Todo cabe


Todo cabe en una noche de insomnio mientras duermes.

Todo espera.

Todo puede volver a empezar a la mañana siguiente.

Pero sigues encerrado.

 

(Foto del autor)

Colas de zorro


Cola de zorro

Sutiles colores
que pintan la noche
del gran bulevar
de las penas perdidas.

Humildes las flores,
sin tanto reproche
observan pasar
esas piernas curtidas.

Muy mal van de amores,
se suben al coche,
etéreo pesar
de palmeras dormidas.


·

·

·


Ejemplar de cola de zorro (Pennisetum sp.) que crece como yuyo en el jardín de una casa abandonada sobre Bulevar Artigas, una arteria montevideana donde tradicionalmente paraban las mujeres del triste oficio, cada una junto a su palmera.

Centrifugando recuerdos (XXI)


OriSensCoffee

Imagen cedida por OriSens Coffee

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara no sabe qué hora es, pero aún está oscuro, así que no debe hacer mucho que se acostaron. Tere duerme plácidamente tumbada boca abajo, agarrada a la almohada. Sara se sienta junto a ella y su mano derecha le acaricia la espalda desnuda, provocando un leve movimiento y un murmullo aparentemente placentero.

«A saber qué estás soñando; algo mucho más agradable que yo, seguro». La imagen de su hermana rodeada de cables regresa como un fogonazo, clavándosele en el corazón. Cierra los ojos y se aprieta el pecho. «Basta», se ordena a sí misma. Entonces suspira y vuelve a mirar a su amiga, envidiando la paz que transmite.

«Tienes razón… No tiene sentido que siga machacándome por mi hermana perdida. Ya hace mucho que te tengo a ti». Vuelve a acariciarla. «Pero no puedo evitarlo. Me gustaría saber cómo se hace. Nada me gustaría más».

Tere se da la vuelta. La tenue luz que entra por la ventana permite a Sara fijarse en el bonito tatuaje de la mariposa que le decora el pecho izquierdo. Se queda embobada durante unos segundos, hasta que el sueño empieza a vencerle. Cuando está a punto de tumbarse, Tere abre los ojos, revelando una expresión de desconcierto.

—¡Coño! —exclama por fin— ¿Qué haces aquí? Menudo susto me has dado.

—Perdona, pero es que tengo que decirte algo.

—¿Ahora?

—He vuelto a soñar con mi hermana. Era como si estuviera allí, en aquella horrible habitación de hospital, reviviéndolo todo…

—Jo, tía. —Tere se tumba boca arriba y se lleva las manos a la cara—. ¿Por qué no lo hablamos por la mañana? Tengo la cabeza como un bombo. Necesito dormir. No va a haber quién me levante para ir a currar.

—Lo siento, pero necesito decírtelo.

—¿Lo de la pesadilla? —Tere mira a su amiga, aún cabreada por haberla despertado, pero al percibir su angustia relaja el gesto y busca su mano—. Ay, perdona. —Se la besa—. Ya sabes que no tengo muy buen despertar. Cuéntame.

—Vámonos con Merche.

Tere tarda unos segundos en comprender.

—A la Alpujarra —añade Sara.

—Sí, claro. Genial. Mañana la llamamos. Se pondrá muy contenta de que te vengas.

Ambas sonríen.

—Pero ya. Vámonos mañana mismo.

Tere frunce el ceño.

—¿Pero qué prisa te ha entrao? Ya sabes que tengo curro.

Sara empieza a negar con la cabeza y a sentir el agobio que acabará por volverla loca.

—No puedo quedarme aquí. Necesito largarme a algún sitio donde pueda pensar tranquila.

—Ay, Sara, Sara… ¿En serio que no podemos hablarlo por la mañana?

—Si me prometes que nos marchamos cuanto antes.

—Es por Luis, ¿verdad?

Sara se muerde los labios y dirige la vista a la ventana.

—Es por muchas cosas, por demasiadas… —Vuelve a mirar a su amiga— Tere, me voy a volver loca. Lo digo de verdad, me vais a tener que ingresar.

—Anda, déjate de dramas y ven aquí.

