911


La operadora del 911 inició el protocolo de atención cuando recibió la llamada de un niño.

—¿Cuántos años tienes? —dijo al mismo tiempo que levantaba la mano para atraer la atención de su supervisor.

—Cinco, pronto cumpliré seis —dijo una vocecita al otro lado del auricular.

—¿Puedes platicarme qué es lo que pasa, amigo? —Ella lo entretenía mientras tecleaba comandos en su sistema para dar con la ubicación de la llamada. Cuando al fin lo logró, el supervisor ordenó que acudiera la unidad más cercana al domicilio.

—¿Puedes pasar el teléfono a un adulto que esté contigo?

—Mi mamá no puede contestar, pero me dijo que llamara —dijo el niño con voz traviesa.

La operadora iba a hacerle otra pregunta cuando en el fondo se escucharon fuertes toquidos.

—¡Policía! ¡Abra la puerta! —dijo una voz con urgencia.

El niño dejó el aparato telefónico y corrió a abrir. La llamada quedó abierta. El personal del 911 escuchó:

—Pero ¿qué pasó aquí? —dijo uno de los oficiales que habían acudido al llamado.

Su compañero de inmediato desenfundó su arma de cargo al ver que el niño apenas si podía sostener una pesada pistola en su pequeña mano. Se le acercó cauteloso. Lo despojó del arma y con terror se dio cuenta de que estaba cargada.

—Jugábamos a los vaqueros. ¡Disparé primero! —dijo el niño orgulloso de su logro.

El otro policía veía consternado el cuerpo de la madre en el piso, desangrada, con la mano izquierda a la altura del estómago y en la derecha una simpática pistola de juguete de colores chillones.

Al otro lado de la línea la operadora daba indicaciones a la ambulancia, aunque sabía que ya era demasiado tarde.

Líneas, lirios


«Lirios», fotografía por Crissanta.

Silencio absoluto;
no me atrevo a quebrarlo.

Al final, no tengo fuerzas
para soltar tu mano.
Tampoco tengo tiempo
para estrechar el abrazo.

¿Qué es el tiempo?
¿Una hora, un espacio?
¿Un continuo?
¿Un momento prolongado?

Es mi mano en tu mano,
es un cuarto blanco,
es un lirio morado.

Son líneas
que comenzaron,
que terminaron

en una llamada,
en un primer llanto,
en un fiero incendio,
en un arrebato.

Practicidad


“Arrestaban a alguien y, en muchos casos, no se volvía a saber de él o de ella. Las tapias de los cementerios amanecían cada vez más agujereadas y teñidas con más manchas rojizas; pero los cuerpos pocas veces aparecían.” Sigue leyendo

Vital


(Te) Ahorramos.
(Te) Despilfarramos.

En el pulso,
nuestro crédito.

Tu paso
nos marca con esmero
de muerte.

¿Existirías sin nuestra medida?

No lo soportas


Imagen de analogicus en Pixabay.

Ves el cuidado con el que mueve el ataúd, y vuelves a notar la punzada helada en el hueco donde tuviste el corazón. El enterrador, tu enterrador, trata a los muertos con una atención reverencial y, aunque no lo soportas, estás condenado a ser testigo del ritual un día tras otro.

Sentado junto al grupo que se despide de su ser querido entre murmullos y gimoteos, el viejo perro pasa tan desapercibido como tú. Entonces, el animal aúlla, cosa que algunos de los humanos interpretan como una muestra solidaria de dolor. Una chica se le acerca, rebusca en el bolso y le ofrece unas galletas, y el chucho se relame mientras agita la cola.

Nada de eso distrae al enterrador, a tu enterrador, de su tarea. Desde el borde del nicho que pronto recibirá a su nuevo ocupante, lo ves acariciar el ataúd y cómo lo ajusta a la plataforma de la grúa. Desliza sus manos rugosas sobre la madera, con la delicadeza que nunca te dedicó a ti. Y en sus ojos ves la dulzura con la que jamás te miró.

El enterrador, tu enterrador, acciona el mecanismo elevador. En unos segundos volveréis a estar cara a cara. Le volverás a decir cuánto lo quieres. Le dirás que, a pesar de todo, no le guardas rencor por lo que hizo. Y volverás a darle la oportunidad de que te pida perdón.

Estás seguro de que esta vez te escuchará, y de que por fin verás en sus ojos claros el amor que nunca te demostró en vida.

Ni siquiera el día de tu entierro, el enterrador, tu enterrador, te trató con el cariño que le dedica a los otros muertos.

Y no lo soportas.

Obituario de Corina Vidal, de 19 años


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Pared rosa de Corina Vidal.

