Redes


Las redes de acero

se marcan en mi rostro de cristal.

Mientras el mágico poder de un perfume

dibuja globos dorados arriba;

desde el sótano donde fue exiliado,

me conmueven los recuerdos, ya solamente.

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Claudio Arrau


Un piano y las viejas manos de un artista develan la noche, sin luna y las estrellas arraigadas en sus ojos. Sus pequeños y regordetes dedos conocen cada tecla y viajan sin tocar a profundidad las blancas y las negras, más bien seducen el encatrado de cola y en una fantasía nocturna las podías ver pulsarse al paso de sus manos en armonía con el brillo de la noche.

Alguien hundía con gracia enfermiza y sentimiento desolador cada melodía y las luces en sus ojos conseguían la música nocturna que Chopin soñó por siglos ejecutar. Con todo el pentagrama en su mente solía encontrar las manos prodigiosas y sin embargo hasta los eruditos, veloces y extravagantes artistas no lograban convencer. El tiempo acabó con esa idea y guardo para sí el anhelo de sentir la perfecta ejecución.

Lo conocí cuando era tarde
[parezco el tren maldito de madrugada]
Una vez vi la publicidad en el Municipal
[entre incesante vapor, tardío y vacío]
Cientos se amanecieron en la preventa
[debí ser el ciento uno en llegar tarde]
Miles quedaron fuera por meses.

Qué sabía yo de poesía en pentagramas
[recién comenzaba a vivir cuando sentí]
Cómo reconocer al intérprete del alma
[la mía daba pasos de bebé, con miedo]
Entre tanto ruido la música sacra enmudecía
[apenas me escondía en lo pop del mundo]
Cómo saber cuándo eres ciego total.

Esa noche abrió los cielos al Emperador
[tuve que buscar en listados oficiosos]
Una ola de teclas empecinadas sobresale
[desde Polonia hasta Santiago de Chile]
Verle y oírle en perfectos otros idiomas
[desde la dictadura hasta Chillán]
Aunque el silencio no concertó cita.

Un ramillete de aplausos recibió su sonrisa
[los hijos sin música y los ojos tremulosos]
El camino al piano fue un frío misterio
[llevaron en andas hasta el piano mimado]
Chile se arremoló en el aeropuerto y en la Catedral
[dejamos el cuerpo afuera y el alma en sus manos]
Lloraríamos su muerte unos años después.

Estas palabras parecen sacadas de un poemario recién leído. Los años y la distancia tienen un encuentro inusual cuando escribo parafraseando a Natalia Litvinova. “Ya sé quién hacía de ellas instrumento para evitar el hambre, con la gracia de sus dedos, subían y bajaban arrancando tubérculos de raíces lloronas. Claudio Arrau interpretaba a Chopin y Polonia era elevada más allá de cercos y murallas, donde las fronteras y el hambre no se hablan, ni se mastican”.

Puedo esconderme entre los hombros y dejar a la música su verdadero papel —sentir— y pienso sabrán ustedes interpretar a bien mis palabras. Ese murmullo de los músculos en stand by. Un mensaje llega al alma cuando creas paisajes idílicos e únicos en tu mente, vibras y vuelas, corres veloz y hasta te haces invisible, eres el sonido que viaja y la puesta de sol ultravioleta o un cielo Vainilla torna color pastel tus mejillas.

Libre hubiera sido ese día entre desconocidos
Al alero de un músico concertista en piano,
Bajo la custodia de un incipiente otoño Santiaguino
Envuelto en la sonoridad del Emperador.

Podía imaginar las luces de cada instrumento
Guiados por la majestuosa interpretación
Del pianista, del alma, de la obra en sí,
Vuelo junto al eco de las teclas más finas.

Siente como la piel y la sangre alinea tu ser,
Puedes fluir desde cada uno de tus sentidos,
Evolucionar a los paisajes celestiales existentes
En las partituras, en la magia interpretativa.

El Emperador posó sus manos sobre el piano,
Con la memoria abarrotada de conciertos
Despertó a los creadores e invitó de nuevo
A brillar antes miles de almas soñando despiertos.

Claudio Arrau interpretó magistralmente el alma de compositores tan disímiles como Beethoven y Liszt, para mayo de 1984 y después de 17 años volvía a cautivar la patria que lo vio nacer. En 1991 su vida alejó para siempre las manos del piano y con ello nos alejó del cielo.

La verdad en las calles


Las calles
se aproximan
a la verdad
cuando quedan
desiertas
o cuando
las masas
despiertan
de su clamor
yacente.

Las olas 1


Los rostros tras las cortinas,

los que no hablan, los que observan.

Maraña de manos, donde difuminadas llamas se alzan,

viajando muy lejos, para refugiarte.

 

La olas llegarán persiguiendo esos caminos tan poco humanos

y los versos incombustibles.

 

Chega de saudade


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Fotografía: Donovan Rocester

A Serenella Rivera

Una canción que representa locura.

Agorafobia.

Una fuerza que te mantiene en tu asiento.

 

Y tú… tú aún vivías.

Mientras yo estaba muriendo.

Aunque ya sabía que tú también.

 

«Basta de tristeza», dice la canción.

O de nostalgia, como podría interpretarse.

Pero no es eso, es algo que se le parece.

 

«La realidad es que sin ti no puede ser».

Pero, entonces, ¿cómo es que estoy pudiendo?

No entiendo la realidad. O ella no me entiende a mi.

 

«Sin ti no hay belleza, solo tristeza y melancolía.

Que no salen de mí. No salen de mí. No salen».

Eso reza la letra. Eso murmuro yo.

 

¿Y tú? ¿Qué murmuras?

No te oigo.

Yo aún sigo muriendo.

 

Sigo rezando, como en la canción:

«Dile, en una plegaria, que ella regrese.

Porque no puedo sufrir más».

 

Fa Sol La Si


Continuación del poema «Mi sostenida: Fa».

Fa Sol La Si

Tan hermosas ellas
con sus curvas armoniosas,
con sus cuerpos vibrantes;
en su frecuencia marcada
y en sus vestidos la clave.

I

Las cuatro amigas unidas,
armoniosas y siempre acordes.
Con su voz iluminan mis adentros,
volviendo barro mi mente de hierro.

II

No importa el tiempo
ni de qué mundo vienes.
Ellas resuenan en tu mente
bailando la canción del momento.

III

Ellas te acarician y susurran.
¿O eres tú quien las doma
y conjuras pentagramas
para que bailen en tu sala?

Sobre otro sobre otro


Un café sobre un café sobre un café

sobre otro sobre otro sobre otro

y un cigarro se consume despacito

y me quema los dedos y los labios y los ojos.

.

Cierra la ventana que entra el viento,

ruge una voz en vendavales de silencio.

Cierra la ventana que entra nada,

me respondo susurrando al son del tiempo.

.

Minuto parado, instante eterno:

el que uso para cerrar la ventana

y coserme las palabras desde dentro

con hilo de tinta y vocecita de aguacero.