Figuras en el mar


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Con los ojos cerrados

comparte el universo,

deja que él te abrigue.

Junto a lunares y venas,

imagina muchos viernes

con puestas de sol sin cambios de hora.

Junto al mar luminoso

los acontecimientos pueden ser banales,

o llamarte a llorar si no eres una diva,

pero somos figuras en un decorado.

Tan solo piensa,

que ese decorado no entra en el mar.

 

Fotografía del autor.

Heridas en el aire


La herida del aire

adquiere velocidad

cuando sobre el azul de tu playa,

del cielo de tu ciudad,

o en la llama de tu cocina

se refugian las dudas

de ser más importantes los intereses.

Que existen gritos muy tempranos

o nos quitan la vida lentamente.

Entonces no hay llama ni azules,

solo la primera herida del día.

 

Foto del autor.

Humo vegetante


Chimenea enredadera

Ladrillo oculto
se enamora del verde,
bulle de vida.


Ejemplar de Ficus pumila en una chimenea de ladrillo en Barra de Carrasco, Uruguay.

Canción de cuna


Duerme sin nana,
durante el clarito de la mañana.
Reposa tus sueños,
abrazaré el conjuro de tus desvelos.
Duerme sin nana,
pistilo del alba,
alegría del cuco que canta.
Abre la puerta
al dulce encuentro,
arrullaré al cielo.
Duerme sin nana,
levanta el vuelo
como el cuco del almendro.

Vejez


En los ojos de los ancianos

veo morir días, veo morir risa,

irse la felicidad por los pasillos.

Ya no tienen suficientes remos

para cruzar sin llorar, dignos,

sin muletas o dolores,

los ríos que los separan,

de aquellos parques de alegría,

de calles sin obstáculos ni indiferencia

de músculos tensos y proezas de memoria,

de aquellos días llenos de otras cosas.

Nocturno de escritora


Escribo.

En esta noche cerrada a las musas, la locura me protege, es mi fiel compañera, la soberana. La tinta sangra para que no se detengan las palabras; el alma se envenena cuando no se derrama.

Escribo.

No enmudezco esta voz, escapo de una muerte lenta y agónica que se bebe mi sed. Mi espíritu es una pluma al vuelo, que me desafía, me delata. Hoy escupe lo que soy y me ama mañana.

Escribo.

La luna inventa otra luz en este cielo mío, teñido de letras y escarcha sin flor. Yo, sin mí, estallo sobre esta hoja en blanco ansiosa de vida, de muerte y de dolor. Y en la negrura de este aire que me habita sacudo la alegría, la tristeza y el placer.

Escribo.

En medio de este silencio que lo llena todo, yo, me vacío, me entrego, me arranco esta piel y hiervo en el fuego eterno de la palabra, llama viva que alumbra y apaga un corazón abierto. Se quemará el papel, no el sueño.

Escribo.

Soy un animal escondido en la sombra que baila en la pared. Respiro su poder, lamo mis heridas y las abro otra vez. Es tiempo de vivir para escribir, de rendirse al poema o de morir.

Elegimos


 

Elegimos un traje,

cargamos el arma convencidos.

Todos los días lo hacemos.

Encontramos un buen puñado de excusas

—falsas—.

Después, la rueda de la apariencia

y el sistema operativo del ordenador

comienzan a triturar el día.