Centrifugando recuerdos (XXVI)


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Unos metros más adelante, Sara se sienta en un murete, junto al busto de piedra de un león. Aún no ha pasado un día completo desde que se despidió de la vieja estatua.

—Es impresionante, ¿verdad?

Luis se sienta a su lado.

—El qué, ¿tu vestido? —pregunta, en un nuevo arranque de atrevimiento espontáneo.

Sara ríe y se lo queda mirando. Está muy cerca. «Bésalo», se oye pensar. «Calla, ¿estás loca?», se reprocha con poca convicción. Luis parece captar el impulso reprimido de ella y eso lo envalentona. «Bésala, te lo está pidiendo», pero tarda demasiado en decidirse. Sara se aparta un poco y dirige su atención a la Alhambra, omnipresente.

—Me refiero a esa maravilla.

Luis cierra los ojos un momento. «Tienes que decirle lo que sientes. No has venido hasta aquí para tontear como dos adolescentes». Recuerda aquella primera cita con Berta, lo excitado que estaba por tenerla a su lado en el cine. Recuerda las sensaciones que lo dominaban, pero apenas nada de la película. En su cabeza se proyectaba otra película, en la que él alargaba su mano hasta encontrarse con la de ella; entonces ella apoyaba la cabeza en su hombro, mientras se acariciaban con los dedos; y acababan abrazados y besándose apasionadamente. Pero aquello sólo ocurrió en su imaginación. La realidad fue mucho más prosaica. «¿Te ha gustado?» «Sí». «¿Te apetece un refresco?»«Vale». Los únicos besos fueron los de despedida, en la mejilla.

Sara suspira.

—¿Por qué has venido, Luis? —pregunta, sin dejar de mirar a la Alhambra, en un tono que más que pretender una respuesta parece un reproche.

«Porque estoy colado por ti. Porque has puesto patas arriba mi vida y desde la noche que te marchaste no puedo apartarte de mis pensamientos». Un flash en el que aparece el torso desnudo de Íngrid, sobre la cama de un hotel, se cuela insidioso en su mente. Luis aprieta los párpados y se muerde los labios. «Porque quiero que me dejes entrar en tu vida». Pero no, nada de eso sale de su boca.

—Ya lo sabes.

Sara ríe, pero ya no es una risa fresca y traviesa, sino más bien la risa desganada que tan malas vibraciones transmitió la noche anterior. Luis busca sus ojos, que se resisten a abandonar la seguridad del recinto nazarí, pero finalmente lo hacen, diríase que como resultado del efecto de la gravedad. Su mirada cae despacio y, antes de seguir su camino hacia el suelo, se detiene en las retinas de él, lo justo para trasladarle de nuevo una sensación de tristeza inexplicable.

—¿Qué te pasa? Hace un momento estabas espléndida, y ahora, de repente…

—Parezco un alma en pena. Lo sé. Esa soy yo. No sé qué película te habrás montado por tu cuenta, pero estoy muy lejos de ser una chica alegre con un vestido bonito, que se pasa la vida riendo y flirteando con desconocidos que vienen a verla desde el quinto pino.

Luis está perplejo. No sabe cómo responder a los cambios de humor de Sara y teme que cualquier cosa que diga precipite el final del encuentro.

Una nueva ráfaga de viento irrumpe en la escena. Esta vez con la fuerza suficiente para arrastrar hojas secas y algún envoltorio de plástico olvidado en el suelo por visitantes descuidados.

Un pequeño escalofrío recorre la espalda de Luis. Sara se cruza de brazos instintivamente, para protegerse del frío inesperado, y levanta la vista hacia el cielo.

—Se acerca una tormenta —anuncia.

Luis observa las nubes amenazadoras provenientes de Sierra Nevada y respira aliviado: el repentino cambio de tiempo le ofrece la escapatoria del callejón sin salida en el que se encontraba la conversación.

El viento vuelve a soplar, y ahora empieza a ser molesto. Sin embargo, hojas, plásticos y papeles celebran su llegada interpretando espontáneas danzas aquí y allá. Las nuevas ráfagas arrastran polvo y arena, que chocan contra los cuerpos y se meten en los ojos. Sara y Luis agachan la cabeza. El viento se ensaña con la melena de Luis y balancea la coleta y los pendientes de Sara.

