Cómo vencer a la Nostalgia


Un día tuve un pequeño problema y recurrí a los jueces de Solaris para que me ayudaran. Ese día tuve mucha suerte como nunca, pues me atendió directamente uno de los sabios principales del consejo; la situación era extraña, pues los jueces generalmente delegaban sus funciones a otras personas con experiencia.
Expuse mi litigio, el viejo me dio la carta que necesitaba y me fui.

—¡Espera, joven! —me detuvo— ¿Tú eres el herrero que escribe para las tierras frías del norte?

—Sí, soy yo —contesté sonriendo porque me aguantaba las ganas de reír al oír que me decía “joven”… pero bueno, para él sí soy joven.

—Quiero mostrarte algo. —Se levantó de su cojín y continuó diciendo—: Ven, sígueme.

—Okey, gracias. —Obedecí, extrañado, pues al parecer los jueces no tenían mucho trabajo y este tenía tiempo hasta para mostrarme algo y contarme alguna de sus historias y, como herrero que se respeta, estaba listo para oír lo que el viejo tenía que decir.

Entramos al palacio y el viejo hizo una señal al guardia de que el sujeto detrás de él (yo) venía con él, pasamos por un pasillo algo estrecho y entramos en su habitación. De un cajón de su librero sacó una caja llena de fotos y cuadernos, y de allí sacó un viejo dibujo el cual me mostró.

—Mira, este dibujo lo hizo mi hermana hace muchos años —explicó el viejo juez—, creo que deberías documentar a este par de demonios en el bestiario que desarrollas.

La Nostalgia

—¿Y por qué el dibujo de su hermana es tan importante? Es decir, ¿es algo real?

—Sí, es real, ella presenció la corta batalla entre el Gran Jacob Dragonheart y La Nostalgia, e hizo este dibujo basado en ellosme supo decir.

—¿La Nostalgia? —pregunté, extrañado, al mismo tiempo en que reconocía al viejo Jacob, pero retratado en sus años mozos muy joven y delgado.

—Sí, estoy seguro que esta entidad es La Nostalgia, porque el esqueleto retratado en el dibujo es totalmente idéntico a lo que describe tu colega Donovan Rocester en uno de sus poemas.

Efectivamente, el sujeto del dibujo ilustraba a un joven Jacob, que en su mano derecha confiado casteaba un arte con el que aparentemente derrotó a La Nostalgia.

—¡Excelente material! ¿Cierto? —exclamó el viejo, viendo cómo me había quedado analizando el dibujo.

Luego de decirme que conservara el dibujo e insistir en que lo archive para ampliar el bestiario, me contó que su hermana mayor había conocido a aquel joven Jacob y que ella fue testigo fiel de aquella épica batalla entre él y la bulímica Nostalgia.

Dice que según lo que había escuchado, el mar al norte de la ciudad de Mardna estaba siendo contaminado y nadie sabía por qué. Luego los pescadores de la zona habrían reportado que un fantasma enorme vomitaba desde un barco putrefacto, y estaban alarmados por el ataque porque no había pasado mucho tiempo desde “La invasión de Oriente” y el ataque a la ciudad del Corazón de Blacks Gaea.

Las autoridades de ese entonces decían que no tenían los recursos en la ciudad de Mardna para enfrentar tal problema, pues la crisis de la invasión de Oriente también los había afectado y todos los recursos y tropas de la ciudad de El corazón de BlacksGaea estaban ocupados en amurallar la ciudad.

Pero, al parecer, en ese entonces no todo estaba perdido, pues Jacob Dragonheart venía al rescate desde las áridas tierras de Oriente y, al llegar, solo pidió una pequeña embarcación para enfrentar al enorme fantasma que contaminaba los mares.

La gente divisaba no muy de lejos que la entidad “pescaba recuerdos”, como enuncia el poema, y que al parecer Jacob ya se sabía las artimañas de esta horrible entidad porque la venció en tiempo récord apostando al arte que casteaba en sus manos.

Dicen que Jacob absorbió en una sola bola de energía oscura todos los recuerdos y tesoros que estaban hundidos en el mar que La Nostalgia pretendía pescar, comerse y vomitar. Al quedar esta entidad confundida y con su anzuelo vacío, Jacob arremetió contra ella aquella bomba de energía oscura que logró recargar y convertir.

Nunca se supo si la entidad fue desintegrada definitivamente o solo abandonó este mundo para ir a otros donde su pesca le resultara fácil, sin héroes que la atacaran.

