Suerte y azar


Tras elegir cruz, lancé la moneda; pese a saber que mi elección fenecería, dándome la espalda, avergonzada, en un pozo sin fondo ni vida.

Ellos escogieron cara y, con sus capciosas voces, vitorearon al azar y lo corrompieron. Malcriado, basa su desmán en la apariencia y sus siluetas.

Materializado en el ambiente, crea decisiones antes de nosotros siquiera saber la pregunta; antes siquiera de existir. Aunque no lo sepa ni ella.

Empero, en el crepúsculo de la moneda, escondida en el canto, se encuentra la suerte.

La suerte, a diferencia del azar, es tímida, tranquila y justa. Por esto únicamente los prófugos la pueden oler y ver, pues su verdad no proviene de nuestra historia —y el azar—, sino de la naturaleza.

En aquellos sinceros momentos donde las voces encarecedoras duermen y su resquemor —reprimido y puro— despierta, la suerte abre su puerta. Invita a pasar a todos aquellos gritos sordos que únicamente se escuchan en la propincuidad del latir. Reticentes, sienten al pasado abandonarlos nada más entrar en la vetusta morada de la ilusión. Los mira a los ojos, observando cada ínfimo pensamiento por muy pequeño que sea; sintiendo cada sensación por muy abrumadora que sea.

Lanza la moneda y con ella la esperanza renace; pues en las pequeñas preguntas están las respuestas más importantes.