Alma mía


Tristezas y dolores,
alegrías y desazones,
ilusiones y desesperaciones,
desahogos y angustias,
impavidez y melancolía,
bohemia y ternura,
nostalgia y dulzura,
dulce pena: alma mía.

Centrifugando recuerdos (V)


Amanecer

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(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí, la tercera, aquí, y la cuarta, aquí)

Durante unos segundos Sara y Luis bucean en la mirada del otro. Él nota la excitación que precede a los momentos dignos de recordar. Ella está relajada. Las lágrimas de hace unos minutos ya son historia. Luis se acerca, y cuando los labios están a punto de encontrarse Sara se vuelve para mirar las estrellas. «¿Por qué no?», se pregunta, pero no obtiene respuesta. Luis se queda en la misma postura, frustrado.

—¿No era ese el deseo? —pregunta él.

Ella no contesta enseguida. Tiene la vista fija en la Osa Mayor. El titileo de las estrellas le sigue pareciendo cosa de magia.

—Aún me estoy arrepintiendo de la última vez que besé a alguien —murmura.

—¿Cómo se llamaba el “gilipollas”?

Sara sonríe en silencio.

—¿Qué más da? Era un tío más, uno de tantos que engañan a niñas tontas como yo gracias a unos ojos mentirosos y una sonrisa falsa.

—Yo no soy de esos. Tengo unos ojos vulgares y una sonrisa muy común, así que no podría engañar a nadie.

Sara se gira de nuevo hacia él.

—Lo sé. Pero no es verdad lo que dices… —Vuelve a perderse en su mirada—. Tienes unos ojos bonitos, tristes pero sinceros, y una sonrisa tímida pero cálida.

Esta vez Luis contiene el impulso de besarla. En cambio, se atreve a cogerle la mano. Ella no la retira.

—Tu mirada también es triste. Te esfuerzas en aparentar alegría… —Hace una pausa y está a punto de dejarlo—, pero hay algo profundo que lo impide, y me pregunto si es sólo por lo de ese tío.

A Sara se le encienden todas las alarmas. Cierra los ojos y aparta la cabeza. Un segundo después se suelta de la mano y se incorpora, nerviosa. Primero se queda sentada en la hierba, luego se sube a la roca, y finalmente se pone de pie.

—Es muy tarde. Mañana no voy a poder con mi alma. Lo siento, pero me tengo que ir a dormir. —Las palabras le salen atropelladas. Luis no entiende nada—. Me ha gustado mucho pasar este rato contigo. Mañana nos vemos en el bar, o no, bueno, no sé, ya veremos. Adiós.

—Sara, espera. No te vayas aún. —Luis se incorpora de un salto y va tras ella—. No sé qué he dicho para molestarte, pero créeme que no pretendía…

Sara vuelve a sentir la mano en su hombro, pero esta vez no se detiene. Luis insiste, y entonces se gira. Las lágrimas amenazan de nuevo con desbordarse.

—Déjame, por favor. Ya te he dicho que necesito descansar.

No hay vuelta atrás. La joven arranca a correr. Nota el líquido salado en los labios y el fresco de la noche que se clava en sus párpados húmedos. «Hay algo profundo que lo impide, dice… ¿Quién se cree que es?» Las palabras de Luis le han abierto un camino por la memoria que no quiere volver a recorrer. Sólo desea dormir y olvidar.

—¿Qué he hecho? —murmura Luis mientras la ve alejarse. La impotencia lo invade. Quiere ayudarla, pero no sabe cómo. Enciende un nuevo cigarrillo y empieza a arrastrar los pies en dirección a la tienda de campaña.

Esa noche Sara tiene extrañas pesadillas en que anda perdida y asustada por túneles oscuros sin salida, o huye de siniestras muñecas sin cabeza que pretenden atraparla para que juegue con ellas. Una voz familiar, por largo tiempo olvidada, la llama en susurros, hasta que despierta sudando, pero con un frío gélido metido en el cuerpo y una sensación de desamparo que la deja vacía. Las primeras luces del alba se cuelan por la ventana.