—Documenta esto, por favor —me pidió una vez más el viejo juez—, quizás muchos conozcan y ya hayan enfrentado a este horrible ente, lo hayan vencido, o por el contrario, convivan con él; pero nunca había escuchado una forma tan fácil de vencer a algo tan grande como La Nostalgia… o al menos el viejo Jacob lo hizo ver fácil ¡Escribe y documenta todo, por favor!

Y sí, no es tan fácil, quizás ya sabemos cómo vencer a La Nostalgia, pero ejecutar este arte de convertir los recuerdos en una bomba de energía para detonarla contra ella no es cosa sencilla. Yo mismo una vez traté de convertir mucha energía negativa en poder de ataque, pero mi alma sufrió mucho daño haciendo un «Impulso azul».

Seguiré estudiando estas técnicas y pronto redactaré sus respectivas instrucciones en mi cuaderno de Artes para que esté a disposición de todo el que quiera leerlas y no se lastime más, como yo.

No solo te extraño por…


Para mi hermosa Mirosh

Un desarraigo inconsecuente se asila en mis sentimientos.
Dos que tres recuerdos me murmuran tu ausencia.
Un centenar de latidos impolutos calibran mi ser,
recordándome que requiero de ti y de tu compañía.

La estrechez falaz que embarga mis brazos
solo ahonda la cínica ansiedad de tenerte aquí y ahora mismo,
para palpar de forma afable todo tu ser, entre la pequeñez de mis manos…

Esta nostalgia irreverente no ha hecho más que consumirme.
Me oprime y de manera insolente me desespera.
No me resta más que contar minuto a minuto y día tras día,
el instante mágico en el que vuelvas a mi regazo.

No solo te extraño porque me hacen falta tus caricias,
o porque sinceramente desfallezco esperando poder,
de forma frenética, amarrar nuestros cuerpos,
entre la lujuria, pasión y ternura.

No solo te extraño porque me hacen falta tus cuidados,
tus regaños y la comodidad de tus preocupaciones,
que, en todo momento, buscan mi tranquilidad.
No solo te extraño por esto, por lo otro o por aquello…

Te extraño a ti, a tus risas y a tu cabello alebrestado.
Te extraño a ti, a tu cuerpo, a tu infalible, loca y benigna compañía.
Te extraño a ti, mi pequeña y desfachatada esencia de vida y alegría…

Echo de menos


Benjamín Recacha García

Foto: Benjamín Recacha García

Saciado de vacío.

A veces es como me siento.

Y entonces lo que más echo de menos

son las caricias y los besos.

Y las risas;

cómo echo de menos las risas.

Y los silencios compartidos.

Porque el estruendo del silencio en soledad

me perfora el alma.

Tiempo…


Tiempo que a ti no te alcanza y que a mí, me sobra.
Tiempo esquizofrénico que se inunda en mi mente.
Tiempo, solo tiempo: cárcel inmunda de los sueños,
vida corta de la vida misma; muerte prolija de los seres vivos.
El ritmo ligero de la vida,
solo es la ocupación perpetua del tiempo.
Tiempo, solo tiempo…

Tiempo que contemplo de prisa y aún con nostálgica conmoción.
Tiempo que lentamente me reparo a disfrutarlo.
Tiempo que a ti te falta para mentirme,
me sobra para creer todo lo que dices.
Tiempo que a ti te falta para herirme,
y que a mí, me sobra para sanar mis heridas.

Tiempo que a ti te falta y que a mí, me sobra.
Tiempo que hoy vivo y mañana muero.
Haz una brecha en el tiempo y tómatela para ti,
así desaparecerás de mi vida…
¡Buena suerte y adiós!

El ritmo ligero de la vida,
solo es la ocupación perpetua del tiempo.
Tiempo, solo tiempo…

Mi frasquito azul


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Adoquines en el Viejo San Juan, Puerto Rico, fotografía por melbag123.

Cuando eres muy niño no reconoces los colores. Los ves —por supuesto—, pero no sabes lo que son. Igual pudieras ser un raro caso de daltonismo y te los perderías. Pero cuando los conoces, hay algo en ellos que incita tus emociones y terminas enamorándote de todos o tal vez de uno en particular. Luego alguien te introduce a su universo. «Hay colores primarios, secundarios y muchos más, tantos que a veces no puedes distinguir uno de otro, pero te aseguro que no todos son iguales», me dijo mi hermana mayor un día. Y me enseñó una cartulina que mostraba al amarillo, al rojo y al azul. Desde ese mismo momento me enamoré del azul.

