Jorōgumo


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«Jorō Spider», por Pamsai (CC BY-SA 2.0)

El alquimista marino gustaba de involucrarse en luchas clandestinas con el fin de medirse físicamente contra oponentes fuertes. Además, como cazador de rituales de vudú que era, ese tipo de lugares siempre le servía para obtener pistas que usualmente lo llevaban a capturar a ciertos practicantes de vudú de bajo rango.

El alquimista conoció una vez a un luchador de artes marciales que se hacía llamar Jorōgumo. Este luchador tenía la fama de excéntrico debido a su vestimenta; ropa muy holgada, capucha y máscara. Era considerado invencible y casi siempre se cobraba mucho dinero por verlo pelear, debido a que su fama de invicto hacía imposible realizar apuestas rentables.

El alquimista marino no dudó en retar a Jorōgumo a una pelea. Esta vez sí se realizaron apuestas. El alquimista marino era conocido por ganar cada encuentro al que se había presentado. Las apuestas estaban divididas. Sin embargo, casi todos los espectadores esperaban que Jorōgumo ganara la pelea.

Al momento del encuentro, El alquimista marino percibió en Jorōgumo la sed de sangre propia de un practicante de vudú. No dudó en luchar usando su aura para intensificar las capacidades de su cuerpo. Para sorpresa del público, El alquimista marino no solo pudo seguirle el ritmo a Jorōgumo y asestarle algunos golpes, hazaña que nadie había logrado hasta ese momento, sino que además logró quitarle la capucha y la máscara. De esta manera, expuso que detrás de la identidad de Jorōgumo se encontraba una mujer. Ella, sintiendo manchado su honor, renunció a la pelea. Y, antes de huir a toda velocidad, recitó un conjuro sobre El alquimista marino.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El conjuro lanzado por Jorōgumo era un sutil comando de Mahou que permitía al usuario ubicar en tiempo real la posición de su víctima. Jorōgumo había entrenado durante varios años mientras estudiaba el errático patrón de ubicación de El alquimista marino. Finalmente, sintiéndose completamente lista, persiguió y encontró al alquimista. Lo desafió a una pelea.

Esta vez su forma de vestir era muy diferente. Dejaba ver su rostro, usaba ceñidas ropas negras y una bandana con una piedra negra cúbica incrustada en su nudo. Además, su estilo de combate había cambiado dramáticamente. El alquimista marino, de inmediato, percibió que la sed de sangre que provenía de aquella mujer no era para nada algo normal. Nunca había escuchado de un entrenamiento u objeto que fuera capaz de amplificar a ese grado los poderes de un practicante de vudú.

Jorōgumo no le dio mucho tiempo al alquimista como para analizar la situación. Empezó a arremeter con rápidos puñetazos con el fin de hacerle perder la concentración. Sin embargo, El alquimista marino era un hábil pugilista y esquivaba con destreza los ataques de su adversaria. Mientras esquivaba, logró percibir una extraña energía procedente de la piedra negra de la bandana. Intentó arrebatársela a la fuerza, pero ella frustraba sus intentos a una velocidad sobrehumana. El alquimista marino usó su aura al máximo para potenciar su velocidad y logró acorralar a Jorōgumo.

—¡Dime qué demonios tiene esta bandana! —exigió El alquimista marino, mientras levantaba y ahorcaba a su adversaria con una mano y le quitaba la piedra negra con la otra.

Jorōgumo, viéndose en un aprieto, recitó un conjuro y materializó una katana en su mano. Gracias al factor sorpresa, y a un rápido movimiento, logró quitarle la piedra negra a su oponente. El alquimista marino dio un rápido salto hacia atrás, para evitar ser cortado, y sacó una piedra roja de su bolsillo.

—¡Yo también puedo hacer trucos, Jorōgumo! —dijo El alquimista marino, mientras sacaba una cimitarra desde dentro de su piedra filosofal.

La pelea a puño limpio se convirtió en un duelo de espadas. El alquimista marino decidió terminar la pelea con un solo movimiento. Usando la que era su técnica más poderosa hasta el momento, colocó su piedra filosofal en su espada para infundirle masivas cantidades de aura. Esto aumentaba, por mucho, el rango y poder de corte del arma. Y, con un brusco movimiento de dos manos, desató una ráfaga cortante de aura con la que derrotó a Jorōgumo, provocándole heridas muy graves que incluían quemaduras en varias partes de su cuerpo y la pérdida de un brazo y un ojo.

—Me llevaré esto para estudiarlo con detenimiento —dijo El alquimista marino, recogiendo la piedra negra.

Jorōgumo, usando su último recurso, convirtió su cuerpo en humo y desapareció del lugar antes de ser rematada por el alquimista.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El alquimista marino no lo sabía, pero seguía bajo el efecto del conjuro de rastreo de Jorōgumo quien lo encontró y emboscó durante uno de sus viajes. No esperaba un ataque de alguien a quien creía lisiada y sin la capacidad representar peligro alguno.

—¿Quién diablos eres y qué quieres de mi? —gruñó El alquimista marino.

