El paradero


Ilustración por Carlos Quijano

No es un camino vecinal ni tampoco una moderna autopista; en los 80 le llamaban carretera federal, pero con la llegada de la voraz urbanización ahora lleva por nombre bulevar. Junto con la civilización —como muchos llamaron en su momento al abandono de la vida pueblerina— llegaron también un montón de problemas sociales y demográficos. La geografía de lo que iba a ser un lugar de retiro y descanso de pronto se vio muy similar en cuanto a apariencia y contexto a las favelas brasileñas: las colinas se plagaron de casas a medio construir, ofreciendo al visitante una estampa ilustrativa del concepto del tercer mundo.

Una de las consecuencias que tuvo el gran terremoto de 1985 fue la migración. Este fenómeno ocasionó que muchos defeños —antes ese era su gentilicio, hoy como cambió de nombre la entidad federativa, no se ponen de acuerdo con uno nuevo— dejaron atrás las ruinas que habitaban antes del temblor y, por su cercanía, abarrotaron esta ciudad.

Después de unos años, en los que los oriundos se acostumbraban a la chilangada en fuga, también llegaron aquellos que perdieron la esperanza y que nunca encontraron la tierra prometida en suelos guerrerenses. Salvo unos cuantos que lograron triunfar en el puerto de Acapulco, los demás vivían en la miseria. Ellos trajeron consigo su pobreza extrema, sobrepoblación, pereza y raras costumbres, como la de comer pozole todos los jueves.

La población se amalgamó entre chilangos, guayabos y cochos arcelianos y ya nada volvió a ser igual en este estado.

Hoy, con más edad, mucha más de la que tenía cuando llegué, me tomo mi tiempo, bajo al bulevar y compro una nieve, una botella de agua, un café, o hasta un invento llamado «Dorilocos», según la temporada o la ocasión. Me acomodo en una barda de piedra y cemento que se construyó en no sé qué año para poner tres escalones y poder subir al siguiente nivel de la acera. La barda está justo debajo de una techumbre que cubre una pequeña explanada donde cada sábado, domingo o día festivo, se instala un puesto ambulante que ofrece tacos de barbacoa de chivo. Esta techumbre sirve para refugiarse del sol o de la lluvia porque justo en ese punto está una parada de autobuses. A un costado, en la calle perpendicular al bulevar, hay una fila de taxis esperando turno para ser abordados. El sitio, le llaman. También, debajo de ese techo de lámina galvanizada hay una tienda en donde despachan a sus clientes la mercancía a través de una reja; es decir, no se puede entrar. En lo personal detesto esos lugares con ese sistema de ventas, pero todo se debe al alto nivel de delincuencia en los alrededores. Es que esa esquina en particular es un punto de encuentro. Transeúntes, clientes de la tienda, pasajeros que suben y bajan del autobús y otros que prefieren alquilar un taxi a caminar el último tramo para llegar a su destino.

Mientras degusto un café —fue en noviembre, recuerdo, ya había bajas temperaturas— observo con discreción todo lo que acontece en el paradero: puedo ver la ansiedad en los ojos de uno de los choferes de taxi; lleva más de cuarenta minutos esperando ser contratado para un viaje. Miro a una señora de rostro cansado que apenas puede bajar el último peldaño del estribo del autobús. Camina balanceándose por causa del sobrepeso y los estragos que eso ha hecho en sus articulaciones. Dialoga con el taxista, llegan a un acuerdo en la tarifa después de unos minutos de tradicional regateo. La señora sonríe porque obtiene un buen precio por el servicio y se dispone a abordar el vehículo por la puerta trasera. El chofer tiene gesto resignado porque quizá no fue el mejor pago que pudo obtener, pero al menos se movería del lugar después de casi una hora de espera.

Una chiquilla con uniforme escolar se levanta de la banca metálica que el ayuntamiento dispuso en cada paradero de su jurisdicción. Se echa la mochila al hombro, acomoda la falda doblándola en la pretina para que el largo quede unos centímetros arriba de su rodilla y aborda el autobús que se acaba de detener. Coquetea con el chofer, —que es mucho mayor que ella— quien con una sonrisa benevolente le hace una seña para que pase y ocupe el asiento reservado para adultos mayores, mujeres en gestación o personas con capacidades diferentes. La estudiante, gracias su jovial sonrisa, se ahorra el pasaje, pero eso no la exime de ir charlando con el operador, quien arranca la unidad con aire de suficiencia sintiéndose un perfecto galán otoñal que cuenta con un amor en cada paradero.

Hay más personas esperando otras líneas de autobús. Algunas se pasean de un lado a otro echando vistazos al bulevar esperando ver su camión acercarse, otras se entretienen con el celular sin darse cuenta de lo que pasa a su alrededor, otras más aprovechan ese tiempo muerto para repasar su lista de ilusiones y se pierden en sus propias fantasías.

Muy pocos saben que la cinta negra que está amarrada en la estructura metálica del paradero es una especie de bandera que indica que ahí se distribuyen drogas. El encargado de hacerlo llega cada día, amarra la cinta y se para junto a la pared de la tienda que hace esquina con la calle perpendicular al bulevar. Es un sitio estratégico porque desde ahí puede ver con anticipación la llegada de la policía ya sea por el bulevar, o por las calles de la colonia.

