Amarillo, rojo y azul


Anciano

Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay.   Autor: omaralnahi

El abuelo le da miedo. Los domingos Luna se hace la dormida, con la esperanza de que mamá olvidará la visita a la residencia, pero siempre se acuerda. «Verte lo pone contento», le dice. Sin embargo, Luna nunca ha visto sonreír al abuelo, ni hablar; ni siquiera una señal de reconocimiento en su expresión vacía.

El autobús las deja frente al viejo recinto de muros grises que dan a un jardín instalado en un otoño perpetuo, sin flores ni pájaros. Luna agarra fuerte la mano de mamá.

—Hija, estás helada.

Y rígida, como cada domingo.

Mamá pulsa el timbre. Mientras esperan, Luna huele la humedad. Imagina que así debe oler una casa abandonada y oscura, pero en la residencia hay mucha gente.

Se pregunta por qué si el abuelo es alguien a quien hay que querer, vive en una casa con rejas, como una cárcel. Una vez se lo preguntó a mamá, y lloró. Papá se había marchado hacía poco dando un portazo. Casi no recuerda a papá, pero el portazo aún retumba en su cabeza.

Por el jardín vagan algunos ancianos. Parecen fantasmas. Luna se acerca más a mamá y desea que la visita acabe pronto.

El abuelo las espera en su silla de ruedas, en el centro de una sala triste como un día nublado, de donde han borrado el amarillo, el rojo y el azul, los colores favoritos de Luna.

—Hola, hija.

La voz surge, lenta y apagada, desde un lugar muy profundo. Luna cree que la ha imaginado, pero entonces se da cuenta de que el abuelo las mira.

Mamá se le acerca, le acaricia la cabeza y lo besa en la mejilla.

—¿Cómo estás, papá? —pregunta con dulzura.

Luna no puede apartar la vista de los ojos del abuelo. Por primera vez parecen los de una persona. Amarillos, cuarteados por venillas rojas, y con un extraño cerco negro en torno a un pequeño círculo azul casi translúcido.

«Amarillo, rojo y azul», reflexiona sorprendida. Se ha soltado de la mano de mamá, y observa desde la distancia.

—Luna, ven a saludar a tu abuelo. ¿No ves qué contento se ha puesto?

El rostro anciano parece tan inexpresivo como siempre, pero en sus ojos ve reconocimiento y, con el corazón acelerado, se le acerca. Un movimiento en la ventana llama su atención. Sonríe al descubrir al gorrión posado en la reja.

«A mí también me gustan los pajarillos».

Luna está segura de que el abuelo le ha hablado con el pensamiento. Se gira hacia él, y vuelve a quedar atrapada en su mirada.

—Dale un beso al abuelo, hija.

«Amarillo, rojo y azul», se repite, y se detiene junto a la silla. El abuelo levanta las manos temblorosas. Luna las coge, y se le congela el corazón: el cerco oscuro en torno a la pupila crece despacio, hasta que los ojos se convierten en dos bolas negras.

«A mí también me gustan los pajarillos», escucha Luna en su cabeza.

El abuelo sonríe mientras sus ojos se deshacen.

Mi padre solía decir que la vida es riesgo


 

(A riesgo de empezar muy alto el poema) A veces la vida es eso:

Una niña se mira en un charco

y juega

a pisar nubes con sus botitas rosas.

Y luego se mira y mira

las nubes

—de cuclillas— las mira reflejadas

cómo pasan.

Otras veces (a riesgo de ser monótono) la vida es una anciana

que se sienta junto a la parada del bus a ver

pasar a la gente al sol —después de la lluvia—.

Y les mira y mira como si les conociera a todos

para que no sepan de su olvido.

La vida es injusta —me dice una amiga. Tenía solo

38 años y una lágrima y una nube en una iridiscencia suceden.

—No sé cuál es cuál—

La vida es agua —leo en una revista: Somos

un 80 por ciento agua (a riesgo de copiar)

que pasa río —como dice Manrique— río

hasta dar en la mar

que se pierde en el tiempo —como dice Roy—

como lágrimas en la lluvia.

Agua en un charco. Agua en un 80 por ciento nube.

Agua niña anciana.

Agua

Agua.

niñaanciana

Por un beso


La lluvia caía sobre el barrio marginal con la suficiente fuerza para lavar la miseria de las casuchas y de los que sobrevivían en ellas. Pequeños arroyos arrastraban consigo mugre y basura, mas la pobreza se aferraba con todas las uñas: ni tempestades ni terremotos habían podido sacudirla de esas tierras. Esta laceria involuntaria aquejaba a este creciente grupo desde muchas generaciones atrás, dejando nada más valores inmateriales: algunos arraigados, otros desvaídos por el tiempo y violados por la precariedad.

Sonia corría de un lado a otro para centrar cubetas, botes y cacharros que recolectarían los hilillos de agua que escurrían del techo de lámina, antes de que el piso interior de la chabola se convirtiera en un lodazal. Tenía los pies descalzos y entumidos. Cuando terminó su labor de prevención, de un salto subió a la improvisada cama y de inmediato se cubrió con la cobija. Aunque el raído cobertor apestara a una fétida mezcla de baba, orines de su hermano, sudor y a muchos sueños transferidos al tejido, ella se sentía segura y reconfortada.

