Pena


Che farò lontan da te pena dell´anima
Vinicio Caposella

Esta tarde morada
como la piel de un elefante,
se incrusta a la ventana
y apoyo mi frente sobre ella,
absorbiendo todo el frío
y la sensación
de que la libertad es una sombra
a nuestra espalda
bajo el sol.
O incluso
una pequeña lámpara
verde de mesa
que ilumina en silencio
un salón de madera
vacío de personas.

Nadie las ve,
tampoco las admira.

Tiene además la libertad
el mismo perfume
−nítido y abrasador−
de la lejía
que se adhiere a la piel
tan fuerte
como el recuerdo
de un padre que no cojea
y una madre
que no se sienta
para dejar de estorbar.
Y ahora
que se ha consumido
esta libertad
tan de repente
como desfallece
una ola bajo la arena
ahora
que soñar es recordar
unas palabras
que ya no suenan
pero que se hacen inmensas,
ocurre que los minutos aparecen
colgados de un árbol
−como deshidratados−
y pierden precisión
al caer todos ellos
tan lentos
al acariciarlos.

Y resulta entonces
casi imposible escucharlos
cuando se golpean contra el suelo
y se arrastran para arrancarse
todo el veneno
que llevo
por no haber gritado menos.

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