El narcomenudista es un tipo de unos cuarenta años; quizá tenga menos, pero ese vicio acaba con la gente. Es flaco, con bigotes de morsa, usa siempre un gorro de estambre, no importando el clima. Por lo que he podido observar tiene bastante bien aleccionados a sus compradores —jóvenes, en su mayoría— porque el pago y la entrega se hacen sin cruzar una palabra. El distribuidor ubica a su cliente, a la distancia, con una seña, le indica que lo espere; saca una pequeña bolsa del tipo que tiene un cierre de presión hermético de una desgastada cangurera, la esconde con la destreza de un prestidigitador y vuelve a hacer otra señal para que el cliente se acerque. El muchacho, quien no debe de tener más de veinte años, entrega el dinero, el traficante lo recibe con la mano derecha, le echa un vistazo rápido antes de guardarlo en un compartimento de la cangurera y con la mano izquierda entrega la bolsita. Esto sucede en cosa de segundos. Se concreta la transacción y el vendedor vuelve a lo que estaba haciendo: cuidarse de la policía y mirar con babeante lascivia a toda mujer que pase frente a él.

A un costado de los escalones de la acera, junto a una ventana de la tienda que funge como exhibidor de botellas de alcohol, hay una delgada banqueta que todas las veces sirve de asiento para una chica de aspecto sucio, cabello enmarañado, ropa raída, tez marchita y una delgadez extrema. Es una adicta que consume lo que vende el bigotes de morsa. Esta vez está acurrucada, entredormida, hecha ovillo; abraza sus piernas, dormita un poco o tal vez está bajo el efecto de la droga. No es necesario acercarse mucho a ella para percibir por encima de su mal olor corporal, el destilado de pegamento que emana no solo de la transpiración de su escuálido cuerpo, sino de su aliento, incluso. Entre su inexistente pecho y sus rodillas abraza un juguete. Parece uno de esos coches que se arman con bloques parecidos a las piezas de Lego. Se me ocurre pensar que es para su hijo. Lo abraza de tal manera como se abrazaría un tesoro. El niño se sentirá feliz al ver llegar a su mamá con aquel juguete, ella sonreirá satisfecha por brindarle un momento de alegría al niño, quien no tiene un padre porque ella fue una víctima de violación multitudinaria a manos de otros adictos. Ella no supo que estaba embarazada hasta que la gestación estaba tan avanzada que, la vida de ambos peligraba si se optaba por un aborto. Se quedó con el bebé por presión del sacerdote de la iglesia a la que asistía. Ahora sale todos los días a conseguir dinero prestado, alquilándose para hacer quehaceres domésticos, barriendo calles o recibiendo dinero a cambio de sexo oral.  De alguna manera tiene que llevar comida a su casa para alimentar a su hijo. Es su lucha diaria, además del vicio de las drogas.

Quizá se me ocurrió esta historia, quizá alguien me la contó en un momento de sobriedad.

La vida es mucho más amarga que un café cargado y a veces hay que dar tragos grandes.

De repente el bigotes de morsa ha desaparecido, en su lugar se quedó una chiquilla que vende empanadas dulces y saladas. Miro en todas direcciones y a lo lejos distingo las inconfundibles luces en colores azul y rojo alternándose en arrebatados giros en la torreta de una patrulla de policía. Un oficial asoma su rechoncha cara: bigote recortado, cabello casi a rape, lentes oscuros imitación barata de Ray Ban. Escudriña el paradero en busca de algo o alguien. La patrulla se detiene y el regordete policía fija su atención en la niña de las empanadas. Ella, con nervios templados, ofrece su mercancía: «Empanadas de arroz, de manzana, de mole con pollo, de jamón con queso. ¿De qué va a llevar, patrón?», remata su cantinela. El policía la llama y ella se acerca. Con rapidez despacha dos de jamón con queso, una de mole y otra de arroz. Los policías buscaban comida, no a un narcomenudista.

La patrulla se aleja y el traficante sale de su escondite y continúa con su venta.

La niña atraviesa el bulevar para ir a ofrecer las empanadas a la salida de una farmacia de medicamentos muy parecidos a los de patente. «Lo mismo pero diferente» reza su eslogan.

El sol comienza a despedirse con esos rayos de amarillenta melancolía. Las colinas los obstruyen y provocan una oscuridad prematura. Pronto las luminarias artificiales se encenderán una a una rindiendo juramento contra la oscuridad y despertando de su sueño diurno.

La acera de frente a donde estoy sentado comienza a llenarse de mesas armables de plástico y blancas sillas monobloque. En la entrada del local hay un hombre que está comenzando con un ritual: está encajando tiras de carne marinada en un condimento prehispánico. Con la habilidad que solo da la práctica, el hombre va poniendo una capa tras otra sobre la varilla metálica y va formando una figura similar a un trompo en llamativo color naranja. Cuando termina de acomodar las carnes, con precaución enciende el fuego vertical que irá cocinando la carne poco a poco hasta alcanzar el punto exacto de cocción, usando a modo de espada, un cuchillo con el que irá rebanado con certeros cortes, la parte rostizada que caerá en una pequeña tortilla. Ahí se coronará con cebolla, cilantro y un pequeño trozo de piña que el diestro espadachín corta en lo alto del trompo y como si se tratase de un acto circense, caerá con toda precisión dentro del taco.

