Imperio


Fotografía por Crissanta.

Conocer el mar,
descubrir su imperio,
es decir, su ascendiente,
su dominio entero.

Oír el rugido
apaciguador
o amenazante.

Percibir el vasto azul
insondable.

Sentir el frío en el calor,
el encanto hipnotizador.

Conocer el mar,
descubrir lo inmenso,
lo vivo, lo antiguo,
lo eterno.

El barco fantasma


Un barco fantasma, sin norte, va a la deriva. Se encuentra un marinero perdido en su paso. Él no sabe si este marinero es un naufrago de aguas dulces o saladas. Si es la primera vez que se tira desnudo al mar. O por el contrario, es un experto capitán en lidiar con las turbulencias del océano. ¿Cuál es el miedo de este joven marinero que titubea subir a bordo? ¿Quizás que este barco fantasma pueda tener demasiados nombres tatuados en su proa?

El naufrago entró en las profundidades de sus sueños, esperando ser cubierto por hermosas gaviotas y flores. Lágrimas de gozo como lluvia alegre caían desde el cielo nublado. Ambos, el marinero y la nave encantada desaparecieron lentamente en el horizonte, entre el cielo azul y el mar bravío, develando en su camino un nuevo amanecer.

Encanto


Llego a verte, emocionada, nerviosa.

De inicio, no nos entendemos. Estás ofendido porque te he abandonado durante meses. No sólo ofendido, furioso. Puedo verlo en cada uno de tus movimientos.

Aunque no lo sepas, yo he soñado este instante todo el tiempo desde mi partida. Y he imaginado que escucho tu voz en la mitad de la noche, diciendo: «Ven».

Y he venido.

Me aparezco ante ti. Tú siempre estás ahí, esperando.

Echo una mirada a nuestro alrededor.

—Déjennos solos —digo a quienes nos rodean.

Y estamos solos, por fin. Yo sonriente, tú molesto. Yo caliente, tú demasiado frío.

Nuestras temperaturas chocan al principio. Pero igual me entrego. Y en un segundo ya estoy lista para ser tuya.

Siento como tu enojo se va disipando, y como mi nerviosismo se evapora a cada momento, en cada ocasión en que nos mecemos. Y lo nuestro se convierte —sí, como dicen— en una danza.

Me dejo guiar y tú llevas el ritmo. Yo sigo tus mandatos porque nunca hay forma de contradecirte. Y te temo siempre, en la misma medida en que te amo. Y danzo, y danzo, y danzo. Y amo.

Y entonces sé que se ha establecido el encanto. Que podría quedarme horas contigo, en ti. Sé que tú sabes el amor y el hechizo que ejerces en mí, y que vas a utilizarlo para no dejarme ir.

Oh, y claro que quiero permanecer para siempre en el encanto.

Pero es una ilusión. Ambos sabemos que no pertenezco. Como en la teoría de conjuntos que yo puedo recitar y que tú desconoces: no pertenezco. Quedarme contigo equivale a morir.

Y además escucho en mi mente otra llamada. Tú sabes bien que no eres mi único amante, que no puedes serlo. Yo debo volver.

Me doy unos momentos para disfrutar de nuestra danza, para saborearla antes de que me vaya. Para fascinarme en tu sabor a sal y mi humedad, en tu pasión y mi vulnerabilidad.

Respiro fuerte. Y me decido.

—Te amo —afirmo convencida. Y eso te suena a una despedida.

No quieres que me marche, lo sé. Vuelve tu furia. Me abrazas más fuerte y me azotas en la danza, en el amor. Me fustigas con látigos en el baile, en el borde del amor.

Y yo disfruto. Pero también pienso en la teoría de conjuntos. En la muerte. Y también lo disfruto.

Pero no.

¡No!

Así que, tras la cima, reagrupo mis fuerzas. Respiro, respiro, respiro. Recupero mi cuerpo. Me alejo. Ahora, de pie. Ahora ya, caminando. A pasos pequeños, despacio. Y me alejo.

Pero antes de perderme, te mando un beso y te digo sin voz, para que leas solo mis labios: «Te amo. Y volveré, volveré, volveré».

Fotografía: Crissanta
Fotografía: Crissanta