Tutta la città ne parla


Foto por Enrico NNZ, en Pixabay (CCO).

 

Esta noche llegaste con retraso.
Caminando sin enterarse nadie
que habías llegado,
porque has venido con retraso.

Crujiendo por entero la distancia
entre la última despedida
y tu llegada esta noche.
Con tu pelo negro
de nuevo enmarañado
recogiendo toda la oscuridad
que domina la ciudad.
Tu pelo tan negro
como la noche más vasta
desplomándose
sobre tu pálida piel
a la que jamás he logrado
causarle daño.

Apareciste tarde esta noche,
aunque introduciéndote
en mi cuerpo de inmediato.
Desplazando con tu movimiento
el aire inoportuno entre ambos.
Un aire miserable hasta tu respiración,
cuando lo devuelves enriquecido
tras el tránsito por tu boca,
por tu laringe y tus pulmones.
Apareciste esta noche y sonreíste,
concentrando en un espacio
tan pequeño como tus labios
toda la humedad
que arrebatas a estas calles.

I vecchi già lo sanno il perchè.

Y comenzaste a hablar
—siempre tú primero—
y no paraste,
envolviendo en resina
cada palabra
para conservarlas
eternamente en mi cuerpo,
tras hacerlas rodar
cuesta abajo
como rocas
desde tu garganta
hacia mi estómago. Y allí
te las has dejado.
Obstruyéndolo por completo.

Volví a casa odiándote esta noche,
fatigado de imaginar
qué hubiera sucedido
si nunca hubieras llegado
con retraso.

Anuncios
Se despertó la poesía

Se despertó la poesía


Larga vuelta a casa


Daniela salió del Aleatorio Bar apenas terminó el recital de María Sotomayor. Era jueves por la noche, entrada la madrugada, las calles parecían desiertas. Entre semana, ir a deshoras significaba alejarse del horario de trabajo. Estaba a una media hora de casa caminando, así que decidió ir paseando hasta Arapiles, su barrio, en Chamberí.

Había ido sola, como otras tantas veces, lo había comentado con amigas. No quería perderse la presentación de «Nieve antigua», en uno de sus bares preferidos. Se había enfadado y había dicho que ya no era una niña cuando sus amigas le pidieron ir informando, por WhatsApp, de la noche y de su vuelta a casa. Aunque tuvo que ceder al recordar cómo ya tenían por costumbre avisar al llegar a casa.

A diecinueve grados, no hacía demasiado frío para darse una pequeña caminata nocturna hasta casa.

Giró a la derecha por la calle Carranza, e inmediatamente, echó la cabeza hacia atrás, al escuchar unos pasos. Pensó que ahora hubiese sido útil no haber dejado las clases de karate de su infancia. Siguió caminando, frenando sus ganas de echar a correr.

Cuando llegó a la calle de Fuencarral el tránsito de vehículos era intermitente. Por aquí había más transeúntes, era una calle por la que la gente paseaba, corría y se entretenía, a cualquier hora, deambulando.

Sujetó su bolso con más fuerza. Aquella sombra, y aquellos pasos, seguían tras ella. A la altura de los Cines Verdi ya había pensado en la longitud del camino. Lo había recorrido en muchas ocasiones, pero esta vez, parecía mucho más largo.

Al escuchar unas risas a unos cuantos pasos, cogió el móvil e hizo como si hablara con alguien. El paso acelerado, como su corazón, a cada minuto aumentaba el volumen de su propia respiración, ahora más fuerte. Incluso pensó que sería difícil escuchar todo su alrededor, si su propia respiración estaba tan acelerada. Ver a un borracho tirado en un portal, mientras mascullaba palabras sueltas aletargadas por su embriaguez y sueño, no la ayudó.

Llegó al 137 de la calle Bravo Murillo y al sacar las llaves del bolso los pasos y la sombra que la habían seguido se detuvieron.  Metió la llave en la cerradura del portal y miró atrás. Un pequeño cachorro tiritaba de miedo, y frío, ante sus ojos. Daniela se agachó y acarició al labrador que la miraba con negros ojos brillantes.