Este ritual culmina con los rostros de satisfacción de los comensales que después de presenciar los malabarismos de la preparación están ansiosos por probar el rico manjar llamado «taco de pastor».

A contraluz sobre el bulevar se ve la oscura silueta de un puente peatonal, que por alguna extraña razón nadie utiliza, a pesar de que no hace mucho tiempo hubo una muerte trágica, del tipo que es difícil de aceptar que haya ocurrido. Cuando ocurre algo así se genera un desajuste en las cuadrículas del tiempo ocasionando que el balance de la ecuación tiempo-espacio prescinda del determinante. En otras palabras, el evento acaecido permanece en un ciclo infinito donde el espacio no tiene principio ni fin. El evento se repite tantas veces como dure la eternidad.

Cuenta la gente que el alma de la persona fallecida ronda el lugar desde entonces. De repente se le puede ver subiendo o bajando las escaleras del puente.

La noche se extiende plena de oscuridad. El tránsito disminuye. Solo se ven siluetas a contraluz que arrastran los pies y su andar es pesado, su postura gacha, como si quisieran proteger su rostro de la oscuridad.

Noto que mi café está casi frío y no sé si sea por el ambiente o por la temperatura de mi mano que sostiene el envase. Doy un último trago al vaso antes de levantarme e irme. Trato de estirarme para poner en marcha la circulación, pero me siento ligero como vapor de agua. Camino unos pasos y me dispongo a dejar el paradero.

Algo extraño sucede: ¡me quedo atónito! Acabo de ver a un hombre idéntico a mí, con la misma vestimenta y se me eriza la piel cuando me doy cuenta de que lleva un vaso de café con la misma marca que yo acabo de beber. Esto no es más que una broma macabra.

Me mira y sufre un ataque de pánico. Echa a correr sin poner atención al tránsito que circula sobre el bulevar. Se escucha el estruendo de una urgida bocina de un tráiler, la velocidad le impide frenar y embiste de lleno.

El cuerpo vuela por el impacto y cae a unos tres metros de distancia. La gente en el paradero se alarma y se preguntan «¿Qué pasó?» Alguien grita «¡Llamen al 911!» En lugar de pedir ayuda se acercan al lugar en donde está el cuerpo para tomar fotos y videos con el celular. Me acerco con más morbo que curiosidad. Intentan darle los primeros auxilios. A la distancia se escucha como un grito escalofriante el sonido de la sirena de una ambulancia. En un abrir y cerrar de ojos los paramédicos ya están arrodillados junto al atropellado, pero es demasiado tarde. Lo declaran muerto, por lo que uno de ellos busca en los bolsillos alguna identificación, cuando la encuentra se levanta y pregunta: «¿Alguien conoce a…»? Y dice un nombre que es el mío.

En ese momento entiendo todo. Me siento ligero, como si flotara, etéreo, volátil…, muerto.

Es mi alma, atrapada en un bucle, la que contempla el momento de mi muerte.

Me transformo en un gas y todo empieza de nuevo.

Un maletín marrón


Apaga la alarma del reloj, que suena a las siete en punto de la mañana, como lo ha hecho cada día durante los últimos treinta años, aún tras su reciente jubilación. Se levanta para preparar el café, mientras hojea el periódico. Lamenta que a estas alturas ya nadie lea los periódicos, por eso la mitad de lo que ocurre se escapa del conocimiento de la gente. Aunque es una realidad que parece no importar a nadie. Repasa los titulares pasando de largo todo lo relacionado con el brexit, no por falta de interés, sino porque está hasta las narices de tanta tontería con el tema. Se dirige a las páginas interiores, donde llama especialmente su atención, la noticia de un robo perpetrado a unas cuantas calles de su domicilio. El encabezado hace alusión a un «robo», no un «atraco», ni un «asalto». A pesar de la aparente nimiedad del asunto, encuentra algo inquietante en ese texto. Lee la noticia con detenimiento, pero la vaguedad de su redacción no ofrece mayores detalles acerca del modus operandi, ni del o los presuntos delincuentes. Deja un momento el periódico sobre su cama, aún sin deshacer, para quitarse las botas y ponerse las zapatillas de andar por casa. Se quita también los pantalones y la camisa manchada vaya a saber con qué, y se envuelve en la bata de dormir. Coge otra vez el periódico y engulle unas tostadas untadas con mantequilla como desayuno, aún no se explica por qué, pero siente un hambre atroz. Relee la noticia y detecta que tampoco hay datos acerca de la cuantía del botín, sólo se menciona la ausencia de un maletín marrón. Se sorprende a sí mismo por beber dos tazas de café muy cargado, para aminorar esa tremenda sensación de cansancio, como quien no ha dormido en toda la noche. Duda entre echarse en la cama o ir a la ducha. Se decanta por la segunda opción. Treinta minutos más tarde, tal vez un poco más, suena el timbre con insistencia. Detrás de la puerta alguien grita: «Policía, abra inmediatamente», y sin darle tiempo para salir de su desconcierto, se ve rodeado por cinco agentes de la Ertzaintza. Tras registrar el domicilio, dos de los agentes señalan las ropas del inculpado que han quedado en el suelo. «Una noche dura, ¿no?». No sabe si debe defenderse ante lo que supone una evidencia. «Dinos dónde has escondido el maletín». Su rostro delata cansancio, pero también desconcierto. Se resiste como puede, mientras una ertzaina lo esposa. «Pero… ¡de qué delito se me acusa, si en mi vida he robado un euro!», chilla con impotencia cuando lo sacan a trompicones de su casa. «Nadie es inocente hasta que se demuestre lo contrario», le espeta otro de los agentes ante la mirada atónita de los vecinos. Joseba K., que así se llama nuestro personaje, comienza a sentirse culpable sin saber exactamente por qué. Joseba K. se despierta en una celda oscura y húmeda, ahogado en sus lagunas mentales. Antes de ser sometido al interrogatorio, Joseba K. empieza a recordar.

