Sushi


«Sushi» en PNGEGG

Los juegos sexuales se convirtieron en algo más que una parafilia. A la vista de todos eran una pareja normal, pero en la intimidad experimentaban con todo lo que se les ocurría: miraban películas e imitaban las escenas, siempre con el acuerdo mutuo y sin ocultarse nada.

Bajo el argumento de que «en el sexo todo es válido» ya habían adquirido un sinfín de artilugios y juguetes sexuales, desde los más comunes hasta los más exóticos y desconocidos en algunas culturas.

Eran asiduos practicantes de sexting, videollamadas, dirty talk¸ intercambio de fotos y videos, además de pertenecer a varios clubes swinger, formar tríos, participar en orgías y en eventos de sexo multitudinario.

Gustaban de probar con todo cuanto conocían.

Las prácticas «normales» ya no eran ni siquiera una manera común de satisfacerse, sino algo que había quedado archivado en el cajón de lo decimonónico. Se consideraban una pareja moderna y abierta en todos los sentidos.

Evitar que la pasión se apagara entre ambos era la conquista diaria. Los dos luchaban cada día por mantener la llama encendida. Este compromiso hizo que se volvieran creativos.

Un día, mientras Brenda ordenaba por internet un par de brazaletes Bond Touch y pensaba en la posibilidad de utilizarlos en distintas partes del cuerpo, Brandon con un grito interrumpió sus pensamientos.

—¡Brenda, ven a ver esto! ¡Corre! —exclamó emocionado.

—Voy enseguida —replicó Brenda y se levantó cuando dio el último clic para completar su pedido.

Brenda acudió al llamado. Él estaba tendido en el sofá mirando un documental en el Discovery Channel Travel & Food, acerca de cierta cultura asiática.

En la pantalla destacaba una mujer desnuda que yacía sobre una mesa con el cuerpo cubierto de rollos de sushi. Alrededor de la mesa, entre hombres y mujeres, había una docena de comensales, todos con palillos dispuestos a consumir el alimento dispuesto en tan peculiar plato.

—¡Guau!  —dijo Brenda— Eso se ve interesante.

Comenzó a sentir excitación y más cuando uno de los que comían tomó uno de los rollos que estaba justo sobre la vulva de la mujer.

—Sexisushi —comentó Brandon al mismo tiempo que volteaba para mirar a Brenda tocarse la entrepierna y uno de sus senos.

—Me gustaría intentar algo así. Hagámoslo. Invitemos a unos amigos el próximo fin de semana.

—¡Sí, una fiesta de sushi! —dijo con excelente humor Brandon.

El documental continuó con las entrevistas y reacciones a la especial manera de comer sushi. Todos coincidían en que el cuerpo de la chica transmitía un sabor único a cada rollo dependiendo del lugar en donde se hubo colocado. A la chica que sirvió de plato o bandeja le pareció una de las experiencias con mayor carga sexual que hubiera experimentado hasta ese día.

—La próxima vez que lo haga pediré que los comensales no usen palillos ni recurran a sus manos —bromeó la mujer concluyendo la entrevista con un guiño y un pícara sonrisa.

Brenda se afanó en los preparativos para la fiesta de sushi. Ordenó con anticipación en uno de los restaurantes de comida japonesa más popular de la ciudad.

—Sí, creo que con esa cantidad será suficiente… ¡No!, espere… que sea el doble, sí, el doble de rollos. Gracias. Lo espero el viernes por la noche… Ya le estoy mandando el comprobante de pago por la aplicación.

—¿Por qué el doble de sushi? —interrogó Brandon.

—Porque serán dos tandas: una por el frente y otra de espaldas. Espera, debo hacer la cita cuanto antes para la depilación. No voy a tenderme en la mesa con todo el vello corporal.

—Pero ¿por qué asumes que tú serás el plato? Creí que se lo pediríamos a alguien más, no sé…

—¡¿Cómo que alguien más?! Por supuesto que seré yo. ¡Oh! Espera, ¿en quién pensabas?

—No sé… En Fernanda, ¿tal vez?

