Letanía VII


Las jarcias quedaron enredadas

a fantásticos recortes a la deriva;

lo lejano y los años aplazados son

las alas cargadas de labios tiernos

que ahora sesgados se convierten

en humilde tributo de un reloj de arena.

 

(«Islas cercanas a Estocolmo», fotografía del autor).
Anuncios

El Uruguayo y sus feligreses


Elvira Martos

Jorgito abre su tasca en el centro de la ciudad.

6 am.

Y empiezan a acudir ante su llamada los feligreses. En fila india y golpetones.

Rezan sus mismos mantras diarios y confiesan penurias y miserias. Se arrodillan por un cigarro (el tercero o cuarto de la mañana) y comulgan emocionados con vinos muy rojos y cervezas muy frías.

El Uruguayo oficia su misa diaria entre legañas, protestas y olor a botafumeiro.

Nadie se santigua ni parece siquiera ver el calendario de la Virgen de la Macarena que preside el altar mayor la barra.

Elvira Martos

 

Alejandra


A Alejandra Pizarnik

Hablan de tus demonios y no
ponen cara a tu espíritu.
Hablan de tus males y no se apenan
al hacerte princesa de la miseria.
Hablan de tu cárcel, pero no de
lo sobrenatural de tu canto libre.
Hablan hablan hablan hablan
y dicen tu nombre en vano.
La angustia reina para todos,
a todos se acercan los demonios
y todos nos hacemos jaula, alguna vez.
Hablan hablan hablan hablan
pero regresas cuando pronuncio
tu nombre, Alejandra. Eres canto
en mi invocación y pájaro que migra
y cría desde mi norte hasta mi sur.

Mi barrio


Allí, donde las sombras corretean hasta que
se bajan las persianas y se apura el último rayo
de sol, he visto al comentarista más especializado
en equipos y técnicas futbolísticas. Allí, sentado en uno
de los bancos de mi barrio. Porque a simple vista, mi barrio
es un extrarradio, pero ha cambiado la dirección en la que el pueblo
crece. Y hay quienes caminan sin importar si van por acera o calzada.
También ocurre que las luces de las farolas no se encienden ni todas,
ni de golpe, pero tiene luz por mitad de la manzana. Su media naranja.
Porque a simple vista, mi barrio es un extrarradio, pero cada día soy
peregrina de un camino que remato en el mismo punto. Punto brillante
en el cielo con nudo en el extremo del hilo de mi aguja.
Y allí, mi hogar. Y así, mi barrio. Allí, donde mi barrio hogar.

Letanía VI


VI

Llega a la costa la canción recitada.

Callando todas las voces

mientras vemos un pez que se debate en tierra,

por falta de aire igual que mueren nuestros destinos:

 

El puente partido

la faz apagada

la siniestra sombra

nada en la cala.

 

Este año las playas estarán cerradas,

y con el futuro gritando continuamente

entrará nuestro barco con el mástil roto.

Venenosa


Ojalá que la despedida nunca
se seque en tu garganta. Y allí, habite
durante el lamento. Coserá a hilos,
retorcerá tu laringe y tocará
tus cuerdas como violín. No soltarás
palabra. Quien escribe sutura, una y otra
vez. Una y otra vez, tragas la pus. No
soltarás palabra. Será el tiempo raso
quien acudirá a ella y pondrá sus manos
sobre ti, desenredando el nudo como flor que se abre.
Tu paladar renacerá al degustar cada palabra
y todas se abrirán ante tus dientes y tus labios,
cuando tu lengua escupa la tinta de tus venas.

Cucarachas


Vi asestar doce puñaladas
a un costal de lona lleno de pan.

Pensé en la dolencia de lo mullido y
en cómo florece la saña entre espigas.

Se dirigieron a mí: «Y a ti, ¿qué roe tu
estómago? Y a ti, ¿quién te convierte
en alimento delicioso y pestilente, lleno
de huecos?». Era el mismo roedor que asía
el cuchillo, el mismo del que tragué anzuelos.

Cuatro o cinco panes rebanados en aquel costal,
sobre el que correteaba hasta encontrar la mano que aplasta
y queda limpia, aun sin bañarse en agua.