Cuestión de óptica


Él corre. Conociendo su crimen, corre. Lo vemos como si fuera una hormiga colorada, gracias a su gorro rojo, distintivo hermosamente idiota si una piensa rapiñar a una señora matándola de un culetazo.
En fin, lo vemos. Vemos como corre y sale a una calle chica. Lo vemos dudar. ¿Izquierda o derecha? ¿Realmente importa? Él no tiene ni idea, pero nosotros sabemos que sí. Vemos que por la izquierda, en menos de veinte segundos, llegarán los policías. También vemos que si él elige la derecha y sube por el tejado de esa casa azul, logrará escapar.
Lo vemos tomando la izquierda, chocando directamente con los policías. Lo vemos arrodillarse y tirar su arma.
Por último vemos al policía enfrente de él. Lo vemos desenfundar su arma y apuntar. Este es el momento en el que decidimos dejar de ver. Este es el momento donde no quieren que veamos.

Atracción Fatal


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por Reynaldo R. Alegría

El Inspector de la Policía Moisés Navarro había nacido para hurgar en las entrañas de la mente de las personas.  Ahora retirado de la División de Investigaciones de Crímenes Pasionales por un accidente en el cumplimiento del deber, se dedicaba a enseñar a los estudiantes de nuevo ingreso en la Academia de la Policía Estatal.  Sus destrezas investigativas, su historial impecable de honor, su impresionante récord de casos resueltos y las historias fantásticas que tenía que contar, lo calificaban para ser el favorito de los estudiantes de primer año.

Navarro dictaba dos cursos en la Academia: Planimetría, donde enseñaba a mirar e interpretar, y oportunamente plasmar en un croquis, la escena de los hechos del crimen; y Pericias Informáticas, donde dirigía los muchachos a darle contenido policial al vasto conocimiento práctico con el que ya llegaban a la Academia, en cuanto a autenticidad de la información digital, vías de acceso ilegítimo, sabotaje, espionaje, piratería, rastreo y análisis de correos electrónicos e Internet.

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Habían pasado siete meses desde que había cortado relación con Mariana.  Una mujer con poco más de la mitad de los 50 años que él tenía, lo que no era novedad para él quien durante los últimos años había tenido la suerte –así le llamaba él– de andar con mujeres de la mitad de su edad, muy atractivas y extremadamente bonitas.  Mariana no era exactamente bonita y sexy.  Más bien, había desarrollado la habilidad de manejar sus puntos débiles de la manera más asertiva; maquillar cuidadosamente la gran nariz que coronaba el centro de su rostro, escoger estratégicamente la ropa con la cual disimular su trasero plano condenado por los Dioses del Caribe; peinar con productos y máquinas portátiles su silvestre cabello; y repetir en el momento apropiado lo que escuchaba de otros para ocultar su falta de cultura, particularmente el no haber leído lo que tenía que leer cuando debió haberlo leído.

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Con su experiencia, Navarro podía hacerse un juicio de valor bastante rápido y atinado con apenas conocer y compartir brevemente con las personas.  Por eso, el primer día de clases llamaba por lista dos veces a los estudiantes.  Al principio de la clase, para identificar el rostro con el nombre; y al final de la primera sesión del mismo primer día, cuando ya los había conocido a todos por apenas una hora, para poner al lado del nombre la calificación que estaba seguro obtendrían al final del curso.  En la intimidad de su pequeño estudio, disfrutaba extraordinariamente del momento en que, después de someter por internet la calificación final de cada estudiante al terminarse el curso, comparaba la misma con su primera apreciación y se vanagloriaba en la soledad intelectual por su puntería en la percepción.

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Con Mariana, Navarro se había equivocado en todo: en su primera impresión, en su apreciación, en su interpretación, y peor que todo, en su investigación.  Mariana llegó a la vida de Navarro como habían llegado todas las mujeres de su vida, tocando a su puerta.  Ella lo contactó por Facebook.  Habían estudiado juntos y hacía tiempo no sabía de él; eso dijo ella.  Salivando instintivamente cual depredador, Navarro mordió el anzuelo de inmediato.  A pesar de que con mirar su foto era obvio que ella no alcanzaba los 30 años; a pesar de que de su mente privilegiadamente fotográfica no surgía ese nombre; a pesar de que su sabiduría innata le decía que era una trampa; a pesar de todo ello, el riesgo, el peligro y las ganas de devorar lo hicieron experimentar.

