Yerushaláyim & Mockba


jerusalem y moskau 001

Las esposas de los dioses.
Una es buena y otra, extraña y misteriosa,
una tiene un sello en la frente y la otra tiene puntos rojos allí.

Los dientes de una son como ovejitas y los de la otra son de oro,
una es rolliza y hermosa y la otra es gorda y vieja.
Sin embargo una es amarga y la otra es dulce.

Con una es difícil llegar, a la otra le pagas y se te tira encima.
A la una: ¡Qué bonita eres! Y a la otra: ¡Un, dos, tres!
Los héroes cantan al amor y los pioneros le cantan a Lénina.

Una cuida su piel con su alimentación, la otra la maquilla.
La sabia viste sus pechos para erguirlos y la otra se los implanta.

Juan vio una ciudad que no está aquí.
Y yo veo lo que no ves cuando duermes.
¿Quieres saber todo de ellas?
Veo lo que no ves cuando estás en frente de mí.
Veo lo que no ves cuando me hablas a mí.

Las esposas esperan, la guerra inicia donde ni te imaginas
y los dioses ya eligieron sus armas:
Jerusalén, Jerusalén, ¡qué bonita eres!
Moscú, ¡un, dos, tres!

Ariadne


He soñado tus ojos, he sentido la suave piel de tus manos jugando delicadamente con mi rostro. Escuché tu voz y sin dudas creía que de un ángel se trataba; así seguí durante múltiples sospechosas y crecientes lunas hasta que llegó el revés de las inesperadas fantasías.

Una tarde decidí entregarme al canto que vibraba en mis oídos y descender a las arenas de Morfeo. Mi curiosidad latía fuerte, desde mis ojos hasta mi fuente, acelerando los trotes de mi corazón nervioso. Cero sospechas del personaje que decidió aparecerse, solo sé que la sentía íntimamente familiar, su risa, su voz, el poder de su tacto. Como si con mi corazón jugara, sentía que mi espíritu sonreía con suma facilidad. Y así, en la cúspide de la felicidad ignorante, caí.

Esta niña que siempre veía en fragmentos, nunca a visión de un ser completo… Poco a poco cambiaba su forma, empecé a notarlo cuando el clima se tornaba húmedo y pesado. Un golpe de invierno, indicando la caída de las hojas y el marchitar de las flores, el despeje total de las ilusiones. En un solo golpe, la niña ya estaba lejos de un ser humano.

Frotándose el rostro con sus garras, arrancando violentamente sus cabellos, dientes corroídos chocando entre sí, simulando gritos de dolor y carcajadas agudas al mismo tiempo. Sus ojos, profundos globos verdes de hermosura caían brutalmente quebrándose en el suelo como dos esferas de vidrio. Su garganta se ensanchaba y un espantoso gruñido emanaba de allí, paralizando de temor cada vello, cada pestaña, cada pieza de mi sensible ser.

Aterrado, como si de mi peor pesadilla se tratase, me di a la fuga. Trotando tan deprisa como podía entre cada tropiezo que tenía, sus gritos desgarradores me perseguían, violándome los tímpanos y la inocencia de mi fe.

Desesperado por ocultarme trataba de llegar a una conclusión ¿Qué demonios sucedía? y ¿quién o qué era lo que a mis ojos buscaba? Bajo todo obstáculo esquivaba su mirada, hasta que di con ese pertinente pensamiento.

Uno de mis temores más reales, poderosos y constantes, la razón del evadir tan ágilmente el encuentro sagrado, la responsabilidad en concepto y la concepción de compromisos vitales.

Dicen que a los demonios los expones cuando de su nombre te vales. Dicen que el solo descubrirlo, te dará influencia sobre sí.

Solo me tomó un sacrificio poder dar con el secreto.

Muy en mi inferioridad se encontraban aquellas letras que componen su identidad.

Ariadne.

Desde mi ser, que aún duerme profundamente, te clamo perdón, te ruego por esperanza, te digo que cambiaré.

En mis brazos algún día podré recibirte.

Perdóname.

 

Stranger danger, STRANGER DANGER!


Guía para elegir mujeres


Elegir mujeres no es cosa sencilla. Sea uno hombre, mujer, otro o nosabenocontesta, la elección del centro de esta circunferencia no es cosa sencilla.
Uno debe cuidarse siempre de imprevistos, como lo pueden ser un ojo levemente mal ubicado, una voz particularmente aburrida, un poco de fascismo entre las sienes.
Primero, uno debe tener en cuenta la certeza. Por esto nos referimos a, por supuesto, la ecuación de punto pendiente. Una vez usted tenga la certeza en la mente, debe preguntarle algo a la mujer. Lo que sea. Un buen ejemplo sería: “Mujer, ¿qué opina usted sobre la rugosidad que presentan los sapos en la panza?”. Si de la boca de la mujer sale algo que no sea la ecuación punto pendiente, usted deberá, muy a mi pesar, despedirse e irse rengueando. Si, por el contrario, la mujer de manera clara y sin ningún fallo, recita la ecuación punto pendiente, le recomiendo que huya. O se case, que es básicamente lo mismo.

Me estalla la cabeza, me duelen los bolsillos, me pesa el alma


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Los libros que se escriben con las orejas


africa Ella alzaba la mirada con una mueca dibujada en el rostro, que hacía pensar a los más pequeños que en algún lugar del viento estaban escritas las frases de sus historias. Eso o que las parvadas de aves le cantaban lo que debía decir.

Pero no. Aquella era su manera de recordar. Recordar lo que también le había contado su madre, y lo que había contado la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre. Así, caminando voces llegaron esas historias hasta ella.

Como en todas las aldeas —la suya no era la excepción—, las historias eran escritas con las orejas. Hasta entonces, la comunidad se había ido construyendo mediante las voces entretejidas, hilando las almas a través de los ancestros o mejor dicho, a través de lo que estos contaron. De la palabra escrita ya se ocuparían los otros.

Nadie sabía por qué ninguna de las gentes del pueblo había tomado la iniciativa hasta entonces de plasmar por escrito la infinidad narraciones que cada tarde pasaban a formar parte de un nuevo libro, que sería traducido por las infinitas lenguas de la imaginación infantil.

Dependiendo de su humor y del ánimo de los pequeños, ella daba un giro u otro al desenlace del cuento, de manera que ellos decidían el final más propicio a su circunstancia. Ese momento era el mejor para ella, pues disfrutaba con los finales impredecibles, que le ayudaban a recontar la historia con un giro diferente al día siguiente. A veces continuaba con la misma narración durante días, pues los pequeños le pedían alargar el desenlace, un poco más.

Foto: Pixabay (CC0).

Do mayor


Do mayor

Y así fue como Do se volvió mayor.