Luz y luna


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Foto ©Merche García

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El viento lleva cascabeles


Tú ahí flotando
yo también
el viento lleva cascabeles
en ofrenda a la tempestad

lluvia

viento

lluvia

furia.

Yo aquí flotando
tú también
como si dormir
fuera la salvación
cuando arrecia
el temporal.

Una orquesta de sonidos
amorfos
enmudecen los latidos
estremecen como aullidos
la noche.

En cualquier momento
saldré a tu encuentro
¿acaso
me esperarás despierto?

lluvia

viento

lluvia

y solo un silbido
al alba.

Tutta la città ne parla


Foto por Enrico NNZ, en Pixabay (CCO).

 

Esta noche llegaste con retraso.
Caminando sin enterarse nadie
que habías llegado,
porque has venido con retraso.

Crujiendo por entero la distancia
entre la última despedida
y tu llegada esta noche.
Con tu pelo negro
de nuevo enmarañado
recogiendo toda la oscuridad
que domina la ciudad.
Tu pelo tan negro
como la noche más vasta
desplomándose
sobre tu pálida piel
a la que jamás he logrado
causarle daño.

Apareciste tarde esta noche,
aunque introduciéndote
en mi cuerpo de inmediato.
Desplazando con tu movimiento
el aire inoportuno entre ambos.
Un aire miserable hasta tu respiración,
cuando lo devuelves enriquecido
tras el tránsito por tu boca,
por tu laringe y tus pulmones.
Apareciste esta noche y sonreíste,
concentrando en un espacio
tan pequeño como tus labios
toda la humedad
que arrebatas a estas calles.

I vecchi già lo sanno il perchè.

Y comenzaste a hablar
—siempre tú primero—
y no paraste,
envolviendo en resina
cada palabra
para conservarlas
eternamente en mi cuerpo,
tras hacerlas rodar
cuesta abajo
como rocas
desde tu garganta
hacia mi estómago. Y allí
te las has dejado.
Obstruyéndolo por completo.

Volví a casa odiándote esta noche,
fatigado de imaginar
qué hubiera sucedido
si nunca hubieras llegado
con retraso.

Se despertó la poesía

Se despertó la poesía


Larga vuelta a casa


Daniela salió del Aleatorio Bar apenas terminó el recital de María Sotomayor. Era jueves por la noche, entrada la madrugada, las calles parecían desiertas. Entre semana, ir a deshoras significaba alejarse del horario de trabajo. Estaba a una media hora de casa caminando, así que decidió ir paseando hasta Arapiles, su barrio, en Chamberí.

Había ido sola, como otras tantas veces, lo había comentado con amigas. No quería perderse la presentación de «Nieve antigua», en uno de sus bares preferidos. Se había enfadado y había dicho que ya no era una niña cuando sus amigas le pidieron ir informando, por WhatsApp, de la noche y de su vuelta a casa. Aunque tuvo que ceder al recordar cómo ya tenían por costumbre avisar al llegar a casa.

A diecinueve grados, no hacía demasiado frío para darse una pequeña caminata nocturna hasta casa.

Giró a la derecha por la calle Carranza, e inmediatamente, echó la cabeza hacia atrás, al escuchar unos pasos. Pensó que ahora hubiese sido útil no haber dejado las clases de karate de su infancia. Siguió caminando, frenando sus ganas de echar a correr.

Cuando llegó a la calle de Fuencarral el tránsito de vehículos era intermitente. Por aquí había más transeúntes, era una calle por la que la gente paseaba, corría y se entretenía, a cualquier hora, deambulando.

Sujetó su bolso con más fuerza. Aquella sombra, y aquellos pasos, seguían tras ella. A la altura de los Cines Verdi ya había pensado en la longitud del camino. Lo había recorrido en muchas ocasiones, pero esta vez, parecía mucho más largo.

Al escuchar unas risas a unos cuantos pasos, cogió el móvil e hizo como si hablara con alguien. El paso acelerado, como su corazón, a cada minuto aumentaba el volumen de su propia respiración, ahora más fuerte. Incluso pensó que sería difícil escuchar todo su alrededor, si su propia respiración estaba tan acelerada. Ver a un borracho tirado en un portal, mientras mascullaba palabras sueltas aletargadas por su embriaguez y sueño, no la ayudó.

Llegó al 137 de la calle Bravo Murillo y al sacar las llaves del bolso los pasos y la sombra que la habían seguido se detuvieron.  Metió la llave en la cerradura del portal y miró atrás. Un pequeño cachorro tiritaba de miedo, y frío, ante sus ojos. Daniela se agachó y acarició al labrador que la miraba con negros ojos brillantes.

—¿Tienes miedo? ¿Ha sido muy larga tu vuelta a casa? ¿Estás solo? —preguntaba mientras seguía acariciándolo. Buscó el collar que no encontró. Juntos entraron al portal. Cerró la puerta. Ya estaban seguros.

Todo cabe


Todo cabe en una noche de insomnio mientras duermes.

Todo espera.

Todo puede volver a empezar a la mañana siguiente.

Pero sigues encerrado.

 

(Foto del autor)

Colas de zorro


Cola de zorro

Sutiles colores
que pintan la noche
del gran bulevar
de las penas perdidas.

Humildes las flores,
sin tanto reproche
observan pasar
esas piernas curtidas.

Muy mal van de amores,
se suben al coche,
etéreo pesar
de palmeras dormidas.


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Ejemplar de cola de zorro (Pennisetum sp.) que crece como yuyo en el jardín de una casa abandonada sobre Bulevar Artigas, una arteria montevideana donde tradicionalmente paraban las mujeres del triste oficio, cada una junto a su palmera.