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Navarro había sido del grupo de los primeros estudiantes de la Universidad a quienes les tocó el privilegio de haber sido adiestrados, cuando hacían su Maestría en Estadísticas, con las primeras computadoras personales que llegaron al país en 1983; él tenía 20 años.  Ahora, tres décadas después de que Gian Luiggi Massari, el italiano que vino cargando un aparato de estos desde las Oficinas Centrales de la NASA en Washington, Navarro era el individuo en el Cuerpo de la Policía que más experiencia había tenido con los sistemas de computación y que más habilidades tenía con las redes sociales; en todas tenía una cuenta.  Siendo pionero, siempre pudo usar su nombre completo en todas ellas: @MoisesNavaro en Twitter, Four Square, Instagram, Pinterest, Flickr, Snapchat y en todos los usernames de Hotmail, Yahoo, Gmail y hasta en el Blog Pericias que publicaba en WordPress.

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Mariana se mostraba inofensiva, obediente y angelical; asunto que perturbaba un poco a Navarro, quien estaba acostumbrado a mujeres fuertes, takers más que givers, dirigentes más que obedientes, a las que por opción particular prefería por demás.  Una tarde, mientras reposaban en la cama después de haber tenido sexo sin amor y Navarro ayudaba a Mariana a hacer ajustes técnicos en una nueva cuenta de correo electrónico, ella le arrebató la laptop de las manos y en un santiamén resolvió la situación.  Para Navarro el asunto no pasó desapercibido.  En su experiencia, era poca la gente con ese dominio urgente de la computación, particularmente si como Mariana no tenían formación.  A partir de ese momento, Navarro activó todas sus alertas.

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Navarro dio a sus estudiantes un ejercicio práctico; él le llamaba el pronóstico del crimen.  A unos, los puso a dibujar un croquis de un crimen cibernético; a otros, les dio la información suficiente para que, sin saberlo, lo ayudaran en su investigación personal.  Les pidió que hicieran un análisis de correlación entre el texto de las notas románticas que Mariana –la sospechosa– le había enviado, su caligrafía y el uso de las redes sociales e internet.  El resultado de estos análisis se representaba sobre la gráfica de un plano cartesiano en la que cada uno de los cuatro cuadrantes refería a diversas probabilidades de crímenes pasionales.  Los estudiantes de Navarro concluyeron su ejercicio calificando a la sospechosa, el cuadrante I, el de mayor probabilidad de crimen pasional.  Navarro polemizó con ellos.  Pensó que el croquis no era conclusivo, calificando a Mariana como sospechosa tipo IV, un estado de mayor inseguridad con dictamen de “seguir investigado”.

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Mariana era perceptiva y maquinadora.  Cuando se dio cuenta que perdía campo con Navarro activó su particular operación.  Lo primero que hizo Mariana fue crear una cuenta falsa en Facebook y enviarle mensajes a Navarro que trataban de sugerir que alguien se interponía en la relación.  Navarro, para quien nunca hubo una relación, sospechó de inmediato que la creación del personaje cibernético era obra de Mariana que buscaba atención.

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Investigador experimentado, Navarro hizo pruebas.  Trajo a su oficina bruñida de papeles y libros en la Academia de la Policía a su mejor Agente en Pericias, quien en efecto comprobó la impostura de Mariana.  Mariana había fabricado un perfil, incluyendo la creación de seguidores con nombres, fotos e historiales que aparentaban una conexión con Navarro y su pasado.  Mariana había llegado lejos.  Daño autoinfligido, pensó Navarro, quien desde el primer día sabía que Mariana no era quien decía ser.

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La suerte estaba echada para Mariana.  Esa tarde Navarro la llamó y le dejó saber que todo estaba terminado.  Obstinada, ella quiso verlo.  Como era su costumbre de policía veterano, la citó a un lugar público donde ella no pudiera hacer escenas, donde el llanto no obstaculizara su determinación.  En una terraza amplia del centro comercial de la ciudad, Mariana y Navarro conversaron.  Navarro no le dio explicaciones innecesarias a Mariana, fue amable y se reservó su pericia.  Regresó a su casa sabiendo que no todo había acabado.  Para cada acción hay una reacción igual y opuesta.  Mariana lo dejó tranquilo unos días.  Entonces vino el contraataque.

–Creo que estoy embarazada, le dijo coqueta y asustada cuando lo llamó a los pocos días.  Navarro, quien tenía hecha una vasectomía, se preocupó.  Las banderas de la sanidad mental se levantaron.  El la evitó, la rechazó, la terminó.

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Acostumbrado al entendimiento de los crímenes pasionales, Navarro tomó medidas de seguridad.  Cambió las claves de acceso a sus cuentas, advirtió a sus empleados, vecinos y allegados –sin decirle el motivo– a tomar medidas de seguridad.  Pero en Mariana estaba sembrada como tubérculo, la semilla de la privación del juicio y la falta de la razón.  No era la primera de esas que conocía; después de todo había dedicado su vida a entender la locura del amor no correspondido y los efectos criminales de la infatuación, esos que forman pequeñas llamas que pululan por la atmósfera, ardientes e inflamadas de sinrazón.