—¡Fernanda! —Brenda soltó una risita— ¡O sea! ¿Por qué ella? ¿Traes algo con ella? Creí haber notado «algo» la última vez que estuvimos los tres. ¿Tienes algo con ella, Brandon? o ¿Quieres algo con ella?

—¡Claro que no! Solo dije su nombre por decirlo.

—Pudiste decir el de Karla o Julieta o Diana o cualquier otro puto nombre.

—¡Oye! No me digas que estás celosa. ¿Lo estás?

Brenda lo miró en silencio. Después de unos instantes le advirtió:

—No quiero a esa zorra en mi casa.

—Pero, Brenda, solo fue una idea…

—¡No la quiero aquí! —gritó Brenda.

Brandon se sintió descubierto: era cierto que se había acostado con Fernanda en las últimas cuatro semanas. Eso no era lo grave, el problema real era que nunca se lo dijo a Brenda. Lo había ocultado porque a Brenda no le agradaba Fernanda y viceversa, todo por un simple detalle: Fernanda fue capaz de hacer un squirt provocado por la estimulación de Brandon en la última reunión swinger a la que habían asistido. Brenda nunca había podido alcanzar ese grado de excitación con Brandon. Tenía envidia de Fernanda.

Las cosas se complicaron cuando Brandon le pidió a Fernanda que participara en la fiesta de sushi y que ella fuera el plato. A Fernanda le entusiasmó la idea y de inmediato aceptó, pero Brandon no contaba con que Brenda quisiera ser la que se tendiera en la mesa.

De alguna forma tendría que convencerla. Miró por la ventana y vio que el vecino se disponía a cortar el exceso de ramas de un matorral que, puesto a modo de muro natural, marcaba los límites del jardín de ambas casas. Descorrió las persianas, abrió la puerta que daba al jardín con disimulo. Buscó a Brenda e inició el juego con ella.

Tal y como lo previó Brandon, ella de inmediato respondió al estimulo y en un parpadeo ya estaban desnudos en la sala copulando sin pudor.

El vecino tardó más de lo normal desramando el arbusto y mirando sin perder detalle el acto de exhibicionismo de sus vecinos.

Brenda sonreía cada vez que con apretado disimulo el vecino volteaba para mirar: lo hacía de manera furtiva como si la pareja no se diera cuenta de que tenían un nervioso espectador. A Brenda le fascinaba hacer eso. Después de que el vecino contemplara la escena, ella, en cualquier momento en que se topara con él, lo saludaría como si nada hubiera ocurrido. Le encantaba ese juego.

Esa noche al ir a dormir, platicaron sobre la cara de asombro del vecino.

—Deberíamos invitarlo a la fiesta —dijo Brenda convencida.

 —No creo que acepte, es muy ñoño.

—Me imagino que también su mujer es así. Los invitaré a ambos. Quiero ver sus caras cuando me vean desnuda sobre la mesa.

—Brenda… Creí que llegaríamos a un acuerdo con respecto a eso.

—¿Acuerdo? ¿No fui clara? Mira mis labios, Brandon: No quiero que Fernanda ponga un pie aquí. Fin de la discusión.

—¡No es justo! Tú quieres invitar al imbécil del vecino… O sea que las cosas se tienen que hacer como tú quieres, ¿es así?

—Si no te parece, lárgate con tu zorra y tampoco vengas a la fiesta. Contigo o sin ti me voy a divertir.

—¿Qué? ¿Cómo dices? —dijo Brandon indignado. Rayaba en la irritación.

Brenda se quitaba la ropa para ponerse unas transparencias.

—No acordamos eso cuando decidimos ser una pareja abierta. Nos comprometimos a negociar y a llegar a un común acuerdo en todo lo que hiciésemos, ¿lo olvidaste?

—No, no lo olvidé, pero tú rompiste el acuerdo cuando te enredaste a mis espaldas con esa puta.

—No es ninguna puta.

—¿Ahora la defiendes? —Brenda soltó una risa burlona.

—No la defiendo y tampoco tengo la culpa de tus celos estúpidos.

—¡No me hables así, Brandon!

—¿Por qué? ¿Te vas a ir a coger al vecino? ¡No me amenaces!

