que sepa de medicina por aquí cerca. Mi cuerpo se ha llenado de hongos. Sospecho que las bacterias han acampado en mi esqueleto.

Día 7

Parece que ya se han llevado todo lo que podían obtener de mí. Mi dulzura, mi brillo, mi belleza, mi elegancia, mi carne jugosa, mi ser de manzana. Mi corazón reseco yace ahora en este contenedor de composta.

Tengo mucho miedo


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La piel se reseca.  No entiendo lo que pasa. Todo es molestia. Este sabor ajeno en la boca incomoda mi espíritu. En estos meses encuentro a mi novio más estúpido. Los labios cuarteados no me dan ganas de besarlo. ¿Lo amo o el enamoramiento ya se acabó?

No soporto que se me acerque. El sexo no está en nuestro itinerario hace semanas.  En un intento por acariciarme lastima mis senos. La sensibilidad se apodera de mí. Detesto a la suegra y su soberbia ya no la tolero, me da náuseas su presencia. Estoy fuera de control. Los aeróbicos son la prioridad. Eso disminuye mi sentimiento de culpa por comer en exceso. Además me tranquiliza. El cansancio me vence, no sé si por la rutina de ejercicios o por esquivar a William cuando se pone apasionado. Me molesta tanto o más que los paparazzi.

Cuando te aprendes a querer, el amor a los demás debería ser menos complicado. Para mí ha sido lo contrario, los defectos de mi compañero se han magnificado. Espero que esto pase pronto. El espejo y las amigas me han dicho que he cambiado. Soy otra. No hay vuelta atrás. Es una transformación inimaginable. Casi nada me satisface. Estoy más exigente con los demás. Soy un saco de dolores, de cabeza y espalda, hemorroides, acidez, calambres. La espera de estos gemelos es un trauma. Si ahora es así, no quiero imaginarme dentro de unos meses cuando pierda mi figura.

El dinero me hace falta, pero esto de subrogar mi útero a una famosa pareja gay de Hollywood ha sido una locura. No soy homofóbica, todo lo contrario. Simple, creo que no estoy preparada aún para traer a nadie a este mundo. Tengo mucho miedo.

Imagen registrada y autorizada para uso no comercial de Photl.com

Sinmortigo


Dediqué los últimos minutos de la noche a bañarme, todo lo que fuese posible para intentar borrar los moretones en mi cuerpo, que aunque solo yo los veía, dolían con locura, carcomiendo hasta el más mínimo de mis huesos. Las lágrimas se confundían con el agua que corría, tan siquiera valía la pena ya percibirlas, era demasiado tarde para hacerle caso a mis sinuosidades, vacías quedaron junto a los viejos muebles sin uso, las horas olvidadas y los restos de mis celos.

Una sala vacía y ventanas sin cortinas con los vidrios rotos. Paredes de adobe y silencios prestados, recurrentes volvían cuando no los requiero; los obscuros pasadizos se veían más claros en mis recuerdos, por lo tanto ahí escogeré que se guarden mis secretos.

Abro los ojos para restregar mi cuerpo, se ha teñido la bañera de un rojo intenso, veo como mis pies se adormecen; en medio del remojo de mis alientos, vuelvo a creer en el Dios de los que ya han muerto. Dejo caer mi cuerpo con el peso que cae el orgullo al suelo, cubierto estaba mi diario por la neblina de una ducha caliente, los espejos empañados donde antes solía escribir mis frases elocuentes, esta noche se enaltecen de mis sueños célebres, aquellos que abracé cuando fui demasiado ingenuo.

Divagaba mi mente aún por los corredores que faltaban. La mecedora vieja del abuelo, la bodeguita verde donde habían nacido los perros, una carretera pintada en el patio trasero, torcida como veía mi camino alterno, lleno de calles sin salidas y señales borrosas, más solo que los desiertos, más frío que los polos y más yermo que mis fugaces pensamientos. Los barrotes pintados que simulaban la firmeza de quienes recluía, se veían tan débiles ya, dejándolo todo indulto, dispuestos a liberar las prisiones, las cadenas, los sinsabores de una vida a merced de quien la dispone, súbdito electo de los nuevos testamentos.

El agua se había agotado, ya casi no quedaban gotas salientes, así como casi ya no quedaba vida en este cuerpo. El violonchelo de la vecina, los gatos en el techo, sonidos que acompañaban a entregar mi carta de renuncia, musicalización perfecta a mis misterios, pensaría en retomarlos cuando vaya a dar la bienvenida a quienes más quiero, cuando me corresponda ser el anfitrión de mi propio entierro y les pueda hablar sin tartamudeos. Esperé tanto por ese momento, que ahora que lo tengo me cosquillea los dedos y me pone a dudar. ¿Será esto lo que realmente quiero? Pero ya era muy tarde para los arrepentimientos, se había abandonado el último de los reflejos, ya no sería yo quien les dijese ‘lo siento’, sería más fácil que Gregorio dejará de ser insecto; mi burocracia era absoluta y testaruda, me había llegado el momento.

Bauticé mi reencuentro con un licor infrecuente por ahí de las tres, cuando no es lo moralmente correcto, rellené mis venas con alcohol para sanar más rápido por dentro, aprovechando combustiones para incendiar los aposentos; me recosté a esperar que el tiempo surtiera efecto. Cerrar los ojos nunca había sido el acto más genuino, para quedar despierto.

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Imagen “Autorretrato”, autoría propia.