Navarro bloqueó a Mariana en todas sus cuentas.  Bloqueó sus números de teléfono, sus cuentas de correo electrónico y hasta donde pudo, de sus cuentas de las redes sociales.  Pero Mariana no se podía contener.  Creó nuevas cuentas de correo electrónico; le envió flores, fresas y chocolates a Navarro.  Se le apareció en su casa y en la Academia de la Policía.  Bajo engaño a sus empleados y compañeros penetró ambos lugares.  Creó más cuentas falsas en las redes.  Fingió ser una rumana que escribía en su blog.  Trató de seducirlo ella misma y disfrazada de ella también.  En sus roles donde adujo ser distintas personas a la misma vez, y nublada por el juicio de la razón, cometió serios errores.  Contactó amigos y familiares de Navarro, incluyendo –gran error– menores de edad.  Los trajo como amigos en sus cuentas de redes sociales para a través de ellos a Navarro poder espiar.  De esta forma Mariana se mantenía en contacto.  Mariana creó una bitácora de eventos y rutinas; días, horas, lugares.  Lo perseguía de día y de noche.  La envida, los celos y el descontrol la carcomían, dejándola ausente de control.

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Como solamente un Inspector experimentado como Navarro podía hacerlo, recopiló toda la evidencia que los rastros de Mariana iban dejando marcados a su paso.  Los criminales siempre comenten un error.  Con su equipo de estudiantes investigadores –y sin que ellos supieran la razón– analizó, compiló y organizó la prueba como estaba acostumbrado en su vida profesional.  Mientras el descontrol de Mariana fue crecía, profundizaba en serias violaciones a la ley.  Navarro, por su parte, iba construyendo su mejor investigación;  no sin lamentar sus propios errores.  Lo que Navarro omitió desde el principio, quizá cegado por el erotismo frugal, liviano y pasajero, fue hacer su acostumbrada y personal investigación; gogglear el nombre de Mariana, buscar los casos legales que ella hubiese tenido en www.ramajudicial.com; hurgar, profundizar, investigar.  Si hubiese buscado, hubiese encontrado.

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Desesperada por el rompimiento, a través de sus inventadas cuentas de correo electrónico Mariana contactó al círculo íntimo de Navarro.  Les dejó saber, ahora por tercera vez, que estaba embarazada de Navarro, perfecto retrato del Síndrome de Clerambault.  Inventaba historias en su mente y ejecutaba acciones relacionadas a esas historias inexistentes.  Cuando Navarro tuvo la certeza absoluta que tenía acumulada toda la prueba necesaria para poner a Mariana contra la pared y exponerla a los estrictos efectos de la ley, le dejó saber –previo acuerdo de estrategia calculada con su abogado– que estaba listo para proceder en caso de ser necesario.  Siete meses después de ningún contacto, Navarro le envió a Mariana un correo electrónico donde le daba una advertencia final y le incluía una scintilla de la evidencia recopilada.  Pero la ignorancia irracional del desamor, así como la enfermedad de la mente, pudieron más con Mariana que la propia compasión.

Siete meses después del rompimiento, Mariana seguía insistiendo en “una noche más”, como el macho que controla y abusa de la mujer de su propiedad, “la última vez, solamente una más”.  En la víspera del cumpleaños de Mariana, se las ingenió para –a pesar de los bloqueos– hacerle llegar a Navarro un mensaje de texto baboso, donde lo invitaba a la seducción sin propósito, al sexo sin romance, solamente una vez más.

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El Inspector de la Policía Moisés Navarro se encontraba extenuado y agotado y, por primera vez en su vida, temiendo por su vida y su seguridad; asustado por el bienestar de su familia.

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En el último día de clases del semestre y estando completamente preparado, Navarro dio cuentas al FBI.  Le llevó toda la prueba que había recopilado.  Le señaló todos los delitos que Mariana había cometido con él y con otras víctimas en el pasado; analizados y evidenciados.  Esa mañana, mientras Navarro dictaba su última clase del curso de Pericias Informáticas, Mariana fue arrestada.

Navarro reservó para su última clase la lección sobre la atracción fatal; aquella que es tan fuerte que carece de lógica y razón; aquella que produce una infatuación amorosa enferma y peligrosa; la que daña la mente y la pudre de un veneno incontrolable; la que acumula una mayor concentración de dopamina y una horrible adicción al amor; aquella que hace fantasear a las personas; aquella en la que una víctima es acosada, perseguida, vilipendiada; aquella que tornó a Mariana en enamorada desaforada y acosadora; aquella que es capaz de hacer que las personas piensen en hacerle daño a otras que no le corresponden su atracción; el delirio de ser amado, la erotomanía.  La atracción fatal.

Imagen: Sunset_02459.jpg: Nevit Dilmen Broken_Heart_symbol.svg: Nevit Dilmen (talk) derivative work: Nevit Dilmen (Sunset_02459.jpg Broken_Heart_symbol.svg) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)%5D, undefined

La cooperante (IV)


(Si te apetece, puedes leer antes la primera parte, la segunda y la tercera)

—Nos bajamos.

El anuncio de Robredo devolvió a Laia al tren que estaba a punto de dejar España. Por primera vez desde que en Sants no respondiera al teléfono, había dedicado unos minutos a compadecerse de Aleix. El pobre no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Se había quedado sin piso y probablemente creyera que su novia había muerto calcinada. No responder a su llamada había sido una decisión acertada, pues a buen seguro aquella gentuza ya se habría encargado de invitarlo amablemente a que los acompañara. Sabía que habría seguido intentando comunicarse con ella, pero no tendría ocasión de comprobarlo, pues lo primero que hizo el agente especial Bond al encontrarse con ella en el andén fue lanzar el móvil a las vías. Sin duda, lo mejor para Aleix era que la creyera muerta… Laia se avergonzaba interiormente al ser consciente de que “librarse” de él le producía, por encima de cualquier otra sensación, alivio… ¿Cómo podía alegrarse por perder de vista a alguien que se había portado tan bien con ella?

