La danza de la lluvia


Plegaria jamás dicha
—pasaporte de cada día—;
¿alguna vez podrá ser realidad
el baile de la alegría?

Cae la lluvia.
La necesidad de la tierra es otra.
La necesidad de la tierra es mía.
Por eso cae la lluvia tras mi canto.
Yo no creí. No supe del poder
de un grito, del desgarro profundo.
Nunca fui testigo de un milagro.

Mi corazón carga el gozo y mis ojos
viajan, pasajeros de la lluvia, al sur.
Un mar de fango, al fondo. Beso una película
de esa masa absorbente que me llama. Yo no creí.
No supe que acabaría con la negritud del pozo. Yo no creí.
Pese a ello, canté sin esperar la danza o el asombro.

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Macarena vegetante


Macarena

Verde ramaje,
la virgen esperanza
rodea con fe.


Mosaico de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena en un muro del Hotel de Campo La Baguala, Montevideo, Uruguay.

Barriobajeros II


ElviraMartosElviraMartos

No quiero albergar

esperanzas.

Ojalá desesperen a la intemperie.

Y mueran

de soledad

y repudio.

Todo se consuma


Una mujer reducida a su memoria,

llevada en volandas a un frío lugar

a la hemeroteca del olvido sin felicidad.

A la cocina oscura,

más oscura aún en su mente.

A las historias de éxito en el televisor.

—Toma miel y limón,

que tu voz sea limpia

y desde donde tú me hables

pueda oírte entre crespones blancos.

La piedra encendida


rhodochrosite, quartz, chalcopyrite

«Rhodochrosite, quartz, pyrite», por Géry Parent (CC BY)

«¡Evoca! Recuerda tu muerte.

Piensa bien lo que fuiste

y lo que nunca serás».

Zósimo de Panópolis

 

I

¡Comprende! Comprende, alquimista.

Si no la alimentas,

la piedra no crecerá.

 

¡Nunca! Nunca abandones la obra.

El sol se consume y emana esplendor.

No lo abandones, no lo dejes apagar.

 

II

¡Completa! Completa la piedra.

Ve y cámbialo todo

con la invariable sustancia.

 

¡Recuerda! Recuerda, alquimista.

Cuando la paz tú tenías.

Cuando la piedra aprendía.

Si estos árboles pudieran hablar


Valle de Pineta

Foto: Benjamín Recacha

Si estos árboles pudieran hablar,
dirían que parara de pensar,
que levantara la mirada al cielo
y dejara al viento mecer mi pelo.

Si estos árboles pudieran hablar,
me dirían que vaciara la mente,
que dejara de escuchar a la gente,
esa que tanto insiste en gritar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me invitarían a que los trepara,
a que entre sus ramas me acomodara,
y por sus hojas me dejara arrullar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me enseñarían a hablar su lenguaje,
a admirar la inmensidad del paisaje,
y que hay cosas que es mejor olvidar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me pedirían que les ayudara
a difundir su lamento profundo.

Y es que estamos destruyendo el mundo.
De vergüenza se me caería la cara…
Con esta locura hay que acabar.

Si estos árboles pudieran hablar,
los escucharía siempre embobado.
Dejaría mis problemas a un lado.
Les rogaría que me hiciesen soñar.

Si estos árboles pudieran hablar,
me pedirían que los abrazara.
Que querer a un árbol no es cosa rara,
ni a un río, a las nubes o a una flor.

La madre Tierra necesita amor.
Es un buen motivo para escapar.

La venganza de Filoctetes


«Filoctetes en la isla de Lemnos», por Jean-Germain Drouais (1738) (CC0).

En la lejana isla del Egeo,
aguarda el hombre, la herida,
y el arco del reducido griego
que perdonaría al muro,
y al joven Neoptolomeo.

El vengativo comprende,
en el alto espíritu de Alceo,
que su flecha en Troya será de otro,
y nunca del falsario Odiseo.

—La venganza de Filoctetes—