Solo túneles vacíos


capilla

Capilla en ruinas. Foto de Julio Alejandre

El padre de Mariana había sido un marino de agua dulce que entró en la Armada por la puerta de atrás, es decir, haciendo oposiciones a los cuerpos auxiliares, y no estuvo embarcado más que unos pocos días durante el semestre que pasó en la academia naval de Marín. A pesar de no gustarle su trabajo, era celoso de su cumplimiento, y las veleidades de su espíritu inquieto las canalizaba por la senda del conocimiento. Le entusiasmaba informarse y aprender diferentes disciplinas, sin marginar a ninguna de su abanico de intereses. Lo mismo se empapaba un ensayo sobre filosofía que un manual de mecánica, se leía un libro de historia que un tratado de mineralogía. Le gustaban la numismática y la geografía, la jurisprudencia y la historia de la navegación. Un verdadero hombre del Renacimiento. Mariana lo recuerda metido en su pequeño y desordenado estudio, con varios libros abiertos sobre la mesa, ensimismado en su lectura o tomando notas en cuartillas sueltas. Para cualquier pregunta tenía una respuesta y, si no la sabía, la buscaba. De carácter serio y poco efusivo, como padre fue, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Su muerte fue el calvario de una enfermedad sin esperanza que la cogió desprevenida, cuando ella aún se sentía joven y era virgen en dolores y desgracias. Como un seísmo, zarandeó muros y cimientos, agrietó tabiques y arrambló con muebles y enseres domésticos, dejando la casa del alma rota y patas arriba. «Tu padre era nuestra ancla y cuando faltó fuimos un barco a la deriva», le diría su madre; y esa imagen metafórica habría de pervivir y multiplicarse en la conciencia de Mariana: padre áncora, estay, roca, padre piedra y padre cimiento, y casa y firmeza, y cuando murió se lo llevó todo consigo.

Mariana recuerda las salas impersonales del hospital militar, los pasillos alicatados hasta el techo por los que paseaba su abatimiento, los marineros de guardia en la entrada y las enfermeras militares, más acostumbradas a dar órdenes que a recibirlas. Recuerda el sillón de escay negro donde se acomodaba para leerle las aventuras del Marqués de Bradomín, que le gustaban mucho; el rostro moreno y chupado que la escuchaba con atención; las bandejas metálicas en las que servían la comida a los enfermos y los vasitos de plástico blanco para las pastillas; los camilleros desmañados, con el lepanto asomando por debajo de la bata, que venían a buscar a su padre para alguna prueba ingrata.

Recuerda su mirada perdida de los últimos días, cuando estaba atiborrado de calmantes; el funeral en el tanatorio del hospital, llena la pequeña capilla de uniformes azules, las voces comedidas y educadas de los hombres, los susurros de las mujeres, a su madre recibiendo los pésames hecha un mar de lágrimas, el ataúd con la tapa levantada y el cuerpo de su padre amortajado con el uniforme de teniente coronel, tres galones dorados sobre fondo blanco.

Pero sobre todo recuerda aquel dolor que la iba resquebrajando por dentro, que era como un gusano barrenador royéndole las entrañas y dejando solo túneles vacíos.

La otra literatura

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Esperando al azul


Esperando al azul

Foto: Benjamín Recacha

En cuanto se cerró la puerta, en su cerebro se activó un mecanismo que le reveló la nueva situación con toda su crudeza. Estaba solo. Por primera vez en su vida. Solo.

Una insoportable sensación de fracaso le nació en el estómago, y le subió por la garganta como un tsunami que arrasaba con todo. El endeble armazón de autoconfianza que había ido tejiendo con hilos de esperanzas inciertas durante semanas, desde que fue evidente que la situación era irreversible, quedó destrozado en un instante, sin piedad.

Se dejó caer de rodillas en el frío suelo del pasillo, paseó la mirada desconsolada, la mirada de quien en el momento de la verdad se daba cuenta de que no entendía nada, de que todo había pasado sin apenas ser él consciente de que no había vuelta atrás, la paseó por las paredes desnudas del comedor, la posó en cada rincón vacío de aquel espacio donde durante tanto tiempo habían reinado el cariño y las risas, y surgió el llanto, a borbotones, impulsado por la fuerza desgarradora que, tras el largo asedio invisible, lo había invadido sin hallar la más mínima resistencia.