—Se va a liar una buena —advierte ella—. Más vale que nos pongamos a cubierto.

Luis ve cómo se incorpora, y cómo una ráfaga traviesa le levanta el vestido, dejando al descubierto unos muslos suculentos.

—¡Uuuuuhhhh! ¡Si voy a salir volando!

Sara se lleva las manos a las piernas para tratar de devolver el vestido a su sitio. Ríe, y Luis se relaja. Cuando se pone en pie, el primer trueno, aún lejano, les advierte que no van a disponer de mucho tiempo antes de que empiece a llover. El sol ha quedado oculto ya tras las nubes furiosas, a juzgar por su color gris oscuro, y la temperatura ha bajado diez grados de golpe.

—Larguémonos —conviene Luis.

La pareja sale del recinto, empujada por el viento a favor, y empiezan a subir la cuesta del Chapiz, buscando la protección de las fachadas. Sara hace malabarismos para mantener el vestido en su sitio por debajo de la cintura, y la situación le divierte. Ríe sin parar, cosa que a Luis le parece perfecta. Enseguida el viento afloja y los truenos se oyen más cerca. Los primeros goterones de la inminente tormenta aterrizan sobre la acera.

—¡Rápido, que ya empieza! —urge ella, que abre camino corriendo como puede, sin apenas separar las piernas, y cuesta arriba.

Luis, una vez más, se deja llevar. Se pasa la vida dejándose llevar por las mujeres con las que se cruza, pero eso ahora no va a ponerse a analizarlo. Su mundo en este momento lo constituye una joven granaína que trata de ponerse a cubierto de la tormenta anadeando como un pato acelerado, con una larga coleta y dos largos pendientes que se balancean al ritmo de sus pasos torpes pero irresistibles. Todo en ella lo es, y Luis sólo piensa en que la situación se prolongue lo bastante como para que los negros nubarrones desalojen por completo esa cabeza que tanto le gustaría comprender.

Los goterones son ya un continuo, y pronto una cortina de lluvia racheada empapa cuanto encuentra en su trayectoria. Sara y Luis no son excepción, así que antes de quedar completamente mojados se refugian bajo la cornisa de un portal.

—Madre mía, cuánto hace que no llovía así —comenta Sara, excitada por la carrera y el remojón.

Reguerillos de lluvia descienden por su pelo y su cara. Luis se fija en las pequeñas gotas que han aterrizado sobre su nariz, y en sus ojos sonrientes. Aunque la temperatura ha caído en picado, tiene las mejillas rosadas, producto del esfuerzo. Las aletas de la nariz se le abren con cada inspiración, y jadea; el pecho se le infla, empujado por los pulmones. Luis la observa, embobado, lo que contrasta con el ritmo frenético al que le circula la sangre, bombeada por un corazón que late encendido. Están tan próximos que, por fuerza, piensa Luis, Sara tiene que oír sus latidos, a pesar de la tormenta que descarga rabiosa, a pesar del rugido del torrente que, junto al bordillo, ya desciende a toda velocidad en busca del Darro.

Lo único que retiene al joven del impulso de abrazarla es el miedo al rechazo, a que huya otra vez.

Sara, entretenida con la observación de los efectos del aguacero, permanece ajena a esa batalla interna, hasta que se gira hacia él.

—Mira cómo nos hemos puesto —señala, despreocupada, mientras con una mano se toca el vestido y con la otra le toca la camiseta—. Estás chorreando —advierte, en el mismo instante en que se da cuenta de que el contacto de su mano con el estómago de él actúa como un desencadenante: primero un respingo involuntario e inmediatamente un suspiro—. ¿Qué te pasa? —pregunta, aunque conforme pronuncia las palabras ya sabe la respuesta. Sus ojos lo dicen todo.

La lluvia arrecia y el viento sigue soplando, con lo que enseguida la cornisa deja de suponer resguardo alguno. Sara mantiene la mano apoyada en el estómago de Luis, cuya respiración se acelera. Se miran inmóviles, y ambos luchan: ella por dejarse llevar de una vez y él por retener el impulso de hacerlo. Que las gotas voraces se estén dando un festín a su costa no tiene la menor importancia.

Una de esas gotas decide caer en el ojo de Sara, que parpadea. Se lleva entonces la mano libre a la cara y, en un gesto instintivo, se pasa los dedos, tan mojados como el resto del cuerpo, por el ojo agredido. Aprovechando el viaje, se retira un mechón de la frente, y en ese momento Luis se deja llevar.

