Café de las ocho


Son las ocho de la noche y me he dado cuenta de que la taza sucia del café de la mañana sigue en la mesa. Sé que es la misma taza pues nadie ha venido hoy a verme y tampoco amanecí acompañado. A primera vista, pareciera que han vuelto a servir lo que parece un capuchino, pero nadie más que yo está aquí y sé que no he sido yo. Viéndolo de cerca, eso ya no parece ser espuma.

Con mi bolígrafo azul, toco desde lo alto lo que ahora creo que es algodón blanco. Pero tampoco es algodón. ¿Moho?, no, no es eso. Es algo menos denso y más liviano. Me acerco más. Parecen nubes abultadas que cubren por completo el recipiente. Agito un poco y observo una pequeña montaña elevada, con su punta nevada y su falda verde. Calculo que hay más de quinientos árboles maderables dentro de mi taza, y sonrío hacia dentro al pensar que no podría hacer ni siquiera un palillo con todos ellos. Estoy asombrado. Las nubes (¿nubes?), ahora oscuras, se amontonan en los bordes de la taza, ocultando así la parte trasera de la montaña nevada y evitando que yo pueda ver qué hay detrás. Todo parece un sueño. Son las ocho de la noche, en esta ciudad la temperatura es de treinta y tres grados a la sombra y dentro de mi taza de café llueve. La lluvia golpea el verde valle, baña los árboles y derrite la nieve. La montaña poco a poco se deshace y la taza ya casi está llena de líquido nuevamente. Las nubes se precipitan rápidamente, quedan menos de cincuenta árboles y un tercio de montaña. Hay relámpagos y diluvio.

Delante de mis ojos asombrados aparece, de entre los árboles y la montaña, una familia de cavernícolas que se abrazan ante el ahogamiento inminente. La lluvia cesa, todo desaparece y en la taza reina la normalidad nuevamente.

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