—¿Tienes miedo? ¿Ha sido muy larga tu vuelta a casa? ¿Estás solo? —preguntaba mientras seguía acariciándolo. Buscó el collar que no encontró. Juntos entraron al portal. Cerró la puerta. Ya estaban seguros.

Todo cabe


Todo cabe en una noche de insomnio mientras duermes.

Todo espera.

Todo puede volver a empezar a la mañana siguiente.

Pero sigues encerrado.

 

(Foto del autor)

Colas de zorro


Cola de zorro

Sutiles colores
que pintan la noche
del gran bulevar
de las penas perdidas.

Humildes las flores,
sin tanto reproche
observan pasar
esas piernas curtidas.

Muy mal van de amores,
se suben al coche,
etéreo pesar
de palmeras dormidas.


·

·

·


Ejemplar de cola de zorro (Pennisetum sp.) que crece como yuyo en el jardín de una casa abandonada sobre Bulevar Artigas, una arteria montevideana donde tradicionalmente paraban las mujeres del triste oficio, cada una junto a su palmera.

Centrifugando recuerdos (XXI)


OriSensCoffee

Imagen cedida por OriSens Coffee

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara no sabe qué hora es, pero aún está oscuro, así que no debe hacer mucho que se acostaron. Tere duerme plácidamente tumbada boca abajo, agarrada a la almohada. Sara se sienta junto a ella y su mano derecha le acaricia la espalda desnuda, provocando un leve movimiento y un murmullo aparentemente placentero.

«A saber qué estás soñando; algo mucho más agradable que yo, seguro». La imagen de su hermana rodeada de cables regresa como un fogonazo, clavándosele en el corazón. Cierra los ojos y se aprieta el pecho. «Basta», se ordena a sí misma. Entonces suspira y vuelve a mirar a su amiga, envidiando la paz que transmite.

«Tienes razón… No tiene sentido que siga machacándome por mi hermana perdida. Ya hace mucho que te tengo a ti». Vuelve a acariciarla. «Pero no puedo evitarlo. Me gustaría saber cómo se hace. Nada me gustaría más».

Tere se da la vuelta. La tenue luz que entra por la ventana permite a Sara fijarse en el bonito tatuaje de la mariposa que le decora el pecho izquierdo. Se queda embobada durante unos segundos, hasta que el sueño empieza a vencerle. Cuando está a punto de tumbarse, Tere abre los ojos, revelando una expresión de desconcierto.

—¡Coño! —exclama por fin— ¿Qué haces aquí? Menudo susto me has dado.

—Perdona, pero es que tengo que decirte algo.

—¿Ahora?

—He vuelto a soñar con mi hermana. Era como si estuviera allí, en aquella horrible habitación de hospital, reviviéndolo todo…

—Jo, tía. —Tere se tumba boca arriba y se lleva las manos a la cara—. ¿Por qué no lo hablamos por la mañana? Tengo la cabeza como un bombo. Necesito dormir. No va a haber quién me levante para ir a currar.

—Lo siento, pero necesito decírtelo.

—¿Lo de la pesadilla? —Tere mira a su amiga, aún cabreada por haberla despertado, pero al percibir su angustia relaja el gesto y busca su mano—. Ay, perdona. —Se la besa—. Ya sabes que no tengo muy buen despertar. Cuéntame.

—Vámonos con Merche.

Tere tarda unos segundos en comprender.

—A la Alpujarra —añade Sara.

—Sí, claro. Genial. Mañana la llamamos. Se pondrá muy contenta de que te vengas.

Ambas sonríen.

—Pero ya. Vámonos mañana mismo.

Tere frunce el ceño.

—¿Pero qué prisa te ha entrao? Ya sabes que tengo curro.

Sara empieza a negar con la cabeza y a sentir el agobio que acabará por volverla loca.

—No puedo quedarme aquí. Necesito largarme a algún sitio donde pueda pensar tranquila.

—Ay, Sara, Sara… ¿En serio que no podemos hablarlo por la mañana?

—Si me prometes que nos marchamos cuanto antes.

—Es por Luis, ¿verdad?

Sara se muerde los labios y dirige la vista a la ventana.