Luis tarda en dormirse. La excitación por la evidente tensión sexual entre Sara y él queda contrarrestada por la extraña reacción de ella. Está muy descolocado y le da vueltas a la cabeza, sin atreverse a tomar decisiones. Así pasa las horas, removiéndose incómodo en el saco de dormir, saliendo a fumar, volviendo incluso al lugar donde intercambiaron confidencias. Se da cuenta de que en la roca permanece una de las muchas colillas que ha consumido esa noche. La recoge y se sienta a contemplar las incontables bombillas que ahora iluminan cada centímetro cuadrado de cielo. Enseguida se sobresalta por el primer haz de luz que lo atraviesa, fugaz. Y otro. Y otro… Y cada vez el deseo es el mismo.

Cuando el negro va tornándose en azul y las luces titilantes se van apagando, Luis regresa a la tienda. El baile de pensamientos continúa en sueños, hasta casi el mediodía, cuando la insolación lo obliga a despertarse para no cocerse a fuego lento.

Antes de nada se da una ducha fría para despejarse cuerpo y mente. Durante un rato funciona. Por fin está relajado y la luminosidad del día le levanta el ánimo. Tiene hambre. Mira hacia el bar. «¿Se habrá calmado? ¿Le gustará verme?» No tarda en volver a ponerse nervioso. Decide ir a tomarse un café con leche y un bocadillo.

El local está casi vacío. Sólo hay una pareja que comparte risas en una mesa al fondo, junto a una ventana. La pantalla gigante está apagada. Suena ‘Winds of change’, de Scorpions, a un volumen generoso. Tras la barra, el camarero joven canta sin disimulo mientras seca unos cubiertos. No parece haber nadie más. «Quizás en la cocina, o en el baño», piensa Luis, cuya desilusión por no encontrar a Sara es inversamente proporcional a la cantidad de nervios que le atenazan el estómago.

—¿Me pones un bocata de jamón y un café con leche, por favor?

—Enseguida, caballero.

Se dirige a una mesa, pero tras un par de pasos se gira.

—¿Estás solo?

El camarero lo mira con un punto de extrañeza, como pensando «¿Y a ti qué te importa si estoy solo o no?»

—Sí, ¿pasa algo?

—Oh, no, no, nada… Me preguntaba si hoy no trabaja Sara…

El muchacho cambia la expresión. Ahora lo mira con complicidad.

—Ah, ya entiendo. Qué maja es, ¿verdad? —Luis asiente, no muy convencido de querer compartir ese tipo de complicidad— Pues no sé si va a venir. Yo creía que sí, pero quizás le hayan cambiado el turno.

En ese momento entra por una puerta que da a las oficinas un hombre de pelo blanco. Da los buenos días a Luis.

—¿Qué pasa, Juan?

—Oh, nada. El señor, que preguntaba por Sara.

El hombre, que había empezado a recoger los cubiertos, se detiene y mira serio a Luis.

—¿La conoce usted?

—S… sí. —Luis está en alerta, no le gusta esa expresión—. ¿Ha pasado algo?

—Oh, no, nada grave. Es sólo que Sara se ha despedido esta mañana.

—¿Despedido? —repite Luis, como si no entendiera el significado de una palabra que amenaza con derrumbar el edificio de esperanza que había empezado a construir en su interior.

—Sí. —El hombre se da cuenta del mazazo que la noticia ha provocado en el joven y relaja el semblante. Se compadece de él—. Es una pena, porque hacía tiempo que no teníamos a una chica tan trabajadora y simpática con los clientes. Pero ha venido a primera hora para decirme que se tenía que marchar sin dilación, que le había surgido una emergencia familiar y que se iba hoy mismo.

—¿Hoy mismo? —La demolición es absoluta.