Tere le alarga los brazos y Sara se deja caer en la cama para ser abrazada. A pesar del calor y del dolor de cabeza, se siente reconfortada, y con el recuerdo de aquella noche lejana, en que fue ella la que dio calor a su amiga desconsolada por la muerte de su madre, pronto se quedan dormidas. Y esa noche no hay más pesadillas.

…………………………

Cuando Luis se despierta vuelve a estar empapado en sudor. La mañana está avanzada y el sol parece dispuesto a demostrar que es capaz de superar la capacidad sofocante de jornadas anteriores. Tiene la sensación de no haber dormido apenas, pero la ausencia de aire acondicionado en la habitación lo empuja a levantarse.

Cuando se pone de pie se da verdadera cuenta de lo hecho polvo que está, después de tres noches consecutivas sin descansar apenas. El único analgésico que se le ocurre es otra ducha fría antes de un café con leche con mucho café.

El nuevo remojón consigue hacerlo parecer una persona en posesión de sus facultades mentales. Comprueba la hora en el móvil —«las diez, supongo que aún servirán desayunos. Aiman debe llevar un buen rato currando»—, y que, dada la ausencia de mensajes, su situación personal sigue sin interesarle a nadie. «¿Sara se acordará de lo de anoche?», se pregunta, y mientras cierra la puerta y baja las escaleras rememora el rato asomado a la ventana, víctima del insomnio y la incertidumbre. Golpea entonces la barandilla con la palma de la mano y se reprocha el continuar tan obsesionado con ella.

—Buenos días —saluda la propietaria de la pensión al verlo aparecer en el comedor. Es una mujer que pese a haber superado los sesenta mantiene un aspecto muy juvenil. El pelo largo color ceniza, recogido en un moño descuidado; el vestido amarillo de lino decorado con mandalas de distintas formas y colores, que arrastra por el suelo, y bajo el cual aparecen de vez en cuando sus pies descalzos; collares y pulseras de coloridos minerales, y una sonrisa calurosa.

—¿Has dormido bien?

La mujer recoge las mesas mientras tararea la música que suena en los altavoces del comedor. Luis reconoce la voz de la Mari de Chambao. «Muchos no llegan, se hunden sus sueños, papeles mojaos, papeles sin dueño…» Al momento se le dibuja en la mente la cara cansada pero alegre de Aiman.

—Sí, gracias. —Recorre con la mirada las mesas solitarias, algunas aún con restos de desayuno. Al fondo de la sala, junto a la ventana, queda una preparada para un único comensal—. Supongo que soy el último huésped en bajar.

La sonrisa cómplice es suficiente respuesta.

—¿Qué vas a tomar?

Antes de responder, a Luis le sorprende la presencia de una mopa que se mueve nerviosa.

—Ya veo que acabas de descubrir a Nala, es mejor que una aspiradora.

La mopa resulta ser una perrita que merodea en torno a su dueña, con la nariz pegada al suelo.

—Tomaré un café con leche, bastante cargado, por favor.

—¿Tostadas?

—Sí, gracias.

Luis se dirige a la mesa, se sienta y aparta un poco la cortina para mirar por la ventana. Abajo aparece una calle estrecha, ya bulliciosa a esa hora, y enfrente las casas blancas del Albayzín. «En una de esas está Sara. ¿Se habrá levantado ya?». Suelta la cortina y se queda mirando el cestito con las porciones de mermelada y mantequilla. Los dedos de su mano derecha se ponen a repiquetear sobre la mesa. «Mañana hablamos. Eso le dije, pero ella no respondió. Bueno, sí, dijo que no tendría que haberla seguido». Sus ojos se fijan ahora en la servilleta y en el tenedor y el cuchillo que reposan sobre ella. Su mano izquierda empieza a juguetear distraídamente con los cubiertos.

—Café con leche cargado y unas tostadas.

La llegada del desayuno concentra la atención de sus rugientes tripas. Su mirada, sin embargo, se desvía hacia el suelo, donde la perrita aspiradora ha levantado la cabeza para fijarse en el extraño. Luis adivina dos botones negros entre los temblorosos mechones de pelo rizado; un poco más abajo sobresale la pequeña lengua rosada que saborea por anticipado nuevas golosinas.

—Nala, no molestes —le riñe la mujer, a lo que el animal responde con un estornudo; da media vuelta y avanza un par de metros hasta dejarse caer a la sombra de una silla.