—Es por muchas cosas, por demasiadas… —Vuelve a mirar a su amiga— Tere, me voy a volver loca. Lo digo de verdad, me vais a tener que ingresar.

—Anda, déjate de dramas y ven aquí.

Tere le alarga los brazos y Sara se deja caer en la cama para ser abrazada. A pesar del calor y del dolor de cabeza, se siente reconfortada, y con el recuerdo de aquella noche lejana, en que fue ella la que dio calor a su amiga desconsolada por la muerte de su madre, pronto se quedan dormidas. Y esa noche no hay más pesadillas.

…………………………

Cuando Luis se despierta vuelve a estar empapado en sudor. La mañana está avanzada y el sol parece dispuesto a demostrar que es capaz de superar la capacidad sofocante de jornadas anteriores. Tiene la sensación de no haber dormido apenas, pero la ausencia de aire acondicionado en la habitación lo empuja a levantarse.

Cuando se pone de pie se da verdadera cuenta de lo hecho polvo que está, después de tres noches consecutivas sin descansar apenas. El único analgésico que se le ocurre es otra ducha fría antes de un café con leche con mucho café.

El nuevo remojón consigue hacerlo parecer una persona en posesión de sus facultades mentales. Comprueba la hora en el móvil —«las diez, supongo que aún servirán desayunos. Aiman debe llevar un buen rato currando»—, y que, dada la ausencia de mensajes, su situación personal sigue sin interesarle a nadie. «¿Sara se acordará de lo de anoche?», se pregunta, y mientras cierra la puerta y baja las escaleras rememora el rato asomado a la ventana, víctima del insomnio y la incertidumbre. Golpea entonces la barandilla con la palma de la mano y se reprocha el continuar tan obsesionado con ella.

—Buenos días —saluda la propietaria de la pensión al verlo aparecer en el comedor. Es una mujer que pese a haber superado los sesenta mantiene un aspecto muy juvenil. El pelo largo color ceniza, recogido en un moño descuidado; el vestido amarillo de lino decorado con mandalas de distintas formas y colores, que arrastra por el suelo, y bajo el cual aparecen de vez en cuando sus pies descalzos; collares y pulseras de coloridos minerales, y una sonrisa calurosa.

—¿Has dormido bien?

La mujer recoge las mesas mientras tararea la música que suena en los altavoces del comedor. Luis reconoce la voz de la Mari de Chambao. «Muchos no llegan, se hunden sus sueños, papeles mojaos, papeles sin dueño…» Al momento se le dibuja en la mente la cara cansada pero alegre de Aiman.

—Sí, gracias. —Recorre con la mirada las mesas solitarias, algunas aún con restos de desayuno. Al fondo de la sala, junto a la ventana, queda una preparada para un único comensal—. Supongo que soy el último huésped en bajar.

La sonrisa cómplice es suficiente respuesta.

—¿Qué vas a tomar?

Antes de responder, a Luis le sorprende la presencia de una mopa que se mueve nerviosa.

—Ya veo que acabas de descubrir a Nala, es mejor que una aspiradora.

La mopa resulta ser una perrita que merodea en torno a su dueña, con la nariz pegada al suelo.

—Tomaré un café con leche, bastante cargado, por favor.

—¿Tostadas?

—Sí, gracias.

Luis se dirige a la mesa, se sienta y aparta un poco la cortina para mirar por la ventana. Abajo aparece una calle estrecha, ya bulliciosa a esa hora, y enfrente las casas blancas del Albayzín. «En una de esas está Sara. ¿Se habrá levantado ya?». Suelta la cortina y se queda mirando el cestito con las porciones de mermelada y mantequilla. Los dedos de su mano derecha se ponen a repiquetear sobre la mesa. «Mañana hablamos. Eso le dije, pero ella no respondió. Bueno, sí, dijo que no tendría que haberla seguido». Sus ojos se fijan ahora en la servilleta y en el tenedor y el cuchillo que reposan sobre ella. Su mano izquierda empieza a juguetear distraídamente con los cubiertos.

—Café con leche cargado y unas tostadas.