«No te vayas», piensa en el instante en que sus labios entran en contacto con los de ella. «No te vayas», piensa cuando su lengua se abre camino. «No te vayas», piensa al sentir la lengua de ella que sale a recibir a la intrusa. «Por favor, no te vayas», ruega con el pensamiento al atreverse a rodearla con los brazos. «No te vayas», suplica mudo al notar el contacto con su cuerpo, caliente a pesar de la fría lluvia.

Sara celebra la derrota de la razón y saborea el momento. Le gustaría que durara indefinidamente, que siguiera cayendo el agua a mares y que la lluvia espesa actuara de barrera contra el mundo. Ellos dos solos, sin nadie que los juzgue, sin explicaciones que dar… «Nadie te las pide, todo es cosa tuya», se oye decirse a sí misma mientras se deja abrazar y se aprieta contra él. Nota el agua que le resbala por todo el cuerpo, y se imagina que están desnudos bajo la ducha… Los dos solos, sin recuerdos que atender…

Luis siente cómo ella se excita y eso acaba por derribar todas sus precauciones. Le desliza la mano espalda abajo, sin detenerse en la cintura. Se besan con ansia creciente. También ella recorre el cuerpo de él con sus manos. Ahora se las enreda en los mechones empapados, y lo atrae más hacia sí, como si eso fuera posible. Luis siente el contacto de sus pechos libres y firmes bajo el vestido chorreante y tiene que hacer acopio de toda su capacidad de autocontrol para no devorárselos ahí mismo.

Los truenos retumban con violencia, amenazando con agrietar el cielo. Las nubes continúan vertiendo agua sin medida, toda la que durante las semanas previas ha estado bebiendo un sol insaciable. Las calles han quedado desiertas. Los turistas se han refugiado en bares y teterías, y los lugareños, en sus casas. Unos y otros observan como hipnotizados la exhibición de poder de la madre naturaleza. Únicamente la Alhambra, desde su atalaya, nieve, truene o haga un sol abrasador, permanece impasible.

Luis y Sara son ajenos al espectáculo. Ellos están entregados a un espectáculo propio, en el que lo que queda fuera del ámbito de sus cuerpos carece de importancia. Están entregados a besos, caricias y jadeos; esclavos del deseo durante tanto tiempo reprimido; resentidos sin pensarlo con las voces que les aconsejaban precaución, cordura, desconfianza; temerosos en el fondo, aunque en brazos el uno del otro no sean conscientes de ello, de que el hechizo se rompa, de que la tormenta se aleje, cesen la lluvia y el viento, las nubes se deshilachen y el sol implacable recupere su reino.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXV)


Foto: Benjamín Recacha

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Luis vuelve a estar tan nervioso que no cree ser capaz de articular palabra. Lo está más que la noche en el bar del cámping, cuando ella le acarició deliberadamente la mano al entregarle la jarra de cerveza, más que cuando casi le rozó el hombro con el pecho y que cuando le sonrió como hacía tanto tiempo que nadie le sonreía. Está seguro de que esa estampa que tiene ante sí se reproducirá una y otra vez en su mente cuando esté solo. El delicioso vestido amarillo que tapa lo justo para que su imaginación vuele y que contrasta con la piel morena que cubre. «¿Cómo debe ser acariciarla?» El corazón de Luis galopa. Los pies vestidos con unas bonitas sandalias rojas, a juego con las uñas; las piernas largas y fibrosas, como el cuello, que también emerge largo, más ahora que Sara se ha recogido el pelo en una larga cola de caballo, dejando al descubierto unas orejas coquetas que lucen largos pendientes de aro. «Qué alta es», parece descubrir en ese instante, en el que él se siente empequeñecido, intimidado por la belleza de esa mujer que le sonríe desde unos labios tan rojos como la sangre que a él le circula desbocada por las venas.

Sara se coge las manos y se frota la recién pintada uña del pulgar izquierdo con la yema del pulgar derecho. Está tan nerviosa como él. Otras veces se muerde la parte interior de los labios, pero en esta ocasión ha conseguido controlar un impulso poco compatible con una sonrisa mínimamente natural. Enseguida se da cuenta del efecto que su presencia causa en Luis y eso le hace sentir que controla la situación, así que se tranquiliza un poco.

