Echo de menos


Benjamín Recacha García

Foto: Benjamín Recacha García

Saciado de vacío.

A veces es como me siento.

Y entonces lo que más echo de menos

son las caricias y los besos.

Y las risas;

cómo echo de menos las risas.

Y los silencios compartidos.

Porque el estruendo del silencio en soledad

me perfora el alma.

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Tiempo…


Tiempo que a ti no te alcanza y que a mí, me sobra.
Tiempo esquizofrénico que se inunda en mi mente.
Tiempo, solo tiempo: cárcel inmunda de los sueños,
vida corta de la vida misma; muerte prolija de los seres vivos.
El ritmo ligero de la vida,
solo es la ocupación perpetua del tiempo.
Tiempo, solo tiempo…

Tiempo que contemplo de prisa y aún con nostálgica conmoción.
Tiempo que lentamente me reparo a disfrutarlo.
Tiempo que a ti te falta para mentirme,
me sobra para creer todo lo que dices.
Tiempo que a ti te falta para herirme,
y que a mí, me sobra para sanar mis heridas.

Tiempo que a ti te falta y que a mí, me sobra.
Tiempo que hoy vivo y mañana muero.
Haz una brecha en el tiempo y tómatela para ti,
así desaparecerás de mi vida…
¡Buena suerte y adiós!

El ritmo ligero de la vida,
solo es la ocupación perpetua del tiempo.
Tiempo, solo tiempo…

Mi frasquito azul


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Adoquines en el Viejo San Juan, Puerto Rico, fotografía por melbag123.

Cuando eres muy niño no reconoces los colores. Los ves —por supuesto—, pero no sabes lo que son. Igual pudieras ser un raro caso de daltonismo y te los perderías. Pero cuando los conoces, hay algo en ellos que incita tus emociones y terminas enamorándote de todos o tal vez de uno en particular. Luego alguien te introduce a su universo. «Hay colores primarios, secundarios y muchos más, tantos que a veces no puedes distinguir uno de otro, pero te aseguro que no todos son iguales», me dijo mi hermana mayor un día. Y me enseñó una cartulina que mostraba al amarillo, al rojo y al azul. Desde ese mismo momento me enamoré del azul.

Un domingo de primavera mi mamá me llevó al Viejo San Juan. Allí todo lo importante parecía ser azul, hasta el vestido de cancanes, que ella me había puesto para la ocasión. Caminé por los adoquines azules de la histórica ciudad de su mano. No podía quitar mis ojos del suelo, mirando el contraste de mi color favorito con mis zapatitos blancos. Al llegar al patio del Castillo de San Felipe del Morro, contemplé un cielo límpido, de un azul muy claro y tan alegre como estaba yo aquella mañana.

Solté la mano de mi madre y me eché a correr. Ella, espantada, me vio subir por las nubes para alcanzar aquel azul, que deseaba conservar en un frasquito de perfume que llevaba en mi bolsito de encaje. La escuchaba gritar tras de mí, pero nada me importó. El cielo azul iba a ser mío. Desde lo alto miré hacia abajo y entonces creí que no podía haber nada más bello que el azul del mar, en todas sus tonalidades, desde el azul verdoso hasta el azul marino más profundo. Inicié mi descenso, oyendo a lo lejos las voces de mi madre, pero no podía detenerme. En mi frasquito podía echar al océano y llevarlo a mi casa para siempre. Me hundí varias veces, en distintos puntos, buscando el azul que más me gustara. Me decidí por el azul turquí, de ese modo tendría el color del mar y el de las noches de mi cielo para mí, guardado para siempre en mi saquito de encaje.

Regresé junto a mi madre que estaba muy enojada por mi hazaña. La miré con ojos de ilusión y le pregunté si no era justo tener lo que más amabas en la vida. Su gesto cambió de inmediato, asintió y me abrazó. Cuando llegamos a casa quise enseñar mi azul turquí a mi padre y a mi hermana, pero ella me detuvo. «No abras tu bolsito, mi niña —dijo—. Tu frasquito debe permanecer adentro sin ser perturbado o perderá su color». Ellos estuvieron de acuerdo y guardé mi saquito, en una caja pequeña, en el lugar más apartado de mi armario. Ese día se dibujó en mi memoria como uno de los más felices de mi vida.