—¿No me recuerdas, alquimista? —dijo Jorōgumo, mientras se quitaba la capucha con lo que parecía ser una gran pata de araña, dejando ver un deformado rostro con un parche que tenía incrustada una piedra negra.

El alquimista marino percibió una sed de sangre mucho mayor que la del último encuentro. Era evidente que las capacidades físicas de su adversaria habían aumentado considerablemente. Jorōgumo no perdió tiempo y conjuró su katana. La impregnó con una niebla negra que aumentaba su alcance y poder de corte. Una técnica muy parecida a la que El alquimista marino usaba con su cimitarra.

El alquimista respondió con su propia técnica. Parecía como si de su espada fluyeran flamas rojas, mientras que la katana estaba envuelta en unas extrañas llamas negras. Ambos sabían que, si recibían un ataque de su oponente, serían fulminados por la energía de su espada; por lo que la pelea se llevaba a cabo a mucha velocidad pero a la vez con mucha cautela.

Jorōgumo quería terminar el encuentro pronto. Dio un gran salto hacia atrás y empezó a recitar un conjuro. Inmediatamente después, se quitó las prendas de vestir superiores dejando al descubierto un torso lleno de quemaduras. A cada costado tenía incrustadas dos piedras cúbicas.

—En este momento cobraré venganza por mi honor, alquimista —dijo Jorōgumo, muy segura de sí misma.

El alquimista marino se sentía paralizado. No lo percibió a tiempo pero, al chocar espadas con Jorōgumo, había inhalado un poco del humo negro que manaba de su katana.

Jorōgumo seguía recitando su conjuro hasta completarlo. De repente, se deshizo el conjuro que materializaba su katana y las piedras negras de su torso desaparecieron a la vista. Lentamente, la practicante de vudú caminó hacia El alquimista marino que activó la trampa que tenía preparada.

Su piedra filosofal, conocida como La concha marina, estaba suspendida en el aire y empezó a lanzar potentes ráfagas de energía que eran desviadas en cuanto se acercaban a Jorōgumo, aparentemente sin que esta hiciera esfuerzo alguno.

El alquimista marino estaba sorprendido, pero no había perdido la calma. Pese a ello antes de que se le ocurriera algo para salir de la parálisis, Jorōgumo se acercó y le dio un abrazo.

—¿Qué diablos haces? —balbuceó el paralizado alquimista.

—¡Este es El abrazo de la araña! —gritó con demencia Jorōgumo.

Era muy tarde para que El alquimista marino los percibiera, pero cuatro brazos invisibles salían del torso de Jorōgumo. Dos a cada costado, justo donde estaban incrustadas las piedras negras. Cada uno de ellos blandía katanas invisibles impregnadas con sed de sangre. Usando dichas armas había desviado las ráfagas de su piedra filosofal. Y esas mismas armas invisibles lo apuñalaron en tajo cruzado en el tórax.

El alquimista marino no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando pudo percatarse, estaba desangrándose, tendido en el suelo y perdiendo la conciencia. La concha marina, estaba programada para un evento de esa magnitud. Por lo que, al entrar en shock, una runa en forma de ojo brilló en la frente de El alquimista marino al mismo tiempo que brillaba una idéntica dentro de su piedra filosofal.

—Activando modo de emergencia —dijo La concha marina.

Inmediatamente, una barrera de energía impidió que Jorōgumo rematara al alquimista malherido. Eso le dio tiempo a la piedra para transportarlo a su interior y huir a un lugar seguro, convirtiéndose en lo que parecía una bengala roja que huía a toda velocidad. Jorōgumo no logró consumar su venganza.

Atónita por la forma en que escapó su adversario, se quedó con la satisfacción de saberse lo suficientemente hábil como para lastimar gravemente el cuerpo del alquimista que la había desfigurado y mutilado. Mientras tanto, los mecanismos internos de La concha marina, creados para regenerar el cuerpo del alquimista en caso de daño crítico, realizaban labores médicas de emergencia a toda velocidad con el objetivo de salvarle la vida.

El asesino de los mil cuchillos


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«Tibetan ritual knife», Wikimedia (CC0)

Cierto día, un practicante de vudú se encontró con una piedrecilla cúbica de color negro. Al sentir la sutil energía que irradiaba, decidió tomarla y llevarla a su casa para investigarla con detenimiento. Mientras la examinaba, se percató de que no era una piedra sino un objeto sellado que almacenaba algo. Luego de intentar romper el sello durante algunas semanas, finalmente descifró el conjuro para la apertura del objeto. Al utilizarlo, pudo acceder al contenido de la piedra negra e inmediatamente escuchó una voz en dentro de su mente.

—Humano. Humano. ¿Puedes oírme?

El practicante de vudú hizo un gesto de satisfacción y asombro. Estaba contento por el logro de romper el sello de un objeto tan complicado y, también, estaba asombrado por el contenido de la piedra negra. No esperaba encontrar a un ser capaz de comunicarse. Luego del asombro inicial, empezó la conversación.

—Humano. Humano. ¿Puedes oírme?  —dijo el ente dentro del objeto.

—Sí, puedo oírte en mi mente. ¿Quién eres? —preguntó el practicante de vudú.