—Hola, Luis. Veo que ya conoces a Miguel. Es toda una institución en el Albayzín.

El anciano estalla en una sonora carcajada al escuchar las palabras de Sara.

—Déjate de instituciones y ven a darme un abrazo. —La muchacha obedece encantada—. Cómo me alegra oír esa voz. Hacía mucho, demasiao, que no venías a verme. Es una pena que yo no pueda verte a ti. el privilegio es pa este muchacho.

En ese momento aparece Tizón para frotarse con parsimonia, con el abdomen arqueado y la cola en alto, contra las suaves piernas de Sara.

—¡Eh! —exclama, divertida. A lo que el gato responde con un maullido de placer.

—Sabe muy bien lo que hace —señala Miguel mientras recibe a la joven con los brazos abiertos.

«Quién fuera gato», se escucha pensar Luis, sin poder apartar la mirada de ella.

—¿Cómo está usté? Yo lo veo tan bien como siempre.

—Bueno, los años van pesando, pero no me quejo.

—¿Y no debería dejar ya de fumar? A su edá

La carcajada de Miguel interrumpe a Sara, a quien mientras habla con el anciano se le escapan miradas fugaces hacia Luis, que sigue ahí plantado acumulando información visual que recordar después.

—A mi edá dice. Ay, hija, ¿tú crees que tiene sentío preocuparse por eso a estas alturas?

Hace una pausa para soltar una larga bocanada de humo, que Sara aprovecha para acariciar a Tizón. Luis no puede (quiere) evitar fijarse en su escote cuando ella se agacha, y casi se le escapa un sonoro «¡Dios!» al darse cuenta de que no lleva sujetador. La joven caza la mirada indiscreta y al tiempo que sonríe para sí nota el calor en las mejillas. Luis carraspea y, en la peor interpretación de la historia, se pone a rebuscar en el bolsito, como si se le hubiera perdido algo.

—No he estao enfermo en la vida. Ni un resfriao…, que yo recuerde, claro. Porque de niño pasamos muchas penurias, tú ya lo sabes, que no es la primera vez que te cuento mis batallitas. —Vuelve a reír—. Los viejos es lo que tenemos, que en cuanto alguien se nos pone a tiro, no lo dejamos escapar.

Sara, sonriente y algo aturullada por saberse admirada y, aunque no quiera pensar en ello, no aún, también deseada, más seguramente lo segundo que lo primero, toma la mano libre de Miguel entre las suyas.

—A mí me encanta escucharle, y me alegro mucho de verlo tan alegre.

—Sí, hija. El mundo ya es lo bastante triste como pa contribuir a que lo sea más.

Sin abandonar la sonrisa se gira hacia Luis, que permanece al margen, tratando de recuperar la compostura.

—Te dejo encargao del mayor tesoro del Albayzín, así que cuídalo bien. —Da una nueva calada a lo que ya es poco más que una colilla, con los ojos entrecerrados clavados en él. Luis tiene durante un instante la sensación de que el anciano es capaz de explorarle el alma, hasta que éste aparta la mirada vacía y se da media vuelta—. Ea, vámonos, Tizón.

Hombre y gato se alejan parsimoniosos, calle arriba, el humano canturreando y dando golpecitos con el bastón en esa acera de la que conoce cada baldosa, y el animal bailando con elegancia felina al ritmo del cascabel.

Sara y Luis se quedan mirando a la pareja, hasta que se hace evidente que alguno de los dos tendrá que tomar la iniciativa. Y es ella quien da el paso. Tras un pequeño suspiro, se gira hacia Luis, que juguetea con la hebilla del bolso, y lo mira a los ojos.

—Pues ya estamos solos.

Les separan un par de metros en los que el aire es algún grado más sofocante. Esa es la sensación que tiene Luis, que nota la camiseta pegada contra la espalda, empapada de nuevo en sudor. Se fija entonces en los hombros bronceados y brillantes de Sara; no es inmune al empeño del sol y también suda. Una imagen aparece como un fogonazo en su mente: los cuerpos desnudos y sudorosos de ambos, piel contra piel. Dura sólo una fracción de segundo, lo suficiente para aumentar su nerviosismo. Cierra los ojos y toma aire, procurando no llamar la atención.