—Debe tener calor con tanto pelo —señala Luis.

—Sí, pobre. —La anfitriona agarra un pequeño cestito de otra mesa y se lo acerca a Luis—. Aquí tienes el azúcar.

—Gracias.

—Debería cortárselo. Lo hice una vez, hace un par de años, pero se quedó en tan poquita cosa que me daba miedo que alguien la chafara de un pisotón. —Le dedica una mueca cariñosa a Nala, que responde levantando la cabeza y meneando una ridícula colita—. Además —ahora dirige a Luis una mueca de desagrado—, estaba feísima, parecía una rata esquelética.

El joven ha empezado a untar una porción de mantequilla en la tostada. Sonríe al imaginar al pobre animal desprovisto de todo su encanto peludo.

—Así que ahora se tiene que aguantar. De todas formas, lo de este verano está siendo criminal —añade la mujer, que ya está recogiendo otra mesa—. De cría no podía imaginar que en algún sitio hiciera tanto calor como en Granada en agosto…

Luis atiende mientras mordisquea la tostada con mantequilla y mermelada de melocotón. Vierte medio sobre de azúcar moreno en la taza y menea la cucharilla con parsimonia.

—En Finlandia estábamos bastante fresquitos casi todo el año.

Luis comprende ahora por qué le resultaba extraño el acento de la mujer. Habla un castellano perfecto, y después de tantos años en España casi ha eliminado el rastro de su origen extranjero, pero sin haberse impregnado del contagioso acento andaluz.

—¿Eres finlandesa?

—Sí, de sangre sami. —La mujer advierte el desconcierto del joven—. Vivía en Laponia. Mis abuelos eran nómadas, pastores de renos. Mis padres montaron una granja de huskies y organizaban excursiones en trineo, pero aunque los perros eran muy cariñosos, el frío no iba conmigo y en cuanto pude emigré.

Luis se imagina montado en unos de esos trineos tirado por ruidosos y enérgicos huskies, sintiendo el gélido viento cortante en la cara, pero excitado por la sensación de velocidad al deslizarse sobre la nieve. Ella capta la expresión evocadora.

—Mi hermano heredó la granja y abrió un complejo turístico al lado, así que si quieres, te paso el contacto. Te hará buen precio.

—Oh, gracias, pero creo que ahora mismo no me llega el presupuesto.

Luis apura la taza y se acaba la tostada.

—¿Más café?

—Vale, un cortado.

La mujer se acerca con la cafetera en una mano y una jarrita con leche en la otra.

—Eres catalán, ¿verdad?

—Sí.

—Lo del cortado es muy de allí. —Le rellena la taza—. Estuve unos cuantos años viviendo en la Costa Brava, en una especie de comuna hippie. —Abre los brazos y con gesto teatral se señala el vestido. Luis se lleva la taza a los labios y asiente—. Fue una época bonita, pero una, por muy hippie que sea, acaba madurando, y aquí me tienes, regentando un próspero negocio.

Las últimas palabras las pronuncia con tono burlón y una sonrisa. Luis se la devuelve. No acaba de entender por qué le cuenta todo eso, pero la compañía es agradable, le transmite mucha calma.

—Bueno, te dejo que acabes de desayunar tranquilo. Si me necesitas, estoy en la cocina.

En cuanto da los primeros pasos, la perrita se incorpora y la sigue. Ambas desaparecen por la puerta, dejando tras de sí la estela de bienestar que ha envuelto a Luis desde que entró en el comedor.

Vuelve a retirar la cortina de la ventana. Abajo continúa el bullicio de gente que va y viene. Enfrente, los mismos edificios. «En una de esas casas está Sara», se repite absurdamente, y molesto consigo mismo por volver a ello, aparta la mirada, que fija ahora en la taza vacía. Coge la cucharilla y, sin pensar en nada, o mejor dicho, sin querer pensar en Sara, remueve los posos del café, hasta que el sonido de una vibración sobre la mesa le provoca un pequeño sobresalto.

Es el teléfono móvil, que hasta entonces había permanecido olvidado en una esquina. A Luis se le acelera el corazón. Lo coge, nervioso, y enciende la pantalla. Alguien le ha enviado un sms. «Ya verás cómo sólo es publicidad», se dice mientras pulsa sobre el icono.

