Nos miran


Nos miran.

No son estrellas. Nos miran

desde nuestra oscuridad hasta sus ojos

esperan

como la araña a la polilla.

Polillas que se estrellan contra tu ventana insomne.

Ventanas iluminadas en ciudades muertas.

Luces con dientes de tiburón cantando

la canción del naufragio.

Rochas negras da Costa da Morte

aguardan

—en silencio voraz—

tu golpe seco de pájaro herido;

el clac

con el que se despide la flor marchita;

el olor almizclado a fruta

demasiado madura demasiado podrida.

Están ahí, en el garaje,

cuando sales del coche de madrugada.

Están

en esa llamada a deshora.

Habitan todas tus esquinas oscuras.

Ven,  cierra los ojos —dicen—

y sueña

que no podrás despertar.

Breve oda al abrazo


Nos abraza un suspiro

y la melancolía

cuando expira el día.

Nos abraza la alegría

que inunda tu sonrisa

y la mía.

Nos abraza el perdón

nos abraza el llanto

y el mundo deja de doler

a ratos.

Nos abraza el vientre

al nacer

y nos abraza la tierra

tras la muerte.

Mi primera visita: Emilio


Un. Dos. Tres. Cuatro. Un. Dos. Tres. Cuatro. Un. Dos…

No. Tengo el pie cambiado. He empezado mal. Tercer paso con el derecho. Tengo entendido que este momento tiene que ser ceremonial.

Los cuervos se agrupan, picotean juntos el suelo, y salen a volar en distintas direcciones. Pero saben más que yo, y se están empezando a poner impacientes. Lanzan los primeros reclamos. Tengo que acelerar el paso. 

Y un, dos, tres, cuatro. Un, dos, tres…

Me detengo. No me ven. Me relajo. Uno de los cuervos se separa del resto y me atraviesa con su mirada mientras cruzo el puente. Me acaba de dar la señal de salida. Ahora me toca a mí, así que avanzo hacia Emilio, que sigue semirrecostado en el parque, agarrado a su cartón como último cordón umbilical con la Tierra. 5:43 horas de la madrugada.

La neblina que se veía desde el otro lado del puente, densa y amenazante, ahora es tan solo aire vaporizado. La llovizna helada empieza a caer, como un limpiaparabrisas de la realidad.

—Ya estoy aquí —le digo a Emilio.

Me acerco a él, que ya no se molesta en fruncir el ceño, porque lleva un buen rato rendido al sueño inconsciente. No ha sido tan difícil como pensaba.

—Hasta esta tarde. —Oigo por detrás de mí, con un gorjeo herrumbroso.

Nuevo canto


Solo quedan los botones

y una zanahoria seca

de nuestro

muñeco de nieve.

Apagaron, hace unos días ya,

las luces de los árboles.

Y las calles son más ásperas,

más motosierra.

Las torres de alta tensión

se alejan

hacia un atardecer imaginado

cuando eres ciudad.

Y paseas y piensas que

las jaulas y las armas

las hacen los mismos.

Aquí todo se mezcla.

Todo se mezcla, amor,

no sé si bien o mal

como la piña en la pizza

como la alegría y la muerte.

Pronto florecerán los almendros.

Los días son más largos.

Y mañana escucharás

un nuevo canto de los mirlos.

911


La operadora del 911 inició el protocolo de atención cuando recibió la llamada de un niño.

—¿Cuántos años tienes? —dijo al mismo tiempo que levantaba la mano para atraer la atención de su supervisor.

—Cinco, pronto cumpliré seis —dijo una vocecita al otro lado del auricular.

—¿Puedes platicarme qué es lo que pasa, amigo? —Ella lo entretenía mientras tecleaba comandos en su sistema para dar con la ubicación de la llamada. Cuando al fin lo logró, el supervisor ordenó que acudiera la unidad más cercana al domicilio.

—¿Puedes pasar el teléfono a un adulto que esté contigo?

—Mi mamá no puede contestar, pero me dijo que llamara —dijo el niño con voz traviesa.

La operadora iba a hacerle otra pregunta cuando en el fondo se escucharon fuertes toquidos.

—¡Policía! ¡Abra la puerta! —dijo una voz con urgencia.

El niño dejó el aparato telefónico y corrió a abrir. La llamada quedó abierta. El personal del 911 escuchó:

—Pero ¿qué pasó aquí? —dijo uno de los oficiales que habían acudido al llamado.

Su compañero de inmediato desenfundó su arma de cargo al ver que el niño apenas si podía sostener una pesada pistola en su pequeña mano. Se le acercó cauteloso. Lo despojó del arma y con terror se dio cuenta de que estaba cargada.

—Jugábamos a los vaqueros. ¡Disparé primero! —dijo el niño orgulloso de su logro.

El otro policía veía consternado el cuerpo de la madre en el piso, desangrada, con la mano izquierda a la altura del estómago y en la derecha una simpática pistola de juguete de colores chillones.

Al otro lado de la línea la operadora daba indicaciones a la ambulancia, aunque sabía que ya era demasiado tarde.

Líneas, lirios


«Lirios», fotografía por Crissanta.

Silencio absoluto;
no me atrevo a quebrarlo.

Al final, no tengo fuerzas
para soltar tu mano.
Tampoco tengo tiempo
para estrechar el abrazo.

¿Qué es el tiempo?
¿Una hora, un espacio?
¿Un continuo?
¿Un momento prolongado?

Es mi mano en tu mano,
es un cuarto blanco,
es un lirio morado.

Son líneas
que comenzaron,
que terminaron

en una llamada,
en un primer llanto,
en un fiero incendio,
en un arrebato.

Practicidad


        Arrestaban a alguien y, en muchos casos, no se volvía a saber de él o de ella. Las tapias de los cementerios amanecían cada vez más agujereadas y teñidas con más manchas rojizas; pero los cuerpos pocas veces aparecían.

Y las familias no sabían hacia dónde dirigir sus flores, sus respetos, sus rezos o lloros. Siquiera sus maldiciones.

        No sólo asesinaban a sus vivos, sino que a su vez les robaban sus muertos.

Practicidad (collage y pintura), serie Azules y Rojos, pasado continuo.

Las pinturas pertenecientes a Azules y Rojos materializan memorias y escenas vividas por supervivientes de la Guerra Civil española y las contraponen y posicionan en su legítimo lugar físico y concreto en la actualidad. Todo acontecimiento se desarrolla y sucede en el mismo espacio solo que en diferentes líneas temporales. Y el amasijo de historias compartidas crea un conjunto de collages de realidades complejas y fragmentadas donde pasado y presente coexisten en una retroalimentación continua.