Nocturno de escritora


Escribo.

En esta noche cerrada a las musas, la locura me protege, es mi fiel compañera, la soberana.  La tinta sangra para que no se detengan las palabras; el alma se envenena cuando no se derrama.

Escribo.

No enmudezco esta voz, escapo de una muerte lenta y agónica que se bebe mi sed. Mi espíritu es una pluma al vuelo, que me desafía, me delata. Hoy escupe lo que soy y  me ama mañana.

Escribo.

La luna inventa otra luz en este cielo mío, teñido de letras y escarcha sin flor. Yo, sin mí, estallo sobre esta hoja en blanco ansiosa de vida, de muerte y de dolor. Y en la negrura de este aire que me habita sacudo la alegría, la tristeza y el placer.

Escribo.

En medio de este silencio que lo llena todo, yo, me vacío, me entrego, me arranco esta piel y hiervo en el fuego eterno de la palabra, llama viva que alumbra y apaga un corazón abierto. Se quemará el papel,  no el sueño.

Escribo.

Soy un animal escondido en la sombra que baila en la pared. Respiro su poder, lamo mis heridas y las abro otra vez. Es tiempo de vivir para escribir, de rendirse al poema o de morir.

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Elegimos


 

Elegimos un traje,

cargamos el arma convencidos.

Todos los días lo hacemos.

Encontramos un buen puñado de excusas

– falsas –

Después la rueda de la apariencia

y el sistema operativo del ordenador,

comienza a triturar el día.

Más oscuro


De nuevo se alzan grúas,

fantasmas y ciegas prostitutas de lujo.

Blancas estatuas caen de puentes de hierro.

Qué verdad para las masas,

la vida vuelve a chillar y nos alcanza.

Pero las paredes las necesitamos tan gruesas como en Troya.

A pesar de que llegará a todos los lugares el fuego.

Fotografía de autor.

Líneas


En la línea de tu espalda,

miles de incendios desatan

la revolución del amor.

Te reafirmas en tus logros,

no ves las tormentas,

y prosperan dragones

en horas olvidadas.

 

(Foto del autor)

Miedos


Los miedos son fértiles

cuando crecen en aguas negras,

en tardes de blanco ambulatorio,

en esos ruidos de puertas y sillas,

en la espera.

La cabeza pierde porque sabemos

que viviremos arrastrando castillos y muletas.

 

(Fotografía del autor)

Tormenta primera


 

 

Y los árboles no podían taparlo

en la selva de noches y palacios.

El idealista, sofocado, solo veía rocas

imaginando muertes,

y lugares de náufragos.

Él tenía zapatos que se lustraban con sangre;

ella, un mundo de mareas,

enérgica y buscando sus ríos,

donde se hacía nueva la cara cuando se abrazaban,

llenando las habitaciones de luz,

era todo nuevo y larga su melena.

Ese día miró arriba, a los atardeceres lunares

sobre los tejados de un planeta lejano.

 

(Fotografía del autor)