La llegada del desayuno concentra la atención de sus rugientes tripas. Su mirada, sin embargo, se desvía hacia el suelo, donde la perrita aspiradora ha levantado la cabeza para fijarse en el extraño. Luis adivina dos botones negros entre los temblorosos mechones de pelo rizado; un poco más abajo sobresale la pequeña lengua rosada que saborea por anticipado nuevas golosinas.

—Nala, no molestes —le riñe la mujer, a lo que el animal responde con un estornudo; da media vuelta y avanza un par de metros hasta dejarse caer a la sombra de una silla.

—Debe tener calor con tanto pelo —señala Luis.

—Sí, pobre. —La anfitriona agarra un pequeño cestito de otra mesa y se lo acerca a Luis—. Aquí tienes el azúcar.

—Gracias.

—Debería cortárselo. Lo hice una vez, hace un par de años, pero se quedó en tan poquita cosa que me daba miedo que alguien la chafara de un pisotón. —Le dedica una mueca cariñosa a Nala, que responde levantando la cabeza y meneando una ridícula colita—. Además —ahora dirige a Luis una mueca de desagrado—, estaba feísima, parecía una rata esquelética.

El joven ha empezado a untar una porción de mantequilla en la tostada. Sonríe al imaginar al pobre animal desprovisto de todo su encanto peludo.

—Así que ahora se tiene que aguantar. De todas formas, lo de este verano está siendo criminal —añade la mujer, que ya está recogiendo otra mesa—. De cría no podía imaginar que en algún sitio hiciera tanto calor como en Granada en agosto…

Luis atiende mientras mordisquea la tostada con mantequilla y mermelada de melocotón. Vierte medio sobre de azúcar moreno en la taza y menea la cucharilla con parsimonia.

—En Finlandia estábamos bastante fresquitos casi todo el año.

Luis comprende ahora por qué le resultaba extraño el acento de la mujer. Habla un castellano perfecto, y después de tantos años en España casi ha eliminado el rastro de su origen extranjero, pero sin haberse impregnado del contagioso acento andaluz.

—¿Eres finlandesa?

—Sí, de sangre sami. —La mujer advierte el desconcierto del joven—. Vivía en Laponia. Mis abuelos eran nómadas, pastores de renos. Mis padres montaron una granja de huskies y organizaban excursiones en trineo, pero aunque los perros eran muy cariñosos, el frío no iba conmigo y en cuanto pude emigré.

Luis se imagina montado en unos de esos trineos tirado por ruidosos y enérgicos huskies, sintiendo el gélido viento cortante en la cara, pero excitado por la sensación de velocidad al deslizarse sobre la nieve. Ella capta la expresión evocadora.

—Mi hermano heredó la granja y abrió un complejo turístico al lado, así que si quieres, te paso el contacto. Te hará buen precio.

—Oh, gracias, pero creo que ahora mismo no me llega el presupuesto.

Luis apura la taza y se acaba la tostada.

—¿Más café?

—Vale, un cortado.

La mujer se acerca con la cafetera en una mano y una jarrita con leche en la otra.

—Eres catalán, ¿verdad?

—Sí.

—Lo del cortado es muy de allí. —Le rellena la taza—. Estuve unos cuantos años viviendo en la Costa Brava, en una especie de comuna hippie. —Abre los brazos y con gesto teatral se señala el vestido. Luis se lleva la taza a los labios y asiente—. Fue una época bonita, pero una, por muy hippie que sea, acaba madurando, y aquí me tienes, regentando un próspero negocio.

Las últimas palabras las pronuncia con tono burlón y una sonrisa. Luis se la devuelve. No acaba de entender por qué le cuenta todo eso, pero la compañía es agradable, le transmite mucha calma.

—Bueno, te dejo que acabes de desayunar tranquilo. Si me necesitas, estoy en la cocina.

En cuanto da los primeros pasos, la perrita se incorpora y la sigue. Ambas desaparecen por la puerta, dejando tras de sí la estela de bienestar que ha envuelto a Luis desde que entró en el comedor.