…..

El nuevo piso no estaba mal. Era pequeño (no necesitaba más espacio) y luminoso. Aunque tenía más de cuarenta años, lo habían reformado hacía poco, y el alquiler era asequible. El olor a recién pintado, y a muebles nuevos en la cocina, lo reconfortaron un poco.

Había permanecido dos días más en el piso anterior, sin apenas levantarse de la colchoneta hinchable donde había dormido durante las dos últimas semanas de convivencia. Había llorado, y se había dado pena a sí mismo. Caer en el derrotismo y en la autocompasión era tentador, así que durante cuarenta y ocho horas se había entregado a ello con esmero. Hasta esa mañana.

Al despertarse, se había dado cuenta de que no le quedaban lágrimas y de que continuar con el martirologio le producía una pereza inmensa. De modo que se levantó y, con caminar renqueante, subió la persiana hasta arriba. Estaba nublado, pero no llovía. «Así me siento yo, tan gris como este cielo».

Le quedaban aún tres días de margen para entregar las llaves del que había sido su dulce hogar durante cinco años largos, pero en aquel momento, con la vista fija en el gris compacto que había pintado el cielo, decidió que ya estaba bien de comportarse como un alma en pena. Se mudaría esa misma tarde.

…..

Al principio, lo que más echaba de menos era el despertarse cada mañana con su hija saltando sobre él en la cama. «¡Al abordaje!», gritaba, entrando como un vendaval en la habitación, y saltaba, cual pirata sanguinario, sobre el desdichado navío que trataba de mantenerse a flote, sin saber por dónde le venían los zarandeos.

Algunas mañanas, el abordaje pirata lo hacía despertar de mal humor, pero ahora sólo recordaba las guerras de cosquillas y a Laia deshaciéndose en carcajadas.

Y dolía.

Había momentos en que la soledad era apaciguadora, pero en otros, los más, aquel silencio se le hacía ensordecedor. Esa mañana, por ejemplo. Había pasado una semana. Llevaba un rato despierto. La luz entraba por las rendijas de la persiana, y él estaba tumbado boca arriba, con los ojos clavados en una pequeña grieta en el yeso del techo. Por un instante, imaginó que un rayo de sol se colaba a través de ella.

Sacudió la cabeza, se liberó del edredón, y abandonó la cama. Se dirigió hacia la ventana y, despacio, levantó la persiana. Estaba nublado. Un día más. Aquel principio de otoño, el sol apenas se había dejado ver. «Se está solidarizando con mi estado de ánimo», pensó, con una sonrisa triste en los labios.

Las vistas eran bonitas. La ventana daba a un parque grande, sin edificios colindantes. Más allá se extendían los campos de cultivo y las montañas forradas de verde, de cimas redondeadas. Se detuvo en una de ellas, y, al levantar la mirada hacia el cielo, el agujero azul en las nubes le provocó un leve hormigueo en el estómago.

…..

Lo peor era cuando se tenía que despedir de Laia. Aunque la veía alguna tarde entre semana, los días que lo separaban del siguiente fin de semana en que la tendría sólo para él transcurrían con una lentitud exasperante, lentitud que contrastaba con la rapidez desesperante con que las horas juntos se le escapaban entre los dedos.

La niña siempre tenía un aspecto inmejorable. Se había adaptado bien a la nueva situación y crecía sana y feliz. Disfrutaban al máximo el tiempo compartido y, a la hora de la despedida, ella lo abrazaba fuerte y le pedía que se cuidara, mientras que a él el nudo en la garganta le impedía hablar. No quería que lo viera llorar.

Ese domingo de noviembre, el cielo estaba inusualmente estrellado. Mientras apuraba un cigarrillo asomado a la ventana, pensaba en la conversación que había mantenido con su hija de cinco años mientras comían. Tenía frío en los brazos; la temperatura había bajado unos cuantos grados desde la tarde, pero eso no lo ahuyentó. Al contrario, la sensación de frío lo hacía sentir más vivo. Dio una nueva calada al cigarrillo y expulsó el humo hacia las estrellas.

«Papá, te tengo que contar algo que a lo mejor no te gusta», le soltó, muy seria, entre bocado y bocado de su escalopa de pollo. Él la miró con las cejas arqueadas y la animó a continuar. «Pues, verás, es que mamá tiene novio».