«Hola, Luis. El encuentro de anoche fue muy raro. Ya que has venido hasta aquí, creo que mereces una charla en condiciones. Llámame».

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XX)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

—¿Alguien me puede explicar qué pasa? —pregunta al fin.

Tere es la primera en reaccionar.

—Eh… nada, nada. ¿Qué quieres tomar? ¿Vino? ¿Cerveza?

—No bebo alcohol.

—Pues vente conmigo y tú mismo coges lo que quieras de la nevera.

Y sin darle tiempo a objetar, lo toma de la mano y lo arrastra con ella. Aiman se deja llevar, demasiado cansado para oponer resistencia y para insistir en la demanda de explicaciones. Ya en la cocina recuerda algo que la otra chica gritó desde la ventana.

—Tu amiga ha dicho que había llamado a la poli…

—Eh, no, no creo. —Tere está nerviosa, pendiente del reencuentro de Sara y Luis.

—Sí, lo ha dicho. Y, verás, yo no tengo los papeles, así que preferiría…

Tere se fija en ese momento por primera vez en el muchacho moreno de pelo ensortijado. Nota la preocupación en su rostro y le sonríe para tranquilizarlo.

—No ha llamado, en serio. No tienes que preocuparte.

Aiman respira más tranquilo.

—Gracias. Entonces, ¿esos dos ya se conocían?

Tere asiente con la cabeza.

En el comedor Sara y Luis se aguantan la mirada. Él, mudo de asombro, intentando procesar el significado de semejante casualidad; ella, víctima de la cruenta batalla que se desarrolla en su interior entre corazón y cerebro, bajo la nube de irrealidad que la borrachera confiere a la escena.

—Ha ido de poco —comenta, intentando sonar distendida.

—Sí.

—¿Nos sentamos?

Sara se dirige al sofá. Luis aún tarda unos segundos en reaccionar. Finalmente, deja caer la mochila, se le acerca con movimientos pesados y se acomoda a cámara lenta. Una vez instalado, se fija en la botella de vino que continúa sobre la mesita.

—¿Quieres? —le ofrece Sara— Yo he bebido demasiado ya esta noche, pero me voy a echar un poco más. Es de la Contraviesa. ¿Has estado? Está cerca de la Alpujarra. Lo hacen los padres de una amiga. —Sin esperar respuesta, se sirve otra copa y bebe un trago.

Luis la observa, aún mudo. A Sara ese estado catatónico empieza a exasperarla.

—Jo, tío, vale que no te lo esperabas, pero ya está bien, ¿no?

—Llevo dos días imaginándome este momento —reacciona por fin—, y ahora no sé qué decir. —Habla despacio, como aturdido—.Tengo una pinta horrible, estoy hecho polvo y apesto.

Sara lo somete a un rápido examen visual.

—Sí, supongo que has tenido días mejores. —Bebe otro trago—. Yo también —añade, y fuerza una sonrisa.

Luis no está a gusto. Ni consigo mismo ni con la impresión que le transmite el comportamiento de Sara. Tiene la desagradable sensación de que son dos desconocidos sin nada en común, que su encuentro bajo las estrellas forma parte de un sueño irrecuperable.

—¿Por qué has venido? —inquiere Sara, cuyo estado de ánimo va saltando de un extremo a otro, en función de quién se vaya imponiendo en la batalla interna.

Luis preferiría que la charla se desarrollara en otro contexto, en el que ambos fueran dueños de sus palabras.

—Creo que los dos necesitamos descansar. ¿Por qué no quedamos mañana…

—Sé que hice mal largándome de esa manera… —Sara no parece escuchar. De repente nota una inmensa llamarada de tristeza que le sube desde el estómago y bebe para intentar sofocarla—. Pero es lo que hice, lo que tenía que hacer, y no tendrías que haberme seguido.

Habla sin mirar a Luis, sin mirar a nada, en realidad. Las palabras le salen entrecortadas. Él no quiere seguir por ahí. No quiere tener esa conversación en esas circunstancias. Necesita descansar, y ella, dormir la mona.

—Hablamos mañana, ¿vale? —Suena más a súplica que a propuesta.