—La pregunta correcta no es quién soy —dijo el ente—, sino qué soy y qué puedo hacer por tí.

—¡Explícate con claridad! —El practicante agarró la piedra negra en sus manos y le dirigió la palabra como si esta realmente hablara, pero no era más que una proyección telepática de la voz del ente dentro de la piedra cúbica.

—Soy el guardián del poder de esta semilla. Cumple con los requisitos que te pida y tu recompensa no será otra sino poder —dijo el ente, en el tono de voz de propio de un autómata.

El practicante de vudú se lo pensó mucho. Dejó la piedra negra en el suelo y se puso a conversar con aquel ente para pedirle detalles sobre aquello que le ofrecía.

***

El joven alquimista continuaba con su viaje de entrenamiento para comprender mejor la estructura y funcionamiento del núcleo del alma humana. Como era su costumbre, usó su piedra filosofal incompleta para entrar en un supermercado y robar los implementos necesarios para luego internarse en el bosque e iniciar una profunda meditación que era parte de su entrenamiento de alquimia. La mayor parte de las veces, sus viajes empezaban y terminaban sin complicaciones.

Aquel joven alquimista había desarrollado, para su protección, una técnica de alquimia que amplificaba sus poderes propios usando la piedra filosofal incompleta como una batería que recargaba de forma perpetua usando su propia ánima. El proceso de cargar la piedra lo cansaba significativamente. Sin embargo, la piedra quedaba completamente cargada luego de un par de semanas. Esto se debía a que la piedra no estaba lo suficientemente desarrollada como para almacenar más energía. Pese a ello, el ánima acumulada era lo suficientemente poderosa como para lanzar seis potentes rayos de aura concentrada. Cada uno de estos rayos tenía la fuerza como para impactar y dejar inconsciente a un oso, por lo que el alquimista se sentía bastante seguro vagando por los bosques durante cualquier hora del día.

Cuando llegó al bosque, el alquimista hizo su rutina de cada entrenamiento. Se concentró y buscó el lugar del bosque donde se sintiera más fuerte el Ánima Mundi.  Sobre ese lugar se sentó en una pose de meditación, con la piedra filosofal entre sus manos. Luego, como si se tratara de una ofrenda a la naturaleza, extendió las manos hacia el cielo y se concentró. La piedra filosofal quedó flotando en el aire mientras el alquimista, con los ojos cerrados, unió sus manos para completar el trance con el que accedía a su propia alma para continuar estudiando su núcleo. El estudio del núcleo del alma es una práctica peligrosa, cuyas técnicas deben manejarse con suma cautela. Además, el trance necesario para el estudio del núcleo del alma, requiere dejar el cuerpo expuesto a ataques. Para evitarlo, los alquimistas siempre tienen un truco para su propia protección. En este caso, el joven alquimista dejaba su piedra filosofal incompleta como un guardián flotante que, al detectar alguna presencia hostil, dispara inmediatamente.

***

El practicante de vudú, usando un ritual, fusionó la semilla con su cuchillo ceremonial. De esta forma, la recompensa que otorgaba el ente era un aumento en el poder del arma del practicante de vudú. El practicante de vudú acababa de cumplir con el siguiente requisito que le pedía el ente dentro de la piedra negra. Llevaba cumpliendo varios. Al principio, el ente pidió como requisito veinte dedos de diferentes enemigos del practicante. Luego de cumplir con esto, el ente le otorgó el don de la telepatía.

En los siguientes encargos variaban las partes corporales y la cantidad de estas, así como el tipo de persona del que debían obtenerse: hombres, mujeres, niños, ancianos, amigos, enemigos, familiares, y una larga lista de etcéteras.  Luego de varios encargos el practicante de vudú obtuvo acceso a muchas habilidades que, de otra forma, le hubieran sido complicadas o imposibles de dominar.

—Muy bien, muchacho. Has cumplido con el requisito —dijo el ente dentro del cuchillo al observar lo que el joven practicante de vudú presentaba ante sí—. Toma el arma y termina de entregar la ofrenda.

—Como pediste, aquí está —dijo el joven practicante de vudú, mientras colocaba a un hombre en el suelo—. ¿Qué hago ahora?

—Usa el cuchillo y mátalo, apuñálalo exactamente así —el ente dentro del cuchillo envió una visión a la mente del practicante de vudú donde se mostraba claramente la forma correcta de apuñalar la ofrenda.

Esta era la primera vez que se le pedía como requisito un asesinato. El practicante de vudú hizo tal como el ente le pidió y esperó su recompensa. De repente, el cuchillo cobró vida propia y levitó hasta estar frente al rostro del practicante, que estaba de rodillas y manchado de la sangre del asesinato que acababa de cometer.

—Muy bien, muchacho. Has cumplido con el requisito. Ponte de pie y recibe tu recompensa —dijo el ente en el cuchillo.

Una especie de humo oscuro empezó a salir del cuchillo, llegando a envolver por completo al joven practicante de vudú. En cuanto el humo se disipó, el practicante lanzó una fuerte y perturbadora carcajada.

