Silencio, se escucha


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Foto: ©Merche García

Caen las gotas al laguito de la fuente
en suave cadencia
graznan las gaviotas al despedir el día
se oye el roce de cubiertos y platos
a la hora de la cena
murmuran las voces al oído
sin querer romper
el silencio
este bendito silencio.
De pronto, tañen, imponentes,
las campanas de la catedral.
Son las diez. De la noche.

Cuando ya no estás


Cae la tarde y el cielo pinta mis ojos de nostalgia. Perdí el rumbo buscando entre unas cajas aquellas fotos vacías de memoria donde encontré unas alas, están rotas. Quizá el colibrí que a veces golpea mi ventana se haya atrevido a mirar, quizá sepa qué hacer con ellas. En aquella sonrisa congelada he tratado de buscarte, de recordar, de imaginar lo que fuimos sin besarnos, ni una vez.

¿Cómo pudimos tocarnos con solo mirar? ¿Cómo fue que hablamos a través de aquella remota melodía? ¿Cómo nos volvimos cómplices de una vida tan huérfana? Tan lejos el uno del otro.

Seremos todo lo que decimos a través de este silencio que alimenta las ganas de tenernos sin hacer ruido, en un lugar sin espacios ni tiempo. Allá, en ese mundo inventado por los dos, donde mueren los disimulos, los “me duele”, los “te extraño”, donde tantas veces tatuamos un “te quiero” en la pared.

La sombra del baile de los árboles se dibuja en la persiana, es una bandera a media asta. Atravieso mi dolor sin respirar, como los sueños que mueren en mis ojos cuando ya no estás… Ya no estás.

Esta noche vendrá a cubrirme de lluvia y yo, yo apagaré las estrellas. No quiero regalar la mirada mojada a esa luna que se esconde de ti, no pisaré la arena que te amó, donde alguna vez lloré tu nombre. Escaparé del viento, no quiero que regrese la frescura que sentí, que me robaste.

En esta habitación, la esperanza duerme agarrada a una almohada tejida de historias sin risas ni final. Es un pequeño rincón donde el alma es el refugio falso, la prisión.

No sé si podré pensarte de nuevo, hay cartas sin tinta volando hacia la nada, olvidamos escribir al corazón, lo dejamos en blanco, y casi lo matamos. Y ahora, ¿qué? Ahora me toca imaginarte a través de una ventana que amenaza con romperse sobre mí, para dejarme ciega de paisaje y muerta de frío, mientras dejo que me recorra esta brisa que me duele, esa caricia tuya que solo existe en el invierno.

Nocturno de escritora


Escribo.

En esta noche cerrada a las musas, la locura me protege, es mi fiel compañera, la soberana. La tinta sangra para que no se detengan las palabras; el alma se envenena cuando no se derrama.

Escribo.

No enmudezco esta voz, escapo de una muerte lenta y agónica que se bebe mi sed. Mi espíritu es una pluma al vuelo, que me desafía, me delata. Hoy escupe lo que soy y me ama mañana.

Escribo.

La luna inventa otra luz en este cielo mío, teñido de letras y escarcha sin flor. Yo, sin mí, estallo sobre esta hoja en blanco ansiosa de vida, de muerte y de dolor. Y en la negrura de este aire que me habita sacudo la alegría, la tristeza y el placer.

Escribo.

En medio de este silencio que lo llena todo, yo, me vacío, me entrego, me arranco esta piel y hiervo en el fuego eterno de la palabra, llama viva que alumbra y apaga un corazón abierto. Se quemará el papel, no el sueño.

Escribo.

Soy un animal escondido en la sombra que baila en la pared. Respiro su poder, lamo mis heridas y las abro otra vez. Es tiempo de vivir para escribir, de rendirse al poema o de morir.

Luz y luna


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Foto ©Merche García

El viento lleva cascabeles


Tú ahí flotando
yo también
el viento lleva cascabeles
en ofrenda a la tempestad

lluvia

viento

lluvia

furia.

Yo aquí flotando
tú también
como si dormir
fuera la salvación
cuando arrecia
el temporal.

Una orquesta de sonidos
amorfos
enmudecen los latidos
estremecen como aullidos
la noche.

En cualquier momento
saldré a tu encuentro
¿acaso
me esperarás despierto?

lluvia

viento

lluvia

y solo un silbido
al alba.

Tutta la città ne parla


Foto por Enrico NNZ, en Pixabay (CCO).

 

Esta noche llegaste con retraso.
Caminando sin enterarse nadie
que habías llegado,
porque has venido con retraso.

Crujiendo por entero la distancia
entre la última despedida
y tu llegada esta noche.
Con tu pelo negro
de nuevo enmarañado
recogiendo toda la oscuridad
que domina la ciudad.
Tu pelo tan negro
como la noche más vasta
desplomándose
sobre tu pálida piel
a la que jamás he logrado
causarle daño.

Apareciste tarde esta noche,
aunque introduciéndote
en mi cuerpo de inmediato.
Desplazando con tu movimiento
el aire inoportuno entre ambos.
Un aire miserable hasta tu respiración,
cuando lo devuelves enriquecido
tras el tránsito por tu boca,
por tu laringe y tus pulmones.
Apareciste esta noche y sonreíste,
concentrando en un espacio
tan pequeño como tus labios
toda la humedad
que arrebatas a estas calles.

I vecchi già lo sanno il perchè.

Y comenzaste a hablar
—siempre tú primero—
y no paraste,
envolviendo en resina
cada palabra
para conservarlas
eternamente en mi cuerpo,
tras hacerlas rodar
cuesta abajo
como rocas
desde tu garganta
hacia mi estómago. Y allí
te las has dejado.
Obstruyéndolo por completo.

Volví a casa odiándote esta noche,
fatigado de imaginar
qué hubiera sucedido
si nunca hubieras llegado
con retraso.

Se despertó la poesía

Se despertó la poesía