Aventura de la mente en otoño


Conforme se termina el otoño, siento unas ganas efervescentes de empezar una aventura en un barco bucanero —si hay barcos bucaneros cargados de libros, o que pasen por la puerta de casa— sería una aventura solo para empezarla sin prisioneros o islas donde beber ron, ya que no creo en milagros pasada una hoja del calendario, ni deseo acabar bailando en un carnaval con una capa negra de terciopelo.

Este año, la presencia del otoño está absolutamente expuesta al desasosiego. Mientras las heridas son siempre ojos mirando sobre una tela.

Avanzamos entre rescoldos de pérdida, vacío, juegos y consternación en estas tardes de calles vacías.

Fotografía del autor. New York.

La nota desnuda


Fotografía: Belgravia Studios, Londres. Versión modificada por Klelia Guerrero García.

Al definir una pausa,
¿qué se les viene a la mente?
Diría que, comúnmente,
sin mayor prueba, sin causa
aquella idea se encausa.
Se percibe como falta,
como México sin palta,
como estado carente…
Pero, de forma silente,
su influencia puede ser alta.

La música, por ejemplo,
del silencio necesita.
Hasta una pieza exquisita
no llega a ser contraejemplo:
sin contraste no contemplo
la belleza que contiene;
si nunca se la detiene,
bajará eventualmente
su impacto en cuerpo y mente.
¡Pierde la magia que tiene!

¿Y qué pasa cuando llega
una pausa a nuestras vidas?
Esas aguas removidas
que el día a día relega
y coberturas desplega,
al fin pueden ubicarse
y, con suerte, disfrutarse.
Con tanto entretenimiento
viene bien un vaciamiento,
aunque eso implique pararse.

Dijo Cage: para un humano
el silencio real no existe
puesto que, aún subsiste,
tras acallar lo mundano
el latido —y no en vano—.
Y Pradas, más adelante,
con su visión “discordante”
mostró que cualquier sonido
puede dejar de ser ruido
si se atiende vigilante. 

La desnudez de la pausa,
más que vulnerabilidad,
es apertura y realidad;
sea una u otra su causa,
de amar y ser es concausa.
No es fácil, pero es posible.
Descubrir hace visible
la belleza y la pureza
de lo que llaman rareza;
lo inicial, lo imperceptible.

Este es un recordatorio
para mí y otras notas
ya sean radiantes o rotas
de qué no implica mortuorio
la desnudez, sino ofertorio.
Aunque eso me exponga al frío,
o a la corriente de un río
—físico o de preconceptos—,
más allá de los adeptos,
por mis pausas, hoy sonrío.

El lobo


Si está en algún sitio es en tu mente.

Los edificios se han comido la montaña.

La edad adulta, la verdad.

Fingir, esconder, no decir. Disimular.

Disimular mal. Eso es la edad adulta.

La edad adulta es la última regresión.

No hay tres etapas. Hay dos.

Si está en algún lugar, es en tu mente.

Barreras, miedos y fingir de nuevo.

Está en tu mente, no te deja avanzar.

Está otra vez de nuevo aquí. Me ha visitado.

La ‘falta de’ es el lobo hambriento, quizá otro tipo de lobo pringado de ambición y otras cosas de la vida adulta.

El lobo no es el cuento que nos contaron; el lobo es la crónica real de la edad adulta. El lobo nos visita a nosotros, pero lo tapamos, escondemos y servimos en forma de cuento a los niños, que no tapan, esconden ni fingen.

Ellos son el verbo copulativo ser.

Nosotros somos el verbo copulativo parecer.

Y, cuando pase el lobo, espero volver a ilusionarme con el aire; volverle a quitar la semilla al limón, guardarla en algodón humedecido y esperar a que salga raíz y entonces correr a plantarla e imaginar un limonero alto y hermoso mientras le gano tiempo a esas orejas puntiagudas esperándome detrás de la puerta.

Si está en algún sitio, es en mi mente.

#ReversoDelTiempo: Resultados de la convocatoria


En días pasados realizamos una convocatoria en Twitter, Facebook e Instagram con el tema especial de la revista: «Tiempo», con el hasthag #ReversoDelTiempo. A través de las redes, recibimos 28 obras de relato, poesía y artes plásticas con este hashtag … Sigue leyendo

Historia de un concierto fallido de cumpleaños


A quienes están

Y llegó el día.

Durante la semana se habían alineado

todos los planetas. El universo escribió

en el horizonte más cercano, con tinta

índigo. El día olía a tierra y agua.

El petricor caló las ropas y el cuerpo.

Era el momento de engrasar las botas,

vestir el cuero y saltar hasta la mañana.

Era el momento de la cerveza sobre la ropa

y la batería marcando el eco. Era el momento

de celebrar la música y que bailaran todas

las estrellas de la galaxia.

Pero ni su voz marcó el compás,

ni la niebla empañó el día de pizza italiana

con trufa y brindis de las copas de vino.


Fueron noches largas,

de tiempo sin medida,

con juegos de palabras

y de escuchar tu sonrisa monosílaba.

Todo empezó

desde la tristeza en tu mirada,

y que ahora son recuerdos que caminan

detrás del alma y sus despojos.

Era esa ansia que no enferma,

convertida en sentimiento mutuo;

como estar frente a un espejo

desnudos.

No hubo urgencia para encontrar

un nombre común

ni prisa por llegar a ningún lugar,

solo elegir con el corazón

y la elección final

fuiste tú.

No quiero rendirme fácilmente


No quiero saber nada por ello

de lo inmediato, lo fácil, el paso suave,

y la acumulación.

El pelo mojado quiero,

la carrera loca que trunca el aliento

y te acerca al abismo.

Llevarme los árboles caídos sin pudor.

No me importa ser rechazado

y pringarme con la risa adherida

de perseguir un imposible salobre.

Necesitaba que existiera en algún banco sentada,

saberlo aunque reme en galeras,

dentro de su estela iría la nave capitana,

mientras gano la espalda al futuro,

sin ensuciar un hálito de la llamada felicidad,

y por tanto venciendo al tiempo la partida.