Pasaron muchos años y un día buscando alguna cosa, que no recuerdo, encontré la caja con mi bolsito de encaje. Lo tomé en mis manos y podía sentir el frasquito adentro. No sabía si sacarlo, pues recordaba la advertencia que entonces me había hecho mi madre. «Era una chiquilla entonces, ¿qué puede cambiar la ilusión de ese día?», me dije. Abrí el saquito y con sorpresa encontré que el envase guardaba algo semejante a un polvo de un azul turquí en su interior. La curiosidad pudo más y destapé mi tesoro. Como en una película, me vi niña otra vez corriendo sobre los adoquines del Viejo San Juan, recorriendo el firmamento, sumergiéndome y empapándome en el mar turquí, disfrutando de la experiencia como la primera vez.

            Sonriendo, lo cerré. Ahora cada vez que me siento triste, regreso a mi frasquito azul.

 

 

El poeta…


Para el poeta, expresar y escribir sus líneas
es una tristeza, un sufrimiento. Pues, esa triste alegría
y ese dulce sufrimiento, lo goza, lo vive, lo siente
y lo enfrenta en la vida y en el amor, sin poses, tal cual.

Sin miedo a sentirse más solo que el mundo,
con una alegría entre pecho y espalda, algo que asfixia,
algo reprime, algo como una alegría muerta más o menos.

El poeta vive la vida y la muere al instante,
se levanta nostálgico y se acuesta alegre.
Revisa páginas y recuerdos en los que transcurre su vida.

Escribe diáfanas sentencias de amor, versos de rabia,
líneas de dolor y formas escabrosas de maleable pasión.
Conjeturas locas que le da por escribir,
para encomiar y evocar su existencia y la vida misma.

Canción de despedida


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No quiero morir en soledad,

abandonada en esta tierra fría,

quiero morir acompañada

y que me entierren

con mi bandera como mortaja.

Antes de irme quiero abrazarte

y decirte al oído lo que siento,

que en mi alma siempre has estado

grabado a tinta y a fuego.

Mi caminar se hace lento,

llora en mí la guerrillera

que una vez tumbó gigantes

y caminó sobre palmeras.

Tres montañas y una estrella

han marcado mi destino.

Por ellas de fiesta vivo,

por ellas de pena muero.

No digo adiós para siempre,

tal vez mi caminar sea perpetuo.

Si no se pierden mis letras,

si no se pierden mis versos.

Hoy canto para despedirme

temprano —como suelo hacer—,

que no llego antes si me adelanto,

es que no quiero que se me haga tarde,

por dejarlo para después.

 

Imagen: Pixabay

Abrazos


abrazo

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Tenía frío. Era un día radiante de un caluroso mes de junio, pero estaba helado. El frío le brotaba del corazón y se extendía por el cuerpo. Miguel sentía que en cualquier momento la sangre se le congelaría en las venas. Se preguntaba si cuando eso sucediera quedaría todo él congelado.

Había perdido la noción del tiempo. No recordaba cuándo había llegado al parque ni cómo había ido a parar al banco junto al estanque. Se fijó en los cisnes, que se deslizaban altivos e indiferentes a lo que ocurría fuera del agua. Ni siquiera hacían caso a los trozos de pan que les lanzaba una niña que insistía en querer alimentarlos. La pobre ya no ocultaba la frustración que le causaban las desagradecidas aves.

Pero enseguida la mente de Miguel lo atrapó de nuevo en el recuerdo y el desasosiego. «Cuando me congele, quizás la gente me confunda con una de esas estatuas que habitan el jardín. Seré una más de ellas. La podrían llamar Soledad». Aquel pensamiento nuevo debía significar que la sangre todavía le llegaba al cerebro y que el frío que bombeaba su corazón no era tan potente como para paralizar las neuronas.

Recordaba los abrazos, el único abrigo efectivo para un corazón helado. Necesitaba más que nunca uno de aquellos, uno bien fuerte y confortable. Se preguntaba dónde habían ido a parar todos aquellos amigos, todas aquellas personas que le habían transmitido su calor hacía sólo un año. Se preguntaba si necesitaban reencontrarse en un funeral para abrazarse, si lo harían en el suyo.

Pero él no quería morir, quería convertirse en estatua para habitar eternamente aquel jardín donde compartió con Laia tantas historias y tantos besos, hasta que el maldito cáncer se la arrebató, y llegaron los abrazos.

«¿Por qué la gente sólo se abraza en los funerales?» Laia y él lo hacían a diario, pero no con la intensidad que se pone en uno de esos abrazos que son antídoto contra el frío del alma, los que se reservan para los seres queridos cuando pierden a un ser querido.