—Este, ¡este es el poder que estaba buscando! ¡Necesito más! ¡Dame más! —dijo gritando y riendo, debido a la euforia provocada por el gran aumento en su sed de sangre.

El practicante no lo había notado, pero desde que empezó a exponerse al humo oscuro que le otorgaba los dones prometidos, su apariencia física se deterioraba más y más. Tenía unas marcadas ojeras, estaba muy delgado y pálido, y mostraba signos de envejecimiento prematuro. El practicante de vudú no sentía los efectos en su cuerpo debido que el humo oscuro generaba sensaciones falsas de bienestar en su cerebro. El humo, además, desbloqueaba habilidades en el usuario a cambio de un gran desgaste en el cuerpo. Además, el usuario mostraba  una marcada dependencia física y psicológica hacia el humo oscuro y sus efectos.

El practicante de vudú calmó su euforia y cerró los ojos para sentir los nuevos alcances de sus habilidades. Inmediatamente, una sensación de urgencia invadió su cuerpo.

—¿Cuál es el siguiente requisito? —preguntó el practicante, aún respirando agitado por el reciente efecto del humo oscuro.

—Necesito que mates a uno de nuestros enemigos, un alquimista —dijo el ente contenido en el cuchillo.

—¿No se supone que están extintos? —reclamó el muchacho— ¿Cómo se supone que voy a encontrar uno?

—Usa tus nuevas habilidades, ahora ya deberías ser capaz de sentir las auras de los alquimistas. Estudia a los más cercanos y ataca al que consideres el más indefenso de todos —ordenó el ente, con su característico tono de automata.

***

—Aquí debe estar, siento que está cerca —dijo el practicante de vudú, que olfateaba y observaba como una bestia cazando.

Se había internado en un bosque siguiendo la presencia de un joven alquimista que entrenaba cerca del lugar. Sin ninguna precaución, el practicante de vudú empezó a correr para arremeter contra el joven alquimista.

—Enemigo detectado: ¡Disparo! —dijo la voz de un autómata dentro de la piedra filosofal incompleta que flotaba en el aire.

El disparo alertó al alquimista, que inició el proceso de regreso desde dentro de su alma para recuperar el control de su cuerpo. Este proceso solía tomar unos cuantos segundos, por lo que el alquimista tuvo la precaución de ordenar telepáticamente otro disparo hacia el practicante de vudú para rematarlo, en caso de que aún siguiera con vida. Pero justo antes de que el rayo impactara, el practicante de vudú usó su velocidad sobrehumana para evadirlo. El practicante de vudú seguía acercándose, corriendo a cuatro patas como si fuera una bestia.

La piedra filosofal incompleta era incapaz de pensar por sí misma, por lo que su programación contra amenazas la llevó a lanzar dos disparos más. El practicante de vudú esquivó ambos. El alquimista recobró el control de su cuerpo y, para no desperdiciar los disparos restantes, tomó la piedra filosofal en su mano para sacarla del modo automático.  El practicante de vudú se lanzó sobre el alquimista y empezó a ahorcarlo en el suelo. En un sutil movimiento, el alquimista lanzó su piedra filosofal lejos de él y le ordenó telepáticamente que lanzara otro disparo.

El potente disparo logró sacar de encima al enemigo del alquimista, que aprovechó para incorporarse, tomar su piedra filosofal y empezar a correr. Sabía que el disparo de su piedra no podía matarlo, que el enemigo era físicamente superior y que solo le quedaba un disparo. Asustado, empezó a usar su aura para potenciar su cuerpo y acelerar la velocidad de su huida desde dentro del bosque hacia la carretera más cercana.

—No tiene sentido que intentes escapar —el alquimista oyó la voz del practicante de vudú dentro de su mente—. Puedo olerte, verte, sentir tu presencia. Estás herido y desgastado, no llegarás muy lejos.

—¡No voy a escucharte! —gritó el alquimista dentro de la mente del practicante de vudú— ¿Qué quieres de mi?

Una vez que el practicante de vudú percibió que el alquimista también poseía el poder de la telepatía, se enfureció mucho. En su rabia, aumentó la intensidad de su poder para transmitir no solo su voz, sino también imágenes dentro la mente del joven alquimista. El truco logró perturbar profundamente al alquimista, que fue obligado a ver escenas de cómo el practicante de vudú lo mataba con múltiples puñaladas en medio del bosque, para luego ofrecer su vida como sacrificio.

Mientras más corría el alquimista, más intensas y perturbadoras eran las visiones. Hasta que, finalmente, el cuerpo del alquimista se detuvo por completo presa del pánico. El practicante de vudú lo alcanzó y empezó a golpearlo con mucha violencia, rompiendo sus extremidades para que éste no pudiera escapar de nuevo.

Dándole el resto de sus energías a su piedra filosofal, el alquimista ordenó a su piedra lanzar su último disparo. La piedra flotó en el aire y apuntó al practicante de vudú. Esta vez, el practicante estaba muy atento a su llegada, por lo que sacó rápidamente su cuchillo ceremonial y, recitando un rápido conjuro, logró repeler el disparo.

—¿No lo entiendes? ¡No tienes esperanza! Solo debes resignarte a morir, maldita escoria —gritó enfurecido el practicante de vudú, mientras llevaba a su víctima hacia lo profundo del bosque.

