Sensaciones


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Jugando a la vida (Parte I)


A diez años… La llegada fue caótica y nebulosa, además decisiva –jugaríamos al ‘survival’ compraríamos el boleto de regreso para 21 días después de ese día en que habíamos llegado; además, sépase que aquí se habla de un presupuesto inestable y escaso de una condición estudiantil hambrienta de mundo. Así empezaba el juego. Otros amigos llegarían días después, se alivianaría el asunto económico dado que viviríamos como gitanos en las playas de Oaxaca. Amanecía en un Puerto Escondido, que ya no tan escondido, seguía estando en el mismo lugar, al que alguna vez, antiguamente, acudieron las primeras generaciones a cometer actos vivenciales de horrendas habladurías pero con esa blanca lucidez de libertad sesentera. Bien pues, ahí estábamos un gran amigo y un servidor, con dos boletos de camión fechados para dentro de 21 días… Jugando al ‘survival’ y cargando una despensa para tres semanas de latas de atún y sardinas, tortillas, nutelas, sopas instantáneas, galletas, pan -“cuidado con el pan” (es imposible, siempre se aplasta el pan)- que guardábamos en una hielera que cargábamos, junto con la tienda de campaña y las maletas con todas nuestras fuerzas bajo un sol que no se movía, no había una sola nube, y nos apuntaba sin piedad.
Yo perdía la paciencia y mi carnal relajaba las cuestiones con actitud empírica y aparentemente con muchos fundamentos; y, como buen descendiente árabe, que se le nota en los rasgos de las cejas prominentes y la nariz, valga la redundancia redundante, arábiga, se refería y centraba sus poderosas razones, sabiamente, en los asuntos económicos y nuestras limitadas posibilidades. Así, seguimos, hasta que llegó el momento de pensar en el campamento que idealmente iba a ser instalado con una tienda de campaña gigante, -heroicamente conseguí la tienda con una gran amiga y su querida familia-; al abrir la tienda cayose como pilar de un edificio un temblor, la puerta de la tienda; acto seguido, la levantamos queriendo imaginar que la vida era una ilusión y que tan sólo era el sierre abierto de la puerta… y aunque, efectivamente, la vida es una ilusión, esta vez nos la jugó de tal manera, que nos percatamos, ciertamente, que la tienda no servía, se había rasgado en algún paseo de su existencia. Una barricada de sillas mesas y una que otra chunche más, como toallas y bolsas de dormir, torre de cosas como pierdas,  cual tótem, fue lo que interpusimos entre la puerta y la entrada al tesoro que guardábamos en la tienda. Nos fuimos, derechito a caminar al cerro, es muy agradable ver el mar desde la altura de los cerros distantes, donde vive mucha gente y cuántos secretos de ellos, de otras vidas, se van al mar… Al regreso de una larga travesía ritual desde la altura y cantando los corridos pertinentes con nuestro cuate el Dayvis, una banda de malviajozos -desafortunadamente nunca faltan- irrumpieron en el campamento donde degustábamos de unas cuantas, muy agradables, cervezas; festejando la llegada y rogando por nuestra supervivencia del futuro. Nuestra mudanza fue inminente, por la mañana mientras la banda de malviajozos dormía, nosotros escapamos. Guardamos todo sigilosamente y emprendimos la fuga. Necesitábamos seguridá, de otra manera, no es conveniente… Tuvimos el tino de instalarnos en el palacio real más barato de la zona rockanrrolera de Zicatela y, una vez, ahí….