Un domingo de primavera mi mamá me llevó al Viejo San Juan. Allí todo lo importante parecía ser azul, hasta el vestido de cancanes, que ella me había puesto para la ocasión. Caminé por los adoquines azules de la histórica ciudad de su mano. No podía quitar mis ojos del suelo, mirando el contraste de mi color favorito con mis zapatitos blancos. Al llegar al patio del Castillo de San Felipe del Morro, contemplé un cielo límpido, de un azul muy claro y tan alegre como estaba yo aquella mañana.

Solté la mano de mi madre y me eché a correr. Ella, espantada, me vio subir por las nubes para alcanzar aquel azul, que deseaba conservar en un frasquito de perfume que llevaba en mi bolsito de encaje. La escuchaba gritar tras de mí, pero nada me importó. El cielo azul iba a ser mío. Desde lo alto miré hacia abajo y entonces creí que no podía haber nada más bello que el azul del mar, en todas sus tonalidades, desde el azul verdoso hasta el azul marino más profundo. Inicié mi descenso, oyendo a lo lejos las voces de mi madre, pero no podía detenerme. En mi frasquito podía echar al océano y llevarlo a mi casa para siempre. Me hundí varias veces, en distintos puntos, buscando el azul que más me gustara. Me decidí por el azul turquí, de ese modo tendría el color del mar y el de las noches de mi cielo para mí, guardado para siempre en mi saquito de encaje.

Regresé junto a mi madre que estaba muy enojada por mi hazaña. La miré con ojos de ilusión y le pregunté si no era justo tener lo que más amabas en la vida. Su gesto cambió de inmediato, asintió y me abrazó. Cuando llegamos a casa quise enseñar mi azul turquí a mi padre y a mi hermana, pero ella me detuvo. «No abras tu bolsito, mi niña —dijo—. Tu frasquito debe permanecer adentro sin ser perturbado o perderá su color». Ellos estuvieron de acuerdo y guardé mi saquito, en una caja pequeña, en el lugar más apartado de mi armario. Ese día se dibujó en mi memoria como uno de los más felices de mi vida.

Pasaron muchos años y un día buscando alguna cosa, que no recuerdo, encontré la caja con mi bolsito de encaje. Lo tomé en mis manos y podía sentir el frasquito adentro. No sabía si sacarlo, pues recordaba la advertencia que entonces me había hecho mi madre. «Era una chiquilla entonces, ¿qué puede cambiar la ilusión de ese día?», me dije. Abrí el saquito y con sorpresa encontré que el envase guardaba algo semejante a un polvo de un azul turquí en su interior. La curiosidad pudo más y destapé mi tesoro. Como en una película, me vi niña otra vez corriendo sobre los adoquines del Viejo San Juan, recorriendo el firmamento, sumergiéndome y empapándome en el mar turquí, disfrutando de la experiencia como la primera vez.

            Sonriendo, lo cerré. Ahora cada vez que me siento triste, regreso a mi frasquito azul.

 

 

El poeta…


Para el poeta, expresar y escribir sus líneas
es una tristeza, un sufrimiento. Pues, esa triste alegría
y ese dulce sufrimiento, lo goza, lo vive, lo siente
y lo enfrenta en la vida y en el amor, sin poses, tal cual.

Sin miedo a sentirse más solo que el mundo,
con una alegría entre pecho y espalda, algo que asfixia,
algo reprime, algo como una alegría muerta más o menos.

El poeta vive la vida y la muere al instante,
se levanta nostálgico y se acuesta alegre.
Revisa páginas y recuerdos en los que transcurre su vida.

Escribe diáfanas sentencias de amor, versos de rabia,
líneas de dolor y formas escabrosas de maleable pasión.
Conjeturas locas que le da por escribir,
para encomiar y evocar su existencia y la vida misma.

Canción de despedida


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No quiero morir en soledad,

abandonada en esta tierra fría,

quiero morir acompañada

y que me entierren

con mi bandera como mortaja.

Antes de irme quiero abrazarte

y decirte al oído lo que siento,

que en mi alma siempre has estado

grabado a tinta y a fuego.

Mi caminar se hace lento,

llora en mí la guerrillera

que una vez tumbó gigantes

y caminó sobre palmeras.

Tres montañas y una estrella

han marcado mi destino.

Por ellas de fiesta vivo,

por ellas de pena muero.

No digo adiós para siempre,

tal vez mi caminar sea perpetuo.

Si no se pierden mis letras,

si no se pierden mis versos.

Hoy canto para despedirme

temprano —como suelo hacer—,

que no llego antes si me adelanto,

es que no quiero que se me haga tarde,

por dejarlo para después.

 

Imagen: Pixabay