Luis se incorpora dubitativo en el momento en que Aiman y Tere asoman tímidamente. Sara se mantiene ausente, repitiendo en silencio «no tendrías que haber venido», y conforme su cerebro pronuncia las palabras, siente el peso aplastante de la tristeza.

—¿Crees que esos matones nos dejarán llegar a la pensión? —pregunta Luis.

—Supongo que sí —responde Aiman sin demasiada convicción.

—Muchas gracias por abrirnos la puerta. —Luis se dirige a Tere, que asiente distraída, más pendiente de Sara que de otra cosa—. Necesita dormir —señala Luis.

—Lo sé. —«Y un abrazo», añade mentalmente, mirándola con preocupación.

Luis recupera su mochila y se despide.

—Hasta mañana —pronuncia, con creciente desasosiego. Tiene la sensación de que está dejando pasar una oportunidad, quizás la única—. Por cierto, la vista desde la ventana es preciosa —añade, como quien lanza un cabo que sabe que nadie va a recoger.

Sara no responde, absorta en su letanía. Tere se adentra en el pasillo y los jóvenes la siguen. La mano de Luis, agarrada al marco de la puerta del comedor, es la última en ceder a la lógica; sus dedos rememoran el encuentro fugaz con los de ella y quieren que haya una segunda vez.

—No tendrías que haber venido —murmura Sara, cuando ya no la escucha nadie.

…………………………

A pesar de lo cansado que está, Luis no puede dormir. Se remueve en la cama, que esperaba más incómoda teniendo en cuenta el aspecto destartalado de la pensión. La imagen de Sara, tan diferente a la que se le grabó en el corazón bajo el cielo del Pirineo, lo perturba; esa forma de mirarlo sin verlo, y el tono desencantado de su voz lo persiguen desde que salieron del piso. «Estaba muy tocada por el alcohol», intenta justificarla, «y tú tampoco has estado lo que se dice brillante», se repite mientras no deja de dar vueltas sobre las sábanas.

Decide finalmente ducharse, con la esperanza de que el agua fría lo relaje lo suficiente como para dejar de martirizarse. Pero aunque el agua arrastra el polvo y el sudor, no consigue llevarse las malas sensaciones. Limpio y refrigerado, vuelve a tumbarse, y con él la imagen de Sara, esas dos Saras tan diferentes. «¿Por qué lo haces? ¿Por qué insistes? ¿Qué la hace tan especial como para que condicione tu vida de esta manera?» Luis se escucha hacerse esas preguntas, y sabe que la respuesta lógica a todas ellas es abandonar, volver a casa y retomar su vida, más después de una noche que le ha dejado tan mal cuerpo.

Tras revolverse unos minutos más, empieza a desesperarse. Se incorpora y se queda sentado en el borde de la cama, con el sudor corriéndole desde la nuca, columna abajo. Agacha la cabeza y se lleva las manos a la cara, con los codos apoyados en las rodillas. Se pasa los dedos por el pelo mojado. Y entonces se cuela en su cerebro la mirada de Laia, aquella otra mirada triste y decepcionada.

A Luis le cuesta reconocerse en aquel tipo tan obsesionado y preso de los celos que había orientado toda su existencia a no perder a la mujer que conformaba su mundo. «Lo estás volviendo a hacer». La certeza le provoca un escalofrío.

Se levanta y se dirige a la ventana, con un cigarrillo entre los dedos y la llama azulada del encendedor dispuesta a hacer su trabajo.

La ventana da a un patio interior sin encanto. En frente, la parte trasera de un bloque de pisos, en el que la única luz encendida, que surge de la ventana más alta, le da el aspecto de un gigantesco y vigilante cíclope de cemento. Luis cree distinguir a una mujer asomada en camiseta de tirantes. También fuma, según revela la minúscula lucecita titilante a la altura de su cabeza. «No soy el único al que le da por comerse el tarro de madrugada», se consuela el joven.

La ingesta de humo nubla por unos minutos los pensamientos inquietantes. Cuando apura el cigarrillo, la reacción instintiva es lanzar la colilla al vacío, pero de nuevo el recuerdo de Sara, de su rapapolvo bajo la luna, lo detiene. Entonces la apaga contra el alféizar y «qué coño», murmura, para acto seguido despedirla con rabia, como quien decide incumplir una norma absurda.