Mientras escuchaban el desordenado chapoteo que emitía la caída de agua, Sonia y su hermano siempre platicaban antes de dormir:

—Hugo, si pudieras irte de aquí, ¿a dónde irías? ¿Qué harías? —dijo Sonia.

—¡Cállate! Va a venir a pegarnos mi papá si nos oye —contestó en un murmullo Hugo.

—¡Dime! —insistió Sonia.

—Pues… buscaría un buen trabajo… así podría llevarle flores a mi mamá los domingos.

Guardaron silencio durante un rato, por encima de la lluvia se escuchaban los ronquidos animales de su papá, que eran más soportables que los gemidos ahogados de doña Amparo que a veces se quedaba a dormir con él. Mientras estaban callados, Sonia imaginaba cómo sería tener una fiesta de quince. Un vestido de color pastel, elegantes chambelanes y un alegre vals. Su imaginación vagaba por los pasillos de una escuela con cuadernos nuevos, clases y profesores o practicando algún deporte. Tener amigas y un novio. Volteó a mirar a la mesa sostenida por ladrillos, ahí estaban las cajillas de goma de mascar que la anclaban a la realidad.

—¿Qué darías por que tu vida cambiara? —dijo mientras con un pie sacudía a Hugo por si ya se hubiera quedado dormido.

—¡Ya déjame dormir! ¿Que no ves que no tenemos nada? Ya duérmete que mañana hay que ir a vender.

Y como cada noche antes de dormir, Sonia luchaba contra los demonios que la sujetaban a su existencia:

—No tenemos nada, eso es muy cierto. Yo daría todo eso que siento dentro de mí, lo que me pasa cuando veo a una pareja que se toma de la mano o se abrazan en las bancas de los parques. Esas cosas me hacen sentir emocionada —dijo, intentando una sonrisa—. No tengo nada que dar a cambio, pero entregaría todo lo que soy… ¡Ay, no sé cómo decirlo! Daría todo por un beso.

Hugo se quitó la cobija de la cara para ver a Sonia; no sabía nada sobre el defecto congénito de ella, solo recordaba que una vez que hubo una campaña de vacunación en aquella ciudad perdida, escuchó a una enfermera decir que Sonia tenía un defecto orofacial. Sabía que ningún chico se fijaba en ella por eso. Iba a decirle algo cuando escuchó un rugido:

—¡Pinche coneja, si no te callas y te duermes te voy a romper tu madre!

Sonia se tapaba la carita y dejaba los tejidos de la cobija impregnados de silenciosos sueños.

Sin más


El otro día escuché a una niña preguntarle a su madre: «Mami, ¿adivina cuánto te quiero?». No escuché más porque iba en coche y pasé de largo; pero me quedé pensando y disfrutando la belleza de ese momento; me gustó tanto que pensé hacerle un poema… Días más tarde fui a mirar unos libros y para mi sorpresa, en el escaparate, vi un libro infantil tipo best-seller que se llamaba Adivina cuánto te quiero. Al principio pensé que esta frase me perseguía (nunca he sido muy listo a bote pronto) pero luego, analizándolo, me di cuenta que esa frase que había escuchado a aquella niña no era más que una petición (seguramente caprichosa y común) de ese libro. Me apenó, no tanto el malentendido, sino porque había visto belleza en algo vulgar por no decir comercial. Y pensé que el problema estaba en mí; que en mi absurda necesidad de buscar belleza me estaba autoengañando. Pero hay ocasiones que sé que no es así; sé que existe belleza más allá de mis ojos y aunque yo no exista, habrá en algún lugar indeterminado dos mariposas blancas jugando. Eso me pasa contigo. Gracias por existir. Sin más.

H.H.


Imagen

Humbert Humbert

es todo hombre

que se cree que tiene la potestad

de jugar con nosotras

a las casas de muñecas.

 

lachicaimperdible

 

IBA LA NIÑA


chojesus

higuera 2

Iba la niña
Por la vereda,
Bailaba con el viento
Su cabellera.
Su corazón latía,
Rueda que rueda,
Que la espera su amante
Bajo la higuera.
Va cantando la niña
Por la vereda,
Su alma retozando,
Vuela que vuela.
Arriba el sol sonríe
Y la camela,
Pero no le hace caso
La niña bella.
Que la espera su amante
Bajo la higuera,
Se citaron anoche,
Luz de una vela.
Y solloza la niña,
Muera que muera,
Que su amante no espera
Bajo la higuera.
Ya maldice su suerte
La niña bella,
Y regresa en silencio
Por la vereda.

 

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Nanocuento: EL MILAGRO DE LA AMISTAD


niña con pajaritoHoy Carmencita se atrevió a decir a sus padres en el lenguaje de señas que no era del todo sorda, pues el cantar de los pajaritos lo escucha con claridad…  papi y mami se quedaron sin palabras.

http://elclubdelartelatino.blogspot.com/2013/07/pinturas-impresionistas.html