El tren había aminorado la marcha. Robredo se asomó fugazmente por la ventanilla para confirmar que, efectivamente, tal y como vaticinara, la estación de Portbou, a la que se estaban acercando, estaba tomada por la policía. No podían ser menos discretos: las luces de las sirenas se veían a kilómetros de distancia.

—Tendremos que saltar en marcha. Vamos.

Laia sabía que no tenía sentido objetar. No había alternativa posible. Sin embargo, se atrevió a preguntar:

—¿Y luego?
—Nos recogerá una limusina que nos llevará a un aeródromo cercano donde nos espera un jet privado de lujo con champán en la cubitera y caviar iraní…

“Vale, lo he pillado.”

—¿Tú que crees que nos espera? Pues varias horas de caminata en plena noche por la montaña, evitando caminos transitados y zonas pobladas. Si logramos llegar a Francia es posible que encontremos alguna ayuda.

Sin duda, la llamada que había hecho justo antes de anunciar que debían abandonar el tren tenía algo que ver con ello… Un panorama muy alentador…

“En fin, parece que voy a tener que seguir haciendo de Lara Croft. Ahora toca saltar de un tren en marcha…”

……………………………………………

Javier Guzmán, alias Víctor Shervenadze, el nombre que había adoptado durante los dos últimos años, era el segundo agente especial del grupo de asalto K9 que moría en extrañas circunstancias en las últimas 48 horas. El anterior había sido Julián Savall, alias Shasha. Un inoportuno resbalón en la ducha había acabado con su garganta atravesada por unas tijeras abiertas que, inexplicablemente, habían aparecido justo en el punto donde cayó.

El Conseguidor no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción al recibir las novedades.

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Laia estaba exhausta. Llevaban horas caminando campo a través. Había estado a punto de quedarse dormida varias veces, aun sin dejar de andar, pero los zarandeos de Robredo la devolvían a la pesadilla en que se había convertido su vida. Estaba amaneciendo cuando desde lo alto de una colina divisaron un pequeño pueblecito francés.

—Bajemos. Allí podremos descansar un rato.

Robredo volvió a mirar la pantalla del teléfono y Laia, a pesar de su estado semicomatoso, percibió la cara de preocupación de su acompañante. Sólo unos segundos después el agente especial cayó fulminado y, ante la cara de asombro de la joven, que no entendía nada, rodó ladera abajo. No tuvo tiempo de pensar. Inmediatamente se vio inmovilizada por dos hombres corpulentos, vestidos de negro de la cabeza a los pies. Unas gafas de infrarrojos impedían que se les vieran los ojos. Sintió que una mano enguantada le tapaba la boca… y quedó inconsciente.

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El Ministro de Defensa se subía por las paredes. El maldito Ruipérez iba a desear no haber nacido. Lo que se suponía había sido una operación impecable se había transformado de golpe en una bomba que estaba a punto de estallarles en los morros. Dos agentes muertos y otro desaparecido, igual que el enviado del gobierno y la chica… Aquel desgraciado que se hacía llamar Conseguidor estaba demostrando ser una amenaza muy seria, pero él, mano derecha del presidente, no podía permitir que un tipo despreciable pusiera en jaque a todo un gobierno. Tenían que acabar con aquello de inmediato, antes de que el control de la situación se les escapara definitivamente de las manos… Por lo menos el dinero estaba a buen recaudo.

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Luis regresaba por fin a casa tras un día asqueroso asistiendo a ruedas de prensa, tomando declaraciones y grabando crónicas que, al fin y al cabo, no hacían más que dar vueltas a lo mismo sin acabar de aclarar nada. Estaba asqueado por la táctica del “y tú más” a la que los políticos de uno y otro partido no dudaban en recurrir para eludir su responsabilidad. Echaba de menos el periodismo de verdad, iniciar una investigación seria a partir de un indicio e ir indagando hasta destapar algún asunto turbio… Imposible. La actualidad mandaba; ir de aquí para allá a tomar las mismas declaraciones una vez tras otra y asistir a comparecencias patéticas que no aceptaban preguntas… Tras el último ERE la situación había empeorado. Treinta compañeros a la calle y el resto de la plantilla a asumir la misma carga de trabajo. Estaba hasta los huevos de hacer horas extra sin cobrarlas, sabiendo como sabía que en cuanto quisieran se lo quitarían de en medio sin pestañear…

Abrió rutinariamente el buzón… y allí estaba el paquete, sin señas, sin remite, sin inscripción alguna.

Continuará…

La cooperante (III)


(Si te apetece, puedes leer antes la primera parte y la segunda)

Aquella afrenta no quedaría sin castigo. En todos sus años de carrera el Conseguidor nunca había permitido la más mínima falta de respeto. Un acuerdo era un acuerdo y saltarse cualquiera de sus términos acarreaba las correspondientes consecuencias. No se había labrado el indiscutible prestigio que tenía en el negocio mostrando debilidad y comprensión, precisamente.

