El mundo en el oído


Vuelve a casa. Una voz que, desde lejos, le indica lo que es mejor para su bienestar. Vuelve a casa, sé rápido, deja de arrastrar los pies. La última palabra se expande, se contrae, adquiere un matiz de teoría del bajo final en el jazz (lo tenemos) y, tras una terrible implosión que lo detiene sobre una baldosa que contiene la triple sonoridad de las tres ces de cualquier calle (colilla-chicle-céntimo), el sonido se difuma, se emborrona y acaba por desaparecer en un hilo de humo acústico que es incapaz de percibir. Parpadea a su alrededor, esperando encontrarse con un apocalipsis de violencia (sin saber realmente con qué va a encontrarse (sin saber realmente con qué espera encontrarse)) y, como un paréntesis que sabe que no sirve para nada, se queda en medio de la frase de su tiempo, detenido en un puño hecho del aire que lo envuelve.

Son las tres de la tarde. No ha dormido, parece que no ha dormido nunca y, hasta hace un momento, deseaba hacerlo. Ahora no recuerda lo que deseaba, si era dormir o morirse, si querer dormir es lo mismo que hacerlo o si morir significa fingir que se duerme, porque se quiere dormir. Son las tres de la tarde. El sol aprieta. Crujen los goznes de las rodillas y retoma el caminar entre los coches aparcados en torno a la rotonda. Lo sorprende el silencio. Es un silencio profundo que parece nacerle desde las orejas y proyectarse hacia el resto del mundo. Amortiguador, no. Silenciador. No hay almohada cubriéndole delicadamente los oídos, sino muro pesado de hormigón armado que hace que la cabeza entera se le vaya hacia todos los lados, menos hacia el que le gustaría que fuera (aunque ni siquiera recuerde adónde desearía que fuera).

Son las tres de la tarde y parece que es la hora a la que ha terminado una guerra, porque no se puede explicar de otra manera la presencia de un retornado tan tambaleante y tan confuso. Mire, una bomba me estalló junto a la trinchera. Me reventó los tímpanos. Ahora no puedo oír nada, parece que dice con las manos en los bolsillos. Los coches siguen con su circular monótono. Los pájaros siguen con su trinar de pesadilla. Los motores rugen, los horneros silban. El roce de las nubes aúlla entre la luz del sol que se les escapa. No oye nada. El mundo se ha quedado mudo o él se ha quedado sordo y eso que siempre ha podido escuchar hasta el atronador susurro del zumbido de los mosquitos en verano, cuando el aire es más denso y está hecho de cuerdas o de las membranas de las alas de muchas mariposas.

Mire, una bomba me estalló junto a la trinchera. Nunca he estado en la guerra, pero creo que una granada de mortero me ha hecho explotar el martillo, el yunque y el crisol en el que mezclo los sonidos y los diferencio, el oído entero, su fina membrana del ala de una sola mariposa. Está ciego para el crepitante lamento de la llave en la cerradura, para el portazo, para los ladridos de los perros que lo saludan como si fuese nuevo, como si fuese otra cosa o como si no fuese y estuviesen ladrando al vacío. Son las tres y cinco de la tarde. Esos cinco minutos en los que Amanda. En los que Amanda, en fin. A él le han valido para dejar de oír. Se deja dormir, recordando cómo se hace (al fin y al cabo, es algo natural y, si deja de recordarse, acaba por poder hacerse igual o mejor que antes de haberlo olvidado).

No sueña. No es que la última frase que haya escuchado sea como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Cree que fue que te den y ya. Si al menos hubiese sido el bueno de Julio, quedarse sin oír nada habría tenido más sentido, que lo hubiese reventado un rayo en la mitad de la calle habría tenido más sentido, aun cuando no hubiera tormenta y fuera imposible. No sueña y se levanta. Ahora sí oye algo. ¿Ahora sí oye algo? No, solo es el martillo, que, recuperándose de su nueva inutilidad, ha decidido hacer buen uso de la metáfora de su nombre. No oye nada. Solo lo que parece una granada de mortero estallándole la trinchera cada vez que le late el corazón. Si al menos se hubiese quedado estaqueado en el medio de aquella baldosa por algo que tuviera sentido, ahora oiría algo. ¿Ahora oiría algo? No podía saberlo, pero mejor no dejarse llevar por cábalas improbables. Mejor dejar el intento de oír para más adelante. ¿Ahora? No, más adelante.

Brisa fresca de océano. ¿Se puede ser más imbécil? Hace frío, coño, piensa que piensa que piensa que oye a alguien quejarse del frío. Le baten las rodillas de pura rasca funky. Son las diez y cuarto de la noche. No puede oír el abisal tictac marítimo de la torre del cabildo desde la plaza Candelaria, pero el banco está congelado y será mejor dejar de estar sentado y moverse. El bar, una música que no oye, aunque la intuye en los movimientos de las manos que pulsan la guitarra, que impulsan el bajo y revientan la batería, en la boca cuya voz parece comerse con un silencio misterioso el micrófono que bien podría no estar enchufado. Un susurro profundo desde el fondo de la barra, rodeado de gente, algo que sí oye, un rastro de migas de vibración expulsada a través de una garganta que no conoce.

