Letanía VI


VI

Llega a la costa la canción recitada.

Callando todas las voces

mientras vemos un pez que se debate en tierra,

por falta de aire igual que mueren nuestros destinos:

 

El puente partido

la faz apagada

la siniestra sombra

nada en la cala.

 

Este año las playas estarán cerradas,

y con el futuro gritando continuamente

entrará nuestro barco con el mástil roto.

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Situado


Situado en un punto álgido y extremo del amor
no lo vivo, no lo sufro, pero lo disfruto.
Situado en un lado áspero y sugestivo del instinto sexual
no lo comprendo, no lo aprecio, pero lo gozo.

Situado en la parte íntima de la efímera depresión
no la aborrezco, no la conservo, pero la siento.
Situado en la realidad agobiante de la traición,
no la distingo, no la asqueo, pero la conservo.

Situado en la conclusión flagelante que difiere
mi realidad de la tuya, digo de tu traición y mi dolor,
comprendo que fue repugnante la realidad que me hiciste vivir.

Situado entre el dolor del amor y el dolor de ser amado
y de haber amado, finalmente termino asimilando la situación entre
el placer de amar y de ahí en más avanzar al dolor por amar.

Blanco y rojo


Encajada,

sobre negro fundido en verde

sin esperanza,

hállase la silla de madera

de nuestros abuelos

—máscaras en la tierra—

lijada a conciencia

y con rabia.

Sobre ella,

descansa el cuerpo de mi madre

rendida.

Sus brazos caídos

a ambos lados,

los pliegues de sus nalgas,

a empujones las piernas

y su hermosa cabeza

tensa hacia atrás

—parece como si la sostuviera su pelo

caído en vertical—

aguantan su peso.

El tacto melodioso

del azul en sus pupilas

yacen ya,

rozando,

el infinito.

Dentro,

en sus entrañas,

su hijo muerto,

olor a procesión por dentro.

De su vagina

—marioneta sexual—

aún penden hilos de sangre

ya sólidos,

se anclan al negro suelo

como para que no se vaya.

Y la cruz,

sobre todas las cosas

y ninguna,

retiene,

imperturbable,

la escena.

Venenosa


Ojalá que la despedida nunca
se seque en tu garganta. Y allí, habite
durante el lamento. Coserá a hilos,
retorcerá tu laringe y tocará
tus cuerdas como violín. No soltarás
palabra. Quien escribe sutura, una y otra
vez. Una y otra vez, tragas la pus. No
soltarás palabra. Será el tiempo raso
quien acudirá a ella y pondrá sus manos
sobre ti, desenredando el nudo como flor que se abre.
Tu paladar renacerá al degustar cada palabra
y todas se abrirán ante tus dientes y tus labios,
cuando tu lengua escupa la tinta de tus venas.

Pasaron


Son rostros prodigiosos los que se van,

ya no dictarán más música.

Los pensamientos podridos de perfeccionistas

y ese paso de acero de algunos días

les persiguen.

 

Precipitaciones en el norte


Cada noche empeora la anterior.
Una muchedumbre descontrolada
abarrota las calles,
algunos se paran y gritan a las cámaras,
otros corren convertidos en terror.
Pero a este lado
del televisor el silencio
no muestra debilidad.
Se ensaña y no se detiene
porque el silencio aquí
es radical.
Se encierra en el salón
y como un musgo
se aferra a toda su anatomía
de cemento,
aguardando serenamente
para acorralar
cada conversación.
Incluso puede ser mucho
más cruel
y como si un esmalte
se adhiriese a una garganta
y esta garganta fuese
de porcelana,
la asfixiase.

Este silencio
no se termina
porque el silencio es el frío.
Un frío tan negro y rígido
que casi parece carbón,
Un frío inmenso
como vaciado sobre un campo
de flores, apresándolas
y manteniéndolas intactas
bajo una helada
que llega tan lejos
como una cicatriz
que aproxima tantísimo
cada palabra con su abismo.

Este silencio es tan puro
que no se mancha
jamás, como el cielo
sobre los Alpes
cayendo gélido sobre laderas
hasta llegar a mar abierto,
arrebatando todo el oxígeno
por el camino
sin dejar más opción
para salvarse
que enmudecer.

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