—¡Pendejo!

—¡Puta!

No terminó el insulto Brandon cuando Brenda ya estaba encima de él dándole puñetazos.

—¡Hijo de perra! ¡Ahora verás de lo que soy capaz!

Brandon se cubría la cara. Ella quería hacerle daño con las uñas. Trató de sujetarle las manos y ella aprovechó para patearlo en los testículos. Brandon se dobló en una rodilla y bajó las manos, en ese momento Brenda alcanzó la mejilla izquierda de él dejándole un surco rosado que se inundó de pequeños puntos rojos en un instante.

Brandon enardecido se levantó y golpeó con su hombro el abdomen de Brenda, el impulso hizo que se fuera de espaldas y que perdiera el equilibrio. Cayó sin meter las manos y el golpe en el abdomen junto con la caída de espaldas la dejaron sin aire. Brandon montó sobre ella apoyándose en las rodillas, le dio un par de puñetazos en la cara y buscó su cuello. Apretó y apretó. Sintió cómo se le erectaba el pene y sin dejar de apretar el cuello de Brenda, con la mano derecha arrancó como pudo la prenda de fino encaje que lleva puesta ella. Su mano izquierda seguía apretando. Brenda ya no se resistía.

Brandon eyaculó justo en el momento en que Brenda dejó de existir.

***

Fernanda yacía desnuda sobre una larga mesa. Alrededor de ella hombres y mujeres eran los invitados a degustar el sushi.

La comilona comenzó.

Una de las invitadas comentó después de probar una porción:

—Tiene un sabor… curioso. Me gusta.

—¡De verdad está delicioso! —exclamó otro de los asistentes.

Fernanda y Brandon se miraron sonriendo con complicidad.

La noche anterior Brandon tuvo sexo con el cadáver de Brenda y después con Fernanda. Fue un trío necrofílico que llevó a los vivos al paroxismo.

Después del orgiástico acto, entre los dos quitaron gran parte de la carne de los huesos de Brenda para llevarla al restaurante en donde prepararían el sushi para la fiesta.

Los invitados —entre ellos el vecino y su mujer— disfrutaron de un festín pantagruélico sin sospechar que uno de los ingredientes principales era la carne de Brenda.

Lo que viene y va


El tictac del reloj se ha vuelto una monótona canción. He volteado a mirar el viejo cacharro de hojalata que me regalaste, sí, ese que compraste en un bazar. Me convenciste con el cuento de que por ser antiguo medía mejor el tiempo, que tenía toda la experiencia que dan los años. Sonrío para mí y considero la idea de meterme a la tina, ponerle sales aromáticas y remojar mi cuerpo en el agua tibia. El vestido ya lo he preparado. Lo he dejado sobre la cama; es el rojo con estampado de flores. Lo llevaba puesto la noche que bailamos Lady in red en la terraza del bar. No lo olvido, nos dimos el primer beso y hoy quisiera que me vieras tan bonita como en esa ocasión.

La noche viene y el tiempo se va. El teléfono está mudo y he atisbado por la ventana para ver si tu moto está estacionada en el lugar de siempre. No estoy nerviosa, pero sí decidida. Lo oscuro de la habitación me recuerda que en otros tiempos hubo luz, sí, cuando estabas tú.

Bebo una taza de café endulzado con la miel de tus recuerdos. Semidesnuda miro sin parar hacia la puerta, esperando oír los pasos de tus botas antes de entrar e inundar la casa con el olor salvaje del cuero de tu chamarra. Quisiera verte aventar el casco y abalanzarte sobre mí, así, comiéndome a besos, devorando mi deseo, así como antes.

Me meto a la tina. La tibieza del agua no apaga mi avidez, pero si entibia mi corazón congelado por tu ausencia. He dicho que soy decidida y no te esperaré más. Bebo el último sorbo de café. La transparencia del agua se tiñe de rosa intenso, entonces, la noche me abraza y viene tu recuerdo mientras mi vida se va a paso lento.

Suceda lo que suceda


Sucede que dejé
desvestida a mi alma.
Sin ropajes cruzó
laderas, caminos,
ríos y montes.
Hizo de las nubes
su primer viso.
Pisó mentiras,
las que fingieron ante ella.