—Vaya, lo siento. Veo que no es una mala noticia sólo para mí.

—Pues sí, yo también voy a echarla de menos. Era muy buena compañera —corrobora Juan.

—Gra… gracias —balbucea Luis, al tiempo que da media vuelta y se dirige al exterior como un alma en pena. «Se ha ido», se repite sin poder creerlo.

—Eh, oiga. Entonces, el bocata y…

—Déjalo, Juan. No creo que ahora mismo esté pensando en comer.

El hombre del pelo blanco da un par de palmaditas cariñosas en el hombro a su empleado y retoma la tarea de ordenar los cubiertos.

—Lo que usted diga, jefe. Qué jodido es el amor.

El hombre asiente, con una media sonrisa nostálgica en los labios. Entonces se da cuenta de que la pareja sentada junto a la ventana ha asistido en silencio a la escena y le dedica un gesto de resignación, con los brazos abiertos, las palmas de las manos hacia arriba y los labios fruncidos.

—Qué se le va a hacer, ¿verdad?

Continuará…

Centrifugando recuerdos (IV)


Estrella fugaz

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(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí, y la tercera, aquí)

Durante un par de minutos fuman en silencio, mirando al río sin verlo, cada uno inmerso en su memoria. Entonces Sara suelta una última bocanada, apaga con parsimonia el cigarrillo contra la valla y deja la colilla encima. Luis, en cambio, tira la suya al vacío.

—Eso es. —Sara le lanza una mirada de reproche—. No sé qué extraño mecanismo mental os hace creer que las colillas no son basura.

«Mierda».

—Eh… Vaya… Tienes razón. La verdad es que lo hago sin pensar.

—Ya, y seguro que cuando vas por la montaña y te sientas a descansar o a comer no te importa estar rodeado de ellas.

«Esto no va bien».

—Bueno, perdona. Esa ya no la voy a poder recuperar, pero te prometo que no lo volveré a hacer.

Sara parece no prestarle atención. Vuelve a mirar hacia la montaña, iluminada por la gran luna, que avanza sin pausa en su recorrido a través del firmamento.

—¿Por qué es todo el mundo tan egoísta? ¿Por qué la gente sólo piensa en sí misma? ¿Es que no se dan cuenta de que lo que hacemos afecta a otras personas? —Luis escucha aguantando la respiración. De repente, Sara se gira otra vez y lo mira directamente a los ojos— ¿Tú no te lo preguntas? ¿Eres de esos?

«Esos deben de ser los malos. No, yo no soy de esos, claro que no, te lo juro».

Lo último que esperaba Luis era que lo sometieran a un tercer grado. Está tenso y carraspea, pero esta vez no se queda sin palabras.

—Esto no tiene que ver con la colilla, ¿verdad?

Sara suspira.

—No… Bueno, no y sí, todo tiene que ver con todo. —Vuelve a quedar en silencio y menea la cabeza. Nota una presión creciente en las sienes y, aunque no quiere llorar, no puede evitar que lágrimas silenciosas desborden las cuencas de sus ojos—. Perdona, esto no es culpa tuya. —Titubea un instante—. Estoy cansada, será mejor que me vaya a dormir.

La joven empieza a desandar el camino, hasta que una mano se le posa en el hombro. Se detiene. Nota las mejillas mojadas, pero la presión en las sienes ha disminuido.

—No te vayas. —Ella duda—. Sentémonos en la hierba y te hablaré de esos malos recuerdos. —Sara se gira lentamente y lo mira. La luz pálida pero sorprendentemente luminosa de la luna deja al descubierto unos ojos anegados, los ojos de una muchacha triste y solitaria. Luis busca con urgencia una salida ingeniosa que relaje el ambiente—. Te advierto que necesitaré fumar… pero te prometo que no tiraré la colilla.

