Echo de menos


Benjamín Recacha García

Foto: Benjamín Recacha García

Saciado de vacío.

A veces es como me siento.

Y entonces lo que más echo de menos

son las caricias y los besos.

Y las risas;

cómo echo de menos las risas.

Y los silencios compartidos.

Porque el estruendo del silencio en soledad

me perfora el alma.

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Mi padre astronauta


Mi padre era astronauta,
desde pequeño contaba
sus aventuras fuera del planeta.

Miraba sus ojos llenos
de esas historias,
le veía volar en cada efecto especial,
él también me miraba,
según reaccionaba
urdía espectaculares momentos
en cámara lenta.

Cuando rendido por el sueño,
sellaba mi frente con un beso,
su frase favorita,
buenas noches, capitán.

Árbol caído


Cuando no puedas
resistir la fuerza
de la gravedad
sobre tu cuerpo,
yacerás como rama
en el suelo.
En medio del bosque
buscarán para encontrarte,
para que nadie te tronche
al pisarte. Conformas
el otoño de todas las hojas
amarillentas que destacan
sobre los ocres caducos.
Por eso te buscan
marchito.

Tutta la città ne parla


Foto por Enrico NNZ, en Pixabay (CCO).

 

Esta noche llegaste con retraso.
Caminando sin enterarse nadie
que habías llegado,
porque has venido con retraso.

Crujiendo por entero la distancia
entre la última despedida
y tu llegada esta noche.
Con tu pelo negro
de nuevo enmarañado
recogiendo toda la oscuridad
que domina la ciudad.
Tu pelo tan negro
como la noche más vasta
desplomándose
sobre tu pálida piel
a la que jamás he logrado
causarle daño.

Apareciste tarde esta noche,
aunque introduciéndote
en mi cuerpo de inmediato.
Desplazando con tu movimiento
el aire inoportuno entre ambos.
Un aire miserable hasta tu respiración,
cuando lo devuelves enriquecido
tras el tránsito por tu boca,
por tu laringe y tus pulmones.
Apareciste esta noche y sonreíste,
concentrando en un espacio
tan pequeño como tus labios
toda la humedad
que arrebatas a estas calles.

I vecchi già lo sanno il perchè.

Y comenzaste a hablar
—siempre tú primero—
y no paraste,
envolviendo en resina
cada palabra
para conservarlas
eternamente en mi cuerpo,
tras hacerlas rodar
cuesta abajo
como rocas
desde tu garganta
hacia mi estómago. Y allí
te las has dejado.
Obstruyéndolo por completo.

Volví a casa odiándote esta noche,
fatigado de imaginar
qué hubiera sucedido
si nunca hubieras llegado
con retraso.