Vuelve a retirar la cortina de la ventana. Abajo continúa el bullicio de gente que va y viene. Enfrente, los mismos edificios. «En una de esas casas está Sara», se repite absurdamente, y molesto consigo mismo por volver a ello, aparta la mirada, que fija ahora en la taza vacía. Coge la cucharilla y, sin pensar en nada, o mejor dicho, sin querer pensar en Sara, remueve los posos del café, hasta que el sonido de una vibración sobre la mesa le provoca un pequeño sobresalto.

Es el teléfono móvil, que hasta entonces había permanecido olvidado en una esquina. A Luis se le acelera el corazón. Lo coge, nervioso, y enciende la pantalla. Alguien le ha enviado un sms. «Ya verás cómo sólo es publicidad», se dice mientras pulsa sobre el icono.

«Hola, Luis. El encuentro de anoche fue muy raro. Ya que has venido hasta aquí, creo que mereces una charla en condiciones. Llámame».

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XX)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

—¿Alguien me puede explicar qué pasa? —pregunta al fin.

Tere es la primera en reaccionar.

—Eh… nada, nada. ¿Qué quieres tomar? ¿Vino? ¿Cerveza?

—No bebo alcohol.

—Pues vente conmigo y tú mismo coges lo que quieras de la nevera.

Y sin darle tiempo a objetar, lo toma de la mano y lo arrastra con ella. Aiman se deja llevar, demasiado cansado para oponer resistencia y para insistir en la demanda de explicaciones. Ya en la cocina recuerda algo que la otra chica gritó desde la ventana.

—Tu amiga ha dicho que había llamado a la poli…

—Eh, no, no creo. —Tere está nerviosa, pendiente del reencuentro de Sara y Luis.

—Sí, lo ha dicho. Y, verás, yo no tengo los papeles, así que preferiría…

Tere se fija en ese momento por primera vez en el muchacho moreno de pelo ensortijado. Nota la preocupación en su rostro y le sonríe para tranquilizarlo.

—No ha llamado, en serio. No tienes que preocuparte.

Aiman respira más tranquilo.

—Gracias. Entonces, ¿esos dos ya se conocían?

Tere asiente con la cabeza.

En el comedor Sara y Luis se aguantan la mirada. Él, mudo de asombro, intentando procesar el significado de semejante casualidad; ella, víctima de la cruenta batalla que se desarrolla en su interior entre corazón y cerebro, bajo la nube de irrealidad que la borrachera confiere a la escena.

—Ha ido de poco —comenta, intentando sonar distendida.

—Sí.

—¿Nos sentamos?

Sara se dirige al sofá. Luis aún tarda unos segundos en reaccionar. Finalmente, deja caer la mochila, se le acerca con movimientos pesados y se acomoda a cámara lenta. Una vez instalado, se fija en la botella de vino que continúa sobre la mesita.

—¿Quieres? —le ofrece Sara— Yo he bebido demasiado ya esta noche, pero me voy a echar un poco más. Es de la Contraviesa. ¿Has estado? Está cerca de la Alpujarra. Lo hacen los padres de una amiga. —Sin esperar respuesta, se sirve otra copa y bebe un trago.

Luis la observa, aún mudo. A Sara ese estado catatónico empieza a exasperarla.

—Jo, tío, vale que no te lo esperabas, pero ya está bien, ¿no?

—Llevo dos días imaginándome este momento —reacciona por fin—, y ahora no sé qué decir. —Habla despacio, como aturdido—.Tengo una pinta horrible, estoy hecho polvo y apesto.

Sara lo somete a un rápido examen visual.

—Sí, supongo que has tenido días mejores. —Bebe otro trago—. Yo también —añade, y fuerza una sonrisa.

Luis no está a gusto. Ni consigo mismo ni con la impresión que le transmite el comportamiento de Sara. Tiene la desagradable sensación de que son dos desconocidos sin nada en común, que su encuentro bajo las estrellas forma parte de un sueño irrecuperable.

—¿Por qué has venido? —inquiere Sara, cuyo estado de ánimo va saltando de un extremo a otro, en función de quién se vaya imponiendo en la batalla interna.

Luis preferiría que la charla se desarrollara en otro contexto, en el que ambos fueran dueños de sus palabras.