Sara sonríe y acto seguido levanta la mano derecha. Luis deja escapar una carcajada. Allí, atrapada entre los dedos índice y pulgar, se encuentra la colilla que ella no lanzó. Los dos ríen con ganas.

—Entonces, ¿te pones así de tenso siempre que se te acerca una chica?

Luis señala una roca plana junto al camino, cerca de la valla, y se sientan. Pero antes de contestar enciende otro cigarro. Se lo ofrece a Sara, que lo rechaza con una sonrisa.

—Por hoy ya tengo suficiente nicotina —dice, mientras se seca los restos de lágrimas con un pañuelo de papel. Envuelve con él la colilla y lo guarda en el bolsillo del pantalón.

Luis mira a la luna y suelta, despacio, una columna de humo. Cierra los ojos.

—¿Cuánto tarda en superarse que te abandone el amor de tu vida?

Sara siente un escalofrío que le recorre la columna y se le eriza el vello de la nuca. No se esperaba semejante pregunta. Se fija en Luis, que sigue con el cuello doblado hacia atrás y los ojos cerrados. Puede sentir su dolor.

—¿Cómo sabes que era el amor de tu vida? Eres muy joven…

—Si no lo era, no puedo imaginar entonces cómo debe doler.

—Me temo que no te voy a ser muy útil, porque yo no he estado nunca enamorada.

Luis devuelve el cuello a su posición natural y la mira.

—Antes he creído entender que estabas aquí huyendo de…

—Oh, aquello no era amor. Entonces lo creí, pero no. Sólo estaba atontada. —Ahora es ella la que mira al cielo—. Pero dolió igual… —murmura.

—El rechazo siempre duele, sobre todo cuando llega por sorpresa, sin motivo. Es como si se congelara el tiempo, sólo para ti, justo en ese momento. Y te martiriza a todas horas. —Luis apaga la colilla en la roca, y la deja ahí. Le dedica una mirada cómplice a su acompañante, y ella sonríe—. Y entonces tu mecanismo de defensa te dice que debes odiarla, que tú no te mereces eso…

—Pero el corazón no entiende de razones, y te recuerda cómo te hacía sentir su mirada.

Luis asiente con la cabeza, en cuyo interior sigue habitando aquella mirada que detesta tanto como añora, una batalla de sentimientos que se mantiene en tablas. «¿Por cuánto tiempo?». También la mente de ella evoca una mirada que quiere olvidar, pero que su cuerpo se resiste a dejar marchar.

—Es la primera vez que hablo de esto con alguien. Está bien.

—Me alegro de que la charla te sea útil.

—La verdad es que tengo pocos amigos, y cuando Ella se marchó lo último que me apetecía era ir por ahí contando mis penas.

—¿Y ahora sí te apetece?

—Bueno, la otra opción era dejar que pensaras que soy “de esos”.

Ríen de nuevo.

—Sí, perdona… —Dirige una mirada distraída a su mano derecha, que juguetea con el liquen que habita en la roca—. Ando un poco peleada con el mundo.

—¿Tú tienes alguien con quien hablar?

Antes de responder, Sara sonríe de forma enigmática. Mira a Luis con expresión traviesa.

—Sí, tú ya la conoces. —El desconcierto reflejado en el rostro de él la hace reír—. La lavadora —revela por fin entre carcajadas. La risa descontrolada lo contagia y durante unos segundos no pueden parar de reír—. Pero —consigue vocalizar a duras penas— no te la aconsejo como confidente, es muy ruidosa y no deja de dar vueltas.

Sara cae víctima de un ataque de risa que acaba con su cuerpo revolcándose en la hierba. Luis la mira, divertido, y en ese momento en el que disfruta como una niña, él, sin embargo, tiene la certeza de que bajo las risas se oculta una mujer vulnerable, la que un rato antes se ha dejado ver.