—¿Qué te pasa? —le pregunta ella, exhibiendo una dulce sonrisa inocente. Ella, el “tesoro del Albayzín”, quien le ha robado el sentido común, del que nunca ha andado demasiado sobrado, llevándolo a actuar como un bobo sin voluntad. «Qué más me gustaría a mí que cuidar de este tesoro», responde mentalmente al anciano, y acto seguido se imagina soltando los tirantes del vestido…

—Nada —responde él, con una voz tan ridícula que la hace reír. Luis carraspea—. Es este calor, que me está exprimiendo. —Y en un arranque de genialidad, añade—: Si ya de normal tengo el cerebro bastante atrofiado, aquí se me ha acabado de derretir.

Remata la declaración con una mueca que pretende ser simpática y, de hecho, Sara sonríe, «por lástima, ríe porque doy pena», concluye el muchacho.

—¿Quieres que entremos en los jardines?

Sin esperar respuesta, Sara se dirige hacia el portal y Luis la sigue obediente, centrando su atención ahora en las sandalias, las piernas, y, sobre todo, en el bamboleo del vestido, que baila al ritmo de las caderas. Enseguida su cerebro le regala otra tórrida imagen en la que tiene las manos firmemente agarradas a sus nalgas, así que hace entrada al recinto del Palacio de los Córdova bufando sonoramente y meneando la cabeza. «Te tienes que controlar un poco, que ya hace suficiente calor como para que te caldees por tu cuenta».

Sara se detiene.

—¿De verdad que te encuentras bien? —pregunta, a la sombra de un ciprés.

«No. Me estoy poniendo malo de tenerte tan cerca y que exista la posibilidad de que vuelvas a desaparecer». Eso es lo que piensa, pero su parte racional todavía consigue, a duras penas, imponerse.

—Sí, no te preocupes —responde—. Acabaré acostumbrándome al calor —añade, adornándose con una sonrisa demasiado sonriente.

Sara le sostiene la mirada durante un par de segundos, lo suficiente para confirmar que lo tiene a su merced y que si no tiembla es porque, a cuarenta grados como están, sería motivo para llevarlo a urgencias. Vuelve a sentirse como aquella noche en el cámping, tentada de flirtear, de saberse la causa del descontrol de él… «Y luego, qué. ¿Volverás a huir cuando el juego ya no te haga tanta gracia?» La voz insidiosa sigue ahí, agazapada esperando el momento oportuno para saltar sobre su conciencia, pero Sara no está dispuesta a escucharla, así que se gira hacia la Alhambra, cuya silueta domina el escenario unos metros por encima del recinto en el que se encuentran, al otro lado del río Darro.

—No recuerdo cuál fue la primera vez que vine aquí expresamente —empieza a explicar mientras los dedos de su mano izquierda juguetean con una ramita del ciprés—. Lo que sí recuerdo es la sensación de calma. No sé el motivo, porque mira que hay rincones mágicos en Granada. Supongo que el estar a los pies de la Alhambra, en un rincón apartado, pero el caso es que empecé a frecuentarlo cada vez que necesitaba pensar… que ha sido bastante a menudo —añade casi en un susurro.

Luis se mantiene a la expectativa. Una parte de él desearía abrazarla e invitarla a compartir el beso que quedó pendiente, pero la otra, la prudente, le dice que espere, que la deje hablar y no haga nada que pueda ahuyentarla.

Sara mira a la Alhambra, ya en silencio. Sus dedos siguen entretenidos con el árbol, mientras con la otra mano se recorre la larga coleta sobre el hombro.

—Es muy bonito —concede Luis, por fin decidido a interactuar sin parecer un memo—. Y además hay sombra, cosa que se agradece —remata con una sonrisa, más natural que la de antes.

Sara se gira, de regreso de su viaje exprés por la memoria, y también sonríe.

—¿Te das cuenta de que es la primera vez que nos vemos de día?

Luis reflexiona un instante, y entonces se le dibuja la imagen de una chica sentada junto a una lavadora reacia a devolverle la ropa.

—En realidad, no. La primera vez yo iba cargado con un montón de ropa sucia y tú te lo estabas pasando pipa charlando con una lavadora.

Sara ríe y se lleva las manos a la cara.