Aquello fue como una bomba atómica. Por previsible que fuera que una mujer simpática e inteligente continuara con su vida, él no estaba preparado todavía para pensar en ello. «¿Te has enfadado?», le preguntó Laia, con la misma seriedad, y, sin esperar respuesta, concluyó: «Creo que no te lo tendría que haber contado, pero no te preocupes, que, aunque David parece simpático, yo sólo te quiero a ti como padre».

Dejó escapar la última bocanada de humo venenoso y, respondiendo a un impulso inconsciente, se puso a reír. Rememoraba la expresión de adulta en miniatura de su hija, imaginaba a su ex flirteando con aquel desconocido, y una risa incontrolable y catártica lo dominaba. Rio a carcajadas, liberando la tensión acumulada durante meses, hasta que, exhausto pero satisfecho, regresó al interior de su nuevo hogar.

…..

Aquella noche durmió como no recordaba. Ocho horas de un tirón. Al despertar, había recuperado una seguridad en sí mismo de la que apenas era consciente haber sido poseedor. Estaba descansado y de buen humor. Notaba los músculos relajados y las extremidades ligeras. «Pues igual me voy a correr antes de trabajar», fue el loco pensamiento que surgió de su mente mientras se incorporaba.

Bajó de la cama de un salto, y en dos zancadas se plantó junto a la ventana. Descorrió la cortina y levantó la persiana con movimientos enérgicos.

El sol brillaba espléndido en un cielo tan azul que alimentaba los sentidos.

Ya dolía un poco menos.

Mi hijo


foto-de-leo-y-papaAprovechó la oportunidad para cargarme. No hubo necesidad alguna de emitir ni un gesto, ni un sonido como señal para solicitárselo. Siempre estuvo agradecido por todas las veces que lo cargué con tanto amor entre mis brazos cuando era un chiquitín. Una lástima que no se podrá repetir esta aventura. El camposanto jamás olvidará el dúo angelical que interpretamos al llorar juntos mi partida inesperada.

Homo sapiens


homosapien 2El hombre se diferencia del animal cuando aprende a ser padre no solamente con sus hijos sino con los amigos, familiares, con su amante, incluso con sus enemigos, y sin prejuicios ni miedo a perder su masculinidad se convierte en madre.

Cráneo del ejemplar adulto de la cueva de Cro-Magnon (Les Eyzies de Tayac-Sireuil, Dordoña, Francia, 1500 cmde capacidad craneana) 0,035 Ma.

Como una fotografía


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                                                  Como una fotografía vieja

                                                  en la que aparece un forzudo

                                                  con bigote y traje de tirantes

                                                  a rayas.

                                                  Así, como en una fotografía vieja

                                                  nos tiene cogidos sobre sus hombros

                                                  ( a mis 3 hermanos y a mí )

                                                  como si fuéramos una pesa

                                                  de aquellas de 2 toneladas.

                                                  Sonriente. Sin esfuerzo

                                                  muestra su fuerza y su familia

                                                  en una playa de Peñíscola

                                                  con el castillo al fondo.

                                                  Lo tengo en una fotografía. Sí.

                                                  Es el mismo

                                                  que ahora se acerca por la calle

                                                  encogido y frágil, como de lado,

                                                  apoyado sobre su bastón

                                                  lentamente.

                                                  Sí. Es el mismo.

                                                  Lo tengo en una fotografía.

                                                  Era una mañana soleada.

¿Recuerdas?


Caminamos, tomados de las manos mientras la luz nos empapa, un aire de éxito nos rodea y los miedos se alejan… Volteo la mirada hacia arriba y descubro un cielo teñido de un magnífico y único azul. Por un momento creí que un mar tropical nos cobijaba, mas sólo estaba sorprendido por la belleza de ese cielo. ¿Nubes? Tal vez debían estar allí, no lo sé, por primera vez no me interesaba su existencia.

Seguimos caminando. Todos sonríen, todos a nuestro alrededor. ¿En qué momento todo se había tornado tan pacífico y colorido? Parecía sacado del final feliz de una novela. Volteo mi mirada hacia abajo a mi izquierda e identifico mi mano sosteniendo la de mi hija, quien en silencio desplaza su vista examinando todo a su alrededor. Presto atención a su dulce rostro y detecto una sutil sonrisa en él. Me contagia, sonrío también.