El cíclope ha decidido irse a dormir, o al menos ha cerrado el ojo. El cerebro de Luis, en cambio, sigue bullendo. «¿De verdad que no soy capaz de actuar sin seguirle los pasos a alguna tía?» La Sara ausente de esa noche empieza a perder protagonismo, desplazada por la que conoció en el Pirineo, y Luis vuelve a sentir el impulso que lo empujó a recorrer el país de norte a sur, tras ella.

—No, no lo soy —susurra mientras da media vuelta y regresa a la cama.

…………………………

Sara se despierta llorando. El llanto le brota incontrolable. Gime por el dolor que le invade el corazón. Durante un par de minutos eternos no es consciente de que ya no duerme y que la imagen de su hermana, despidiéndose, sonriente y serena, en la cama del hospital, despidiéndose para siempre enredada entre cables, es una recreación de su cerebro cruel.

Poco a poco se da cuenta de que han pasado muchos años de aquello, que estaba soñando, y el torrente de lágrimas reduce el cauce hasta detenerse. Está desorientada. No está en su cama. Tarda aún un poco en comprender que se ha quedado dormida en el sofá. Y entonces recuerda la velada regada de vino, el extrañísimo reencuentro con Luis, su tristeza inmensa, el abrazo de Tere antes de irse a dormir. «Estoy bien, no te preocupes. Sólo necesito pensar un momento». «Piensas demasiado», le responde su amiga, acompañando sus palabras con una tierna caricia en el rostro.

Y ahora, una vez recuperado el control, nota el horrible pinchazo que le taladra la cabeza.

—Dios, cómo me duele.

Sara se levanta con torpeza, tropieza con una botella vacía y se golpea el dedo meñique del pie derecho contra la pata de la mesita, arrancándole un alarido que consigue ahogar antes de que despierte a todo el vecindario. «Por lo menos, ahora ya no me duele tanto la cabeza», se consuela, camino del cuarto de baño, rezando por que quede paracetamol.

—Qué desastre —murmura al verse en el espejo.

Encuentra la pastilla, se la mete en la boca y bebe un trago de agua directamente del grifo. Se lava la cara, se seca y cuando vuelve a ver su imagen reflejada, se fija mejor en los tristes ojos hinchados y enrojecidos.

—Qué desastre —repite.

Nota entonces la presión en la vejiga y, con parsimonia, se sienta en el wáter. «¿Qué vas a hacer, Sara?», se pregunta mientras en su cabeza se reproducen las escenas que acaba de revivir. Arranca un trozo de papel higiénico y se queda con él en la mano y la mirada perdida, buscando respuestas en el enlosado. Un pececillo de plata, que ha visto interrumpida su ronda nocturna a la caza de restos orgánicos o sintéticos que llevarse a la boca, entra en su campo de visión y los ojos de Sara lo siguen en su búsqueda de refugio que lo proteja de la luz.

—Merche —pronuncia.

No sabe por qué el bicho ha trasladado su pensamiento a los viñedos culpables del vino que ha provocado que un martillo invisible le aporree las sienes, y a recordar la entusiasta propuesta de Tere sobre pasar unos días con ella en la Alpujarra.

—Por qué no —concluye.

Entonces siente la necesidad imperiosa de comunicarle la decisión a su amiga, de forma que cuando sale del cuarto de baño, renqueante por el dolor en el pie, se dirige a su habitación.

Continuará…

La felicidad


Ponerse al día
en la fila de entrada
a un concierto.

Cantar temas conocidos,
algunos nuevos para ti
y bailar alguna rumba.

Blues nocturno en un jardín
con aire de primavera.
Brindar por un año
que empiezas.

Comer unos churros
cruzando un puente
mientras tus cabellos vuelan
y se alborotan los míos.

Y unas risas cómplices.

Eso podría ser la felicidad
(o al menos unas chispas).

Merche |  La ilusión de todos los días

Noche de luz


El tiempo se detiene
el mundo se para
al romper en la noche
el primer llanto
de una nueva luz
que llega al mundo.