—¡Oh, sí! Qué vergüenza pasé, creíste que te había llamado gilipollas. —Los dos ríen—. Estarás de acuerdo en que lo mejor es borrar aquel momento…

Se quedan mirándose. Los ojos de él no saben disimular. Los de ella captan el mensaje, pero por el momento prefiere hacerse la despistada, así que aparta la vista, reemprende la marcha, y cambia de tema.

—¿Qué te ha parecido Miguel? Es todo un personaje. Aquí lo queremos mucho.

«Miguel. Ya ni me acordaba de él. Qué poco me importa ahora mismo ese hombre».

—Sí, ya me he dado cuenta —concede, esperando que Sara no decida convertir al anciano en el centro de la charla.

—Lo pasó tan mal que cuesta creer que siga vivo.

Sara camina ahora junto a una larga piscina ornamental, y Luis a su lado, pensando en la manera de reconducir la conversación.

—Su padre fue un conocido militante socialista durante la Segunda República, así que te puedes imaginar que cuando el golpe de estado franquista fue uno de los represaliados. Aquí no hubo guerra. Los fascistas tuvieron éxito desde el primer momento y la represión fue brutal. El padre de Miguel, como Lorca, como tantos otros, simplemente desapareció. Todos sabían que los habían matado, pero nadie se atrevía a preguntar.

Luis escucha atento. Ni loco se le ocurriría interrumpirla, aunque sus expectativas previas respecto al encuentro estuvieran muy lejos de remontarse ochenta años atrás. «¿Por qué me cuentas esto? Yo lo que quiero es que hablemos sobre nosotros».

—La madre de Miguel sufrió toda clase de humillaciones por ser la mujer de un “rojo traidor”, aunque el mayor castigo que pudieron infligirle fue el no revelarle jamás qué hicieron con él.

Sara se detiene al borde del agua y observa los guijarros que cubren el fondo, a muy poca profundidad. Entonces suelta la ramita que se ha llevado del ciprés, con la que seguía jugueteando, que cae amortiguada sobre la superficie y se queda ahí flotando, dejándose llevar.

—Luis era un niño. Tenía una hermana más pequeña. —“Hermana”, la palabra tabú, la que se le clava en el corazón cada vez que la pronuncia, que la oye, que la piensa. También ahora le duele, pero aprieta el puño y continúa—. Así que su madre tuvo que sacarlos adelante a los dos, sin nada, porque se lo quitaron todo.

—Me ha explicado cómo empezó a fumar —aporta Luis, consciente de que el camino que debe desembocar en la charla que él ansía y ella parece evitar, no tiene atajos.

—Le has debido caer bien. —Sara levanta la vista y lo mira—. No creas que elige a la ligera el brazo en el que apoyarse. —Vuelve a sonreír y Luis nota cómo un escalofrío le acaricia la columna—. ¿Y te ha contado cómo se quedó ciego?

—No le ha dado tiempo…

—Es igual, es una historia demasiado indignante. —La muchacha se da media vuelta y se dirige resuelta hacia otro punto del jardín—. Hablemos de cosas más agradables.

—De tu vestido, por ejemplo —se atreve a sugerir él, de pie aún junto al agua, donde la “balsa” de ciprés en miniatura ha empezado a moverse empujada por una levísima ráfaga de viento.

Sara se detiene y se gira, coqueta, sonriendo complacida. Se coge la cola de caballo y se la lleva a la barbilla, sólo un momento, porque enseguida vuelve a darle la espalda a su admirador. Éste, alentado por lo que interpreta como reacción positiva a su sugerencia, se recrea las pupilas con el acentuado movimiento de caderas con el que ella le obsequia.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXIV)


Centrifugando recuerdos

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El mediodía es una muy mala hora para pasear por Granada en pleno agosto, sobre todo en un agosto tan caluroso. El sol calcina las inconscientes cabezas que osan asomarse a sus rayos hambrientos y tuesta sin remordimiento las pieles que se atreven a retar al rey de los cielos.

Los turistas recorren las empinadas calles del Albayzín pegados a los edificios de la acera que provee de un caritativo pasillo en sombra. Son muy pocos quienes se lanzan a la aventura de adelantar por la calzada, reticentes a correr el riesgo de que, como mínimo, se les derritan las suelas de goma de las sandalias al entrar en contacto con un pavimento del que algunos de los transeúntes están seguros de que sale humo.