Durante el trayecto, el alquimista quedó inconsciente. Al llegar al bosque, el practicante de vudú lo ató de todas sus extremidades. El practicante de vudú estaba ansioso por terminar la ofrenda, por lo que decidió despertar al joven alquimista con una puñalada en la pierna. El alquimista gritó de dolor.

—¡Empecemos esto de una buena vez! —dijo el practicante de vudú, extasiado por la mera idea de recibir de nuevo el humo oscuro.

El practicante de vudú sacó su cuchillo ceremonial y, usando un extraño humo rojo que emanaba de él, paralizó el cuerpo del joven alquimista. Luego, presionó fuertemente la punta del cuchillo en la frente del alquimista, que no podía gritar ni reaccionar debido a la parálisis. El practicante de vudú empezó a recitar un conjuro, con éste no solo podía transferir imágenes en la mente del alquimista, sino que además podía estimular las zonas del cerebro relacionadas con el dolor. De esta forma, torturó al joven con mil visiones de puñaladas que se sentían como si vinieran de un cuchillo al rojo vivo.

Cuando la tortura mental terminó, el practicante de vudú atravesó el corazón del joven alquimista y acabó con su vida. Terminada la ofrenda, el cuchillo levitó y habló.

—Muy bien, muchacho. Has cumplido con el requisito. Ponte de pie y recibe tu recompensa —dijo el ente contenido en el cuchillo mientras expulsaba más humo negro para el practicante de vudú—. El siguiente requisito será más complicado.

—¡Acepto! —dijo el joven practicante de vudú.

La piedra roja


The Searchlight

«The searchlight, rhodochrosite crystal», por Eric Hunt (CC-BY 2.5).

«Existe una piedra que no es tal piedra.

Un objeto precioso que carece de valor.

Un ente multiforme que no tiene forma.

Una cosa desconocida que todos conocemos».

Zósimo de Panópolis

 

La muerte llegó.

La sangre fluía y mi vista se nublaba.

Era cierto. Era mi fin.

 

Un fantasma blanco apareció.

Se veía como yo y me tomó la mano.

El fantasma me dijo que era mi alma.

 

Y mi alma, el fantasma, me preguntó:

«¿Quién eres y qué necesitas?».

Y no supe responderle quién soy.

 

Él me envolvió en una bola de neblina plateada.

Y durante un período sin tiempo

se dedicó a sanarme.

 

Salí de aquel capullo etéreo

y vi con nuevos ojos el mundo.

Y al fin estaba listo para responder.

 

Le respondí:

«No recuerdo quien soy.

Pero sé lo que necesito».

 

El fantasma dejó de ser una bola de niebla

y me preguntó:

«¿Qué necesitas?».

 

Le dije con urgencia:

«Una ventaja, un arma, algo con que ganar.

Un talento, un poder, algo con que proteger

todo aquello que amé».

 

Mi alma me tomó de las manos

y empezó a llorar sangre sobre ellas.

El fantasma se desvanecía conforme lloraba.

 

La sangre no podía derramarse de mis manos.

La sangre se convirtió en una piedra roja.

El fantasma se convirtió en una piedra roja.

 

Y dijo sus palabras finales, antes de irse por completo:

«Yo soy tu alma, tu ventaja, con lo que vas a ganar.

Soy tu talento, tu poder, con el que protegerás

todo aquello que amé».

 

Y lloré, y entendí. En practicante me convertí.

Ese día volví a nacer. Ese día volví a ver.

Y solo vi dos palabras: Opus Magnum.

La piedra encendida


rhodochrosite, quartz, chalcopyrite

«Rhodochrosite, quartz, pyrite», por Géry Parent (CC BY)

«¡Evoca! Recuerda tu muerte.

Piensa bien lo que fuiste

y lo que nunca serás».

Zósimo de Panópolis

 

I

¡Comprende! Comprende, alquimista.

Si no la alimentas,

la piedra no crecerá.

 

¡Nunca! Nunca abandones la obra.

El sol se consume y emana esplendor.

No lo abandones, no lo dejes apagar.

 

II

¡Completa! Completa la piedra.

Ve y cámbialo todo

con la invariable sustancia.

 

¡Recuerda! Recuerda, alquimista.

Cuando la paz tú tenías.

Cuando la piedra aprendía.

La piedra de la memoria


“¿Qué será de mí

cuando ya no tenga

mis recuerdos?”

Cleopatra, la alquimista

 

I

Me lo pregunto y me lo vuelvo a preguntar.

Me asusta olvidar la pregunta.

Me inquieta, ¿qué será de mí?

 

Voy a aprender.

Escalaré la pendiente

cuya cima es mi propio ser.

 

Cuando aprenda, volveré para crear

una piedra, una copia de mi esencia.

Un objeto viviente con quien recordar.

 

II

La piedra recuerda por mí.

Un objeto viviente con quien conversar

acerca de lo que fui.

 

Quiero que me cuentes como vivía.

¿Qué me hacía feliz?

¿Qué lucha me movía?

 

Quiero que me cuentes cómo olvidé.