Sucede que corté
el lirio del balcón,
a ras de tierra.
Ese que sembraron,
una vez, tus manos.

Divagaba fluyendo entre lo que veía sin mirar
y lo que no llegaba a notar.
Consciente del brote de las hojas,
del ruido en la tierra,
haciéndose paso
para salir.

Sucede que entro en mi alma
y en ella me cubro contigo:
me acuerdo de ti y
me acuerdo de mí.

Sucede que era otra contigo
y eras parte de mí.

Sucede que marchito el lirio,
mi alma triste, impenetrable.

Sucede que tras el fino velo,
sopla el viento mi miedo.
Repartiendo brío
para primavera.

 

En siete días


Se quejó la pena,
alejada.
La nada ríe
en un pestañeo,
acercándose.
Lo predecible celebra
con un brindis.
Levanta su copa
hacia la costa.
La brisa ventea
la cortina,
en señal de paz.
Llega a tierra
y muestra bandera:
garras de león,
medio corazón
y cadena anclada.
El marinero en su barco,
el faro cerca de tierra,
las noches de verano
y la luz estelar.
Y te veo suspirar,
cubro de rojo la arena.
Y tú miras hacia aquí,
poniendo rostro
al suspiro.

Gotea mi corazón


Ni las palabras
hacen serpentear mi lengua
como tú.
Mi corazón gotea,
cada segundo,
contigo.
Plic. Plic. Plic.
Mis pulmones soplan
aire del que le falta
a los pájaros de mi cabeza
y a las mariposas
que eché con alas en polvorosa
en alguno de mis suspiros.
Acerco mis manos
a un curso de agua fresca
y me vomita encima.
Mi glossa repta,
a través de un laberinto carnoso,
profundo y húmedo.
Gotea mi corazón.
Plic. Plic. Plic.
Hasta desaguar.

¿Feliz?


Parados en el semáforo

esperan a cruzar

un hombre y una mujer

con

un carrito de bebé.

Él abre los brazos

y se estira.

Ella

por debajo

le abraza

sonríe

y

cierra los ojos.

Aniversario


Un año hace ya que esto comenzó
y parados nos miramos
en el mismo lugar
no mucho cambió,
solo nos desnudamos
sudamos nuestras almas
con tal de no llorar.
 
Tú me haces muchas preguntas
solo algunas habré de contestar,
yo sé que tienes muchas dudas
que no puedes disimular.
Sabes bien con quien te metes
o al menos eso sueles afirmar,
no es mi culpa tu sufrir
o quizá sí
pero sabes que puedes marcharte
cuando te quieras ir.
 
No soy una apuesta de largo plazo
llévate lo que puedas de mí;
abusa de mi cuerpo
aunque sea solo a ratos,
no perdones nunca mis ganas de huir.
 
Hace un año ya que me hablaste
que me invitaste a besar tus pechos
y a compartir alientos
has visto tú mis miedos
te han parecido raros y secos
quizás solo sea que me hace falta
tener el par bien puesto. 
 
Pero todo lo has visto
y algo te gusta de mí;
las canas que aún no salen
y mis besos de imprevisto,
mis dedos perdidos
y mis labios en tu ombligo,
sé que te gusta de mí
lo que soy en tu cama y en tu olvido.
 
Hace un año ya
que fingimos ser solo amigos
pero nos queremos entre sábanas
sobre todo si es domingo
y aunque sé que a pesar de todo
todavía nos mentimos,
puedo ver tu rostro sumergido
en mis versos sin sentido
no entiendo si es cariño
o tan solo masoquismo
una muerte lenta
que me incendia con cinismo.
 
Hace un tiempo ya
que anhelo poder escribir
y poderme confesar
dictar mis pecados sin sentencia
porque no hay quienes lleven mis cuentas;
siempre quise un talento
sobre todo ese de ser feliz,
aunque me cueste la vida misma
y hasta de ti deba aprender a morir,
como un final inesperado
una sorpresa sin sabor
mientras observo con cuidado
como el bueno de la historia
se convierte en perdedor.