Un año atrás, cuando más que congelado Miguel creyó haberse quedado sin corazón, recibió muchos de esos, cuyo calor le hizo volver a sentir sus propios latidos. Desde entonces los reencuentros y los abrazos habían disminuido en cantidad e intensidad, y ahora tenía que consolarse con el recuerdo. Un recuerdo que, sin embargo, lejos de reconfortar, había traído consigo un crudo invierno.

La muerte de Laia no había pillado a nadie por sorpresa. Había luchado contra la enfermedad durante dos largos años —que a Miguel se le hicieron insoportablemente cortos—, con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios, aunque el cáncer la estuviera devorando por dentro. Habían estado preparando la despedida con mucha antelación, hasta el punto que Miguel había llegado a creer que «la muerte forma parte de la vida». Pero el último día, aquel 18 de junio infame, él se derrumbó.

Lo habían hablado. Tenían clarísimo que ella se marcharía de una forma digna. Nada de cables, ni de morfina, ni de desfile de caras largas, de ojos enrojecidos y encharcados en lágrimas, nada de llantos ni de crisis nerviosas, nada de olor a hospital. Laia moriría en casa, tranquila y en silencio, soportando el dolor cogida de la mano de la persona a quien amaba, junto a la que había aprendido a vivir y a morir.

Pero cuando llegó la hora, Miguel no halló la fuerza necesaria para aceptar que la persona que daba sentido a su vida se marchaba para siempre. Y a pesar de las protestas de ella, a pesar de sus lágrimas de impotencia, llamó a emergencias. Alargaron la agonía durante algunas horas, él soñó con la irracionalidad del milagro imposible, pero Laia murió de madrugada, rodeada de cables, de caras largas y ojos rojos, y hasta las cejas de morfina en una habitación que apestaba a hospital. Miguel estuvo junto a ella hasta el final, con sus manos firmemente agarradas, aunque Laia no fuera consciente de nada de eso. Hacía horas que había cerrado los párpados para siempre.

Y entonces llegaron los llantos.

Y las llamadas de teléfono.

Y la extraña paz que se respira en el limbo de quienes no son conscientes aún de que algo muy potente y muy profundo ha crujido dentro de ellos.

Y el desfile de caras largas, de palabras murmuradas de quienes en realidad nunca han sabido cómo reconfortar a quien ha perdido lo más importante de su vida.

Y los abrazos.

Miguel podía rememorar cada uno de aquellos abrazos cálidos y sinceros de quienes sentían la pérdida en lo más profundo de su ser y deseaban con todas sus fuerzas transmitirle su amor. Aquellos abrazos decían más de lo que jamás conseguiría comunicar el más elaborado de los discursos.

Ya no había abrazos. Sólo recuerdos.

«Te echo de menos. Echo de menos nuestros paseos, escuchar las historias que te inspiraban estas estatuas, cómo conseguías hacer rabiar a los cisnes. Eras tremenda. Echo de menos tus besos y, aunque no lo creas, todo el tiempo que compartimos, que nos dedicamos, mientras luchábamos juntos. Echo de menos tu fortaleza. Y la echo de menos porque la necesito para soportar tu ausencia. Echo de menos los abrazos».

La cabeza negaba mecánicamente. Y el frío. Había empezado a tiritar.

—Hola, Miguel.

De repente, dejó de tiritar. La cabeza dejó de moverse. Levantó la mirada, en busca de aquella voz tan familiar a cuya propietaria hacía casi un año que no veía. Pocas veces la había vuelto a escuchar desde entonces.

—No respondías al móvil y no estabas en casa, así que, siendo el día que es, pensé que estarías aquí. —Se giró hacia el estanque y paseó la mirada por los jardines—. Elegisteis un buen lugar para esparcir sus cenizas.

Miguel se preguntaba si el cerebro no le estaba jugando una mala pasada.

—Soy yo, tu hermanita. La loca que un buen día decidió irse a vivir con los esquimales. —Se le acercó y le cogió una mano—. Por cierto, todavía no has venido a visitarme. Te aseguro que en Groenlandia no hace tanto frío como la gente cree.

La sonrisa burlona y el calor de sus dedos por fin lo hicieron reaccionar.

—Aquí estábamos bajo cero hasta hace un momento.

—Ven.

Miguel se incorporó. Se miraron. Las miradas también podían reconfortar.

Se abrazaron. El frío abandonó el corazón de Miguel. Se apretó más contra su hermana y la besó en la cabeza.

Nada reconfortaba tanto como uno de aquellos abrazos.

Alma mía


Tristezas y dolores,
alegrías y desazones,
ilusiones y desesperaciones,
desahogos y angustias,
impavidez y melancolía,
bohemia y ternura,
nostalgia y dulzura,
dulce pena: alma mía.