Merche | La ilusión de todos los días

 

Centrifugando recuerdos (V)


Amanecer

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí, la tercera, aquí, y la cuarta, aquí)

Durante unos segundos Sara y Luis bucean en la mirada del otro. Él nota la excitación que precede a los momentos dignos de recordar. Ella está relajada. Las lágrimas de hace unos minutos ya son historia. Luis se acerca, y cuando los labios están a punto de encontrarse Sara se vuelve para mirar las estrellas. «¿Por qué no?», se pregunta, pero no obtiene respuesta. Luis se queda en la misma postura, frustrado.

—¿No era ese el deseo? —pregunta él.

Ella no contesta enseguida. Tiene la vista fija en la Osa Mayor. El titileo de las estrellas le sigue pareciendo cosa de magia.

—Aún me estoy arrepintiendo de la última vez que besé a alguien —murmura.

—¿Cómo se llamaba el “gilipollas”?

Sara sonríe en silencio.

—¿Qué más da? Era un tío más, uno de tantos que engañan a niñas tontas como yo gracias a unos ojos mentirosos y una sonrisa falsa.

—Yo no soy de esos. Tengo unos ojos vulgares y una sonrisa muy común, así que no podría engañar a nadie.

Sara se gira de nuevo hacia él.

—Lo sé. Pero no es verdad lo que dices… —Vuelve a perderse en su mirada—. Tienes unos ojos bonitos, tristes pero sinceros, y una sonrisa tímida pero cálida.

Esta vez Luis contiene el impulso de besarla. En cambio, se atreve a cogerle la mano. Ella no la retira.

—Tu mirada también es triste. Te esfuerzas en aparentar alegría… —Hace una pausa y está a punto de dejarlo—, pero hay algo profundo que lo impide, y me pregunto si es sólo por lo de ese tío.

A Sara se le encienden todas las alarmas. Cierra los ojos y aparta la cabeza. Un segundo después se suelta de la mano y se incorpora, nerviosa. Primero se queda sentada en la hierba, luego se sube a la roca, y finalmente se pone de pie.

—Es muy tarde. Mañana no voy a poder con mi alma. Lo siento, pero me tengo que ir a dormir. —Las palabras le salen atropelladas. Luis no entiende nada—. Me ha gustado mucho pasar este rato contigo. Mañana nos vemos en el bar, o no, bueno, no sé, ya veremos. Adiós.

—Sara, espera. No te vayas aún. —Luis se incorpora de un salto y va tras ella—. No sé qué he dicho para molestarte, pero créeme que no pretendía…

Sara vuelve a sentir la mano en su hombro, pero esta vez no se detiene. Luis insiste, y entonces se gira. Las lágrimas amenazan de nuevo con desbordarse.

—Déjame, por favor. Ya te he dicho que necesito descansar.

No hay vuelta atrás. La joven arranca a correr. Nota el líquido salado en los labios y el fresco de la noche que se clava en sus párpados húmedos. «Hay algo profundo que lo impide, dice… ¿Quién se cree que es?» Las palabras de Luis le han abierto un camino por la memoria que no quiere volver a recorrer. Sólo desea dormir y olvidar.

—¿Qué he hecho? —murmura Luis mientras la ve alejarse. La impotencia lo invade. Quiere ayudarla, pero no sabe cómo. Enciende un nuevo cigarrillo y empieza a arrastrar los pies en dirección a la tienda de campaña.

Esa noche Sara tiene extrañas pesadillas en que anda perdida y asustada por túneles oscuros sin salida, o huye de siniestras muñecas sin cabeza que pretenden atraparla para que juegue con ellas. Una voz familiar, por largo tiempo olvidada, la llama en susurros, hasta que despierta sudando, pero con un frío gélido metido en el cuerpo y una sensación de desamparo que la deja vacía. Las primeras luces del alba se cuelan por la ventana.

Luis tarda en dormirse. La excitación por la evidente tensión sexual entre Sara y él queda contrarrestada por la extraña reacción de ella. Está muy descolocado y le da vueltas a la cabeza, sin atreverse a tomar decisiones. Así pasa las horas, removiéndose incómodo en el saco de dormir, saliendo a fumar, volviendo incluso al lugar donde intercambiaron confidencias. Se da cuenta de que en la roca permanece una de las muchas colillas que ha consumido esa noche. La recoge y se sienta a contemplar las incontables bombillas que ahora iluminan cada centímetro cuadrado de cielo. Enseguida se sobresalta por el primer haz de luz que lo atraviesa, fugaz. Y otro. Y otro… Y cada vez el deseo es el mismo.

