Mientras dormía


Tenía 24 años. Esa mañana me levanté temprano, como era costumbre, para comenzar un nuevo día de trabajo. Reconozco que pude haberme levantado mucho más temprano, pero entre días de trabajo y algunas noches de estudio en la universidad, me era difícil conocer un horario más cómodo para degustar mi tiempo de sueño.

Realicé mi aburrida rutina matutina: me dirigí al baño e hice mis necesidades, luego me posicioné debajo de la ducha, desnudo, y reposé un poco para sentir caer sobre mí la cálida composición de hidrógeno y oxígeno. Casi me quedo dormido.

Ante la prisa, salí del baño como corriendo los últimos cien metros de una maratón, era tarde. Me puse mi ropa, distinguidas prendas ejecutivas que hacían juego con mis anteojos de aros negros y gruesos. Me sentía intelectual, me gustaba y deseaba que todos sintieran de mí lo mismo que yo. Unos retoques manuales sobre el cabello para completar la rutina y mi diferenciada apariencia. Estaba orgulloso.

No había olvidado que iba tarde, pero me ahorré mucho tiempo durante mi preparación personal y recordé que, producto de mi esfuerzo durante dos años de trabajo duro y constante, tenía un automóvil que me esperaba para llevarme cómodo, rápido y tranquilo a mi trabajo.

Salí de mi habitación, llevaba mi toalla húmeda para ponerla a secar en el jardín. Mi madre, que trabajaba también, se daba unos pequeños retoques, pero estaba lista para irse. Sigue leyendo

Anuncios