—Qué luna tan impresionante. —Sara ya no ríe, pero sigue tumbada en la hierba—. Creo que nunca la había visto tan grande. Debe ser una de esas súper lunas de las que hablan de vez en cuando en las noticias. —Mira a Luis desde el suelo—. ¿Por qué no te tumbas?

—Es que la hierba está húmeda y…

—Va, déjate de mariconadas y túmbate a mi lado. Aún tenemos mucho de qué hablar.

Luis obedece. Ahora los dos disfrutan de la luna sin riesgo para el cuello. Sus cuerpos casi se tocan.

—En un rato se esconderá tras esas montañas —anuncia él.

—Y entonces el cielo volverá a encender todas sus bombillas —completa ella—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta hacer desde que estoy aquí?

—Con aquí supongo que te refieres a desde que trabajas en el cámping…

Sara gira la cabeza noventa grados hacia la izquierda y se encuentra con la cara de Luis, apenas a un palmo de distancia.

—¿A ti qué te parece? —le susurra, provocándole un escalofrío. Vuelve a dirigir su mirada al firmamento—. Ver las estrellas, eso es lo que más me gusta. Cada noche, antes de acostarme, dedico un buen rato a contar estrellas fugaces. Y les pido deseos.

—¿Y funciona? Lo de los deseos, digo.

—Ya sé que es una tontería, pero por probar no pierdo nada. Total, no tengo nada que perder…

—¿Quién era él? —Allí tumbados, con el cielo nocturno como espectador cómplice, Luis siente que puede hablar con libertad.

Sara no responde enseguida. Él espera contando las estrellas capaces de desafiar la luz de la súper luna.

—Un gilipollas… No puedo creer que fuera tan tonta de caer en las redes de un tipo como aquel. —«Pero sus ojos te siguen derritiendo…»—. Para él sólo fui otro ligue de verano.

—Pues sí, un gilipollas.

Sara se gira hacia él, apoyándose con el codo en el suelo y la mano en la mejilla. Luis continúa con la vista fija en el cielo. Nota su respiración acariciándole el rostro. Es agradable tenerla tan cerca.

Sara va a decir algo, pero él se le adelanta.

—Yo quiero odiarla, pero no puedo. Estaba tan pillado que mi mundo giraba en torno a Ella. Cuando se fue me quedé tan vacío que todo dejó de tener sentido.

—Vaya. Lo siento… —Sara titubea un instante, pero acaba haciendo la pregunta—. ¿Por qué te dejó?

Luis cierra los ojos. Es lo que él lleva preguntándose tanto tiempo, y que tanto le sigue doliendo.

—No lo sé. Simplemente se marchó. —Recuerda aquella última mirada que lo asalta a todas horas. En ella no había reproche, dolor ni enfado. Sólo tristeza—. Creo que… que la decepcioné.

Sara se vuelve a tumbar. No sabe qué decir. La luna ya casi ha alcanzado la meta de esa noche y empiezan a aparecer estrellas. De repente, nota un pellizco en el estómago.

—¡Mira! ¡Una estrella fugaz! ¿La has visto?

—No. Estaba con los ojos cerrados.

—Bueno, seguro que veremos más.

—¿Qué deseo has pedido?

Sara gira la cabeza. Él también. Sus narices casi se tocan. Ella sonríe. Una sonrisa dulce que desaloja la nostalgia de la mente de Luis.

—¿De verdad quieres saberlo? —susurra— Ya sabes que si se cuentan, los deseos no se cumplen.

Luis recibe esas palabras como suaves y cálidas caricias.

—Me arriesgaré.