Una cerveza fría, pese a la cabeza fría (cabeza ardiendo, por dentro el martillo se empeña en emplear un yunque que no es suyo y ¿qué?). Lee lo que tratan de decirle. Saluda, tímido de no entender, incrédulo de poder hacerlo. Sigue la pista del susurro, se va internando más y más en la barra aglomerada, en la gente embarrada que apoya codo e hígado sobre la mica oscura moteada de cercos líquidos. Hay una espalda que esconde el sonido, lo almohadilla, el cabello se encuentra entre una boca que sí puede escuchar, una garganta que sí puede oír, que habla tan bajito, tan entredientes, tan suave, que cree que es el propio aire el que se oculta tras unas manos que sujetan un vaso que suda cerveza del frío y del calor y de todos los climas simultáneos, es el mundo el que le habla, ¿es el universo lo que no ve tras unas pupilas que todavía no ha visto?, una esperanza rebelde se le agazapa debajo de la lengua que está preparada para saltar y su mano se incorpora a un hombro y en un gesto descubre que vuelve a oírlo todo, los martilleos de su cerebro, la música estridente y mediocre de los músicos en tridente dispuestos sobre el escenario, las voces de las personas que lo rodean, que lo ignoran, vuelve a oír y, aunque no descubre el universo estupefacto en el fondo de unas pupilas infinitas, sí descubre un verso descrito en lo más hondo de lo escrito de unos párpados que, sin velar el infinito, se conforman con desvelar un secreto, su secreto. Ha vuelto el mundo. Ha vuelto al mundo.

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Instantánea impresionista accidental


Crecen las hiedras
y mucho de lo que las rodea
está inerte y mustio.

Campanillas de jazmines
cantan en la noche.
Suenan rompiendo la escena lacónica,
tintinean las flores caídas en el suelo
tras su baño metálico lunar.

Asomada a la ventana
sonrío y pienso
en el aire perfumado,
en la melodía,
en la luna,
en la noche
y en ti.

Me digo:
vivir un momento
de dulce instantánea
impresionista accidental.
En una ventana al mundo
desde donde me asomo
y sonrío,
sin timidez.

Yoko Ono duerme en los portales


La felicidad


Ponerse al día
en la fila de entrada
a un concierto.

Cantar temas conocidos,
algunos nuevos para ti
y bailar alguna rumba.

Blues nocturno en un jardín
con aire de primavera.
Brindar por un año
que empiezas.

Comer unos churros
cruzando un puente
mientras tus cabellos vuelan
y se alborotan los míos.

Y unas risas cómplices.

Eso podría ser la felicidad
(o al menos unas chispas).

Merche |  La ilusión de todos los días

Ruego


Que la clave
sea
el clave,
sin sonido asordinado.
Choque de metales

Hoy
piano
no.

Espectáculo caleidoscópico en el IV ENCUENTRO (Puente Genil, España)


Gema Albornoz comparte en Salto al reverso su reseña y entrevista a ocho autores durante el IV Encuentro de Poesía de la Asociación Cultural Poética, realizado en Puente Genil, Córdoba, Andalucía, España. La autora se ofreció a publicar este trabajo en las páginas de la revista Salto al reverso. Sin embargo, debido a que la revista se encuentra temporalmente suspendida, ofrecemos de manera especial este espacio en el blog para compartirla con nuestros lectores. Un agradecimiento a Gema y a los autores entrevistados.

«Puente Genil no se entendería sin el río que le da nombre», dicen desde la página de Turismo de la localidad. No se podría explicar que una ola rompiese a los pies del puente los días 6 y 7 de mayo durante el IV ENCUENTRO DE POESÍA DE LA ASOCIACIÓN CULTURAL POÉTICA (Fig.1), pero quizás se entienda que al igual que mayo nos trajo un temporal inesperado con lluvias improvisadas y abundantes durante varios días, el río arrastró varios cristales que —con su brillo y reflejos— nos hicieron disfrutar de un espectáculo caleidoscópico. En estos días se han deleitado en rincones con un maravilloso encanto, La Alcabala y el Exconvento de los Frailes, (Fig. 2 y 5) las artes plásticas, la poesía y la música con una gran urgencia por la emergencia de «la vuelta a lo que somos, lenguaje, para poder ser alterados por el mundo que hemos dejado de vivir.» (Fig. 3)

 

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Fig. 1. Cartel IV Encuentro. Diseñado por Adriana Manuela Ruiz  Gómez.  Tomada de: https://www.facebook.com/encpoet/

Convocar, evocar a los viajeros que a lo largo de la historia se embarcaron y navegaron con el fuerte oleaje del mar de la palabra. Llegaron a tierra firme y siguieron su LENTO CAMINAR POR EL MUNDO, como adolescentes dilatando su ADN: poesía. Hoy seguimos encontrando a estos viajeros en las calles de siempre, siguen dilatando sus emociones con todo lo que aún nace: POESÍA EMERGENTE EN ESPAÑOL.                                                                                                                                      Antonio Roa.

A todo esto nos convocó desde su cartel la coordinadora y artista plástica del IV ENCUENTRO DE POESÍA, MÚSICA Y PLÁSTICA DE LA ASOCIACIÓN CULTURAL POÉTICA, Adriana Manuela Ruiz Gómez. Mexicana residente en Puente Genil, Córdoba.

 

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Fig. 2. Entrada al Exconvento de los Frailes.

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Do Re Mi


Tan hermosas ellas con sus curvas armoniosas, con sus cuerpos vibrantes; en su frecuencia marcada y en sus vestidos la clave. I Recostadas en su escalera alfombrada; las recuerdo en cada canción. Me place escucharlas, me place tocarlas. II Me … Sigue leyendo