El Bicho Conhambre


La primera vez que escuché al Bicho Conhambre sucedió hace poco más de dos años. Fue un fin de semana en que la rutina me tenía atormentado. Esa mañana de sábado cogí mi motocicleta y me dirigí hacía el mar.

La playa de mi tierra no tiene nada de caribeña, sino todo lo contrario: arena gruesa y negra, olas temperamentales y mucha lluvia o mucho sol, sin términos medios. Lo mejor de ella es su gente y sus cantinas, en especial la de Doña Nervios.

La cantina «Doña Nervios», antigua guarida mía y de mis colegas en tiempos universitarios, es clandestina. Como referencia a su giro comercial, solamente tiene un pequeño letrero mal escrito, en un pedazo de madera que dice: «Buen Hambiente y Cerbesas frias». Una pared de ladrillo sin repellar, láminas metálicas en el techo y una puerta roja que da acceso a un pasillo, que llega a un patio, donde está una palapa. Bajo la palapa, los borrachos, la cerbesa y el hambiente hacen que la cantina de Doña Nervios parezca más una fiesta que un tugurio.

Si has escuchado la frase trillada «lo importante no es el destino, sino el camino», comprenderás la importancia de esta cantina para mí. «Doña Nervios» fue el medio para que yo escuchara las palabras de Bicho Conhambre.

Bicho ConHambre, de nombre Luis, por todos llamado Wicho, y apodado por un turista perdido gringo (porque solo los perdidos, los valientes y los lugareños entrarían a una cantina así) como «Bicho Conhambre». Al parecer, el nuevo apodo fue producto de una mala comunicación, una peor traducción y una pésima interpretación.

Bicho Conhambre, quien se la vivía borracho todo el tiempo, era un poeta nato. Le brotaba la poesía. La creaba con mucha naturalidad, como si las palabras se ordenaran automáticamente antes de salir a deslumbrar a los curiosos. Su cadencia hacía que, quienes le prestábamos verdadera atención, nos olvidáramos de que la cantina era un tugurio para beber, y no para oír poesía y guardar silencio.

Bicho Conhambre era posiblemente el mejor poeta de su época, pero esa cualidad solamente la tenía cuando estaba ebrio. Y no simplemente ebrio, sino cuando estaba a una copa de quedar noqueado. Bicho Conhambre sembraba belleza con sus palabras, para después dormir alcoholizado y no recordar nunca jamás nada.

Yo comencé a ir más seguido a la cantina de Doña Nervios. Bebía poco, pero gastaba mucho. Principalmente, mi inversión consistía en emborrachar a Bicho Conhambre para poder escucharlo recitar. Sus palabras eran mi escape. Y lo siguen siendo.

De entre todo lo que ha dicho, guardo con recelo en mi corazón un pequeño poema de cinco líneas, que él dijo un día sobre la última ola del día y la primera de la noche.

Todos somos en algún momento la última ola de alguien, o la primera; pero las palabras que esa tarde dijo Luis, Wicho, Bicho Conhambre, son para siempre solamente mías.

Yo lo considero mi amigo, y le estimo mucho, pero solo cuando él está ebrio.

El poeta…


Para el poeta, expresar y escribir sus líneas
es una tristeza, un sufrimiento. Pues, esa triste alegría
y ese dulce sufrimiento, lo goza, lo vive, lo siente
y lo enfrenta en la vida y en el amor, sin poses, tal cual.

Sin miedo a sentirse más solo que el mundo,
con una alegría entre pecho y espalda, algo que asfixia,
algo reprime, algo como una alegría muerta más o menos.

El poeta vive la vida y la muere al instante,
se levanta nostálgico y se acuesta alegre.
Revisa páginas y recuerdos en los que transcurre su vida.

Escribe diáfanas sentencias de amor, versos de rabia,
líneas de dolor y formas escabrosas de maleable pasión.
Conjeturas locas que le da por escribir,
para encomiar y evocar su existencia y la vida misma.

Memoria de un poeta

Memoria de un poeta


De tu boca


Mariposas

 

Eran nerviosas mariposas que escapaban por tu boca.

Iluso, pensaba que eran palabras.

Imagen: Carlos Quijano

Corpus


El oído, aparato reproductor del adiós,
cabalga torrente abajo
hasta los pulmones encharcados
por mi glotis atragantada.

La lengua insípida
es la locomoción sensorial
del insensible tacto
de la nada.

Una epidemia incontrolable
de alopecia digestiva,
bombea el centro neurálgico
de mi sociedad bacteriana.

Y el sistema helado
de mis manos descalzas,
es un perfume de colores
para una voz sin nombre.

En este caos circulatorio,
navegan los globos
que hacen flotar mi alma.

 Enrique Urbano.

El hombre terminado


<El hombre terminado>

Las mujeres solamente aman
a quién ama como una mujer,
y quién ha amado a una mujer,
no puede amar a nadie
que no sea mujer.

Las mujeres son en los hombres
su mitad exacta
que desea ser mujer.

Las mujeres, de tú a tú,
son más mujer que una diosa
vestida de mujer.

Las mujeres no nacen niñas,
nacen mujer,
con todos los dientes de mujer.

Las mujeres no eligen ser mujer,
son mujer.

Las mujeres, no son mariposas aladas
que corretean el invierno de una flor,

Las mujeres no son rosas atadas
cosidas en papel couché,

Las mujeres no son bombones,
canciones, ni serenatas arrodilladas
con pomposos lazos en la ventana.

Las mujeres, son mujer.

Las mujeres, no lloran por ser mujer,
lloran por todos los hombres
que jamás serán mujer.

 Enrique Urbano.

Letra 0


Confieso ser de escribir
los números en letras. 

Te quiero como si el sumatorio
de todos los vectores,
que sobre estos ejes nos señalan,
hubiesen estallado en un festival de fernet,
y en el centro medido de la Tierra,
equis, ies y zetas procreasen por doquier. 

Te quiero en la progresión infinita
de tu número,
te quiero sin decimales,
sin algoritmos que sucedan 
a noches perfectas. 

Te quiero sin segundas,
terceras o cuartas partes,
te quiero al cuadrado 
de la raíz del amor.

Te quiero, como si la resta
de mi, sin ti,
siempre fuese igual a cero.

 

Enrique Urbano.