—Creo que los dos necesitamos descansar. ¿Por qué no quedamos mañana…

—Sé que hice mal largándome de esa manera… —Sara no parece escuchar. De repente nota una inmensa llamarada de tristeza que le sube desde el estómago y bebe para intentar sofocarla—. Pero es lo que hice, lo que tenía que hacer, y no tendrías que haberme seguido.

Habla sin mirar a Luis, sin mirar a nada, en realidad. Las palabras le salen entrecortadas. Él no quiere seguir por ahí. No quiere tener esa conversación en esas circunstancias. Necesita descansar, y ella, dormir la mona.

—Hablamos mañana, ¿vale? —Suena más a súplica que a propuesta.

Luis se incorpora dubitativo en el momento en que Aiman y Tere asoman tímidamente. Sara se mantiene ausente, repitiendo en silencio «no tendrías que haber venido», y conforme su cerebro pronuncia las palabras, siente el peso aplastante de la tristeza.

—¿Crees que esos matones nos dejarán llegar a la pensión? —pregunta Luis.

—Supongo que sí —responde Aiman sin demasiada convicción.

—Muchas gracias por abrirnos la puerta. —Luis se dirige a Tere, que asiente distraída, más pendiente de Sara que de otra cosa—. Necesita dormir —señala Luis.

—Lo sé. —«Y un abrazo», añade mentalmente, mirándola con preocupación.

Luis recupera su mochila y se despide.

—Hasta mañana —pronuncia, con creciente desasosiego. Tiene la sensación de que está dejando pasar una oportunidad, quizás la única—. Por cierto, la vista desde la ventana es preciosa —añade, como quien lanza un cabo que sabe que nadie va a recoger.

Sara no responde, absorta en su letanía. Tere se adentra en el pasillo y los jóvenes la siguen. La mano de Luis, agarrada al marco de la puerta del comedor, es la última en ceder a la lógica; sus dedos rememoran el encuentro fugaz con los de ella y quieren que haya una segunda vez.

—No tendrías que haber venido —murmura Sara, cuando ya no la escucha nadie.

…………………………

A pesar de lo cansado que está, Luis no puede dormir. Se remueve en la cama, que esperaba más incómoda teniendo en cuenta el aspecto destartalado de la pensión. La imagen de Sara, tan diferente a la que se le grabó en el corazón bajo el cielo del Pirineo, lo perturba; esa forma de mirarlo sin verlo, y el tono desencantado de su voz lo persiguen desde que salieron del piso. «Estaba muy tocada por el alcohol», intenta justificarla, «y tú tampoco has estado lo que se dice brillante», se repite mientras no deja de dar vueltas sobre las sábanas.

Decide finalmente ducharse, con la esperanza de que el agua fría lo relaje lo suficiente como para dejar de martirizarse. Pero aunque el agua arrastra el polvo y el sudor, no consigue llevarse las malas sensaciones. Limpio y refrigerado, vuelve a tumbarse, y con él la imagen de Sara, esas dos Saras tan diferentes. «¿Por qué lo haces? ¿Por qué insistes? ¿Qué la hace tan especial como para que condicione tu vida de esta manera?» Luis se escucha hacerse esas preguntas, y sabe que la respuesta lógica a todas ellas es abandonar, volver a casa y retomar su vida, más después de una noche que le ha dejado tan mal cuerpo.

Tras revolverse unos minutos más, empieza a desesperarse. Se incorpora y se queda sentado en el borde de la cama, con el sudor corriéndole desde la nuca, columna abajo. Agacha la cabeza y se lleva las manos a la cara, con los codos apoyados en las rodillas. Se pasa los dedos por el pelo mojado. Y entonces se cuela en su cerebro la mirada de Laia, aquella otra mirada triste y decepcionada.

A Luis le cuesta reconocerse en aquel tipo tan obsesionado y preso de los celos que había orientado toda su existencia a no perder a la mujer que conformaba su mundo. «Lo estás volviendo a hacer». La certeza le provoca un escalofrío.

Se levanta y se dirige a la ventana, con un cigarrillo entre los dedos y la llama azulada del encendedor dispuesta a hacer su trabajo.