¿Qué será de mí?

¿Qué deberé hacer cuando recuerde?

Advertencia


Acabo de descubrir que el libro es capaz de modificar el funcionamiento de los instrumentos de monitoreo de la oficina. La voz del libro me está enseñando cómo lograr dicha modificación, mediante ejercicios de alquimia. Gracias a estos, he sido capaz de observar sucesos que, de otra forma, no podrían verse con las cámaras de éter.

Aparentemente, ciertos alquimistas son capaces de hackear el sistema de vigilancia. Colocan, sobre la grabación, porciones de vídeo donde no ocurre nada. Así logran ocultar ciertos eventos de los que desean que nadie se entere. El libro, sin embargo, me está enseñando un truco para detectar la presencia de esa sutil alteración.

He sido capaz de captar a un anciano que posee una extraña piedra roja con la que hackea el sistema, evitando la activación de las alarmas interdimensionales. El anciano es muy elusivo. Cada vez que trato de captarlo, emite una nueva señal que interfiere con el sistema de una forma diferente. Su sistema de interferencia se adapta, aprende el método que lo vulneró y realiza un contraataque. En lo poco que he logrado captar, he notado que está persiguiendo a una joven mujer practicante de un arte conocido como invocación. En estos momentos ella parece haberse dado cuenta de su presencia.

—Llevas días siguiéndome. ¿Qué diablos quieres, maldito anciano? —dijo la joven mujer, evidentemente enojada, pero sin muestra de preocupación o miedo.

—Veo que eres capaz de sentir mi presencia. Se ve que no eres tan mala en tu arte —dijo el anciano, en un tono bastante calmado que daba a notar cierto aire de superioridad.

—¿A qué mierda te refieres? —La joven mujer empezaba a perder la paciencia—. ¿Qué sabes tú de mi?

—Absolutamente todo. —El anciano movía sus manos lentamente, como si buscara algo en las mangas de su túnica—. Sé lo que puedes hacer. Es más, sé cómo hacerlo mejor que tú.

La mujer no entendía nada de lo que decía el viejo. De niña, pasó muchos años iniciándose secretamente en el arte de la invocación, con una anciana maestra que desapareció de un momento a otro. Luego de que su maestra se esfumara, sin dejar rastro, ella decidió practicar por su cuenta y logró avances significativos. Pasó, de apenas conocer las bases de aquel arte, a invocar pequeños insectos de otras dimensiones. Tiempo después, conoció a una vieja shamana que le enseñó como potenciar su arte mediante el uso de círculos mágicos. Con el tiempo, la shamana también desapareció sin dejar rastro.

Con el paso de los años, la muchacha se convirtió en una bella y hábil mujer, y su arte evolucionó gracias a su riguroso entrenamiento autodidacta. Su máxima habilidad, de la que estaba orgullosa y con la que se defendía en casos extremos, consistía en la invocación de un guerrero reptil de otra dimensión. Una vez invocado, gracias al círculo mágico, ella ejercía un poderoso control mental sobre el guerrero, para usarlo como una herramienta controlada con el pensamiento.

—No me gustan las charlas ni el acoso. —La joven mujer sacó una tarjeta de su bolsillo y la lanzó al suelo. Recitó un hechizo. Un círculo mágico se pintó de forma automática en el suelo, como si la tinta de la tarjeta saliera por voluntad propia y se propagara—. ¡Esto se acaba aquí y ahora!

La invocadora hizo unos extraños movimientos con las manos y el círculo mágico comenzó a brillar. De repente, la porción de suelo dentro del círculo empezó a temblar y agrietarse. De las grietas brotó un guerrero reptil. La invocadora lanzó otro hechizo y sus ojos brillaron al mismo tiempo que los del guerrero reptil. Bajo el influjo del hechizo, el guerrero reptil quedó sometido al completo control mental de su invocadora.

—¡Vaya! Me has dejado sorprendido —dijo el anciano, con un tono de genuina admiración—. Me asombra que hayas logrado invocar algo con ese arte tan primitivo, definitivamente se ve que tienes potencial.

—¡Cállate, viejo de mierda! ¡Se ve que no conoces el miedo! —La joven invocadora estalló de rabia—. ¡Ataca, soldado!

El guerrero reptil lanzó un grito de guerra. Sus garras y dientes empezaron a fulgurar y a crecer. Luego, empezó a correr alrededor del viejo, intentando intimidarlo. El anciano, sin embargo, casi no se movía, salvo por el hecho de que seguía buscando algo dentro de su túnica.

—¡La encontré! ¡Qué descuido de mi parte! —El anciano sonrió y sacó una extraña piedra roja de su túnica—. Disculpa por haberte hecho esperar.

El guerrero reptil lanzó una poderosa embestida contra el anciano. La joven invocadora creyó haber asestado el golpe final. Sin embargo, la imagen que golpeó el guerrero reptil era falsa. El anciano había desaparecido del lugar.

—¿Qué demonios pasa? —La desconcertada mujer miraba para todos lados—. ¿Y tú qué esperas? ¡Olfatéalo!

