Amor suelto


Llevas el amor suelto

en la mirada

que sólo de mirar

grita

finges no padecer de romanticismo

pero llevas el amor suelto

porque la palabra dice no

sería lo único

es sólo que tu canto

y tu sonrisa

denuncian

cómo llevas el amor suelto

al lado de los abrazos

delante de los suspiros

y el llanto

delante de la verdad

porque llevas el amor suelto

como frutas que penden

de tu lengua

si pudiera arrancarte una

jugosa

impregnada

de ese amor que llevas suelto

pues al fin y al cabo

en algún descuido

con cualquier pretexto

nos llevaremos ese amor suelto

bajo el agua

o entre las sábanas.

Demasiado caminar

Demasiado caminar


Siempre quise robarte una mirada


Mirada_de_Andrea

por Reynaldo R. Alegría

Cuando Pablo subió las escaleras del viejo edificio frente al mar, la emoción que sintió fue tan grande que le hizo temblar las piernas.

El nuevo Colegio al que Pablo asistiría estaba enclavado en el litoral de la Capital.  Era una vieja estructura de tres pisos construida al mejor estilo y pretensión de lo que alguna vez prometió ser un moderno monasterio.  La planta estaba dividida en un plano de cuatro cuadrantes, al interior del cual habitaban igual cantidad de amplias salas de clase con grandes ventanas de madera de celosías fijas y fallebas de hierro acodilladas en sus extremos, que daban vista a un inmenso pasillo que las arropaba a vuelta redonda desde donde se podía apreciar la belleza inmarcesible del Atlántico.

Según fue caminando hacia su sala de clases en el tercer piso la divisó a ella hacia la esquina noreste del edificio.  Delgada, muy delgada.  Con el cabello castaño claro.  Largo.  Lacio.  Bailoteándole al viento.  Sentada con arrojo sobre el muro ente el pasillo y el abismo.  Intrépida.  Osada.  Bella.  Hermosa.  Deliciosa.  Brillante.  Y acompañada de tres chicos mayores que ella.

A los 16 años, las chicas no miran a los chicos de su curso.  Miran a los mayores.  Y Pablo apenas se acercaba a los 15.

Así, cada mañana Pablo caminó hacia ella buscando su mirada.  Buscando el contacto sagrado.  El que eleva.  El que responde a la ojeada dulce de un joven enamorado.  Y pasaron los días.  Y Pablo soñó con ella.  Y las semanas.  Y Pablo soñó.  Y los meses.  Y Pablo siguió soñando.  Y los años.  Tres años.  Y Pablo cada día el buscó su mirada.  Y ella nunca lo miró.

†††††††††††††††

En el verano de 1990, cuando habían pasado 15 años desde que la vio por primera vez, Pablo y ella se bañaban juntos en la piscina.  Hacía unas semanas se habían encontrado en el salón donde ambos se recortaban.  Hablaron.  Recordaron el Colegio.  Acordaron un encuentro.  Salieron.  Cenaron.  Bailaron.  Tomaron.

Ahora, mientras el agua discurría por los cabellos castaños, largos y lacios de ella, él la abrazaba y la miraba con dulzura a sus ojos.  Ella respondía tierna a su mirada.

—Siempre quise robarte una mirada —dijo ella.

 

Foto: Mirada de Andrea por Adrián Cerón.

Dos segundos


De vez en cuando decido caminar solitario, en esa ruta que me lleva hacia ningún lugar y que, a la larga, es hacia donde en realidad quiero ir. Solitario voy en mi ruta, mas solo no estoy del todo. Gente se cruza en mi camino y, a veces, intercambiamos un gesto, una palabra o, simplemente, una mirada.

Nunca había pensado en el significado intrínseco que posee cada intercambio que hago con todos aquellos que se cruzan conmigo de manera fugaz. Hasta ese día. Ese día en que, de todos los cruces fugaces que he tenido, tú, precisamente tú, quedaste marcada en mi alma como si fueras una profunda cicatriz sobre la piel.

No sabría explicar el porqué de nuestro breve encuentro, sin embargo, tu presencia durante ese momento, la forma en que cruzamos y sostuvimos nuestras miradas el uno sobre los ojos del otro, esa sonrisa que compartimos, todo eso en menos de dos segundos, fue lo más real que he podido sentir en mucho tiempo desde que comencé a caminar por esta ruta.

Tan real fue, que mi consciencia se derrumba en este mismo instante por no haber hecho nada más que ser cómplice de un momento tan fugaz. Se siente como si el mismo infierno me quemara en vida como castigo por mi inútil actuar. Ha sido luego de ese momento que muchísimas imágenes han venido a mi memoria, viejas y algo borrosas, y me recuerdan a ese yo que nunca intentó cruzar una puerta luego de que le mostraran que estaba abierta.

Me arrepiento. Me arrepiento por no haberme detenido aunque fuese una vez, por no sostener aún más la mirada, por no dirigir una palabra siquiera… en fin, por no haberlo intentado.

Te convertí en una oportunidad que se diluyó en un mar de muchas. Lo que antes han sido otros para mí, lo he sido yo para ti esta vez, es decir, un cruce, un momento fugaz.

Tus ojos, mis regalos. Fueron ellos quienes se abrieron para mostrarme todo tu interior. No necesité nada más que eso para hallarme en plena certidumbre y abrir mis puertas también. No es que no pueda hacerlo, es sólo que nunca imaginé que alguien pudiese desnudar mi alma tan fácil como apagar una vela con un aislado soplido.

Y tengo este remordimiento de sentir que tú viviste el mismo momento que yo. Que sabes que esto no fue un cruce normal, esporádico y sin sentido. No te conozco, pero aun así te sentí tan real como el suelo que pisaba mientras caminaba. Dos segundos fueron suficientes para conocernos y enamorarnos, para darnos cuenta de que todo lo que necesitábamos en ese momento éramos tú y yo. Nada más.

Si una nueva oportunidad apareciese frente a mí, créeme, haría de ese momento fugaz una historia inmortal. Por ahora, sólo puedo agradecerte por esos breves y eternos dos segundos… nuestros segundos… que fueron suficientes para entenderlo todo.

Des-encuentro - Fotografía propia.

Des-encuentro – Fotografía propia.

MIS OJOS


chojesus

De pronto me he dado cuenta que MIS OJOS no se conocen. Tanto tiempo trabajando juntos, en equipo, y sin embargo, cuando uno mira hacia un lado, le vuelve la espalda al otro.

¡Qué pena me dan mis ojos!. No han podido mirarse frente a frente. No han podido gozar de una mutua mirada cálida.

Y se irán, en silencio, sintiéndose SOLOS.

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La mirada


Recuerdo perfectamente lo que me enamoró de ella. Fue esa capacidad de sonreír con la mirada. Ese brillo que destilaba ilusión y ganas de comerse el mundo. De comerme a besos.

la mirada

¡Y esos besos tan especiales! Cuando nuestros rostros se separaban, su sonrisa dibujaba un “gracias por hacerme tan feliz“. Sin palabras. Sin sonido. Sin nada que entorpeciese ese momento.

Pero hoy me he dado cuenta de que, con el paso del tiempo, se me olvidó ver cuando miraba y por eso, hasta hoy no he sido consciente de que en sus ojos ya no hay brillo. No hay ese destello tan especial.

En su mirada se dibuja la desilusión que sus labios no quieren decir. Ha sido, en este instante, cuando he sido consciente de que, aunque siga a mi lado, la perdí hace tiempo, probablemente mucho tiempo, pero ni siquiera sé cuanto.

http://lainmortalidadelcangrejo.wordpress.com/2013/09/10/la-mirada/