La ventana da a un patio interior sin encanto. En frente, la parte trasera de un bloque de pisos, en el que la única luz encendida, que surge de la ventana más alta, le da el aspecto de un gigantesco y vigilante cíclope de cemento. Luis cree distinguir a una mujer asomada en camiseta de tirantes. También fuma, según revela la minúscula lucecita titilante a la altura de su cabeza. «No soy el único al que le da por comerse el tarro de madrugada», se consuela el joven.

La ingesta de humo nubla por unos minutos los pensamientos inquietantes. Cuando apura el cigarrillo, la reacción instintiva es lanzar la colilla al vacío, pero de nuevo el recuerdo de Sara, de su rapapolvo bajo la luna, lo detiene. Entonces la apaga contra el alféizar y «qué coño», murmura, para acto seguido despedirla con rabia, como quien decide incumplir una norma absurda.

El cíclope ha decidido irse a dormir, o al menos ha cerrado el ojo. El cerebro de Luis, en cambio, sigue bullendo. «¿De verdad que no soy capaz de actuar sin seguirle los pasos a alguna tía?» La Sara ausente de esa noche empieza a perder protagonismo, desplazada por la que conoció en el Pirineo, y Luis vuelve a sentir el impulso que lo empujó a recorrer el país de norte a sur, tras ella.

—No, no lo soy —susurra mientras da media vuelta y regresa a la cama.

…………………………

Sara se despierta llorando. El llanto le brota incontrolable. Gime por el dolor que le invade el corazón. Durante un par de minutos eternos no es consciente de que ya no duerme y que la imagen de su hermana, despidiéndose, sonriente y serena, en la cama del hospital, despidiéndose para siempre enredada entre cables, es una recreación de su cerebro cruel.

Poco a poco se da cuenta de que han pasado muchos años de aquello, que estaba soñando, y el torrente de lágrimas reduce el cauce hasta detenerse. Está desorientada. No está en su cama. Tarda aún un poco en comprender que se ha quedado dormida en el sofá. Y entonces recuerda la velada regada de vino, el extrañísimo reencuentro con Luis, su tristeza inmensa, el abrazo de Tere antes de irse a dormir. «Estoy bien, no te preocupes. Sólo necesito pensar un momento». «Piensas demasiado», le responde su amiga, acompañando sus palabras con una tierna caricia en el rostro.

Y ahora, una vez recuperado el control, nota el horrible pinchazo que le taladra la cabeza.

—Dios, cómo me duele.

Sara se levanta con torpeza, tropieza con una botella vacía y se golpea el dedo meñique del pie derecho contra la pata de la mesita, arrancándole un alarido que consigue ahogar antes de que despierte a todo el vecindario. «Por lo menos, ahora ya no me duele tanto la cabeza», se consuela, camino del cuarto de baño, rezando por que quede paracetamol.

—Qué desastre —murmura al verse en el espejo.

Encuentra la pastilla, se la mete en la boca y bebe un trago de agua directamente del grifo. Se lava la cara, se seca y cuando vuelve a ver su imagen reflejada, se fija mejor en los tristes ojos hinchados y enrojecidos.

—Qué desastre —repite.

Nota entonces la presión en la vejiga y, con parsimonia, se sienta en el wáter. «¿Qué vas a hacer, Sara?», se pregunta mientras en su cabeza se reproducen las escenas que acaba de revivir. Arranca un trozo de papel higiénico y se queda con él en la mano y la mirada perdida, buscando respuestas en el enlosado. Un pececillo de plata, que ha visto interrumpida su ronda nocturna a la caza de restos orgánicos o sintéticos que llevarse a la boca, entra en su campo de visión y los ojos de Sara lo siguen en su búsqueda de refugio que lo proteja de la luz.

—Merche —pronuncia.

No sabe por qué el bicho ha trasladado su pensamiento a los viñedos culpables del vino que ha provocado que un martillo invisible le aporree las sienes, y a recordar la entusiasta propuesta de Tere sobre pasar unos días con ella en la Alpujarra.

—Por qué no —concluye.

Entonces siente la necesidad imperiosa de comunicarle la decisión a su amiga, de forma que cuando sale del cuarto de baño, renqueante por el dolor en el pie, se dirige a su habitación.

Continuará…