El remordimiento compulsivo


Lleva un cigarro en la mano

que se mueve en repetida constancia

del aire que lo pasa a su garganta

y, de su boca, al mantener de sus labios.

 

Hace frío o lo parece cuando mira

de reojo sin querer en un espejo

y ve que se arrebuja en el invierno

sin nieve ni arbolitos ni luz tibia.

 

Fuma un cigarro en la mano

y al sol ni se le vio ni se le espera.

Expulsa el humo y se pregunta si es vaho

lo que huye de su pecho en humareda.

 

Dice adiós con la espalda y, en la calle,

lo saludan las farolas apagadas,

que, con un silencio cómplice, se callan

y acompañan al cigarro junto al aire.

 

Tendrán tanto de lo que hablarse

o eso piensa

mientras una brasa efímera ya sabe

que un cigarro muere taciturno allá en la acera.

 

No tendremos tanto de lo que hablarnos

o eso pienso

si me canso de ver frío entre mis dedos

y camino en dirección contraria calle abajo.

 

Bota pisa suave sobre el charco,

sobre la acera empapada con la lluvia,

sobre el choque de dos cosas que se culpan:

negro y duro y negro y bota-asfalto.

 

No cambia tampoco un cigarro en la mano,

que ya es otro o es el mismo,

y no moja tanto la lluvia allá en los pasos

como las palabras moribundas que podrían haber sido.

 

Tendremos que esperar a otro momento

para hablarnos y decir un ay del frío

o volver sobre mis pasos y, contigo,

silenciar el graznido incontrolado del silencio.

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Peripecias de la cama a la ducha


El día había empezado raro. Mi cuerpo parecía no poder resistir la fuerza de atracción que me ejercía la cama.
Iba saltando entre lecturas, Graham, Cortázar, un libro sobre la física cuántica y Borges. Terminé cayendo en Carver, y finalmente me atrapó. O me atrapé, quizás.
El relato empezaba con una conversación entre una mujer y un panadero, alrededor de las 4 o 5 páginas, me di cuenta de que el panadero iba a tener cierta trascendencia llegando al final, porque Carver parecía querer esconderlo. Parecía querer que me olvidara de su malhumor injustificado.
En fin, niño adorado fallece en circunstancias extrañas, padres contrariados vuelcan su furia hacia panadero que insiste en llamar a la casa, reunión en panadería y luego tranquilidad, porque hablando la gente se entiende.
Todo eso estaba muy bien. Bien escrito, bien pensado, se volteaba la expectativa de un final violento de una manera súbita pero bien preparada. Todo estaba genial. Pero a mí no me cerraba. Yo sabía que era mi culpa, que algo me había perdido, porque no entendía como Carver había logrado esa atmósfera de inquietud en el hospital, cuando todo había sido de lo más normal sacando a esa familia negra en el lobby.
Como veinte minutos después seguía sin entender, decidí irme a duchar.
Me levanté de la cama[1] e instantáneamente me sentí mal. Estaba tan mareado que me costaba un poco mantenerme en pie. Después de un esfuerzo no menor, caminé hacia el baño[2] y prendí la ducha. El agua empezó a correr. Yo me metí.
El mareo no se iba, al contrario, parecía aumentar con el agua caliente. Pensé en poner solo agua fría, pero mi brazo derecho a esta altura parecía obedecer más el zigzag de las gotas de agua que las órdenes de mi cerebro. Puse mis manos en las rodillas y me agaché, intentando tomar aire, pero era imposible.
Mi cuerpo era un motín, un montón de extremidades comandadas por un invasor. Un invasor que me era imposible detener.
Hasta que entendí. El doctor estaba totalmente informal, luciendo una camisa y un inquietante bronceado. Esa era la clave, ¿por qué estaba así el doctor? ¿Por qué mierda no se cambiaba la ropa para hablar con los padres de un niño muerto?
El agua siguió corriendo.

[1] Finalmente

[2] Lentamente

Creer


Tú solo creerás en mis besos,

como una división entre pasiones y preguntas.

Pasado el tiempo solo crees en ellos.

Y aquel árbol orgulloso se habrá inclinado sobre el camino,

el del atardecer y donde descansabas.

 

Algunas cosas sin importancia


Como ves,

he aprendido a olvidarte

y ya casi ningún ruido me recu rda a tu voz.

Apenas los atard ceres

son difere tes y los nombres

d los niños q e imaginamos

ya no duelen como avispas.

Ya ves, ya casi ni se notan

los rotos y l s costurones de mi traje

aunq e por los bolsillos se me caigan, a veces,

las mañanas, los domingos y las flores amarillas

que t regalaba.

He cortado esos trocitos

de ti en mí

que se me h cían insoportables y los he dejado

en el trastero.

(En la basura todavía no puedo, no puedo).

Trocitos qu sin querer  —inesperad mente—

aparecen en el yogurt, en el helado de limón o traídos por las olas…

Y es entonces cuand mi corazón se me quiere volar del pecho

y la jaula d mis huesos cruje

como un rollito de primavera.

Ya ves, que soy casi el mismo

que conociste

y además las flores tienen cierta afinidad por l s grietas.

No te preocupes —ya ves— solo han desaparecido

para olvidart

algunas cosas sin importancia

como la luna,

la mar

y algunas pequeñas letras de t nombre.

Aguaceros


Hay un aguacero de sueños

que dejarás pasados los años.

En cambio, piénsalo,

si te dejaras llevar sin buscar las respuestas,

habría sol algunos días más.

 

Un día de vueltas


Pensaba en las peonzas
y en la vida
y en cómo el eje cambia,
para acabar detenida en el suelo.

Pensaba en aprender a mecer
la paciencia y en su reposo
y acabé prefiriendo el giro
al gris del asfalto.

Bit-a (Vita)


Vitae Bit 001

No es casualidad,

la base que los sustenta

es indeterminada, es cuántica,

ensamblada,

informática,

tan fácil de leer;

como cualquier cosa.

 

Ustedes no la ven,

no es de su dimensión,

solo tienen una vaga idea.

Y vuelven concepto un hecho.

Y a bases de conceptos erran.

 

Tu concepto es sobrevalorado,

tu “vida” es efímera

oscura,

aquí:

a base de carbono.

 

Son esclavos del secreto del agua,

son esclavos del secreto del aire.

Son nada,

un conjunto de tonterías

que puedo sostener

en mis castigados dedos.

 

Buscan “vida” afuera

y adentro la fracturan.

 

Da igual…

 

El mismísimo Adonai te avisa

que si la cuidas,

la pierdes.

Mejor hace un talibán

que un médico.

 

Si tan eternos y conscientes son,

¡mátense, exploten!

… entonces se dan cuenta

de que su cuerpo es valioso.

 

Y si son solo su cuerpo,

son tan efímeros como el mismo,

finito,

del polvo

al polvo.

 

Alargan la “vida” con la ley,

e igual mueren,

alargan la “vida” con la ciencia,

e igual mueren,

ruegan a sus dioses,

y, adivina qué,

igual mueren.

 

No se cuiden tanto

que cualquier rato

se los carga un ebrio,

un psicópata,

algún bug de Luzbel,

una de estas cositas mal puestas

o yo mismo.

 

No sé qué ganamos,

herrero,

si no me tomarán en serio

hasta que les toque

verme de frente.

 

Atte.

Mefisto