Para Luis, sin embargo, en este momento el calor asfixiante es la menor de sus preocupaciones. Avanza a paso rápido, Cuesta del Chapiz abajo, con una sola idea en la cabeza, inmune al ensañamiento solar que lo exprime como a una esponja. «Si me pierdo, sólo tengo que seguir el reguero de sudor que voy dejando», es la disparatada idea que se cuela en su mente monopolizada por la imagen y la voz de Sara.

Levanta la vista del suelo y la pasea en torno, en busca de alguna señal que le indique que se acerca a su destino. Se encuentra entonces con la imponente silueta de la Alhambra, inmune a los ataques del sol, que domina el escenario desde lo alto de su pedestal forrado de verde. Es imposible no quedar hipnotizado.

Luis deja escapar una bocanada de aire ardiente y reemprende la marcha. Pero enseguida vuelve a detenerse. Un hombre mayor asiste al incesante desfile humano sentado en el umbral de su casa. Apoya las manos en un bastón de madera con el que de vez en cuando da un golpecito en la acera. Al joven le llaman la atención sus ojos de un azul tan claro que casi parecen transparentes. Decide preguntarle cuánto le queda para llegar al Palacio de los Córdova.

—Disculpe…

El anciano no parece reaccionar hasta que Luis se planta a medio metro de él. Levanta entonces la cabeza y le sonríe, revelando su vieja boca mellada. Efectivamente, tanto el iris como las pupilas son de un color tan claro que Luis enseguida se da cuenta de que es ciego, y le asalta la tentación de seguir su camino. «No seas absurdo», se reprocha.

Usté dirá, maestro.

El hombre levanta el bastón unos diez centímetros del suelo y lo deja caer de nuevo. Parece ser todo un pasatiempo. Viste una camisa blanca de manga corta, pantalón largo negro y unas alpargatas de tela, que calza como si fueran chancletas, con los talones fuera.

—Busco el Palacio de los Córdova.

—Claro que sí, joven. Y bien que haces.

La sonrisa no abandona al anciano mientras continúa jugueteando con el bastón. Lo levanta entonces y lo alarga para señalar calle abajo. Luis presta atención al movimiento y se mantiene a la expectativa.

—Sigue la calle y enseguida encontrarás la entrada a los jardines, a mano izquierda.

—Muy bien. Muchas gracias.

Luis se despide y tras un par de pasos la voz del anciano lo hace detenerse.

—¿Y la limosna?

La pregunta es desconcertante. Luis duda si ha escuchado bien.

—¿Cómo dice?

El viejo ríe, divertido.

—Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada.

«¿Qué dice este hombre?»

Ante el desconcierto del joven, el anciano chasquea la lengua y menea la cabeza al tiempo que acelera el golpeteo del bastón contra el suelo.

—Vaya por Dios. No me puedo creé que no conozcas los versos de Francisco de Asís de Icaza.

En ese momento Luis se siente el mayor ignorante del planeta. Es la primera noticia que tiene de la ingeniosa composición y de su autor. El viejo vuelve a reír, y él empieza a mosquearse.

—No te enfades, hombre. —Luis se da media vuelta, buscando la cámara oculta. «¿Y qué sabrá él si estoy enfadado?»— Va, que te acompaño —resuelve, sin dejar el mínimo resquicio a la posibilidad de que el muchacho se niegue.

Dicho y hecho. Se incorpora apoyándose en el bastón y se agarra del joven y firme brazo. Inmediatamente, un gato negro como una noche sin luna surge de la oscuridad del portal, al ritmo del tintineo del cascabel que le cuelga del cuello, y se enrosca entre las piernas de su amo.

—Ay, Tizón, cómo ibas tú a perderte un paseo, ¿verdá?

Luis no entiende nada, pero lo último que se le ocurriría a una persona de bien es negarle el brazo a un ciego, así que opta por dejarse llevar con la esperanza de que a su acompañante no se le ocurra alargar demasiado el paseo. «Aunque la excusa para justificar por qué llego tarde es tan disparatada que a Sara no le quedaría más remedio que creerme».

—Ya veo que no eres muy hablador, pero no te preocupes, que sólo quiero estirar un poco las piernas. Estar la mayor parte del día viendo pasá a los turistas acaba siendo aburrío.

Vuelve a reír, y Luis empieza a creer que sería un buen fichaje para ‘El club de la comedia’.