El guerrero reptil sacaba la lengua para olfatear al anciano, pero parecía confundido al no poder hallarlo. El anciano empezó a proyectar su voz dentro de la mente de la joven invocadora.

—¿No puedes detectar mi presencia, verdad? —dijo el anciano, usando su poder de telepatía.

La mujer intentó, en vano, buscar la fuente del sonido.

—¿Dónde mierda estás? ¿Qué clase de magia es esta? —gritó confundida, mirando a todos lados.

Sin previo aviso, el anciano apareció.

—Se llama alquimia. Voy a enseñarte mi truco. —El viejo levantó la extraña piedra con su mano y ésta empezó a brillar de rojo—.  Te advierto que no tengo mucho talento con las invocaciones, pero supongo que con esto bastará.

El brillo rojo de la piedra provocó una grieta dimensional de la que, súbitamente, salió un brazo gigante que aplastó y exterminó al guerrero reptil con facilidad. La mujer entró en shock al ver que su técnica más poderosa quedó reducida a nada ante su enemigo. Cayó al suelo, de rodillas, esperando la muerte.

—¿Quién diablos eres, anciano? ¿Qué quieres de mi? —dijo la joven mujer, mirando hacia el suelo con resignación.

El anciano hizo brillar de nuevo la piedra e, inmediatamente, la grieta dimensional desapareció junto con el gran brazo que acababa de invocar.

—Si hubiera querido matarte, habría dejado salir al monstruo entero y no solamente su brazo —dijo el anciano, en un tono misteriosamente comprensivo—. Tampoco hubiera atacado a tu soldado, sino a ti. De esa forma, tu técnica se hubiera desvanecido.

—¿Cómo sabes todo eso, anciano? —La invocadora aún no salía del shock, pero su curiosidad era más fuerte que su miedo—.  Se supone que los invocadores somos un grupo secreto.

—Vengo a advertirte. —El anciano se acercó a la mujer y le entregó una piedra diferente a la que él uso en la batalla—. Ciertos individuos, tanto o más poderosos que yo, vendrán por ti para matarte. Todos los detalles se encuentran aquí, usa tu conocimiento para acceder al contenido de la piedra.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso? —dijo la mujer, aún confundida, pero más en sí.

—Eso deberás descubrirlo por ti misma. Si estudias bien la piedra, podrás crear una réplica de ella. Con eso aumentarás, por mucho, tus habilidades —dijo el anciano—. Dentro de esta piedra didáctica hallarás las respuestas que buscas.

Dicho esto, el anciano simplemente desapareció. La joven invocadora regresó a su casa, llena de miedo y confusión.

Mientras me enseña los ejercicios de alquimia, la voz del libro me permite no solo ver aquellas extrañas escenas sino que, a la vez, me explica lo que sucede.

La mujer invocadora no es la única llena de preguntas. ¿Qué es realmente la alquimia? ¿Qué es esa extraña piedra roja? ¿Quién es realmente la voz del libro y por qué sabe tanto del asunto?

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Reportó para ustedes, el #21.

La lágrima de sangre


Lagrima filosofal

Ilustración: Blacksmith Dragonheart

Cierto alquimista del planeta Tierra dedicó su vida a la investigación del alma humana. Con el pasar de los años descubrió que el alma era, en sí misma, una fuente de energía. Este conocimiento fue el que utilizó para perfeccionar una técnica conocida como salto etéreo. La técnica consistía en la proyección de su aura hacia el plano astral, lo que le permitió explorar la frecuencia correspondiente al planeta Tierra.

Luego de pasar años explorando la frecuencia astral terrestre, el alquimista descubrió ciertas leyes naturales que rigen el plano astral. Se dio cuenta, por ejemplo, de que cada objeto celeste con capacidad de doblar la gravedad era, en teoría, capaz de emitir su propia frecuencia astral. Ese conocimiento le permitió transportarse de forma prácticamente instantánea a través de grandes distancias en el plano astral y, con el tiempo, también le permitió acceder a la frecuencia astral correspondiente a la luna terrestre.

Con el salto etéreo a la luna, el alquimista empezó a entender al plano astral como una gran red informática. Se dio cuenta de que no necesitaba contacto físico con el objeto celeste para acceder a su frecuencia astral, por lo que se dispuso a explorar el universo conocido. Mediante la proyección astral, el alquimista podía trascender el espacio físico a su antojo, es decir, podía observar el mundo material con total claridad. Debido a que solo su aura estaba presente en las frecuencias astrales, no podía interactuar físicamente con los objetos. Sin embargo, podía acceder a zonas conocidas como habitaciones astrales, espacios a los que solo puede accederse con la contraseña adecuada. El alquimista logró descifrar la existencia de ciertas contraseñas genéricas, gracias a las cuales accedió a la gran cantidad de datos contendida en muchos objetos del cosmos y su conocimiento aumentó de forma considerable.

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Como resultado de muchos experimentos, el alquimista logró acceder a una frecuencia astral de una dimensión diferente a la suya. La exploró y se percató de que las frecuencias de ese nuevo plano astral se regían básicamente por las mismas leyes que las de su dimensión. De esa forma terminó por explorar esa y muchas otras dimensiones. Conforme más dimensiones exploraba, más aprendía. Mientras más aprendía, su aura era capaz de almacenar cada vez más información y de forma más eficiente. La velocidad con la que el alquimista recorría las dimensiones lo llevó aprender y a existir en una escala de tiempo diferente a la humana.