Continuará…

A la casa de mis padres


Hoy es domingo y visitaré a mis padres. A mamá le gusta que me ponga bonita, así es que me pondré el traje amarillo y los zapatos blancos que compré el otro día para la fiesta de la universidad. Eso sí. No usaré mucho maquillaje porque a ella no le gusta. Dice que parezco una máscara de carnaval. Ya estoy lista. Caminaré un poco hasta la parada de autobuses a esperar el que me lleva al barrio. Hoy siento una gran alegría de saber que voy a verlos a pesar de que los vi el domingo pasado. Este autobús está todo sucio, espero no ensuciarme el traje. ¡Qué manía de la gente de poner los zapatos sucios en los asientos! Bueno, este está mejor. ¿Cómo estará papá? La última vez no se sentía muy bien. Espero que hoy se sienta mejor. Estoy llegando. Le diré al conductor.

Está tan bonita la casa de mis padres pintada de blanco y de rosado. Papá la construyó de madera de roble para que durara muchos años. Y así ha sido. Mamá cuida sus rosales con tanto esmero y papá siempre tiene el jardín cortadito y sin matojos. Las canastas colgando siempre están florecidas de azucenas que embriagan con su olor toda la casa. Me gusta mirarla desde el frente. Sin cruzar la calle. Me gusta mirar el balcón que la rodea y en el que corrí tanto con mis hermanas peleando por las muñecas. Ahora todas están casadas y yo me fui a la universidad. Papá y mamá se quedaron solos. Cruzo la calle y subo las escaleras del balcón. Abro suavemente la puerta.

—¡Mamá! —digo alegremente. Y ella me abraza con cariño.

Me ofrece enseguida una sopa de pollo de esas ricas que solo ella sabe hacer. Yo le digo que por supuesto la quiero. ¿Qué otra cosa más pudiera desear yo en el mundo más que esas sopas de pollo? Miré hacia el sofá y allí estaba mi padre sentadito y como siempre en silencio esperando su turno para mis mimos. Yo me acerqué y me arrodillé frente a él y le pedí la bendición.

—Padre, ¡qué mucho te he extrañado! —le dije. Él sonrió y puso sus manos sobre mi cabeza y la acarició como cuando yo era niña. ¡Qué sensación de seguridad me da mi padre! Así pasé un rato con mi cabeza sobre sus piernas disfrutando de la paz de estar en la casa de mis padres.

—Amina… ven conmigo —alguien me agarra del brazo y me saca de la casa de mis padres—. Otra vez te escapaste… Rosa, gracias por llamar.

Un compañero irlandés


Acostumbrado a concederse un tiempo a solas, André Moraes buscó el paraguas y salió rumbo al bar que acostumbraba ir en ocasiones como esta. La lluvia jugó un papel fundamental en aquella melancolía. La esposa acababa de abandonarlo, yéndose con otro: solo un affaire con quien había sido el padrino de su boda.

Nada hay más oportuno para una desgracia que el hecho de ser sucedida por otra, de tal manera que, sumándose a la primera, una llamada confirmaba lo que temía hace una semanas: lo despidieron de su trabajo. El guión de este melodrama iba cobrando vida. André llegó al bar y pidió “lo de siempre”. Un whisky irlandés con tres cubos de hielo; no dos, no uno, tres cubos de hielo.

“¿Qué sentido tiene agregarle uno solo? Moriría de soledad y, además, no me gustan los números pares”, solía argumentar el porqué de la exactitud en su capricho de los tres cubos de hielo. Interrumpiendo aquel ritual de celebrar la melancolía con monólogos espantosos, se sienta a su lado una mujer de piernas, a simple vista, dignas de una escultura griega y un rostro bello por donde se lo mire.

André no volteó a mirarla, se limitó a seguir con su monólogo interno.

“Lo de siempre”, dice la mujer al bartender, quien llega con una Sprite Zero y se la da.

—Aburrida —desembucha André.

—¿Perdón?

—Aburrida. ¿Quién viene a un bar a pedir Sprite Zero? Y lo que es peor, es su “lo de siempre”.

—Mariana Silva —responde con picardía la pregunta sarcástica de Moraes —y, disculpe usted, no sabía que “lo de siempre” solo podría atribuirse a bebidas espirituosas dignas de viejos solterones —retrucó.