Corina Vidal, de 19 años, apareció a finales del año pasado en este pueblo. Llegó huyendo de un pasado incierto. Dijo venir de la Gran Ciudad.

Corina Vidal no tenía ningún conocido cuando llegó. La primera impresión que dio fue de una chica tímida, que no inspiraba confianza (a pesar de tener mirada amable), bajita, de cuerpo infantil y cabello oscuro, lacio y corto.

Rentó un cuarto en casa de la señora Chang. Durante casi cuatro meses vivió allí sin casi salir de casa. Parecía ser alérgica al sol y a las demás personas. Dice doña Cata, la de la tienda de la Coplamar, que Corina Vidal era callada pero educada. Saludaba y decía lo justo. Solo una vez se juntaron sus ojos, dice doña Cata, y vio en ella mucha culpa. ¿Cómo una niña de 19 años podría tener tanto peso encima?

Esta mañana, la señora Chang, al llevarle el desayuno, descubrió que yacía muerta bajo su cama. Corina Vidal estaba completamente desnuda. Solo un listón rosa adornaba su cabello. Su laptop también murió. Ambas, persona y máquina, sufrieron una sobredosis de cloro. Corina Vidal vertió el cloro sobre su laptop, quemó sus circuitos y ella se intoxicó con sus vapores.

Fue un suicidio. Y no lo digo por los hechos, sino por la nota:

«Querido EdMundo:

Me voy antes que me dejes, antes que encuentres la forma de desaparecerme por completo de tu vida.

Tengo miedo. Siento culpa.

Todos me miran con desprecio.

¿Qué les contaste de mí, EdMundo?, ¿qué les dijiste, para que todos me odien tanto?

Me voy y, conmigo, se van todas las fotos que nos tomamos juntos, las postales de París, los mensajes de las dos de la mañana, las conversaciones tiernas, las calientes, y las rabietas que me hacías porque no te escribía los «te amo» con mayúsculas.

Me voy y me llevo las canciones. Me llevo los viajes a Leningrado, las noches en Almagro y en Haedo, los veinte de enero y las aguas de marzo.

Me las llevo todas.

Se van conmigo.

Por último, me voy desnuda con solo la muerte de envoltura. Me voy mostrando a todos las areolas de mis pechos que tanto decías amar, enseñando a todos las estrías que una vez criticaste. Dejando al descubierto la herida en la espalda que me hiciste.

¿Ven que EdMundo también me hizo daño?, ¿a él no van a mirarlo con desprecio?, ¿no van a odiarlo?

Los cuatro lunares sobre mi ombligo, que jurabas decían tu nombre, han callado.

Quién fuera tuya, lo que duraron unos cuantos respiros:

Corina Vidal».

DEP Corina Vidal. Casi nadie la conoció. Vivió encerrada en su alcoba y en su alcoba murió.

DEP Corina Vidal de 19 años. Dios la perdone.

El día que morí


Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

El día que morí, murieron otras muchas personas, como cada día. Yo lo hice después de una vida larga, de la que, haciendo balance de los buenos y malos momentos, me puedo considerar afortunado. Habría preferido evitar el mal trago de la embolia que me postró en la cama durante dos semanas de agonía; un infarto mientras dormía habría sido más benévolo, pero qué se le va a hacer.

Otros lo pasaron peor, y su fin fue, a todas luces, mucho más injusto.

El día que morí, también murió un obrero a quien le cayó encima una pared mal apuntalada. Murieron una madre y su hija, atropelladas por un conductor borracho; y una mujer, ejecutada a pedradas por tratar de huir de un marido que la maltrataba. Otra murió desangrada, como consecuencia de un aborto clandestino.

Un hombre murió tras lanzarse al vacío desde la azotea del edificio de donde lo iban a desahuciar. A una prostituta la estrangularon tras haberla violado, y tiraron el cuerpo en una cuneta.

El día que morí, una patera con treinta personas a bordo se hundió en medio del mar, sin que nadie atendiera sus llamadas de socorro. Otras diez murieron al intentar saltar una valla fronteriza, víctimas de los disparos de los guardias.

Ese día, el que yo morí, un misil “extraviado” hizo saltar por los aires una escuela, con más de cien niños y varios maestros dentro. En otro lugar, las bombas certeras arrojadas desde un avión borraron del mapa un pueblo entero y a sus dos mil habitantes.

El día que morí, en un país olvidado, incontables personas anónimas murieron de hambre.

A mí me mató una embolia. No fue agradable, pero morí en la cama de un hospital, con mis manos entre las cálidas manos de mi esposa amada.

El día que morí, una mujer murió dando a luz en la cárcel. Y del cemento agrietado de sus muros brotó una flor diminuta.