—¿Hasta dónde quiere que lo lleve?

Avanzan a paso lento, con el gato abriendo camino. De vez en cuando, al divisar una paloma despreocupada, se pone tenso, pero un suave toque de bastón le deja claro que no es hora de cazar.

—Menudo prenda está hecho. Cada día me trae algún trofeo: pajarillos, ratones, lagartijas, y sí, más de una paloma ha caío entre sus garras. Hay que ver, qué tontas son.

—Sí, a mí tampoco me caen muy bien. —Luis carraspea—. No sé si me ha oído cuando le he preguntado…

—Ya te he dicho que no te preocupes—lo interrumpe—. No vas a llegar tarde a la cita.

—¿Y usted cómo sabe…?

—¡Ah, hijo! Son muchos años de observar a la gente con estos ojos secos. ¿ qué iba a ir un chaval como tú, de fuera de Graná, al Palacio de los Córdova si no es porque ha quedao con una granaína?

El anciano ríe y se detiene. Levanta entonces el bastón y señala un poco hacia adelante y a la izquierda.

—Ahí es.

Luis se fija en el muro encalado, tras el que asoman las copas de los cipreses. A unos pocos metros se encuentra la puerta, flanqueada por dos faroles. Aprovechando la pausa, el gato se frota ronroneante contra las piernas del extraño.

—Vaya, parece que le has caío bien a Tizón. Eso es que vas a tener suerte.

Mientras habla, el viejo saca un cigarrillo lánguido del bolsillo de la camisa y se lo lleva a los labios.

—¿Quieres uno? Los lío yo mismo cuando me aburro.

Luis se siente tentado de aceptar. Ahora que el encuentro con Sara es inminente, que el factor sorpresa ya no juega papel alguno, los nervios han vuelto. Unas caladas le relajarían, pero no, no quiere que cuando se acerquen para saludarse lo primero que ella perciba sea el olor a tabaco. Así que respira hondo y rechaza el ofrecimiento.

—Fumo desde los once años. Si no me he descontao, tengo ochenta y ocho, así que tú verás.

Hace una pausa para encender el pitillo. La primera calada la recibe con los ojos cerrados, saboreando el humo antes de dejarlo salir por la nariz. A Luis se le hace la boca agua. «Va, sólo una caladita», se oye sugerirse, pero sacude la cabeza y consigue resistir a la tentación.

—Yo creo que el secreto de seguir disfrutando de cada pitillo es que en realidá nunca he estao enganchao. Sólo fumo cuando me apetece. Cuando empecé era más fácil fumar que comer. —Da otra calada profunda y Luis mira hacia la puerta del Palacio de los Córdova, cada vez más nervioso, imaginando que Sara lleva rato esperando—. Mi madre nos alimentaba con lo que podía. Muchos días no le quedaba más remedio que arrancar manojos de hierba para hacer caldo.

Los ojos incapaces de percibir las imágenes presentes sin embargo sí ven aquel pasado lejano que mantiene tan cercano en la memoria.

—No tardé en descubrir que aquellos hierbajos sabían mejó si me los fumaba.

El anciano remata el recuerdo con una risa de regusto amargo, como el humo del cigarro.

—Debió de ser muy duro —es lo único que se le ocurre decir a un muchacho para quien las penurias de la postguerra forman parte de los libros de historia.

—A uno se acostumbra —concluye el hombre, con una mueca que aparenta sonrisa pero que no disimula el resentimiento acumulado durante tantos años.

Luis busca la manera de despedirse sin parecer desconsiderado, y ésta llega por sí sola. En el momento en que se aparta un poco para abrir el ángulo desde el que mirar hacia la puerta de los jardines donde, ya no tiene dudas, Sara desespera, alguien tropieza con su brazo.

—Perdón —se disculpa la chica, sin apenas ralentizar el paso.

A Luis le cuesta un par de segundos reaccionar. Es la primera vez que ve el bonito vestido floreado de tirantes, pero no a su portadora.

—¿Sara?

La joven se detiene en seco y se da media vuelta. Durante un instante ambos se quedan embobados y sienten cómo el calor se concentra en sus ya más que acalorados rostros.

—¿Ves cómo no llegabas tarde? —interviene el anciano, cuya sonrisa recupera la alegría.

Continuará…