Cuando el negro va tornándose en azul y las luces titilantes se van apagando, Luis regresa a la tienda. El baile de pensamientos continúa en sueños, hasta casi el mediodía, cuando la insolación lo obliga a despertarse para no cocerse a fuego lento.

Antes de nada se da una ducha fría para despejarse cuerpo y mente. Durante un rato funciona. Por fin está relajado y la luminosidad del día le levanta el ánimo. Tiene hambre. Mira hacia el bar. «¿Se habrá calmado? ¿Le gustará verme?» No tarda en volver a ponerse nervioso. Decide ir a tomarse un café con leche y un bocadillo.

El local está casi vacío. Sólo hay una pareja que comparte risas en una mesa al fondo, junto a una ventana. La pantalla gigante está apagada. Suena ‘Winds of change’, de Scorpions, a un volumen generoso. Tras la barra, el camarero joven canta sin disimulo mientras seca unos cubiertos. No parece haber nadie más. «Quizás en la cocina, o en el baño», piensa Luis, cuya desilusión por no encontrar a Sara es inversamente proporcional a la cantidad de nervios que le atenazan el estómago.

—¿Me pones un bocata de jamón y un café con leche, por favor?

—Enseguida, caballero.

Se dirige a una mesa, pero tras un par de pasos se gira.

—¿Estás solo?

El camarero lo mira con un punto de extrañeza, como pensando «¿Y a ti qué te importa si estoy solo o no?»

—Sí, ¿pasa algo?

—Oh, no, no, nada… Me preguntaba si hoy no trabaja Sara…

El muchacho cambia la expresión. Ahora lo mira con complicidad.

—Ah, ya entiendo. Qué maja es, ¿verdad? —Luis asiente, no muy convencido de querer compartir ese tipo de complicidad— Pues no sé si va a venir. Yo creía que sí, pero quizás le hayan cambiado el turno.

En ese momento entra por una puerta que da a las oficinas un hombre de pelo blanco. Da los buenos días a Luis.

—¿Qué pasa, Juan?

—Oh, nada. El señor, que preguntaba por Sara.

El hombre, que había empezado a recoger los cubiertos, se detiene y mira serio a Luis.

—¿La conoce usted?

—S… sí. —Luis está en alerta, no le gusta esa expresión—. ¿Ha pasado algo?

—Oh, no, nada grave. Es sólo que Sara se ha despedido esta mañana.

—¿Despedido? —repite Luis, como si no entendiera el significado de una palabra que amenaza con derrumbar el edificio de esperanza que había empezado a construir en su interior.

—Sí. —El hombre se da cuenta del mazazo que la noticia ha provocado en el joven y relaja el semblante. Se compadece de él—. Es una pena, porque hacía tiempo que no teníamos a una chica tan trabajadora y simpática con los clientes. Pero ha venido a primera hora para decirme que se tenía que marchar sin dilación, que le había surgido una emergencia familiar y que se iba hoy mismo.

—¿Hoy mismo? —La demolición es absoluta.

—Vaya, lo siento. Veo que no es una mala noticia sólo para mí.

—Pues sí, yo también voy a echarla de menos. Era muy buena compañera —corrobora Juan.

—Gra… gracias —balbucea Luis, al tiempo que da media vuelta y se dirige al exterior como un alma en pena. «Se ha ido», se repite sin poder creerlo.

—Eh, oiga. Entonces, el bocata y…

—Déjalo, Juan. No creo que ahora mismo esté pensando en comer.

El hombre del pelo blanco da un par de palmaditas cariñosas en el hombro a su empleado y retoma la tarea de ordenar los cubiertos.

—Lo que usted diga, jefe. Qué jodido es el amor.

El hombre asiente, con una media sonrisa nostálgica en los labios. Entonces se da cuenta de que la pareja sentada junto a la ventana ha asistido en silencio a la escena y le dedica un gesto de resignación, con los brazos abiertos, las palmas de las manos hacia arriba y los labios fruncidos.

—Qué se le va a hacer, ¿verdad?

Continuará…