Estaba furioso. De buena gana habría tomado medidas drásticas… Un coche bomba en algún sitio concurrido… Un ataque bacteriológico… Medidas que llevaran el pánico a todo el país. Lo merecían por tener unos gobernantes cuya palabra valía menos que sus repugnantes deposiciones, pero no podía dejarse llevar por la ira. Era un profesional, el mejor, y, por tanto, la represalia debía ser proporcional a la afrenta.

El emisario español no había dudado en humillarse en su presencia. Jamás había “negociado” con nadie tan patético. Un insulto más de aquel gobierno. “Perdone… Lamentamos lo sucedido… Ha sido un imperdonable error… No volverá a ocurrir… Le prometo que lo solventaremos y le compensaremos por las molestias…” Los balbuceos de aquel tipejo lo estaban poniendo enfermo. “Le reitero mis disculpas en nombre del presidente… Comprenda que no pueda hacerlo él en persona…” Patético. Por supuesto, aquel ridículo ser no regresó para explicar el resultado de la reunión por culpa de un desafortunado accidente…

Cuando un mes atrás el enviado español le dijo que necesitaban contactar con el principal traficante de armas ruso, un implacable ex agente doble de la KGB, el Conseguidor dejó muy claro que una vez iniciada la operación no habría posibilidad de vuelta atrás.

El enviado le explicó que un grupo terrorista había secuestrado a una cooperante española y que para su liberación exigía armamento por valor de 50 millones de dólares.

La cantidad le pareció escandalosa, e inaudito que un gobierno occidental accediera a un chantaje tan desproporcionado, pero ¿quién era él para juzgar el grado de estupidez de un gobierno? Sobre todo, teniendo en cuenta que el 10% de 50 millones era una ganancia más que interesante. No tardaría en comprender las verdaderas motivaciones de la operación… “Malditos gusanos españoles…”

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 A Laia le parecían increíbles varias cosas. La primera, estar metida en un follón de proporciones siderales en el que no tenía responsabilidad alguna. La segunda, ser la protagonista en aquel preciso momento, encaramada junto al agente Robredo en lo alto del tren, de una de esas escenas típicas del cine de Hollywood que tan enferma le ponían. Habían subido por la ventana del lavabo. Robredo tuvo que romperla, y ahí llegaba la tercera de las cosas que le parecían increíbles, quizás la más inverosímil de todas: que nadie se hubiera dado cuenta de la maniobra. De hecho, cuando los policías que habían subido al tren con la indudable misión de encontrarlos localizaron la ventana rota tuvieron la certeza de que habían huido por allí. Empezaron las carreras, los nervios, las órdenes y contraórdenes, y el rápido hallazgo del pañuelo que se pusiera en la cabeza al salir de casa horas antes, que el agente Robredo había dejado como señuelo a un par de metros de la vía, fue la prueba irrefutable de que pretendían escapar campo a través.

—¿Todos los polis sois así de espabilados?
—A mí no me metas, que yo no soy poli. De todas formas, pronto se darán cuenta de su error y llegarán a la conclusión de que seguimos en el tren, así que tenemos que abandonarlo lo antes posible.

Laia y el agente Bond iniciaron el regreso a su compartimento mientras el tren se alejaba de las luces que los buscaban entre los arbustos.

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—Mr. Ruipérez, you’ve made the best choice trusting in our bank in order to take care of your money.

Aquel empleado del National Bank of the Caiman Islands no ocultaba la satisfacción por haber cerrado una operación con la que probablemente acababa de cumplir con los objetivos para los siguientes cinco años.

Ruipérez sintió que se quitaba un peso de encima al entregarle el maletín con los 100 millones y firmar el contrato del depósito.

Habían hecho un negocio redondo con la pantomima del secuestro. Nadie podía imaginar que todo había sido un montaje muy lucrativo. Pero es que lo habían organizado muy bien. Lo más duro fue tener que esperar los dos años hasta poder concluir la operación… Pero los 100 millones bien lo valían. Era una pena que la joven tuviera que morir, pero no podían arriesgarse a que por cualquier motivo descubriera la verdadera naturaleza de su secuestro…

En cuanto la pantalla del teléfono por satélite se encendió supo que algo no iba bien. Tomó aire y se dispuso a contestar:

—Ruipérez.
—Tenemos problemas.
—Lo imaginaba, sino no me estarías llamando a este móvil.
—Se trata de Bond. Nos ha descubierto y se ha llevado a la chica.

Desde luego, una pésima noticia. En aquel momento no podía imaginar una novedad peor.

—¿Dónde están?
—Creemos que en algún punto entre Figueres y Portbou. Intentaban huir en el Talgo a París, pero se han bajado antes de que los pudiéramos detener.
—No pueden llegar a Francia, bajo ningún concepto.
—Lo sé…
—¿Sí?
—… Hay más…

Pues sí, había algo aún peor.

—Suéltalo.
—Se trata de Cañete… No ha vuelto de su reunión con el Conseguidor.

No hacía falta que dijera nada más. La situación era alarmante… Después de todo, resultaba que la operación no había sido tan perfecta.

Continuará…

Nanocuento: RESUCITÉ


libertad1Me quité los clavos de las manos y las piernas, me deshice de la corona de espinas, te drogué, te denuncié a la policía por abusador, agarré los niños y huí… espero que cuando despiertes, estés en la cárcel.

Imagen sacada de  http://mergosagoo.blogspot.com/2013/02/suenos-de-libertad.html/