Mientras más frecuencias exploraba, era menos extraño encontrarse con entidades que se dedicaran a la misma actividad que él. El alquimista astral había llegado a una red interdimensional habitada, donde cada uno de los miembros tenía capacidades tanto o más avanzadas que las suyas. Compartió conocimientos con múltiples entidades astrales, incluso con seres que realizaban el salto etéreo de la misma forma que él, es decir, con un cuerpo físico proyectado mediante un proceso de alquimia. De entre todas las entidades que conoció, una llamó mucho su atención. Era una manifestación de energía con un nombre que no puede pronunciarse en lengua humana.

El alquimista y aquella entidad establecieron una amistad. Compartieron ideas, pensamientos e ideales. El tiempo pasó y la relación entre ambos empezó a estrecharse, al punto de convertirse en una intimidad emocional. En el plano material el alquimista practicaba reprogramando su cuerpo, de tal manera que pudiera mantenerlo semiconsciente para que realizara por su cuenta actividades como la alimentación y el ejercicio. De esa manera aumentaba progresivamente el tiempo que pasaba en la red astral compartiendo su vida con la entidad de energía con la que intimaba. Con mucha práctica, el alquimista convirtió su cuerpo en un mero accesorio que necesitaba mantener a salvo para seguir viviendo, y decidió ir un paso más allá en la consolidación de su vínculo con su pareja astral.

El alquimista, una vez solucionó el asunto de su cuerpo, decidió establecer un ritual de hieros gamos con la entidad de energía. La entidad aceptó y empezaron un proceso de complementación que les reportó crecimiento y satisfacción. Lograron una conexión estable y poderosa. Gracias a la calidad de esa conexión, fueron capaces de construir su propia frecuencia astral, donde solo ellos vivirían. Dentro de aquella frecuencia, tanto el alquimista como la entidad de energía, construyeron una réplica de sus galaxias originales, así como la réplica de un planeta lleno de sus plantas favoritas. Compartieron sus vidas astrales durante un período que trascendía el tiempo humano.

En el plano material, el cuerpo del alquimista, gracias a su programación, se mantenía saludable y en forma.

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Cierto día, el alquimista enfermó gravemente. La frecuencia astral donde vivía con su pareja de hieros gamos desapareció de forma súbita. Eso generó un error en el salto etéreo, lo que provocó el regreso brusco de la proyección de su aura a su cuerpo físico. El shock de aquel evento dejó al alquimista en un estado de salud muy delicado, por lo que programó su cuerpo para las reparaciones necesarias con el fin de volver a realizar otro salto etéreo.

Una vez que su salud le permitió dar un nuevo salto, el alquimista astral dedicó su tiempo material a sanar su cuerpo y su tiempo astral a recopilar información sobre las causas de su  desconexión súbita y permanente de la frecuencia astral donde habitaba. Empezó por investigar el paradero físico de su pareja. No demoró mucho en llegar, pues conocía la dimensión y la galaxia exacta donde se encontraba la entidad de energía. El alquimista descubrió que el planeta que buscaba había sido destruido y que la desconexión que sufrió fue causada por la muerte de su compañera.

El alquimista realizó otra investigación que le llevó a determinar que el planeta de su pareja estaba en medio de la implementación de una ruta de transporte intergaláctico de agua. Otra investigación lo ayudó a definir que, con toda certeza, los responsables directos de las rutas de transporte intergaláctico de agua son una raza de seres interdimensionales conocidos como Los Limitantes.

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Luego de identificar a los culpables de su tragedia, el alquimista astral empezó a contaminar su alma con resentimiento. Decidió entonces construirse un arma para llevar a cabo su venganza contra Los Limitantes. De entre todos los conocimientos que adquirió en sus innumerables viajes astrales, estaba el de la fabricación de un amplificador alquímico conocido como la piedra filosofal. La construcción de dicho objeto requiere de un conocimiento amplio sobre el núcleo del alma humana. El alquimista astral tenía los conocimientos necesarios. Pese a ello, no era capaz de construir una piedra filosofal completa. Las réplicas del núcleo del alma, que introducía en sus piedras, eran inestables y acababan fundiéndose.

Viendo que no lograba completar la piedra, decidió fabricarse un amplificador lo más cercano posible. Usó, como base de su objeto, los restos del ritual de hieros gamos que quedaron alojados en su cuerpo físico. Condensó aquellos restos y los convirtió en una gota de sangre que finalmente expulsó por uno de sus lacrimales. Esto dio origen a la piedra filosofal incompleta conocida como la lágrima de sangre.

Usando la lágrima de sangre, el alquimista astral se dedica a la custodia de objetos valiosos, guardándolos dentro de ella para hacerlos llegar a sus respectivos dueños. Esta actividad le permite conseguir los recursos necesarios para su venganza.

Dentro de esos objetos estoy yo, esperando a ser entregado.