Este aliento


Fotografía por Alex Wigan (Unsplah).

 

No vinimos para quedarnos,

bien lo sabe este pájaro

que alza el vuelo,

o la nube

que se diluye en nuestro cielo,

como agua entre los dedos.

Pero este aliento,

bocanada de aire codiciada por los vivos,

siempre huye de la muerte;

sabe del calor en otros labios,

sabe del olor de la tierra

cuando se revisten sus huellas;

sabe de tu roce,

vida,

en su pulso acelerado.

 

Mayca Soto. El gris de los colores

La muerte de un suspiro


¿Qué es un suspiro? Es cuando el alma se emociona y al sobresaltarse obliga a los pulmones a una inhalación fuerte y prolongada seguida de una exhalación, acompañada muchas veces de un gemido leve. Los mortales suspiran desde que se le implantaron los genes de la imaginación. Los investigadores afirman que el ser humano suspira un promedio de quince veces al día. No hay ningún estudio que sustente la falacia de que las mujeres suspiran tres veces más que los hombres. El machista es el que estúpidamente afirma que el suspirar es una señal de debilidad femenina.

Detrás de cada emoción fuerte positiva o negativa hay un suspiro. Los diálogos que establecemos con nuestros suspiros son importantes. Cuando los suspiros son generados por malos pensamientos como el rencor, la codicia, la envidia, la burla, la traición y el coraje debemos detenerlos. Hay que sustituirlos por suspiros positivos.

Los suspiros de nuestros seres fantásticos se generan de sentimientos tales como el amor, el agradecimiento, la bondad, la amistad, el perdón, la caridad, el respeto y la misericordia. Pero no solo de suspiros vive el hombre ni la mujer. Detrás de cada suspiro positivo hay un mensaje, una orden del más allá, del mundo onírico de nuestros padres unicornios. De su hija la imaginación que tanto luchó para que hoy celebremos nuestra capacidad infinita de soñar con libertad. Cada suspiro debe transformarse en acción, solo así la magia jamás abandonará nuestros corazones.

Por eso estoy aquí. Frente a ustedes como un suspiro más dentro de este mundo maravilloso de artistas. Entro a salto al reverso, sin permiso, quizás por última vez, para que mis suspiros jueguen con los tuyos antes de mi anunciada muerte.

Sable


Hoy encontré pedacitos de papel regados por tu habitación del tren.

Ha pasado día y medio, pero aún no llegamos al destino propuesto.

Parece un sueño y algo me dice que no todo anda bien…


La espera


Vivo por la ilusión de que algún día termine la mentira voladora y caiga el filo de la realidad sobre mis pies.

Cortando la soga que me mantiene a flote, y las cargas de vida que me obligan a ponerme de pie.

Un yunque de papel orbita sobre mi cabeza. Son responsabilidades, los exámenes y tareas que dejé a la mitad por asuntos de pereza.

La guerra contra mi enemigo no aparenta solución venidera…

El sable de la imaginación me cortará por distraído, y la canción que me guía dejará un silencio entristecido.

Aferrado a los libros, las historias sin inhibidos… me despido.

Realidad o fantasía, no estoy apto al desafío.

 

Regresando a papá


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—¡Lucía, ven! Tu padre está muriendo —dijo la madre alterada del otro lado de la línea telefónica.

La mujer iba manejando y decidió regresar a la ciudad para acompañar en sus últimos momentos al hombre que toda la vida había sido su amigo, su guía, su salvador. Mientras conducía se agolparon mil recuerdos, tratando de salirse todos a la vez. Se veía a sí misma cuando apenas tenía dos años, acurrucada en el pecho de su padre. Recordaba cuando la sostenía en brazos para llevarla a la cama y la arropaba. Evocaba cuando la alimentaba, cuando la llevaba al colegio. Fue a él a quién le comunicó que le había llegado la menstruación y él fue quien le compró las primeras toallas sanitarias. Era él quien la buscaba a dónde fuera cuando tenía dolor de hijar y le ponía una bolsa de agua caliente para aliviarla. Él la recogió cuando regresó golpeada, cargando a un niño y se hizo cargo de los dos.

El padre había tenido una vida larga —y en contra de todas las apuestas—, la crió a ella y hasta a su hijo. Su padre omnipresente y sabio. Siempre en silencio, cuando abría la boca su consejo era como un mandato porque nunca se equivocaba.

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—¿Lucía, me escucha? —preguntó la enfermera del hogar de ancianos.

La anciana asintió con una sonrisa en los labios mientras hacía una señal para que la enfermera se acercara. Como casi no la escuchaba, pegó su oído a la boca de la vieja.

—Mi padre ha venido a buscarme —dijo y enseguida expiró.

Imagen: Pixabay

La resistencia


Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

 —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

 —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

  El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

—Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

—Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

—Yes! —contestó Paola.

Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

—My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to disribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

Marcos la miraba con tristeza.

Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

—Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.

El funeral


Doña Dorotea Agripina Mercado Iturregui soñaba con tener un majestuoso funeral. Para asegurarse de que así fuera, hizo un arreglo pre pagado que incluía todo lo necesario para disponer de su restos mortales. Ningún conocido había planeado con tanta dedicación sus propias exequias, pensaba ella. Todo estaba planificado al detalle: velorio, funeral y entierro. Hasta el epitafio de la lápida estaba encargado.

Tan pronto Doña Dorotea expirara, por supuesto rodeada de sus hijas, parientes cercanos, y uno que otro amigo, la funeraria pasaría a recoger su cuerpo sin vida. Su hija, la favorita, entregaría el vestido que Doña Dorotea había elegido para la ocasión. Una mortaja blanca de seda, cosida con hilos dorados. También le entregaría al encargado de arreglar el cuerpo, una fotografía en la que pudiera apreciarse en detalle su maquillaje y peinado, cosa de que fuera compuesta debidamente para el evento.

Doña Dorotea había ordenado comida para quinientas personas, recordatorios y música. Debían velarla en la iglesia a la que asistirían todos los hermanos de su religión, quienes debían firmar con su nombre en el libro de visitas. Para su velatorio, había dispuesto un féretro de madera de cerezo acolchado en seda y terciopelo, con tiradores de bronce en el exterior para poder transportarla. Cuatro esculturas de ángeles guardarían las esquinas del contenedor, con cirios encendidos sobre sus cabezas. Cientos de rosas blancas, lirios y azucenas adornarían su tumba, mientras los mariachis acompañaban a los dolientes cantando “La golondrina”.

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Doña Dorotea falleció un martes de madrugada, agarrada de la mano de su hija. De la otra, la que no era su favorita. Las exequias se llevaron según la voluntad de la difunta. La favorita envió por correo express la mortaja con la foto para que estuvieran a tiempo. Se excusó del funeral porque tenía mucho trabajo. Los demás parientes, amigos y hermanos de la iglesia, afirmaron tener razones de mucho peso para tampoco asistir. Después de todo era día de semana. El religioso le preguntó a la hija qué hacer con tanta comida y con los recordatorios.

—Llévelo a los pobres en nombre de mi madre —contestó entre lágrimas.

Los mariachis iban tocando “La golondrina”, mientras la solitaria hija marchaba hacia el lugar del final descanso de su madre. Una lápida de granito perlado marcaría el lugar en dónde estarían depositados los restos de Doña Dorotea Agripina Mercado Iturregui a perpetuidad, con un epitafio que leería: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Eclesiastés 1:2”.

Frío


Cuando pensaba en el frío, pensaba en esa sensación térmica que te hace titiritar, que hace que tus dientes suenen como castañuelas, que te eriza la piel, que te cala hasta los huesos, que te suspende la sangre en las venas, que detiene el funcionamiento de tus órganos hasta morir. No pensaba jamás, que iba a despertar una mañana con tu brazo alrededor de mi cintura tan frío, tieso, e inmóvil.

Mi mano sobre tu brazo frío es una experiencia de nunca olvidaré. Y no es que no olvidaré que moriste en el sueño a mi lado. Que me diste un último beso aquella noche para no despertarte, como una Bella Durmiente al revés. Es que el tacto de mis dedos sobre la superficie fría de tu brazo sin vida, quedó tatuado en mi memoria para siempre.

No hablamos nunca de la muerte. De quién iba a morirse primero. De testamentos. ¿Para qué? Éramos muy jóvenes todavía. ¿Quién piensa en eso a los veinte años? No teníamos hijos, ni gatos, ni perros, ni peces. Solo toda la vida por vivir. Un piso, una cama, la tele, una mesita y dos butacas. ¿Hacía falta algo más?

Me quedé inmóvil en aquella cama, no sé por cuánto tiempo tratando de entender por qué no te movías, por qué no respondías, por qué tu brazo estaba frío, tan frío. De repente salté fuera de ella y me quedé parada frente a ti, acostado de lado, todavía con tu brazo estirado como si lo tuvieras alrededor de mi cintura. ¿Qué era aquello? Mi cabeza no podía descifrarlo, aunque puedo decir que no sentía miedo.

Me acerqué despacio y te toqué. —Mi amor —dije, rogando que fuera un sueño, pero al escucharme supe que no lo era. Lloré. Dí la vuelta a la cama, por el lado tuyo. Suavemente toqué tu pelo y me metí de manera que tu cabeza quedara sobre mi regazo. Acaricié tu cara fría, dormida para siempre, lamentando no poder ver tus ojos una vez más.

Entonces odié las drogas y el alcohol que tomamos esa noche, que no me permitieron decirte adiós.