—Usted, Mariana Silva, acaba de declarar la guerra —expresó André con una sonrisa en el rostro.

Él, francés y militar retirado, había servido a las Fuerzas Armadas francesas. Sabía bien de qué hablaba cuando mencionaba la guerra. Su padre, también francés, llegó a ser “Lieutenan-colonel”.  Su madre era portuguesa, maestra parvularia.

—Déjeme adivinar. Se ha alejado del alcohol hace, probablemente, unos años, quizás meses. Por eso se refugia en el sabor dulce pero con “cero calorías” de una Sprite Zero cuyo principal objetivo es en realidad engañar el organismo, haciéndole creer que lo cuida cuando que en realidad podría causarle el mismo daño que cualquier bebida con un mínimo porcentaje de alcohol —plantea con orgullo su conclusión.

—Por lejos… ha fallado. Nunca tomé bebidas alcohólicas. Simplemente me gusta la Sprite Zero ¿Acaso uno debe huir de algo, necesariamente, para disfrutar de lo que le gusta?

—Interesante, interesante. Bueno, quizás no necesariamente pero sí esporádicamente ¿Acaso nunca huyó?

—¿Está huyendo de algo en este momento?

—¿No sabe usted que es de mala educación responder una pregunta con otra?

—¿Según quién?

—Jugada inteligente. Dígame ¿cuántos años tiene? A juzgar por esas piernas… —Recién en este punto de la conversación se detuvo a analizar sus extremidades—. Diría que ronda los treinta y tres años.

—Linda edad para que me crucifiquen, ¿no?

—Solo si delira ser un dios.

—Conque un ateo, eh. Treinta y ocho.

—Creo en dios: mi padre. Treinta y ocho años bien tímidos, no se dejan descubrir.

—No me conmueven los halagos, pero gracias. Y ¿usted? No sé ni su nombre y ya se me está acabando la Sprite Zero.

—Estoy huyendo de la nostalgia. En realidad, creo que lo hago mal. Confundo huir con encontrar. En vez de correr al olvido, hago citas con el recuerdo. ¡Ah! Soy André Moraes, cuarenta años.

—¿Ya probó dejando de huir? Insisto, para disfrutar de algo no es obligatorio huir. Si su “lo de siempre” es un vaso de whisky irlandés con tres cubos de hielo, dudo que haya tenido encuentros recientes con la alegría.

—El infortunio en persona, eso es lo que tiene a su lado. Aunque no me victimizo, prefiero compartir monólogos con este compañero irlandés.

—¿Qué le habrá hecho la vida para tener de compañero a un whisky?

—De verdad, no quiere saber. Pero si insiste podría contarle más detalles si acepta acompañarme.

—¿Qué le hace pensar que aceptaría la invitación de acompañarlo? ¿Tan desesperada me ve? Sigue siendo un completo desconocido para mí.

—¿Cuántas veces ha huido usted de la alegría?

—Nunca me puse a pensar en ello pero no respondió a mis preguntas.

—Pues, he huido tantas veces de ella que ahora que la veo cara a cara he decidido cambiar de estrategia: invitarla a ser parte de mí.

Querido sino


Encuentro un punto fijo en la pared,

perdiendo la mirada en un blanco tan abstracto como el alma.

Voces susurrando melodías sin acordes,

tonalidades sopranos cantan al pie de la ventana.

Se escurre el cielo y se ensancha el abismo,

un pasillo invita a encontrarme a mí mismo.

 

¡Corred! —gritan las ganas. ¡Entrad! —incita la nostalgia.

 

El pasado llega como visitante extranjero,

serenos pasos marcan la tierra del camino.

Saluda con reverencia y se sienta a mi lado,

ignoro el hecho de haberlo pisado.

El trecho se acorta entre el recuerdo y el olvido,

se hizo presente el ayer, querido sino.

 

 

 

 

Huérfanos todos (Orphans all) haiku