Letanía VII


Las jarcias quedaron enredadas

a fantásticos recortes a la deriva;

lo lejano y los años aplazados son

las alas cargadas de labios tiernos

que ahora sesgados se convierten

en humilde tributo de un reloj de arena.

 

(«Islas cercanas a Estocolmo», fotografía del autor).
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Horizontes


Mientras,

un solitario hálito dichoso

me atrajo a este tumulto de cielos y mundanos horizontes.

Yo intentaba ver, pero solo perdía.

No veía la trampa de las emociones y miedos

en la cotidiana batalla que es cada día.

La alquimia imperdonable


Crack_climbing_in_Indian_Creek,_Utah.jpg

«Crack climbing in Indian Creek, Utah», por Crystal (CC BY 2.0)

 

Una dicha del cielo en una mano.

Una tortura del infierno en la otra.

El peso de ambas en los hombros.

 

Y allí estaba, ¡la alquimia imperdonable!

«Que tu sí sea “sí”, que tu no sea “no”».

Pero yo no podía decidir.

 

Y la alquimia imperdonable llamaba.

«Hazlo, solo debes mezclar los ingredientes».

Y yo decía sí, aunque el fondo quería decir que no.

 

Mezclé las sustancias en mi horno.

Burbujas y humo. Nada de colores.

La voz mintió. El horno explotó.

 

—Cuerpo con alma rota, ¿qué se te ofrece?

—Quiero vivir. Esto no puede acabar aquí.

—Cometiste el pecado, el tabú. ¿Cómo podría dejarte ir?

 

—Devuélveme mi sangre.

—¿Prometes rellenar las grietas del horno?

—Yo prometo. ¡Devuélveme mi sangre!

 

Me levanté para vivir y escalé una grieta.

Llegué a la cima y respiré de alivio un instante…

…un cuchillo de rayos negros me atravesó.

 

—¡Voz! Tú prometiste…

—El cuchillo no es mío.

-—¡Maldicioooooooooón!

 

Vida que colapsa. Mano que apuñala.

«No debiste sobrevivir a la explosión».

«No saldrás ileso de tu decisión».

 

¿Quién?

¿De quién es esa mano?

¿De quién es el cuchillo de rayos negros?

 

No puedo.

No ahora.

No quiero morir aquí.

Mi barrio


Allí, donde las sombras corretean hasta que
se bajan las persianas y se apura el último rayo
de sol, he visto al comentarista más especializado
en equipos y técnicas futbolísticas. Allí, sentado en uno
de los bancos de mi barrio. Porque a simple vista, mi barrio
es un extrarradio, pero ha cambiado la dirección en la que el pueblo
crece. Y hay quienes caminan sin importar si van por acera o calzada.
También ocurre que las luces de las farolas no se encienden ni todas,
ni de golpe, pero tiene luz por mitad de la manzana. Su media naranja.
Porque a simple vista, mi barrio es un extrarradio, pero cada día soy
peregrina de un camino que remato en el mismo punto. Punto brillante
en el cielo con nudo en el extremo del hilo de mi aguja.
Y allí, mi hogar. Y así, mi barrio. Allí, donde mi barrio hogar.

Letanía VI


VI

Llega a la costa la canción recitada.

Callando todas las voces

mientras vemos un pez que se debate en tierra,

por falta de aire igual que mueren nuestros destinos:

 

El puente partido

la faz apagada

la siniestra sombra

nada en la cala.

 

Este año las playas estarán cerradas,

y con el futuro gritando continuamente

entrará nuestro barco con el mástil roto.

Blanco y rojo


Encajada,

sobre negro fundido en verde

sin esperanza,

hállase la silla de madera

de nuestros abuelos

—máscaras en la tierra—

lijada a conciencia

y con rabia.

Sobre ella,

descansa el cuerpo de mi madre

rendida.

Sus brazos caídos

a ambos lados,

los pliegues de sus nalgas,

a empujones las piernas

y su hermosa cabeza

tensa hacia atrás

—parece como si la sostuviera su pelo

caído en vertical—

aguantan su peso.

El tacto melodioso

del azul en sus pupilas

yacen ya,

rozando,

el infinito.

Dentro,

en sus entrañas,

su hijo muerto,

olor a procesión por dentro.

De su vagina

—marioneta sexual—

aún penden hilos de sangre

ya sólidos,

se anclan al negro suelo

como para que no se vaya.

Y la cruz,

sobre todas las cosas

y ninguna,

retiene,

imperturbable,

la escena.

Venenosa


Ojalá que la despedida nunca
se seque en tu garganta. Y allí, habite
durante el lamento. Coserá a hilos,
retorcerá tu laringe y tocará
tus cuerdas como violín. No soltarás
palabra. Quien escribe sutura, una y otra
vez. Una y otra vez, tragas la pus. No
soltarás palabra. Será el tiempo raso
quien acudirá a ella y pondrá sus manos
sobre ti, desenredando el nudo como flor que se abre.
Tu paladar renacerá al degustar cada palabra
y todas se abrirán ante tus dientes y tus labios,
cuando tu lengua escupa la tinta de tus venas.