Caminamos, pero no entiendo el contexto en el que me encuentro. Es mágico, agradable, soñado… Soñado… Exacto, ¡soñado!… ¡Estoy soñando! ¡Sin duda alguna esa es la explicación para todo esto! Vaya vaya, reconozco que esta lucidez supera con creces cualquier otro sueño que haya tenido. Me detengo para tocar el suelo, es suave, ni seco ni húmedo. Me reclino para olerlo, es fresco, como recién acabado de regar pero sin estar mojado. Pienso que mi cerebro ha hecho un trabajo excepcional.

Estando en el suelo, me hinco y abrazo a mi hija. Hasta soñar con ella es agradable, esta lucidez es magnífica. Al separarme la miro a los ojos, ella responde también y mira directamente los míos.

—Corazón, ¿te gusta este lugar? —le pregunto y comienzo a señalar el escenario a nuestro alrededor.
—Sí papá, me encanta. Las personas, el cielo, los colores, la luz, la paz… la paz.

Mi hija observa todo a su alrededor y su sonrisa cambia súbitamente a un rostro de extrañeza, de duda. Parecía que había algo que no entendiera o la inquietara.

—¿Qué sucede mi vida?
—Papi, ¿crees que encontremos a mamá aquí?

Su pregunta me toma por sorpresa, hacía un año que no hablábamos de mamá. Pienso en que es sólo un sueño, pero la mirada de mi hija me convence de sus sentimientos, su pregunta va en serio.

—No lo sé corazón, pero sabes, siento que aquí todo puede hacerse realidad.
—Yo también pienso lo mismo papá. Quiero verla.

Le sonrío de nuevo sin decir una palabra más. Me levanto y la insto a seguir caminando. Mientras lo hacemos, noto que mi hija dirige sus esfuerzos a observar todo. Es mi sueño, pero mi hija parece tener voluntad propia en él.

Para entonces había perdido la noción del tiempo. Tampoco sé cuanto habremos caminado ya. A pesar de que lo que he soñado hasta ahora ha sido una experiencia sobresaliente, pienso que es hora de despertar. No puedo acostumbrarme a un entorno que no es nada similar a mi realidad. Decido mirar a mi hija por última vez e inmediatamente me río internamente, pues sé que pronto la volveré a ver. Sin embargo, noto que ella ya me miraba fijamente…

—¿Papá?
—Sí preciosa, dime.
—¿Recuerdas ese día?
—¿Qué día, amor?
—El día que morimos.

Father and daughter - Patrick (DeviantArt)

Father and daughter – Patrick (DeviantArt)

El Funeral


Paso tan rápido,
Un día estabas tomando vino,
El otro día estabas en el hospital
Y de ahí derecho a la tierra
Tu tumba estaba abierta, esperando por vos.
Te vi ahí, recostado
Vestido de traje
Con los ojos cerrados
Y tu alma tan lejos.
Mientras todos lloraban
Lo único que yo podía pensar
Era cómo me hubiera gustado acabar adentro del culo de tu sobrina
Que no era parte de mi familia
Sino de la de tu mujer.
La verdad, no me importaba si estabas vivo o muerto,
Vos moriste para mi cuando yo tenía 2 años
Un niño mirando la espalda de su padre sin poder entender
Donde esta yendo, porque no va a volver ?
De vez en cuando me llamabas
Y los días que yo tenía suerte me venías a visitar,
Íbamos a comprar algunos cómics, dar una vuelta en el viejo y polvoriento auto, y comprar algunos juguetes.
Los días que yo no tenía suerte
Vos simplemente no venías.
Yo me quedaba esperando y mi mama me solía llevar al cine.
Me acostumbre a llorar en silencio, en rincones oscuros,
Y la tristeza dio paso al odio.
Perdí muchos años odiandote,
Pero ahora, de alguna manera puedo comprender.
Oh, papa, vos no supiste ser un padre,
Lo único que sabías era ser plomero (y ni siquiera uno bueno…)
Tomar vino
Y fumar marihuana en tu tienda de video juegos con los chicos del barrio.
Fue todo tan rápido,
Un día me estabas ganando al ajedrez,
Al día siguiente la Muerte se estaba llevando tu alma.