Nacimiento de la diosa Soledad


Condenada al desconsuelo

se esconde en la oscuridad.

Sin proporcionalidad

amó y tanto retó al cielo,

y tanto, tanto amó al fuego

—guardó luz en su interior.

Ardiendo desde su flor

germinó el desasosiego.

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Amor, dónde estás…


Dónde estás amor, te siento tan cerca y no te veo.
Vos que siempre me quieres y me requieres,
para darme un golpe rústico y suicida de pasión y desolación
y luego atrincherado, caer rendido
ante tu fatídica conspiración de aquello que llaman felicidad.

Dónde estás amor, por qué huyes de mí.
Me dicen que no te busque, que te espere
porque tú debes venir a mí.
Tal vez estás en tamaño racional, sencillo e irreverente,
de la presencia más dulce o de la figura más escueta de una airada mujer.

Dónde estás amor, tal vez ya pasaste y no te vi y peor aún, no te sentí.
Tal vez me engañas y nunca vienes a mí. Tal vez solo viví una parte de ti.
Pues sí, aquella donde una efímera situación me invade,
donde prevalece la insolente desesperación
de no tenerte aquí, de no sentirte en mí, amor…

El mundo


Bonito color el de las nubes hoy —tenemos que esforzarnos en verlo— pareciéndome unos labios surcados de fresas desde aquí abajo. Entonces salen esos buenos ánimos para un día entero, y proclamas que el hombre está limpio; es cuando crees que el destino está sin marcar y es cuando el aire se llena de colores que nadie ve mientras andas por las calles.

Aun hablando desde ese rastro de la creación, que atraviesa regiones no razonables del cerebro, existe ese aroma de una piel en una mañana de junio que lo cambia todo.

«Praga», fotografía del autor.